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Filipinas. El dolor de un país fragmentado

Por Témoris Grecko / Zamboanga, Mindanao, Filipinas (publicado en Esquire en Junio de 2012)

“Ibrahim, ¿ustedes me han secuestrado?”, dije en castellano, con pausada claridad para tratar de hacerme entender por mi interlocutor, un adolescente de aspecto africano y algo más de metro y medio de estatura. Me miró con temor y –lo sentí profundo— vergüenza. En sus manos sostenía un viejo fusil Kalashnikov. Él tenía que saber cuál era mi situación porque, a fin de cuentas, era quien estaba encargado de retenerme dentro de esa choza de madera.

De las cercanías, nos llegaban sonidos de gente que discutía a gritos, de movimientos bruscos, algunos golpes secos. “Jendeh ta sabe”, lamentó el muchacho, “iyo hay pregunta mi profesor”. “No sé”, quería decir en su dialecto chavacano, “yo preguntaré a mi profesor”.

No me resolvió la duda pero tampoco me sorprendió. El hecho de hallarme detenido por militantes islamistas armados en una aldea de la isla filipina de Mindanao (centro de una guerra de resistencia musulmana que se ha extendido por casi 500 años y que en las últimas décadas ha ganado fama por los actos terroristas y la toma de rehenes extranjeros) parecería suficiente para declararme víctima de rapto.

Pese a los signos ominosos, yo debía seguir confiando en Ibrahim y Hadji Gonzales Alonto, su maestro. Necesitaba tenerlos de mi lado. Habíamos hablado por horas antes de que las cosas se tornaran súbitamente inestables. Dos hombres llamaron al anciano desde fuera de la pequeña cabaña, él se levantó de un golpe, le dio órdenes al muchacho, en un chavacano veloz que no me permitió comprender, y salió. Lo quise seguir pero el joven se interpuso, mostrando nerviosismo pero también el cañón de su arma. Pensé que no se atrevería a disparar, que lo podría vencer sin dificultad tan solo utilizando mi mayor peso. Pero alguien saldría herido, y no deseaba lastimarlo ni, por supuesto, salir herido yo mismo en una situación tan confusa. El conflicto de voces alteradas que se escuchaba afuera, además, crecía en intensidad y número de personas, lo que hacía poco atractivo salir a encontrarme con él sin saber qué pasaba.

Estaba atrapado. No me habían permitido ver el camino que transitamos para llegar allí. Tenía claro que la figura de un occidental no podría pasar desapercibida, y que para algunas personas, un extraño como yo resultaría sospechoso o, peor todavía, un objetivo. Debería tratar de llegar a la vecina ciudad portuaria de Zamboanga, pero aún allí sería vulnerable, la policía me había dejado claro que no estaba a gusto con mi presencia y no tenía manera de marcharme de allí: no había asientos en los vuelos de los días inmediatos, me impedían tomar un barco y por tierra, como había llegado, quedaría muy expuesto, en vista de que mi presencia ya era conocida.

Parecía muy James Bond, pero yo no tendría pistolas, microaviones ni supermodelos vestidas de espías para amarme. Mi única opción era confiar. Desear que hubiera una explicación razonable para todo esto. Y que lo que estaba ocurriendo detrás de las frágiles tablas de la choza, fuera lo que fuese, se resolviera bien y pronto. Ya se sabe, a la hora de pedir, hacemos listas largas.

TRES NÚCLEOS DE IDENTIDAD

Escogí entrar en la isla de Mindanao por la ciudad de Cagayán de Oro porque parecía una de las más seguras. Sería una buena base para empezar a aproximarme a las zonas calientes, ubicarme en el terreno y buscar contactos. Era indispensable actuar con precaución: los movimientos islamistas de esta zona están entre los más vilipendiados y menos entendidos del mundo, y sin duda hay buenas razones para temerlos.

También para conocerlos, pensaba, porque las pocas noticias que trascienden al mundo sobre ellos se limitan a enlistar barbaridades (bombazos, secuestros, decapitaciones a sangre fría) cometidas por fanáticos irracionales en territorios remotos y aislados, sin que nos expliquen por qué suceden estas cosas. ¿Es simple sed de sangre? ¿O existen algunas causas legítimas que no han sido resueltas?

A través de personas de organismos internacionales con operaciones en la región, había logrado averiguar que entre ellos existían facciones moderadas y había establecido contacto con uno de sus miembros, a quien esperaba convertir en mi guía para entrar en ese mundo y conocer su visión de las cosas de manera directa. Quería ir a los puntos de conflicto y ver directamente cómo vive la gente allí, cuáles son los agravios, sus razones. Estaba seguro que había aspectos de la historia que no nos han llegado y que era importante considerar antes de seguir enjuiciando sumariamente a los rebeldes de Mindanao.

El vuelo desde Manila (capital de Filipinas) fue uno de ésos en los que coincide que uno tiene un asiento de ventanilla, la atmósfera es luminosa y clara, y los accidentes geográficos componen un cuadro especialmente impactante: sólo vi unas cuantas de las 7 mil islas del archipiélago filipino, pero pueden haber sido unas 200. En todas las formas: alargadas, rectangulares, con apariencia de trapecio y de isósceles, y con algunas figuras menos técnicas como un corazón. También, muchas de las más comunes en la imaginación popular: perfectamente redondas, con un brillante marco de playas de arena blanca rodeado por círculos concéntricos de aguas en tonalidades claras, verdeazuladas y oscuras, y un tupido centro de palmeras.

Era una lección maravillosamente ilustrada sobre estética y naturaleza. Y a la vez, de geografía política: ¿qué puede unir a un país tan fragmentado por las fuerzas de la Tierra? Ese salto aéreo de Manila a Cagayán de Oro me llevó sobre los tres núcleos de identidad de Filipinas: Luzón, la gran isla cristiana del norte, donde está la capital; las visayas, un heterogéneo conjunto de islas en el que Cebú, desde el aire, no destaca por su tamaño, pero que del que es su principal polo económico; y al sur, la enorme y musulmana Mindanao.

Esta división ya es suficiente para generar rivalidades, como la de los cebuanos, que sienten que por su centralidad e historia merecerían ostentar la capitalidad nacional. El problema es bastante más complejo, sin embargo, porque dentro de cada una de estas regiones hay una enorme diversidad: casi cada isla tiene caracteres particulares que la hacen diferente. En muchas de ellas, los habitantes resienten que las sedes del poder estén en otras costas. Esto ha provocado que la fragmentación geográfica se acentúe a nivel administrativo, hasta niveles sorprendentes: en este territorio de apenas 300 mil kilómetros cuadrados (como tres cuartas partes de Paraguay) hay 17 regiones, 80 provincias, 138 ciudades, 1,496 municipalidades y 42,025 barangays (la forma de gobierno más pequeña, con autoridades electas por voto popular).

Esto produce confusión. Una península de Mindanao, llamada Zamboanga a partir de la ciudad de ese nombre, de sólo 17 mil kilómetros cuadrados, se divide en cuatro provincias… a primera vista. Entre ellas, Zamboanga del Norte, Zamboanga del sur y Zamboanga Sibugay. Pero hay una más.

La página zamboanga.com nos advierte desde los primeros párrafos:

“Es independiente de cualquier provincia. La Ciudad de Zamboanga no es parte de Zamboanga del Sur, como la enlista equivocadamente el Departamento de Interior. Y no es sólo Interior quien comete este error. Las siguientes oficinas también: NSCB, COMELEC, PIA (Agencia de Información Filipina), ¡incluso la oficina del presidente de Filipinas!”

La vida en esta nación parece simple en la superficie, pero pocas cosas lo son. La historia, por ejemplo, se enseña utilizando una fecha clave como consumación de todo un proceso. Por eso aprendemos que los españoles conquistaron Filipinas el 27 de abril de 1565, cuando derrotaron a varios datus (jefes tribales) de la isla de Cebú y se asentaron allí.

Eso fue tan solo, en realidad, la creación de un establecimiento militar y comercial. Al que siguieron otros, casi siempre en las costas, desde los que por siglos sólo pudieron controlar porciones del territorio, mientras que numerosos pueblos conservaban sus independencia e identidad. Para muchos ciudadanos de Mindanao, descubriría, la pertenencia a Filipinas es una imposición que todavía resisten.

LA CIUDAD LATINA

Llegué a Cagayán de Oro. Muy tranquilo. La gente era amable con los extranjeros, no se sentían tensiones. Para preparar el siguiente paso, fui a la terminal de autobuses que sirve los destinos al oeste y sur. El único problema parecía ser logístico: no había oficinas de compañías, ni taquillas de boletos, ni tableros con horarios… tampoco encontraba a nadie que hablara inglés.

Estaba acercándome, sin embargo, a la zona de habla chavacana. “Buses to Zamboanga?”, inquirí a un chico. “¡Ése! ¡Avante!” “What time’s the departure?” “A la una”.

Iba a la ciudad de Zamboanga por dos motivos: el primero es que se encuentra geográficamente en el centro de la zona más conflictiva, cuyo eje empieza por el este en la región de Cotabato, pasa por Zamboanga y se extiende al oeste por una banda de pequeñas islas llamado el archipiélago de Sulu, que casi llega hasta Malasia. La mayoría de los despachos noticiosos sobre la violencia en el área están firmados desde Zamboanga, porque es la mayor urbe regional.

El segundo atractivo es que sus autoridades la denominan “La Ciudad Latina de Asia”, y se precia de tener un dialecto propio, el chavacano zamboangueño, derivado del español mexicano. Imaginé que el título se justificaría en actitudes, gastronomía y otros elementos que fueran familiares para mí y me facilitaran las cosas. Probablemente, quise pensar, les caería en gracia mi nacionalidad y eso me daría un mejor acceso a las personas que me interesaba conocer.

En el autobús, sin embargo, aunque la gente era amable (fueron 13 horas de viaje en las que tuve unos cinco compañeros de asiento), lo de ser mexicano no pareció sonarles a nada. Era un extranjero, simple pero no común, porque viajaba a lo largo de la península de Zamboanga y estaba solo (no podía mencionar a mi contacto en la ciudad), lo cual, más que extraño, les parecía preocupante. “El solo hecho de que vayas en este autobús ya es peligroso”, me dijo un vendedor de una compañía piramidal de productos naturistas, que insistía en darme la oportunidad de convertirme en “pequeño gran hombre de negocios”. “Lo de menos es un secuestro”, comentó al hacer una pausa en su esfuerzo filantrópico. “Pueden balacear el vehículo o hacerlo estallar”.

La realidad de la violencia de esta parte de Filipinas empezó a aclararse para mí al hablar con los otros viajeros. Hay terrorismo islamista, en efecto. Pero es sólo una parte del problema: también operan sanguinarios grupos criminales. La compañía Rural Transit Mindanao Inc., en uno de cuyos autobuses viajábamos, estaba siendo objeto de una campaña de extorsiones por la famosa banda Al Khobar, en la que el método más persuasivo era poner bombas en sus vehículos. Sólo en 2012, ya habían volado uno en enero y otro el 11 de abril. El 22 de abril, tres días antes de que yo saliera de Cagayán de Oro, el ejército aseguró haber impedido un nuevo atentado en la vecina Cotabato del Norte.

En el camino, paramos en la ciudad de Ipil, en Zamboanga Sibugay, donde el australiano Warren Rodwell fue abducido en su casa en diciembre, y por quien se pedían 2 millones de dólares (en un video difundido el 8 de mayo, un Rodwell con un ojo amoratado ruega a su gobierno que entregue el dinero). Es un rapto que se achaca también a los delincuentes, como otros con víctimas extranjeras en los años recientes, tanto en ataques en tierra como de piratas en altamar. A veces, el objetivo era venderlos a los terroristas, que pueden pedir dinero o concesiones políticas, como la liberación de militantes. En general, sin embargo, el objetivo es hacer el negocio directo. La situación de los secuestrados es algo difícil de determinar en la región y ni siquiera pude conseguir cifras actualizadas de cuántos hay.

Las luchas entre clanes son otro problema añejo: en amplias zonas de Mindanao, donde las estructuras gubernamentales son débiles, el poder está concentrado en estas redes familiares extendidas, que compiten entre sí o que están enfrentadas por antiguas ofensas.

El caso más escandaloso, e inquietantemente ocurrido poco tiempo atrás, el 23 de noviembre de 2009, es del de la llamada Masacre de Maguindanao, un suceso en el que murieron muchos más periodistas que en cualquier otro evento en la historia mundial. El político Esmael Mangudadato había osado presentar su candidatura a gobernador de la provincia de Maguindanao, a pesar de que el gobernador, Andal Ampatuan Senior, había decidido que lo sucediera su hijo, Andal Ampatuan Junior, ambos del clan Ampatuan, que controla la zona desde 2001.

Para registrarse ante la Comisión de Eleccciones, Mangudadato creyó que hacerse acompañar de periodistas le daría protección. Los seis vehículos del convoy en el que viajaba su esposa (mas no él), y otros dos coches de gente sin relación, fueron detenidos en la carretera y secuestrados por un centenar de hombres con armas. Mangudadato, quien se encontraba en otro lugar, asegura que su mujer le logró enviar un mensaje telefónico en el que decía que el propio Ampatuan Junior estaba al frente de los atacantes y que la había abofeteado.

 

Los 57 integrantes del grupo fueron secuestrados. Y después, asesinados a sangre fría. Incluidos 37 periodistas. Cinco de las mujeres, de las que cuatro eran reporteras, fueron violadas. Y la totalidad de las féminas recibieron disparos en los órganos genitales y fueron degolladas, entre ellas la hermana más joven de Mangudadato y su tía, ambas embarazadas. (Mangudadato ganó las elecciones, mientras que el juicio contra los Ampatuan Senior y Junior, que están en prisión, y 195 miembros de su clan, en libertad, se desarrolla en Manila.)

 

El hombre de la pirámide naturista persistía en su esfuerzo de hacerme rico. Yo miraba por la ventana, ya entrada la noche, pensando en la ratonera en la que me había metido pocas horas antes al recorrer el borde de la bahía que, al estrecharse, da límite a la península. Iba a llegar a Zamboanga a las dos de la mañana del jueves. Mi contacto no respondía a mis llamadas. Me imaginé en una sucia terminal a cielo abierto, solo en la oscuridad. Y me molesté por no haberme tomado el tiempo necesario para hacer las cosas con calma, prepararlo todo con precisión y tener más de una persona en quien confiar. Había querido hacerlo rápido y ahora, quedaría expuesto. En mi libreta, hice un apunte para los alumnos de mi taller de periodismo independiente: “¡No sean idiotas como yo!”

 

400 AÑOS DE RESISTENCIA

 

“A falta de sentido común, buena estrella”, me consolaba al caminar por las calles de Zamboanga, al día siguiente, viernes. No veía por ningún lado lo de “Ciudad Latina de Asia”, aparte de los muchos letreros en castellano, sin duda, y los apellidos familiares. Pero la población se divide entre cristianos y musulmanes, no hay noción de lo que es la música salsa (como era viernes, y después de meses de no bailar, abrigaba la pecaminosa e ingenua idea de hallar un club para sacarles punta a las botas) y la comida es más bien de tipo malayo (aunque con nombres como “pollo en adobo” para un ave en salsa de soya).

 

Parecía tranquila, sin embargo. La parada de autobuses era tan fea como la había imaginado, a pesar de lo cual de inmediato fui abordado por choferes de traysikol (unas motocicletas de tres ruedas, con un asiento lateral cubierto por una estructura metálica, muy coloridas, que funcionan como taxis) y escogí uno con el que pude hallar una habitación en el segundo hotel que visitamos, a pesar de la hora. La gente era amable, el tráfico (compuesto en 80% por traysikols) era domeñable para alguien bravo y la ciudad estaba junto al mar.

 

Zamboanga, fundada en el siglo XII y con 800 mil habitantes, tiene una posición estratégica relevante en esa región: está en el extremo de la península, que se adentra como un dedo en una importante ruta marítima comercial. Por eso, los españoles se asentaron aquí en 1569, poco después de establecerse en Cebú.

 

Entonces fundaron el fuerte militar del Pilar, que hoy es el único atractivo turístico local y cuya historia resume la de la región: los holandeses lo atacaron en 1646; fue abandonado en 1663; reconstruido en 1666; de nuevo en 1719; capturado por 3 mil moros (filipinos musulmanes) en 1720; cañoneado por los británicos en 1798; abandonado por los españoles en 1898; ocupado por los estadounidenses en 1899; tomado por los japoneses en 1942; y reclamado por Filipinas en 1946.

 

La supervivencia del castellano aquí se debe a que la presencia de los españoles –entre ellos muchos soldados y curas mexicanos— fue mayor y más larga aquí que en otras zonas de Filipinas. Pero nos resulta difícil entender el chavacano porque, en realidad, la base gramatical del dialecto es la lengua malaya, a la que le incorporaron palabras de español, inglés e idiomas locales, lo que es un reflejo de la complejidad cultural de Mindanao.

 

Esta región siempre ha sido distinta de las Visayas y Luzón. Más cercana a Malasia, el proceso de conversión de los habitantes al islam empezó 300 años antes que llegara el cristianismo, y de una forma distinta: los españoles arribaron con su gente a imponer su fe con la espada, y cuando fueron derrotados, muchos de ellos se marcharon. Da la impresión de que, como ocurre con el chavacano, el catolicismo en Mindanano está pegado como una capa de símbolos y rituales que apenas logra penetrar y darle forma al material espiritulal originario, que es de carácter animista.

 

Además de la ventaja temporal, los musulmanes tuvieron otra, que es haber entrado como misioneros que poco a poco fueron adaptando las costumbres locales. Esto convirtió al islam en una fe asumida como propia por los lugareños y le dio una enorme capacidad de resistencia.

 

En Mindanao, los españoles sólo estaban seguros en sus plazas fuertes, Zamboanga y Cagayán de Oro, y a veces ni siquiera allí. Como extensión de la península, hay una hilera de islas pertenecientes a Filipinas que se llama el archipiélago de Sulu, y que parece formar un puente punteado que llega hasta al reino musulmán de Malasia, en la isla de Borneo.

 

En Mindanao y las Sulu fueron creados varios estados islámicos. La lucha de España contra ellos (y sus frecuentes incursiones militares y piratas) duró 300 años, con varias dolorosas derrotas para los peninsulares, hasta que Madrid logró tomar Jolo, capital del sultanato de Sulu, en 1876.

 

Poco les duraría el gusto. En el resto de Filipinas, diversos grupos independentistas combatían a España y casi habían logrado vencerla en 1898, cuando Madrid enfrentó y perdió otra guerra, esta vez con Estados Unidos. Así tuvo que cederle a Washington las islas de Puerto Rico, Cuba y Filipinas, incluidas Mindanao y las Sulu.

 

Los revolucionarios filipinos resistieron la ocupación estadounidense hasta su derrota, en 1902. En Mindanao, la llamada “rebelión mora”, que en realidad fue una guerra de resistencia al invasor, mantuvo a las tropas estadounidenses ocupadas hasta 1913, encabezadas por el general John J. Pershing (quien saldría de allí al estado de Chihuahua, en el norte de México, a perseguir infructuosamente a Pancho Villa y sus tropas en 1914-15, y después a encabezar el ejército expedicionario de su país en Europa en la primera guerra mundial, en 1917-18).

 

BUEN CLIMA MALO

 

La clave de la resistencia musulmana, o mora, es Jolo, en la isla de Sulu, antigua capital del sultanato y bastión principal del Frente Moro de Liberación Nacional (FMLN, uno de los dos principales grupos rebeldes, que sigue armado pero está casi en paz desde 1996, dados sus diálogos con el gobierno). Era viernes, mi hombre en Zamboanga no respondía a mis llamadas, y pensé que podría verlo al regresar allí. Él me había contactado con un dirigente en Jolo y quise viajar de inmediato, el sábado, ya que no quería quedarme demasiado tiempo en un solo lugar y hacer notar mi presencia.

 

En el puerto, todo el mundo me miró. Las oficinas de las compañías navieras grandes, que van a Cebú, Manila y otros sitios, están en una calle principal. Si hay algún extranjero, no pasa de allí. Para ir a las islas Sulu, sin embargo, hace falta tomar pequeños barcos, con cuyos representantes hay que hablar casi directamente en el muelle, en los minúsculos y desvencijados cuartuchos de madera en los que despachan, al lado del estacionamiento.

 

La página web del gobierno provincial de Sulu mencionaba unos botes rápidos que tardaban tres horas en llegar. Los encargados me decían que no existían, que el más veloz tardaría tres veces más. Entre risas, preguntaban cuántos meses me quería quedar de huésped forzado de los moros. Alguien sugirió: “¿Por qué no tomas el bote ‘Bounty’?” Costaba trabajo creerlo: efectivamente, a alguien se le había ocurrido ponerle a su navío “Bounty”, o “Recompensa”, en aguas donde los secuestros piratas de personas y barcos son cosa normal.

 

Empezaba a desanimarme. Mi prisa, mi deseo de moverme rápido, se debía a la idea de que la ventaja táctica del ratón sobre el elefante (el ratón es el periodista independiente y el elefante, los grandes medios, las instituciones oficiales o las organizaciones peligrosas) es su pequeñez y velocidad, y en el pasado, estas mismas habilidades me han permitido entrar y salir de circunstancias difíciles sin apenas ser notado. Aquí ya me había visto cada extraño personaje de muelle, sin embargo. Aunque no podrían tocarme en ese momento, nada impediría que averiguaran el bote, hora de partida y destino que habría de tener.

 

Dos amables policías filipinos me terminaron de convencer. “¿A dónde desea viajar, señor? Muéstrenos su pasaporte, por favor. Nos han informado que a Jolo. No será posible, el clima está muy malo”. Era mediodía y el sol brillaba. Les mostré una impresión de la web del gobierno provincial de Sulu, donde se promueve el turismo y se dan detalles de hoteles y restaurantes. Los agentes comentaron algo entre sí en tagalog, con expresión de sorpresa y algunas risas. “El clima está muy malo. No se recomienda ir a Jolo. Le recomendamos ir a Boracay”.

 

Un gran centro turístico de playa… al otro lado del país. Mi contacto no me respondía, caras nuevas en el puerto me miraban sospechosamente, en general todo me estaba saliendo mal… mi buena estrella parecía brillar en otros cielos. Empecé a resignarme. La prudencia exigía abortar la misión. Pronto, porque me sentía muy observado. Ratón al descubierto. Elefante preparándose.

 

DESCRÉDITO AJENO

 

En Filipinas, los boletos de las aerolíneas locales se pueden vender en cualquier cajón de zapatos y hallé uno en un concurrido centro comercial, después de jugar a hacer movimientos raros que me ayudaran a perder a quien me estuviera siguiendo… aunque probablemente sólo era mi propia paranoia. Encantadoras, las chicas me informaron que sólo había asientos disponibles a partir del lunes, tres días después. Compré uno. Tendría que pasar el fin de semana en la llamada Ciudad Latina de Asia, escondiéndome como en una ratonera de Ciudad de México o Caracas.

 

Al salir, en la pantalla de mi teléfono brilló el nombre de mi extraviado contacto. ¿Por fin? Pues no. Tenía problemas y se marchaba de Zamboanga. Pero me informó que un maestro Hadji Gonzales Alonto tenía interés en hablar conmigo. Lo describió como un clérigo musulmán del Frente Moro Islámico de Liberación (FMIL), “conocedor profundo de la problemática del pueblo moro”, “muy respetado por patriotas y religiosos por igual”. Podría visitarlo en su aldea, no muy lejos de la ciudad, muy temprano por la mañana. Con el detalle de que debería seguir algunas indicaciones de seguridad. Lo cual me pareció conveniente.

 

A las cinco de la mañana del sábado, un enviado del Maestro esperaba en la oscuridad, en un vehículo fuera de mi hotel. Me hizo subir, echó la marcha y salió raudo por callejuelas, hasta detenerse en una solitaria. Ahí revisó que yo vistiera la ropa que me habían indicado y me ofreció otras prendas, como complemento.

 

Nada tipo James Bond. No era un agente de dos metros de altura, sino un adolescente muy pequeño, que apenas superaba los 150 centímetros, y no venía en una limousine blindada: era un vetusto traysikol. Mi indumentaria no estaba muy lejos de la elegancia de la del 007: sandalias, jeans y camiseta blanca, que el joven Ibrahim, como se presentó, me hizo cubrir con una camisa de manga larga, vieja y con hoyos. Y me dio una gastada gorra de beisbolista de los Dodgers de Los Ángeles. “¿No tienes una de los Yankees?”, casi me arrepentí al preguntar. Pero soltó una agradable risa que me hizo sentir confianza.

 

Tenía que acurrucarme en el asiento cubierto del tricitaxi y mirar al suelo, “para que no vean que eres extranjero”, explicó en una divertida mezcla de chavacano e inglés. Así también me prevenía de ver el camino. Él me tranquilizaba con una charla ininterrumpida, que me parecía amena a pesar de que entendía muy poco, y de que debía guardar silencio para no llamar la atención.

 

EL FMIL, del que es miembro Gonzales Alonto, es una organización escindida del Frente Moro de Liberación Nacional (FMLN), el primer grupo de la resistencia mora moderna, heredero de una tradición de lucha de 400 años. Surgió en 1969 como respuesta a una infamia: el viejo dictador de Filipinas, Ferdinando Marcos (famoso en el mundo por la colección de zapatos de su esposa, Imelda), planeaba apoderarse de Sabah, la región de Malasia más cercana al archipiélago de las islas Sulu. Para lograrlo, planeó introducir una guerrilla separatista formada por jóvenes musulmanes de las Sulu, étnicamente cercanos a algunas tribus de Sabah, a quienes engatusó con engaños: les prometió que ingresarían en una unidad de élite del ejército filipino y que ganarían buenos sueldos.

 

En diciembre de 1967, una vez en su campo de entrenamiento en la isla del Corregidor, en Luzón, los muchachos se dieron cuenta de que los entrenaban para ir a matar a otros musulmanes, y que podrían incluso acabar atacando a sus parientes. Se inconformaron y exigieron ser devueltos a sus casas, por lo cual, los 68 reclutas fueron ejecutados.

 

Esto volvió a encender el ánimo de la resistencia de la población mora en Mindanao y las Sulu, y se formó el FMLN con un nombre poco islámico: su influencia fueron los movimientos de liberación nacional de la época. En su lucha contra el grupo armado, el ejército tomó y quemó Jolo en 1974, atizando el odio de los musulmanes.

 

El diálogo de paz con el gobierno, iniciado en 1976, y el relativo secularismo del FMLN, dieron lugar al surgimiento del disidente FMIL que continuó la ofensiva militar bajo el objetivo de “reconquistar la libertad y la autodeterminación del pueblo moro” y crear un “estado islámico independiente” en Mindanao, pese a lo cual también entró en negociaciones con Manila desde 1997.

 

Gracias a estas pláticas con el FMLN, en un principio, y después con el FMIL, se estableció la Región Autónoma del Mindanao Musulmán en provincias y ciudades que optaron por incorporarse a ella mediante referendos. Diferencias sobre las facultades del gobierno regional, sin embargo, y sobre todo sentencias judiciales que han invalidado la adición de algunas zonas, han provocado importantes roces que afectan el proceso de paz. Esto ha abierto, incluso, periodos de enfrentamientos con el ejército de Filipinas, en particular en 2000, cuando el entonces presidente Joseph Estrada lanzó una “guerra total” contra el FMIL, que no pudo ganar. Actualmente, ambos grupos mantienen fuerzas propias (estimadas en 6 mil hombres para el FMLN y en 12 mil para el FMIL) con estructuras de mando militar y campos de entrenamiento.

 

Cuando las han desarrollado, sus actividades armadas han tenido principalmente un carácter de guerrilla convencional y han declarado su oposición al terrorismo, al que el FMIL considera “anti-islámico”. Algunas unidades “renegadas” del FMIL, no obstante, han sido acusadas de cometer abusos contra población civil cristiana en 2008.

 

“Por cualquier violación de derechos humanos, nuestro Comité Central ha pedido perdón”, aclaró Gonzales Alonto. “Pero ustedes los periodistas sólo hablan en el mundo sobre el terrorismo de Abu Sayyaf y su descrédito lo cubre todo”.

 

PALABRA DE DIOS

 

Tras al menos de una hora de recorrido, Ibrahim, el enviado del maestro, se había detenido y con rapidez me había ayudado a bajar para introducirme en una pequeña cabaña de madera, donde yo pasaría momentos más intensos de lo que había imaginado. El interior era sencillo: muchos tapetes del rezo, fotografías de inmensas multitudes en La Meca, un mechero para calentar te y varios recipientes de metal. Aunque no parecía una vivienda, sino un cuarto de oración, sin lecho ni mesa, Gonzales Alonto, un hombre de apariencia más juvenil que sus 52 años, le agradeció al pequeño muchacho su amabilidad por permitirnos conversar “en la discreción de tu residencia”.

 

Podía entender lo que afirmaba mi interlocutor: sin haber profundizado en el tema hasta poco tiempo atrás, mi conocimiento previo de lo que ocurría con la resistencia mora de Mindanao se limitaba a los ataques de Abu Sayyaf, otro grupo que, como el FMIL, se había escindido del FMLN por discrepar de su interés por el diálogo de paz. A diferencia del FMIL, sin embargo, siempre ha mostrado un rechazo total a cualquier salida que no implique la instauración de un estado islámico independiente en Mindanao y las Sulu.

 

Es una organización comparativamente pequeña, de 650 miembros según estimaciones de inteligencia, pero difícil de combatir porque están dispersos en la península de Zamboanga y las islas Sulu en varios grupos autónomos, laxamente sujetos a una estructura de mando flexible, que actúan bajo el principio de golpea y escóndete. Esto les ha permitido sobrevivir a varias grandes operaciones militares en su contra, en especial una en 2006 que involucró a 8 mil soldados y apoyo militar estadounidense con alta tecnología.

 

Debido a sus métodos terroristas, Abu Sayyaf ha ganado una notoriedad desproporcionada con su tamaño. Mientras el FMLN y el FMIL consideran que el apoyo popular es fundamental para sus objetivos, a Abu Sayyaf le importa poco porque cree estar siguiendo el camino marcado por dios.

 

Así ha efectuado secuestros masivos de pobladores e individuales de extranjeros y personas influyentes, masacres con bombas y saqueos de pueblos, y escandalosos descabezamientos: le ha dado marca internacional a la resistencia mora, en contra de la estrategia de las organizaciones más importantes.

 

“El que mata inocentes rompe las leyes de dios”, explicó Gonzales Alonto. “Son jóvenes sin cultura ni conocimiento, corrompidos por versiones pecaminosas del islam”.

 

En un par de horas de conversación y te, el clérigo me había explicado su versión del conflicto: el pueblo moro sufre los resultados de siglos de agresiones por parte de las potencias coloniales, principalmente españoles y estadounidenses, además de holandeses, británicos y portugueses, y recientemente, el gobierno filipino. “Podríamos haber resuelto este conflicto ya, si hubieran respetado el acuerdo de darnos plena autonomía y control sobre nuestros territorios históricos. Pero se han desdicho o los han saboteado, por eso tenemos que presionar. Y hay esperanzas, hay avances en las pláticas y tendremos una zona autónoma más grande”.

 

Objeté que muchas provincias votaron años atrás por no entrar en la Región Autónoma del Mindanao Musulmán. “Es ignorancia”, descartó. “La palabra de dios los traerá al buen camino”. ¿A los miembros de Abu Sayyaf también? “Bajo las condiciones adecuadas, podremos hablar con ellos”. ¿Y la población cristiana de Mindanao?

 

-También necesita escuchar la palabra de dios

-Pero ellos dicen ya haberla escuchado. Por eso son cristianos.

-Están equivocados.

 

Los alegatos de todas las religiones son circuitos cerrados por necesidad, porque se basan en el principio de que “mi dios es el bueno, el tuyo no”, y ese dogma fundamental cancela el entendimiento. Pero había escuchado argumentos más complejos de muchos otros clérigos de Egipto a Irán. Me recordó, en cambio, a un grupo de predicadores de Al Qaeda con los que hablé en Níger un año atrás, que planteaban ideas igualmente simples. Puede ser que en las márgenes más alejadas de su centro de origen, el islam pierda consistencia o nunca la haya ganado.

 

No era momento de confirmar esta hipótesis. La discusión se acabó con Gonzales Alonto saliendo a toda prisa cuando lo llamaron, tras ordenarle a Ibrahim que me retuviera dentro de la choza. En ese momento reparé que el avejentado Kalashnikov que el muchachito sostenía como si fuera un juguete no estaba ahí por fuerza de costumbre. Y cuando quise hacer algo, me apuntó.

 

¿Habría disparado alguna vez ese chico? El miedo y la confusión en sus ojos hacían una mezcla peligrosa. Y el escándalo crecía afuera. Personas indignadas gritando cosas que yo no entendía, pero que Ibrahim me transmitía como un nerviosismo que crecía en él.

 

Fue una hora de tensión hasta que Gonzales Alonto retornó con dos hombres que me sacaron de la choza. ¿Eso era bueno o malo? “La gente está muy enojada”, explicó, “porque ayer por la mañana, cinco muchachos quedaron mal heridos cuando les explotó una bomba que estaban fabricando en Lunzuran, una de las aldeas cercanas, y te quieren a ti”.

 

¿Y a mí por qué? “Porque están enojados y eres extranjero, alguien les avisó que estás aquí y piensan que pueden pedir dinero para dejarte ir y pagar así los gastos médicos”. ¿Y eso es lo que hacen siempre que algo pasa? ¿Son islamistas o simples criminales? “¡No son islamistas!”, atajó.

 

Me explicó que tenía que irme de Zamboanga sin acudir a las autoridades, porque provocaría un conflicto mayor: “Si vienen, la gente los recibirá de mala manera. Y a ti, los policías te harán pasar un mal rato”. Ibrahim y sus compañeros me llevaron a la ciudad, sin permitirme ver el camino. Nos detuvimos en uno de los módulos de venta de boletos de avión, donde a mi pequeño vigilante no pareció costarle mucho trabajo adelantar dos días mi reservación. Saldría a Cebú en el vuelo de la una de la tarde de ese mismo día, sábado.

 

En el aeropuerto, un gran letrero dice en chavacano: “Bienvenido a la Ciudad de Zamboanga”. Con ese nombre, esto podría verse en la región mexicana del Istmo, tierra de la Zandunga, una famosa canción tradicional. Como en aquel sitio, la pesada humedad tropical y el ritmo de la gente hacen que la vida parezca lenta en la península. Pero puede transcurrir velozmente. E irse. Esa mañana viajaba en un traysikol (mal) disfrazado de lugareño. Y pocas horas después estaba ya en el avión, inesperadamente, tras casi sumarme a la lista de secuestrados.

 

Estaba contento de poder salir de ahí. Hay lugares del mundo que parecen muy peligrosos, pero uno sabe dónde está la línea del frente o cuál es el sitio donde se juntan los tipos de cuidado. En otros, como aquí, me he sentido todo el tiempo adentro de la boca del lobo. La ventaja del periodista extranjero es que puede marcharse, escapar. Los pobladores de Zamboanga se ven obligados a vivir rodeados de una violencia tan enorme como incontrolable, que surge de muchas fuentes, con gran confusión. Tal vez es ése el sentido más aproximado de llamarla Ciudad Latina de Asia. Pues en eso también se parece al Istmo y otras partes de mi adolorido país.

 

 

 

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Cherán: Insurrección contra el crimen

Ante la indiferencia del gobierno mexicano, los indígenas de esta población purépecha del estado de Michoacán se levantaron contra talamontes ilegales que, según denuncian, son protegidos por la delincuencia organizada.

Por Témoris Grecko (mira aquí el pdf de la versión publicada en Esquire Latinoamérica, septiembre 2011, con las excelentes fotos de Carlos Álvarez Montero)

Fueron las mujeres quienes encendieron la mecha de la insurrección en Cherán, un pueblo p’urhépecha en las montañas del estado mexicano de Michoacán que el 15 de abril de 2011 se levantó. No contra la opresión del gobierno, sino porque, en su ausencia, quien manda son las bandas de narcotraficantes. “Las mujeres decían, ¿por qué no hacemos nada?”, recuerda “Flor”, una cheranense de 25 años. “Si a los hombres los secuestran y los matan, entonces vamos a cambiarlo y vamos las mujeres”.

No se trata tan solo de otro caso de acelerada deforestación por talamontes ilegales. Y no es un típico enfrentamiento entre modernidad y tradición, un coletazo del siglo XIX sobre el XX. Lo que sucede en Cherán, explica “Roberto”, uno de los miembros de la Comisión General (la nueva autoridad que se han dado los habitantes del pueblo), es un producto de la infiltración del dinero del crimen organizado en el proceso electoral municipal de 2007. La compra de puestos de representación popular “está pasando en Michoacán y en todo México”, alerta este dirigente, cuya identidad real, como la de “Flor” y las de los demás cheranenses, debe mantenerse en reserva porque sus vidas están en juego.

Su alarma ante este fenómeno coincide con la que han expresado numerosos observadores, como el periodista Ricardo Ravelo, autor del libro “El narco en México. Historia e historias de una guerra”, quien señala que “no hay controles sobre el flujo financiero que llega a las campañas. Los candidatos a puestos de elección popular ya no compiten con proyectos, compiten con dinero. Sólo así se ganan los comicios y así se le abre paso al narcotráfico”.

Un estudio del Senado de la República, difundido en agosto de 2010, reveló que seis de cada 10 municipios del país están infiltrados por el narcotráfico. En localidades como Cherán, además, el problema se agrava porque la condición indígena de las víctimas es motivo para la discriminación y el olvido por parte de la autoridades.

El resultado es el desprestigio de la democracia electoral: los cheranenses ven a los partidos políticos como los responsables de la discordia que permitió que el crimen organizado los encontrara divididos y aprovechara la oportunidad. Su muralla de defensa, erigida a lo largo de una lucha de campesinos y maestros contra el poder armado y financiero de las mafias, es recuperar sus antiguos usos y costumbres, para asegurarse de que los gobiernen vecinos honorables y de confianza.

O vecinas: “Yo podría emigrar con la familia que tengo en Estados Unidos”, dice la jefa de familia “María Rosa”. Una cuarta parte de los cheranenses ya vive en ese país. “Pero amo a mi pueblo. Por eso estoy en esta lucha”.

LA FOGATA

Conocemos a “María Rosa” en una fogata de “París”. Un poco en broma, otro tanto por costumbre, así llaman sus habitantes a este barrio, el cuarto de los cuatro que hay en Cherán, y cuyo verdadero nombre es Parhikutini, que en el idioma p’urhépecha de la zona significa “pasarse al otro lado”: el pueblo está dividido en dos por una barranca y “París” se encuentra solitario al norte de la misma. Al sur, el barrio primero es Jarhukutini (“al borde de”), y lo siguen Ketsïkua (“abajo”) y Karakua (“arriba”).

Históricamente separados, los habitantes de Parhikutini tienen fama de tímidos. “Pareces de París”, les dicen a los niños que se retraen ante el extraño. En realidad, los cuatro barrios son muy celosos de su autonomía, y esto se refleja en la organización que se ha establecido tras el levantamiento que empezó el 15 de abril: la Comisión General, donde todos tienen derechos y responsabilidades equivalentes.

La unidad política fundamental es la fogata. Los vecinos de cada calle se reúnen bajo techos de madera o lona, frente al fuego, para realizar tareas de vigilancia nocturna, recibir y brindar información, discutir los asuntos importantes, tomar decisiones y elegir un coordinador. Entre éstos, cada barrio escoge a cuatro coordinadores generales, que lo representan en la Comisión General, que está entonces, obviamente, integrada por 16 personas. Ahí se acaban las jerarquías: no hay un presidente o jefe, ni una especie de cuarteto o comisión superior: los 16 coordinadores tienen voz y voto en la gobernación del pueblo. Igualmente, cada barrio tiene que aportar un número idéntico de voluntarios para la ronda comunitaria, que actúa en lugar de la policía, así como para ocuparse de los servicios públicos.

Convertida en cocina comunitaria, la fogata tiene un papel vital, además, para la manutención de los habitantes de Cherán. Si la opresión de los talamontes y los grupos armados había golpeado la economía local antes del 15 de abril, la insurrección casi acabó con ella. La gente controla ahora las calles y los accesos al pueblo, donde prevalece un nivel de seguridad que casi ha desaparecido en el resto de México: no hay más secuestros, extorsiones y asesinatos. Fuera de sus límites, sin embargo, se extiende una peligrosa tierra de nadie y los habitantes, que viven de actividades forestales (leña, recolección de resina y vegetales silvestres), agrícolas (maíz, trigo, papa, haba y avena) y ganaderas (bovinos, caballares, porcinos, ovinos y caprinos), y de la fabricación de productos de madera y corcho, sólo pueden salir a recorrer los bosques, cuidar sus animales y trabajar sus tierras bajo riesgo de secuestro y asesinato.

Así le ocurrió al comunero Domingo Chávez Juárez, de 47 años, quien fue “levantado” cuando quiso visitar su parcela el 28 de mayo y fue encontrado 13 días después, en las faldas del cerro El Tecolote, en el cercano municipio de Zacapu, asesinado de un tiro y quemado. Su viuda, Zenaida Vázquez, quedó a cargo de cuatro hijos de entre 14 y 22 años.

Pocos comercios abren. “Estoy aquí sólo por si cae algo”, dijo el dueño de una pequeña mueblería, “pero ni una mosca”. Cherán depende de los ingresos de los empleados gubernamentales, como los profesores, y de la ayuda exterior: “Estamos resolviendo el problema de la alimentación gracias a los hermanos emigrantes”, dice “María Rosa”, “gracias a la ayuda que nos están enviando de diferentes pueblos, de diferentes ciudades, países” (unos 18,000 cheranenses permanecen en su tierra, pero otros 6,000 viven en Estados Unidos, según la Comisión General).

En su fogata frente a la lonchería “París”, en la calle de Abasolo, las mujeres preparan cena para muchos. Los niños que alborotan esperan el llamado a llenar la panza. “Ahora la familia es la fogata, aquí estamos”, “María Rosa” señala a sus compañeras, “y estamos en grupo: los que no tienen qué comer, por lo menos hacen una o dos comidas al día”.

Hacemos un recorrido nocturno por la mitad de las 48 fogatas de las empinadas calles del barrio de Parhikutini, tratando de evitar el empacho: no hay pretexto que nos salve de comer al menos un taco de frijoles, un pozole de grano o un huevo sobre tortilla en cada una de ellas, entre la curiosidad y la entusiasta cortesía de la gente, que aunque somos turichi (no p’urhépechas), nos llama pichpiri (“amigo”) y agradece la visita en tiempos duros.

Su calidez es grande, a pesar de la situación. Los vecinos forman tres equipos que se turnan para pasar la velada en la fogata, vigilando que nada amenace la seguridad. Llevan varios meses en esa dinámica y algunas personas muestran signos de cansancio debido a la tensión, la incertidumbre y los rigores de la resistencia.

“No sabemos qué va a pasar”, lamenta una joven madre en otra fogata. “Y mis niños tienen hambre, tienen miedo. A veces pienso que mejor deberíamos…” Se interrumpe. Las llamas han bajado y su rostro angustiado se enrojece por el brillo de las cenizas ardientes. “Manuel”, uno de los coordinadores generales de  Parhikutini, interviene para levantar los ánimos. Les recuerda que “no tenemos alternativa. ¿Nos rendimos ante los malos? ¿Y qué van a hacer con nosotros cuando vean que no podemos? Ya p’atrás, ¡ni pa’tomar vuelo!” Les asegura que están haciendo algo muy importante y que le están dando ejemplo a México y al mundo. Para corroborar su dicho, dos chicas del movimiento piquetero argentino, que vinieron a conocer lo que pasa en este pueblo, expresan su admiración por esas mujeres valientes de Cherán. El lugar se llena de aplausos.

“La fogata es el punto para contar la historia”, me había dicho “Roberto”, profesor de escuela de unos 60 años de edad. “Si una fogata se apaga, se acaba esa luz. Se deja de generar ideas”.

LA DIVISIÓN

Los cheranenses están orgullosos de su relación con el bosque y de las gestas de sus próceres para defenderlo. El general Casimiro Leco condujo la resistencia contra el bandolero Inés Chávez, entre 1915 y 1918, y el profesor Federico Hernández Tapia logró detener en 1927 los trabajos de una empresa estadounidense que cortaba árboles para fabricar durmientes de ferrocarril.

Como muchos michoacanos, por el recuerdo del exgobernador (1928-32) y expresidente “tata” Lázaro (Cárdenas, 1934-40), siguieron a su hijo Cuauhtémoc cuando dejó el entonces dominante Partido Revolucionario Institucional (PRI) para fundar, en 1989, el Partido de la Revolución Democrática (PRD), que fue hasta 2007 la indisputable fuerza política local. En ese año, sin embargo, enfrentamientos internos motivaron que un perredista muy popular, el profesor Leopoldo Juárez Urbina, se separara para presentar su candidatura a alcalde por el Partido Alianza Socialdemócrata (PAS).

Los habitantes de Cherán llegaron a las elecciones del domingo 11 de noviembre de 2007 con cinco opciones para presidente municipal: PRD (en alianza con dos partidos pequeños), PAS, PAN, PANAL y PRI, que postulaba a un maestro desconocido, Roberto Bautista Chapina. Entonces “hubo una campaña con mucho, muchísimo dinero, que se intensificó el viernes y el sábado anteriores” (días prohibidos para el proselitismo, según las leyes electorales), cuenta “Roberto”. “¿De dónde vino ese dinero?”, continúa: “Vino del narco. Nuestra división abrió la puerta y el PRI entró como por su casa”.

El periodista Ravelo ha estudiado situaciones parecidas en el país: “El dinero entra a través de donaciones a los partidos, por maniobras de los comités de financiamiento, mediante los amigos de los candidatos. Así ponen a gente en las alcaldías, a legislar en los estados, y no se descarta que lleguen los intereses del narcopoder a la presidencia de la República en 2012, que se establezca una suerte de cogobierno con el narco”.

El estudio “Ayuntamientos y crimen organizado”, de la Comisión de Desarrollo Municipal del Senado, reveló en agosto de 2010 que “el 63 por ciento de las más de 2 mil 500 alcaldías están infiltradas por células operativas, y de éstas, 8 por ciento está totalmente bajo el control del narcotráfico”. A diferencia de los políticos nacionales, los capos saben dónde está la base del poder, continúa el documento: “Los cárteles sí que han sabido la fórmula de la ecuación. Han entendido que el municipio, al ser el nivel de gobierno más cercano a la gente, es el que había que echarse a la bolsa particularmente para las operaciones de narcomenudeo y, posteriormente, para asegurar logística, infraestructura, apoyo político y silencio cómplice”.

En Cherán, el rompimiento del PRD permitió la victoria del candidato priísta. Juárez Urbina, con el PAS, obtuvo 2 mil 070 votos. La alianza encabezada por el PRD, mil 980. Juntos hubieran sumado 4 mil 050 sufragios. Pero cada uno fue por su lado e individualmente sus cifras resultaron apenas menores que la del PRI, que consiguió 2 mil 153 preferencias.

Bautista Chapina tomó posesión el 14 de febrero de 2008. Una de sus primeras decisiones fue reemplazar a los agentes de la policía municipal con personas que, en su mayoría, no eran de Cherán. “Él no los eligió, se los impusieron”, dice el profesor “Roberto”, en referencia al crimen organizado.

Los problemas empezaron de inmediato. El 29 de marzo, Jorge Romero Mateo, de 34 años, fue golpeado por policías municipales, quienes lo dejaron tendido en la calle y después lo mataron arrollándolo con una patrulla. En declaraciones al diario La Jornada (25 de mayo de 2008), su madre relacionó el asesinato con una pelea que su hijo tuvo con Bautista Chapina, quien presuntamente mantenía una relación con la esposa de Romero Mateo.

Mariano Ramos Tapia, de 17 años, fue testigo de los hechos. Durante una fiesta tradicional, el 31 de marzo, el chico fue arrestado y después “cayó de la camioneta porque los agentes del orden no habían tomado las medidas de seguridad correspondientes al subirlo”, reportó el diario Cambio de Michoacán (10 de mayo de 2008). Murió por lesiones en el cráneo. Los policías, que abandonaron el cadáver y escaparon, fueron detenidos y después liberados.

Ramos Tapia estudiaba el bachillerato en la cercana ciudad de Uruapan, donde vivía en la Casa del Estudiante “Carlos Marx”. Sus compañeros, que denunciaron los hechos como un homicidio, tomaron el Palacio Municipal de Cherán el 4 de abril en demanda de justicia y forzaron a Bautista Chapina a despachar desde la Casa de la Cultura. Juárez Urbina asumió el liderazgo del movimiento y exigió la renuncia del alcalde. Lo secuestraron el 8 de mayo de ese año y apareció muerto dos días después, con señales de tortura, en un paraje del municipio vecino de Paracho.

LA DEVASTACIÓN

A 2 mil 400 metros sobre el nivel del mar, Cherán es un lugar de tormentas y nubes bajas. Pero en este mediodía de un domingo de verano, el sol brilla. El fotógrafo Carlos Álvarez Montero y yo queremos ir al cerro Aŋajtsïn (“levantándose”), uno de los últimos sitios que estaban arrasando los talamontes antes del 15 de abril, y a los que la gente se refiere en general como “la devastación”. Pedimos un guía, pero prefieren enviarnos con una escolta de cinco hombres.

Armada. Tras llegar por una dura brecha, en una camioneta 4×4, nuestros acompañantes revisan sus artefactos: un rifle de asalto R-15, una subametralladora Uzi, un viejo fusil 22 y un par de pistolas. “Cuando uno menos se lo espera, salta la liebre”, previene alguien. Los insurrectos están preocupados por la imagen pública de su movimiento y prefieren no dejarse ver con tales instrumentos. Es difícil pensar que sin ellos podrían tener éxito, no obstante. No explican cómo los obtuvieron, pero cuando fue expulsado, el alcalde Bautista Chapina denunció el saqueo del pequeño arsenal de su cuerpo de policía.

Aunque nuestros acompañantes son voluntarios (“hoy nos tocó la ronda”, se lamentó uno), tienen sentido operativo. Nos anteceden al subir por un camino que los lugareños solían utilizar en mejores tiempos. “En los últimos años”, cuenta un p’urhépecha alto de facciones recias, a quien sus compañeros llaman con un apodo de personaje rudo del cine, “cuando venías por aquí y veías bajar a los malos, mejor te ibas corriendo. Si te atrapaban, te quitaban lo que trajeras y te golpeaban: afortunado te creías si te dejaban vivo”.

Al entrar en terreno abierto, en la ladera del Aŋajtsïn, los cheranenses se despliegan en media luna para protegernos de un posible ataque. El 29 de abril de 2011, dos semanas después del levantamiento, la avanzada de una partida que subía al cerro San Miguel tras detectar la presencia de talamontes, sufrió una emboscada que dejó dos vecinos muertos —uno de ellos era Pedro Juárez Urbina, hermano del difunto Leopoldo— y dos heridos.

El escenario es desolador: un bosque transformado en tocones irregulares y troncos derribados, ennegrecidos por el fuego. “Los talamontes hacen quemas para deshacerse de las ramas, las hojas y otros obstáculos”, explica mi interlocutor, a quien llamaremos “Rocky”. “Así acabaron con todo: con las semillas de pino, con las otras plantas, con los animales. Aquí venía la gente en esta época con sus cubetas a recoger hongos. Luego los vendían en el mercado y sacaban 10, 20 pesos (1-2 dólares), para completar el gasto. Ahora no hay ni uno”.

Pero sí encontramos. Uno solo, no es difícil hacer la cuenta. Redondo, claro en la circunferencia, de color naranja brillante en el medio. “Rocky” se inclina para tocarlo con suavidad. “Crecí en el cerro, allá vivía sacando resina”, cuenta, señalando hacia La Virgen, un monte que los taladores sólo lograron deforestar parcialmente: “Ya p’allá iban a tumbar árboles, por ahí por todo eso que se ve desahijado”. Extraer la savia de los pinos es una de las principales actividades en Cherán. De ella se obtiene una resina con la que se fabrican cubetas, lazos e incluso pantalones. “Rocky” ganaba 2 mil 200 pesos (200 dólares) al mes por cuatro cargas del producto. Hasta que se tuvo que refugiar en el pueblo: “Los malos me quemaron mi ranchito”.

A unos centenares de metros, vemos unas parcelas abandonadas. No las dejaron ahora, sino mucho antes del 15 de abril: “Si los talamontes veían que tenías un tractor, te golpeaban y te lo quitaban para arrastrar troncos”, recuerda “Rocky”. “Si pasabas con un carrito y una mula, o con un carro (camioneta) en el que traías tomate, te lo quitaban. Violaron a varias mujeres. Secuestraron vecinos para pedir rescate. La gente gritaba: ‘¡Ahí vienen los de (el cercano pueblo de) Capacuaro!’, y todo el mundo corría. Los comuneros ya no querían venir”.

“Sí llegamos a agarrar a algunos delincuentes”, continúa este hombre moreno y de cabello muy corto, de unos 30 años, “pero cuando los llevábamos a la cárcel, se burlaban, nos decían ‘bien pronto el presidente municipal me va a sacar, y si no, él ya sabe a lo que le tira’”.

Desde donde estamos, Cherán aparece unos cinco kilómetros al sur, y detrás, el cerro de San Marcos. A nuestra izquierda está el de La Virgen, y a nuestra derecha, el de San Miguel, completamente arrasado. “Se lo echaron en un mes”, denuncia “Rocky”. “Vinieron carros de Capacuaro, de San Lorenzo, de Santa Cruz Tanaco, de Huecato, y otros lugares… eran 150 y hasta 200 carros al mismo tiempo. Y cada uno hacía unos cuatro viajes, cargados de troncos”.

También acabaron con Aŋajtsïn, un monte especial para los cheranenses: “La gente venía aquí a hacer su comida, a disfrutar de la naturaleza, los niños risa y risa, una gritería. Todo eso se acabó. Ya no quedó nada”.

Los talamontes de Capacuaro son los más temidos entre los de una serie de comunidades dedicadas a la tala ilegal. Sus operaciones son protegidas, según los cheranenses, por un hombre al que identifican como Cuitláhuac Hernández Silva, “El Güero”, y a quien le atribuyen el liderazgo de un grupo de narcotraficantes relacionado con el cártel criminal La Familia Michoacana (ahora reconvertido en Los Caballeros Templarios). Aseguran que cobra 500 pesos por camioneta y viaje: 200 carros por cuatro viajes a 500 pesos representarían ingresos por 400 mil pesos  (33 mil dólares) diarios.

LA HUMILLACIÓN

Para sacar la madera a la carretera Uruapan-Guadalajara, sobre la que se encuentra Cherán, los talamontes tenían que atravesar el pueblo. Centenares de camionetas pasaban varias veces al día, exhibiendo ante los ojos de los cheranenses la riqueza que les robaban. Pese a repetidas denuncias de los comuneros, ningún cuerpo de policía los detenía: la Forestal, la Preventiva Estatal, la Ministerial, la Federal, según testimonios de los pobladores.

“Pasaban a todas horas del día y de la noche”, me había dicho “María Rosa” en su fogata. “Corrían sin ningún cuidado por nuestras calles, se nos dejaban venir. Traían armas y si tú volteabas a mirar, te apuntaban, ¿tú que hacías? Bajabas la mirada. Y daba coraje porque bien se echaban una cerveza y te decían ‘salúdennos, pendejos de Cherán’. ¿Qué hacíamos? Agacharnos”. La deforestación afectó también los recursos hídricos del pueblo: “Se metieron con los mantos acuíferos, nosotros sobrevivimos de esa agua”.

“Usted no sabe cómo fueron esos momentos tristes cuando ellos venían”, continuó la cheranense, “no les importaba, tiraban balas, aquí nosotros no teníamos armas, más que madera, piedras, ‘cuetes’ (juegos pirotécnicos), era con lo que nos defendíamos, era lo único porque no había. Y ellos con armas. Todavía la policía venía a apoyarlos a ellos… y a nosotros… ¿qué somos?”

La complicidad de los agentes municipales designados por el alcalde Bautista era evidente para los pobladores. El profesor “Roberto” da un ejemplo: el 31 de marzo de 2008, “la policía pasó echando balazos por la plaza principal, por el mero centro. Así vaciaron el área porque la gente corrió a esconderse. Luego llegaron los malos y ‘levantaron’ al comerciante de la tienda de abarrotes. Nos secuestraban dentro de nuestro propio pueblo y la gente tenía miedo, antes éste era un pueblo seguro pero cuando gobernaba Bautista Chapina, la gente se metía a sus casas a las 10 de la noche”.

Los raptos tenían motivaciones económicas y políticas. Tras la muerte del ex candidato a alcalde Leopoldo Juárez Urbina, los miembros del Comisariado de Bienes Comunales —una autoridad agraria similar en poder a la Presidencia Municipal— se dividieron y formaron grupos rivales. Uno de ellas se ubicaba en la oposición al PRI, pero recibió un fuerte golpe cuando su secretario, Rafael García Ávila, y su tesorero, Armando Gerónimo Rafael, así como el asesor de predios arbolados Jesús Hernández Macías, fueron secuestrados el mismo día, 10 de febrero de 2011, pero por separado: el primero cuando se dirigía a su casa, el segundo, dentro de su hogar, y el último, en la cercana población de Paracho. No se ha vuelto a saber de ellos.

LA BATALLA

“N’hombre, las mujeres fueron las que se organizaron”, festeja “Tomás”, un apuesto p’urhépecha de 70 años que se acerca a saludarnos en una callejuela del centro. Su esposa lo espera, pero él insiste, con sus ojillos vivarachos bajo el sombrero de ala: “¡Ahora sí que ellas son más hombres que nosotros!”

“En la situación en la que estamos, los hombres corren más peligro”, nos explica en la Casa Comunal (antes Presidencia Municipal) “Flor”, una joven que está prestando el servicio social, un requisito para obtener el título de maestra de escuela. “Hasta ahora no han matado ni secuestrado a ninguna mujer”. Por eso, asegura, las cheranenses resolvieron encabezar el levantamiento, para ya no dejarse hacer tauandurini (“que te pateen”).

El 14 de abril pasado, circularon pequeños volantes que decían “¡ya basta!” y convocaban a detener a los talamontes. El punto de encuentro  escogido fue la capilla del Calvario, sobre la calle Allende del tercer barrio, Karakua: ahí confluyen dos avenidas de tierra que son accesos al pueblo. Una de ellas, Allende Oriente, se convierte en el viejo camino a Nahuatzen, por donde las camionetas llevaban la madera cortada ilegalmente en un cerro bajo, de unos 200 metros de altura, al que los lugareños se refieren con el nombre de un paraje en sus faldas, La Cofradía.

Recojo la historia cerca del crepúsculo, hablando con muchas mujeres y algunos hombres en la fogata que, entre las 179 establecidas en el pueblo, lleva el número 1. Está en Allende y 16 de Septiembre: es algo así como un sitio histórico, donde permanecen los esqueletos quemados de tres camionetas (en total, nos dicen, hay unos doce en distintos puntos del pueblo).

El 15 de abril de 2011, decenas de mujeres se reunieron a las cinco de la mañana. Una hora después, a espaldas de la capilla, detuvieron la primera camioneta. Armado con palos, machetes y “cuetes”, el grupo se empezó a hacer multitud, con la llegada de adolescentes y jóvenes, y el conductor del segundo vehículo, un chico de 16 o 17 años, pudo verlos a la distancia. Aceleró y comenzó a zigzaguear: “Venía viboreando contra nosotros”, cuenta “Felipe”, un carpintero, “pero la gente se alcanzó a quitar”. Una lluvia de piedras que penetró por el parabrisas y las ventanillas hizo que el chofer perdiera el control y chocara contra un poste. Después capturaron otros dos carros. Varios de los ocupantes lograron escapar, pero la gente retuvo a cinco talamontes.

A las 10, una patrulla de la policía municipal pasó exigiéndole a la gente que liberara a los detenidos y se marchara, pues un grupo armado vendría al rescate. Un cuarto de hora después, comenzaron los disparos. Nadie sabe muy bien cuántos agresores venían, ni el número de vehículos, “porque no podíamos ver, teníamos que escondernos”, explican en la fogata 1. Las estimaciones varían de ocho a 14 personas, incluidas algunas mujeres.

Favorecidos por el poder de su armamento, los atacantes avanzaban por la calle Zapata. Varios jóvenes les hicieron frente con juegos pirotécnicos. El adolescente Eugenio Sánchez Tiandón recargó las cabezas de varios “cuetes” sobre un palo tirado en el suelo, para levantar su trayectoria, y lanzó un par, “pero no alcanzó a encender las mechas de los demás: le dieron un tiro en la cabeza, arriba de la ceja”, recuerda una joven.

Parecía que se avecinaba una matanza que culminaría con la liberación de los talamontes. La suerte, sin embargo, estaba del lado de los pobladores: “Quién sabe cómo, pero a uno (de los rivales) le cayó un ‘cuete’ y se le veía floreado de la panza”, dice la misma chica. Tras 20 minutos de batalla, eso fue suficiente para provocar la retirada de los agresores. ¿Desconcierto? ¿Miedo? ¿Tal vez consideraron que el riesgo era mayor que el esperado y que no valía la pena arriesgar la vida por los detenidos?

En la capilla del Calvario, de cualquier forma, los ánimos estaban muy encendidos. Habían vencido a un costo demasiado alto, pues parecía que el muchacho Eugenio iba a morir (cayó en coma y sobrevivió, pero con daños graves a la vista, el oído y el habla). “Flor” me había contado, horas antes, que “cuando llegué, como a las 3 de la tarde, las señoras los tenían (a los detenidos) amarrados, tirados en el piso. Uno tenía una pedrada, como que se le coagulaba la sangre en la cabeza, pero le seguía saliendo. Y ya los iban a colgar, ellas se acordaban de la gente que han matado, que han secuestrado”. Las ramas de un enorme fresno frente a la capilla prestarían el servicio. “Pero otras señoras tuvieron lástima”, siguió “Flor”, “y las convencieron de mejor encerrarlos en el curato”.

LA (IN)JUSTICIA

En las afueras del pueblo, mientras tanto, Cuitláhuac Hernández Silva, “El Güero”, a quien identifican como capo de la región, llegaba “por su hija al Colegio de Bachilleres de Cherán, porque ella estudiaba allí, con lujo de violencia”, me diría más tarde “Jacinto”, otro de los coordinadores generales. “La gente lo interpretó como que los grupos criminales iban a atacar las escuelas. Los alumnos de todos los planteles se encerraron hasta que sus padres fueron por ellos. Y en los días siguientes no los dejaron acudir” (el periodo escolar 2010-2011 terminó en junio sin haber podido reanudar las clases).

Como los cinco talamontes retenidos eran del vecino Capacuaro, la gente de este pueblo bloqueó la carretera que une ambas comunidades. Fuerzas policíacas estatales y federales se habían desplegado en la zona y sus helicópteros la sobrevolaban, pero no impidieron que los capacuarenses bajaran a golpes a los ocupantes de coches y autobuses en busca de paisanos de Cherán, y que secuestraran a los cuatro que encontraron, entre ellos un niño, un médico y un maestro, con el objetivo de realizar un intercambio.

Los alzados expulsaron al alcalde Bautista y a sus agentes, tras haber incautado sus armas y vehículos. Esperaban una ofensiva de los hombres de El Güero. “La tensión se sentía horrible en los primeros días”, recordó “Flor”. “No podíamos ni comer de la preocupación”.

“La CEDH (Comisión Estatal de Derechos Humanos) nunca hizo un pronunciamiento sobre nuestro problema”, señaló “Roberto”, “pero sí salió a decir que habíamos golpeado a los talamontes. En cambio, la CIDH (Comisión Interamericana de Derechos Humanos) nos atendió siempre”. Gracias a la mediación de este órgano, inocentes y sospechosos regresaron a sus casas a los nueve días. Los segundos, pese a las denuncias interpuestas por los cheranenses, no fueron procesados judicialmente.

La cuota de sangre de los lugareños desde febrero de 2008, cuando tomó posesión el alcalde del PRI, hasta ahora es de 12 muertos y seis desaparecidos. Los cheranenses no están dispuestos a permitir que fuerzas ajenas patrullen sus calles, que ellos por fin controlan, sino que piden que el Ejército Mexicano se establezca en ocho “filtros” o puntos de vigilancia ya definidos e impida la tala ilegal. Les han planteado a las autoridades tres demandas: justicia, seguridad y reconstrucción de los bosques.

El gobernador Leonel Godoy, quien declaró el 28 de abril que la de Cherán “es una lucha justa que el gobierno del estado apoya”, acordó una semana después con Francisco Blake, secretario de Gobernación (ministro del Interior) federal, la realización de operativos contra los talamontes ilegales en la zona de Cherán. Los comuneros señalaron ocho puntos clave en los que se instalaron unidades de policías nacionales (Forestal, Federal) y estatales (Ministerial, Preventiva). Sin embargo, denuncian, esa presencia es intermitente en cinco de esos lugares, mientras que donde es permanente “los carros con madera pasan frente a sus narices y no hacen nada”, según “Jacinto”.

¿Por complicidad o por temor? Los cheranenses no comentan. Al menos en un par de ocasiones recientes, sin embargo, grupos de personas golpearon y retuvieron durante varias horas a policías federales que participan en esta campaña: a dos en Santa Cruz Tanaco, el 29 de julio, y a otros 12 en Parácuaro, el 31.

Ninguna de las autoridades involucradas se ha pronunciado sobre las acusaciones contra “El Güero” Hernández y el alcalde Bautista Chapina, ni ha comunicado campañas específicas contra las bandas de narcotraficantes que operan en la región, más allá de insistir en llamados genéricos a luchar contra el crimen, como cuando el presidente Felipe Calderón declaró, el 5 de agosto, que “no dejará en manos de la delincuencia organizada las reservas naturales de México”.

Esto a pesar de que, como explicó el profesor “Jacinto”, la intervención policiaca no se puede quedar en detener las actividades contra el bosque: “No se resuelve el problema en tanto no disuelvan las células criminales y no desmantelen los aserraderos clandestinos que están en Santa Cruz Tanaco, Rancho Morelos, Huecato, Capacuaro, San Lorenzo Angahuan, Uruapan y Nahuatzen. “Del aserradero clandestino, la madera ya sale documentada (como madera de procedencia lícita, es decir, amparada por permisos de explotación). ¿De dónde sale esa documentación? Toda la madera que sale de aquí es ilegal, pero de ahí p’allá, ya es legal, ¿quién está involucrado?”

“¿Quién les da la documentación, dónde la obtienen y cómo?”, insistió “Roberto”. “Ahí queremos que se haga justicia con Semarnap” (la Secretaría de Medio Ambiente, Recursos Naturales y Pesca, órgano federal que regula las actividades forestales).

LA UNIDAD

La reforestación es otro enorme problema. Los cheranenses estiman que de las 27 mil hectáreas de bosque del municipio, 20 mil han sido destruidas. En cada una debe haber mil 200 árboles, lo que representa un déficit de 24 millones de ejemplares.

“Roberto” considera que, en la respuesta de las autoridades, se manifiesta la discriminación hacia los indígenas: “El gobierno cree, pues estos son unos inditos, son tontos, ignorantes, y los organismos (encargados de recuperar la foresta) sólo nos ofrecen 200 mil árboles. Dijeron que es su máximo esfuerzo. Y ellos sólo piensan en pinos, pero hay otro tipo de árboles afectados, vegetación muy diversa, como nuritén, que es una planta medicinal olorosa que usamos en nuestras fiestas, como en una boda porque simboliza la virilidad y que va a haber hijos. ¿Cúando nos van a restituir eso? Nos siguen ofendiendo y ya no nos van a engañar”.

Son sus particularidades indígenas, no obstante, las que ellos esgrimen para reclamar el reconocimiento a una forma de organización política diferente, dentro del Estado mexicano. Debido a la experiencia de estos últimos años, han decidido rechazar el sistema electoral. “Si decimos no a los partidos políticos es porque fue gracias a ellos que el crimen organizado nos encontró divididos”, dijo “Roberto”.

El 13 de noviembre, el estado de Michoacán celebrará comicios para elegir gobernador, diputados locales y alcaldes. “No los habrá en Cherán”, han dicho los cheranenses a todo el que ha querido oír, desde la presidenta del Instituto Estatal Electoral hasta el gobernador Godoy Rangel. Han instado al Congreso local, además, a reformar la constitución del Estado para reconocer el derecho de los pueblos indígenas a gobernarse mediante un régimen de usos y costumbres, como ocurre en Oaxaca (418 de sus 570 municipios se rigen así). “En cada barrio se tiene que seleccionar a las personas honorables”, detalló “Roberto”. “Para escoger a una persona se tiene que ir tres generaciones atrás: cómo era su padre, cómo era su abuelo, qué han hecho todos ellos por la comunidad…”

Godoy Rangel ha respondido que los comicios se deben llevar a cabo en todos lados. “Que nos digan cómo vamos a resolver este tema de la comunidad indígena de Santa Cruz Tanaco y de las personas que no son miembros de la comunidad indígena de Cherán”, replicó el 8 de agosto. Al defender los derechos políticos de los habitantes de esa localidad, perteneciente al municipio de Cherán, el gobernador no mencionó que los cheranenses acusan a los de Tanaco de estar entre quienes los agreden y saquean sus bosques.

Cherán fue el único municipio michoacano donde el PRD y el conservador PAN, que celebraron elecciones primarias el 31 de julio, no instalaron urnas. “El 15 de abril encontramos la unidad, que es nuestra bandera”, reivindicó “Jacinto”, “y dijimos no más partidos, no más elecciones, lo hacemos a nuestra manera tradicional”.

LA BARRICADA

Los accesos a Cherán por carreteras pavimentadas (una lo comunica con Paracho, Capacuaro y Uruapan, otra con Nahuatzen y Pátzcuaro y una más con Carapan y Zamora), con bastante tránsito, están resguardados cada noche por los voluntarios de ambos sexos que envían las fogatas, mediante un sistema de turnos. Tienen armas de fuego y radios de comunicación. Además, “cuetes”: cuando se lanza uno, significa que todo está bien; con dos, se llama a estar alerta; tres son la señal de emergencia y el pueblo entero debe salir a enfrentar la amenaza.

En esas barricadas, por la noche, cuando un vehículo se para en la vía o hace un movimiento extraño, la gente teme que de su interior salga una ráfaga de ametralladora o un bazucazo. En la oscuridad lluviosa, los acompañamos por una serie de obstáculos que han colocado en el camino mientras ellos se acercan a ver qué ocurre al final de ellos, rogando que no sea nada. Varios se cubren el rostro con paliacates: “¿Cuál es el miedo?”, se burlan otros. “De todos modos, el sello (de la insurrección) lo traemos todos en la frente”.

En otra de las entradas al pueblo, la de la brecha terregosa por la que llegaron las camionetas que detuvieron el día del alzamiento, la actividad es menor. Pero la tensión es la misma. La barricada de Allende Oriente parece la frontera entre la civilización y las tierras salvajes. La fogata 1 y El Calvario están 150 metros hacia abajo. Calle arriba, la oscuridad hace imposible distinguir el cerro de La Cofradía y el camino viejo a Nahuatzen: dos postes de luz, uno de los cuales fue colocado recientemente, marcan el límite de lo que se puede ver desde el puesto: no más de 20 metros de ruta lodosa. Las mujeres que velan aquí cada noche han tenido varios sustos con conductores borrachos, pero hasta ahora no ha pasado de ahí.

“Necesitamos ‘cuetes’ y radios”, demandan las mujeres del pequeño puesto cuando llegamos. Quieren ser capaces de avisar en caso necesario. La mayoría está desgastada por los meses de temor y poco sueño. “Aquéllos son malos”, se queja una, “pero están tranquilos, durmiendo. En cambio nosotras estamos aquí como conejos, desvelándonos”.

De un perol, extrae rico caldo que sirve en platos, para ofrecernos. La enorme cortesía p’urhépecha no admite negativas. Está delicioso, de cualquier forma. Ellas discuten la situación: “Les echamos la culpa a los de otros pueblos”, reflexiona una adolescente, “pero yo pienso que detrás de todo eso hay gente rica con influencia en el gobierno, gente de la industria maderera”. Las demás asienten.

Recuerdan que antes del 15 de abril, “en el cerro San Miguel, por las noches se veían los carros que bajaban la madera, eran tantos que parecían como focos de Navidad”. “Carmen”, una joven costurera denuncia: “Nuestro gobierno hace la finta de que van a cuidar, pero no, nomás nos dan atole con el dedo”.

Aunque tienen miedo y cansancio, saben que no hay vuelta atrás. Y no les faltan ganas de bromear, reír y hablar del pasado y del futuro, a la luz de la fogata. El viento sopla frío pero se siente un calor que no es físico, sino emotivo. Las mujeres de Cherán sonríen. “Mi hijo apenas va a cumplir 2 años. Si no me uno al movimiento, un día me reclamará”, comparte “Carmen”, meciendo en los brazos al precioso bebé p’urhépecha. Deja de mirarme a mí y desplaza los ojos oscuros para buscar los de la criatura. “‘¿Por qué?’, me dirás, ‘¿por qué, si tuvieron la oportunidad, por qué no hiciste nada para cambiar las cosas?’”

Tras las huellas de Al Qaeda. Parte 3 de 3: Los motivos del guerrero

TRAS LAS HUELLAS DE AL QAEDA

PARTE TRES: LOS MOTIVOS DEL GUERRERO

 Al final de su búsqueda por el desierto del Sahara, nuestro colaborador va a la guerra para conversar con un yijadista.

(Éste es el texto completo. Aquí puedes encontrar el pdf de la versión publicada, con mis fotos.)

Ve a la parte 1 de 3

Ve a la parte 2 de 3

Texto y fotos de Témoris Grecko

Publicado en Esquire Latinoamérica – Agosto 2011

En el aeropuerto de Trípoli, la capital de Libia, tuve que cambiar vuelos de la aerolínea de ese país, Al Afriqiyah. Venía de Niamey, en Níger, y me dirigía a un lugar que después de 4 mil años de atraer visitantes, había abandonado súbitamente del mapa turístico mundial. “¿Vas a El Cairo? ¿En serio? ¿Qué no has escuchado de la plaza Tahrir?”, me decía el oficial que revisó mi pasaporte. “¡Tahrir, Tahrir!”, gritaba para llamar la atención de sus compañeros y burlarse de mí a carcajadas, “¡éste va para allá, donde tienen una revolución, la gente se está matando!”

No podía imaginarse que yo llevaba ya más de dos meses recorriendo el desierto del Sahara, tratando de resolver un enigma: ¿dónde estaba la base social de Al Qaeda, aquella muchedumbre salvaje que, como se daba por hecho en países occidentales, nutría de militantes y apoyo al enemigo que trata de imponernos un califato islámico global? Si existía, no era significativa en los países del sur de la región, donde lo que había encontrado era un enorme rechazo hacia ese grupo. Pero en el norte, según las señales, tal vez la podría hallar.

Siguiendo a la revolución de Túnez, de diciembre de 2010, la de Egipto había estallado el 25 de enero, para derrocar regímenes aliados de Occidente. Esto era algo que el líder de Al Qaeda, Osama Bin Laden, había pedido reiteradamente: anunció su beneplácito con una grabación en la que calificaba la serie de alzamientos árabes como una “rara y grande oportunidad histórica de levantarse con la comunidad islámica y liberarse de la servidumbre de los gobernantes, las leyes hechas por el hombre y la dominación occidental”.

En el bando contrario, grandes medios de comunicación alertaban de la perversa presencia de Al Qaeda en la insurrección egipcia. Lo veía en la pantalla de Douglas Cronym, un maestro de primaria estadounidense que residía en Niamey y sólo disponía de una fuente de información televisada en inglés: The Pentagon Channel es un canal del Departamento de Defensa de Estados Unidos que alterna su programación (que en lugar de anuncios comerciales pasa homenajes a veteranos de las últimas guerras, a los que describe como real american heros, “auténticos héroes americanos”) con horas completas de los principales canales de noticias de su país. Todos ellos coincidían en señalar el peligro de que Al Qaeda aprovechara los disturbios, sin fuentes ni datos duros que respaldaran sus afirmaciones.

Un presentador de Fox News, por ejemplo, mostró un gráfico con un gran cuadro naranja a la izquierda, que decía Hermanos Musulmanes (el principal partido islámico egipcio, de perfil electoral y no violento), y dos más pequeños, del mismo color, a las derecha: uno decía Hamás (el grupo islamista palestino que domina la franja de Gaza) y el otro, Al Qaeda. No adornaron el esquema con elementos que intentaran vincular, ni siquiera burdamente, las tres figuras: líneas, flechas, ganchos… nada. Pero el presentador dio por demostrada la asociación de Hermanos Musulmanes con Al Qaeda, a pesar del conocido historial de rechazo mutuo entre ambas organizaciones.

La coincidencia entre Bin Laden y Fox News, sin embargo, podría ser una pista. ¿Acaso lograría encontrar entre los árabes insurrectos el soporte popular de Al Qaeda y la explicación social de ese apoyo?

EN EGIPTO CON EL PERIODISTA

El único televisor de la sala de espera del aeropuerto mostraba imágenes de horribles enfrentamientos en Egipto. Los atónitos pasajeros veíamos carros blindados aplastar manifestantes, hombres disparando a sangre fría, personas caer heridas de bala, chicas chorreando sangre. Horas más tarde, llegué a un El Cairo reducido a una situación medieval, en la que los vecinos de cada cuadra controlaban los movimientos de los transeúntes como si se tratase de señoríos feudales, y donde la buena razón de los mayores y educados era sometida por los impulsos hormonales de adolescentes que gozaban de pequeños ámbitos de poder por primera ocasión en sus vidas. Los periodistas éramos perseguidos: por la policía secreta y los soldados que nos detenían, por los golpeadores y los esbirros del régimen que nos querían matar.

Sólo ese espacio que tanto asustaba al oficial libio, la pequeña “república” rebelde de la plaza Tahrir, era relativamente seguro. Libertario. Democrático. Autogestivo. Y siendo religioso (las cinco oraciones del día eran atendidas), resultaba secular e incluso ecuménico: un nuevo símbolo, formado por una media luna islámica y una cruz cristiana que se entrelazaban, se repetía en carteles, mantas y cualquier otro soporte en representación de la unidad entre los egipcios. Incluso las piedras que guardaban para defenderse de los ataques se utilizaban, en días tranquilos, para dibujar sobre el pavimento este grito de solidaridad interreligiosa, que haría llorar desconsolado a Bin Laden.

Personas de ambas fes realizaban ceremonias conjuntas en las que las manos alzaban pequeños ejemplares de El Corán, cruces coptas de madera, banderas egipcias y teléfonos celulares para grabar el fenómeno. Vi a un cura barbudo a quien atendía un joven médico: “¡Este chico es musulmán”, me dijo el viejo, “¡y mira qué bien me trata!”

¿Estaba Al Qaeda presente de alguna forma entre los revolucionarios de Tahrir? ¿Tiene simpatías o alguna popularidad en el movimiento? “La respuesta a esas preguntas es cero y cero”, dijo Jorge Fuentelsaz, corresponsal de la agencia española EFE en El Cairo y que ha vivido los últimos once años en Siria y Egipto.

Los manifestantes estaban en la calle, pero no exigían la imposición de un régimen islamista, en sus demandas simplemente no había un contenido religioso: querían opciones políticas, oportunidades económicas, acceso a la educación… en suma, leyes hechas por el hombre. Al contrario de lo que algunos temían, lo que pusieron en evidencia las insurrecciones en Túnez y Egipto fue la enorme dimensión del fracaso de Al Qaeda y el yijadismo global: aunque los dictadores contra quienes la gente se alzó eran todos enemigos de Bin Laden (unos aliados de Occidente, otros no), nadie exigía la sharía (ley islámica), sino las libertades que el fundamentalismo les quiere negar.

La única presencia islamista relevante era la de Hermanos Musulmanes, el partido que al principio manifestó sus dudas sobre la revolución, tardó en sumarse a ella y a final de cuentas tuvo un peso minoritario: el 12 de febrero, cuando los revolucionarios festejaban en Tahrir la caída del dictador Josni Mubárak, vi a un grupo de Hermanos celebrar en un sector de la plaza… deben haber reunido a unas 200 personas entre los cientos de miles que había ahí.

Fuentelsaz, quien realizó su tesis doctoral sobre esta organización y es autor del blog especializado hermanosmusulmanes.wordpress.org, me explicó que “los Hermanos y al Qaeda se llevan mal”, en particular Ayman al-Zawahiri (quien meses después, tras la muerte de Bin Laden, se convertiría en jefe de Al Qaeda): “Él rompió con ellos en su adolescencia y nunca les ha perdonado que participen en el juego político, algo que Zawahiri considera una legitimación del régimen y, por lo tanto, una traición a los principios islámicos. Por su parte, los Hermanos, aunque a Bin Laden tras su muerte le pusieron el apelativo de jeque, siempre han condenado los métodos violentos” (de manera general: Fuentelsaz precisó que esa postura cambia en el caso de “lo que denominan luchas de resistencia contra la ocupación”, es decir, contra los israelíes en Palestina).

“Aquí hay salafistas y esperarán la mejor oportunidad para manifestarse”, me alertó el periodista egipcio-alemán Amr Hayed. Los Hermanos Musulmanes son muy distintos de la gente de Bin Laden, pero como ocurre con Al Qaeda en el Magreb Islámico, con los yijadistas de la palabra con los que hablé en Níger y con los extremistas de Barcelona, el salafismo es una de las sectas más intolerantes y está presente en Egipto, aunque no se dejaron ver por Tahrir ni en los eventos de la revolución.

“(Los salafistas) consideran infieles a los que no piensan como ellos y, por lo tanto, creen que es legítimo derramar su sangre”, me explicó Fuentelsaz. Dentro de esa corriente, sin embargo, existen grupos con posturas divergentes, como los tafkiríes y los wahabíes: “Al Qaeda es uno de los grupos salafistas, los considerados radicales tafkiríes”, precisó el periodista español. “Aunque algunos de los salafistas egipcios se aproximan mucho a las ideas takfiríes, no son violentos. Además, hasta la caída de Mubárak, predicaban en contra de la implicación a la política actividad que consideraban haram (prohibido por el Islam). Para ellos, lo importante era respetar al gobernante. Eran ideas más salafistas wahabíes, es decir influidas por las prédicas de Arabia Saudí. Digamos que (tafkiríes y wahabíes) coinciden en ciertos principios morales ultrapuritanos y rigoristas –modos de vestir, prácticas religiosas, conductas morales…–, pero no en los métodos”.

En suma, los salafistas egipcios pueden compartir ideas sobre el deber ser con Al Qaeda, pero no simpatizan con la yijad mundial, la guerra santa para imponer por la vía de las armas el califato global.

CAMINO A LIBIA

Quienes sí habían peleado bajo el liderazgo de Osama bin Laden estaban en Libia, según reportes recientes. En esos días, el descontento se extendió a esa república dictatorial para convertirse en guerra civil: el 17 de febrero, había iniciado una revolución que al principio había querido ser pacífica, pero que se convirtió en armada cuando la represión del régimen se tornó sangrienta y el pueblo saqueó los arsenales militares.

La “capital” rebelde era Bengasi y, otra vez, los medios y líderes occidentales alertaron del peligro islamista, mediante la “revelación” de información ya conocida, la de que de esa ciudad, en la década pasada, habían salido decenas de combatientes islámicos que pelearon contra fuerzas occidentales. El centro político de la insurrección era la ciudad de Bengasi, capital de la provincia de Cirenaica, de la que salieron al menos 73 yijadistas a pelear en Irak como parte de las fuerzas de Al Qaeda (la quinta parte del total de extranjeros), según el instituto Combating Terrorism Center de la academia militar de West Point. “Si quiero arriesgar la cabeza” –me llegó la frase que se había convertido en sello de esta expedición—, “debo ir a Libia”.

Trevor Snapp, un fotógrafo estadounidense, y yo nos dirigimos en autobús a la frontera de Egipto, con la esperanza de poder colarnos por ahí a pesar de que el gobierno libio de Muamar Gadafi ni daba visas ni quería periodistas. Una noche en el camino, paramos en el pequeño pueblo beduino de Sidi Barrani, a la orilla del Mediterráneo. Era un rincón remoto de Egipto al que habían llegado muy pocos viajeros occidentales desde la segunda guerra mundial, cuando pasó el Afrika Korps del general nazi Erwin Rommel, el “Zorro del Desierto”, sólo para retornar perseguido por las tropas aliadas del británico Bernard Montgomery, en 1942.

Un joven egipcio muy atento nos invitó a beber té. Quiso saber a dónde íbamos. Se asustó: “¿A Libia? ¡A Libia! ¿Qué no han escuchado de lo que ocurre en Libia? ¡Ahí tienen una revolución, cientos de muertos!”

Pensé en el sarcástico oficial del aeropuerto de Trípoli, que se carcajeaba de los enfrentamientos en Egipto sin sospechar que pronto los tendría en su propio país. Y mucho más graves.

EN LA GUERRA CON EL EXYIJADISTA

¿A qué clase de gente encontraríamos del otro lado de la frontera? El régimen había perdido el control del puesto militar e ingresaríamos al país clandestinamente. Gadafi había advertido dos cosas: que los reporteros que hallaran sus fuerzas serían tratados como colaboradores de Bin Laden y que los revolucionarios eran todos yijadistas drogados, porque Al Qaeda les ponía a los jóvenes “pastillas alucinógenas en el Nescafé”. ¿Estábamos entrando en territorio de combatientes islamistas?

Lo parecían. Las primeras personas que se nos pusieron enfrente eran civiles con largas barbas, vestidos con chilaba (un camisón que baja hasta los tobillos) y chalecos de camuflaje, y que nos mostraban sus fusiles Kalashnikov. No nos secuestraron ni torturaron: preocupados por nuestra seguridad, nos ayudaron a conseguir transporte y enviaron a un guardia armado para que nos protegiera.

Al día siguiente, llegamos a Bengasi. Desde la azotea del edificio Seggressioni, una herencia de la época de la colonia italiana, cada viernes presenciábamos el imponente espectáculo de miles de hombres orando juntos en la plaza de la Mahkama de Bengasi. Guiados por el imán y con el Mediterráneo detrás, a veces soportando furiosas borrascas, otras bajo el sol de invierno, recordaban a los caídos y pedían ayuda divina para vencer al “satánico” Gadafi y sus “demonios”.

Aunque el libio es un pueblo muy religioso, de nuevo escasearon las señales de extremismo. Las demandas eran las mismas que en Egipto: democracia, libertades, empleos. Por el liderazgo no competían clérigos fanáticos, sino los abogados defensores de los derechos humanos que habían convocado a las primeras manifestaciones, y exfuncionarios del régimen que se habían pasado al bando rebelde. Estos últimos eran peligrosos oportunistas, me quedaba claro, pero no tenían relación alguna con Al Qaeda.

Tres semanas después, a mediados de marzo, física, emocional y mentalmente extenuado por meses de desierto, conflicto y guerra, estaba elaborando un plan para salir de Libia cuando uno de los portavoces de la dirigencia revolucionaria me confió que en uno de los “pelotones” rebeldes habían detectado a algunos luchadores que habían peleado para Al Qaeda en Irak. Estaba combatiendo 160 kilómetros al sur de Bengasi, en la puerta occidental de Ajdabiya, una ciudad estratégica a la que trataban de conquistar las fuerzas de Gadafi.

Yo ya no esperaba encontrar a las masas de simpatizantes de Bin Laden que, dados algunos reportes de televisión, nos imaginamos en Occidente. Probablemente las había en otra región del mundo, pero en el desierto del Sahara, le había dado la vuelta, la actitud predominante en la gente había sido de repudio a Al Qaeda. Además, no me quedaban ganas de regresar al frente de batalla, donde había pasado algunos sustos: la enorme indisciplina de las tropas rebeldes provocaba que la línea de combate fuera peligrosamente inestable y fluida. Una vez que un grupo de estos muchachos inexperimentados empezaba a huir, el terror se expandía en instantes y la resistencia desaparecía. El ejército de Gadafi avanzaba entonces con velocidad y ya había capturado a varios colegas reporteros que fueron sorprendidos.

Ésa era quizá mi oportunidad de obtener explicaciones, sin embargo, de conocer a yijadistas de las armas que en otro tiempo habían formado parte de la base social de Al Qaeda, y que podrían explicarme por qué estaban o habían estado dispuestos a morir por ella.

Mustafa Sanfaz, el militante revolucionario que me condujo en su auto a Ajdabiya y que serviría de traductor al inglés, me anticipó que Al Qaeda seguramente querría aprovechar la oportunidad de infiltrarse en el movimiento, “pero por ahora, dudo que alguien los pudiera respaldar. No conozco a nadie que simpatice con su ideología extremista, estamos a gusto con el Islam como lo practicamos. Lo único que hará que algunos apoyen a Al Qaeda será que los occidentales se sienten a ver cómo Gadafi nos aplasta”.

Encontramos al “pelotón” mientras hacía los rezos de mediodía, detrás de unas tiendas de campaña, junto a la carretera. Era tal vez el único momento en el que todos parecían serios y disciplinados. Cuando concluyeron, observé que los más jóvenes eran indistinguibles de los de otros grupos de luchadores, pero a diferencia de casi todos los adultos que había visto, varios de los mayores mostraban la seriedad de la experiencia de combate. Asumí que esos eran los antiguos miembros del Grupo Combatiente Islámico Libio (GCIL) que atentó contra Gadafi en 1996, que fue aplastado por la represión y cuyos militantes se exiliaron para luchar en otros países como parte de Al Qaeda.

No tuve que improvisar una forma de aproximarme: mientras yo los evaluaba, Mustafa había empezado a hablar y reír con ellos, extrayéndoles información. Él sabía que yo había sido bautizado Mohamed Tariq ya dos veces y escogió ese nombre para presentarme y ganar confianza. Pronto me habían rodeado: “Éste peleó en Ciudad Sáder (un barrio de Bagdad) hasta 2007”, señalaba mi compañero. “Y éste, colocaba explosivos improvisados en la carretera a (la ciudad iraquí de) Faluya”. En lugar de mostrarse reservados ante el periodista occidental, los rebeldes hacían bromas sobre lo que imaginaban que era México, “un lugar con mucha nieve”.

“Es que ya han dejado el fanatismo atrás”, explicó Mustafa, “dicen que los tiempos han cambiado y el sentido de la lucha, también. Antes odiaban a los cristianos porque estaban aliados con Gadafi mientras él mataba a nuestra gente, pero esta vez esperan que Occidente nos proteja”. “Respetamos al emir (Bin Laden)”, intervino Mahmoud, el de Ciudad Sáder, en buen italiano, “pero sus lugartenientes han convertido a Al Qaeda en una máquina de matar musulmanes. Al Qaeda perdió la posibilidad de convencer a los fieles, y el Islam, un poco de su prestigio y fuerza moral. Ahora lo importante es ganar la libertad”.

La lengua italiana carece del sonido J y era curioso que mi interlocutor, que me invitó a sentarme a tomar el té que preparaba con fuego de soplete sobre la carretera, lo introdujera con sonoridad a mitad de las palabras. Sólo eso resultaba cómico en ese hombre de 40 años, que no era especialmente afable. Pero inspiraba confianza. En su cráneo sin pelo destacaban las cejas tupidas y los ojos, con negras pestañas de camello y mirada directa que hacía sentir que hablaba con verdad.

TRAS LA DUNA, BAJO EL AVIÓN

Eran días de temor porque Gadafi por fin había logrado consolidar sus tropas, los rebeldes retrocedían con rapidez y Ajdabiya estaba en peligro: “Al shabab (los jóvenes) van al combate sin entender nada”, lamentó Mahmoud. Entonces sonó el potente rumor de un bombardero y, como todos los demás, combatientes y mirones, salimos en estampida. Las ametralladoras antiaéreas retumbaban estúpidamente, arrojando metal hacia cualquier rincón del cielo porque los operadores no veían su objetivo. Como no tenía otra idea mejor, seguí a Mahmoud. Saltamos tras una duna y nos dejamos caer sobre la arena. Mi boca se llenó de gránulos. Si la onda de la explosión venía del lado contrario, explicó, tendríamos algún nivel de protección, aunque fuera mínimo. Si no, de todos modos sería casi imposible sobrevivir. El misil cayó a un kilómetro de distancia.

¿O había caído antes de que yo lo percibiera? Cómo saberlo. La confusión era tal que podríamos habernos convertido en polvo sin darnos cuenta. ¿Qué fue primero, el avión o la bomba?

— Si escuchas el avión, ya te salvaste, Mohamed. Las bombas llegan primero, –me instruyó Mahmoud.

— ¿Es así?, –repliqué. –Entonces, ¿por qué corrimos?

— Eso es lo que se dice. ¡Allá tú si quieres quedarte a descubrir que es falso!

Por un momento supuse que tendría un dejà vu, la sensación de que revivía aquel momento, casi cuatro meses y cinco países atrás, en que había empezado mi búsqueda del otro lado del Sahara, también en un paisaje desértico-apocalíptico, atento a la aeronave que cruzaba las alturas. Pero era muy distinto: ahora los del avión querían matarnos, me encontraba en medio de la guerra y los que se levantaban frente a mí no eran oxidados cadáveres de coche, sino los hombres que iban a morir.

Profundamente desorganizados, carentes de estructura de mando, sin táctica ni estrategia, ni algo que se pareciera a un plan, los rebeldes libios confiaban en dios, en la justicia de su causa y en la fuerza de su empuje suicida. El humo de la explosión se alzó decenas de metros, sofocando el viento con cenizas y arena que pronto empezaron a descender sobre nosotros.

No habían herido a nadie, sin embargo. Decenas corrimos hacia el cráter recién creado. Los adolescentes y los adultos, disfrazados de militar o de revolucionario (preferidos eran el estilo Arafat –pañuelo negro y blanco al cuello o sobre la cabeza—, y el estilo Che, de boina calada y barba) con cualquier prenda que hubieran hallado, levantaban metálicos restos del misil, disparaban sus Kalashnikov al aire y celebraban con gritos de “Alá akbar” el evidente milagro de la protección divina.

Mahmoud era muy devoto, pero su experiencia bélica lo forzaba a descreer. No había sido dios, sino algún plan diabólico de Gadafi. “Está jugando con nosotros, juega, juega”, musitaba como única manera de explicarse el mal tino del artillero del avión. “Ya viene Gadafi a destruirnos. Acabará con todo. Con nuestra gente, nos matará a todos. Él tiene la fuerza. Él tiene el poder. Ahí están sus aviones”.

Década y media atrás, este guerrero y sus compañeros del GCIL habían sido aplastados por Gadafi. Años después, con al Qaeda en Irak, fueron incapaces de expulsar al ejército estadounidense y sus aliados. “Nos rebelamos contra la injusticia”, explicó. “Éramos muy jóvenes y a nuestros ojos, los predicadores del emir (Bin Laden) le dieron sentido a nuestra furia, un sentido divino. Que fue rompiéndose en pedazos con cada bomba musulmana que mataba musulmanes. Nosotros enfrentamos a invasores armados, hombres de guerra. Nunca osamos atacar a nuestros hermanos”. Los hombres de Bin Laden, sí. Pero Mahmoud no veía culpabilidad en él: la atribuía a jefes secundarios que no entendían el mensaje del líder. “Los hombres pervierten lo que tocan”, continuó, “pervirtieron a Al Qaeda y dañaron el Islam”.

Ahora, el exyijadista se encontraba en una situación que jamás imaginó: exigir la ayuda de sus antiguos enemigos. Yo lo veía como una vuelta más de la rueda de la fortuna, del juego absurdo de la política global de la violencia: si Estados Unidos se había aliado a Bin Laden y terroristas como él en los 80, para combatir a la Unión Soviética en Afganistán, y después había encontrado en ellos a sus peores adversarios, no resultaba sorprendente lo que le ocurría a Mahmoud. Él no conocía esos antecedentes, sin embargo. Sólo se sentía en un mundo enloquecido en el que había que tener el pragmatismo para resolver las urgencias inmediatas, y el ejército del dictador venía con todo.

“Los occidentales se hicieron ricos vendiéndole armas (a Gadafi) a cambio de nuestro petróleo”, afirmó. Algunos en Europa clamaban que, si las potencias occidentales intervenían, estarían demostrando que sólo les interesaban los recursos energéticos libios. Mahmoud sentía que era exactamente al contrario: “Han tenido todo el combustible que han deseado gracias a Gadafi. Si ahora no vienen a detenerlo, si no entran a salvar al pueblo del genocidio, quedará claro que lo único que les importa es el petróleo. Y entenderé que tenían razón quienes me condenaron por abandonar la Yijad (guerra santa)”.

EN LA FRONTERA CON MI SOMBRA

Días más tarde, el 19 de marzo, después de que el ejército había tomado Ajdabiya y hecho polvo la posición donde yo había bebido té con Mahmoud, aviones franceses barrieron tanques y blindados que avanzaban en columnas de kilómetros de largo, y con los que el gadafismo había llegado a las afueras de Bengasi, dispuesto a arrasarla. Se evitó lo que amenazaba con convertirse en la masacre de una ciudad de un millón de habitantes, una Srebrenica (la ciudad bosnia destruida por los serbios) multiplicada.

Cientos de miles de libios musulmanes salieron a las calles a ondear las banderas azul, blanco y rojo de Francia y Estados Unidos, los mismos países que odian en Gao y otras partes del otro lado del Sahara. También mostraron las enseñas de Gran Bretaña, España y Catar, que también apoyaban la intervención extranjera, y las de los igualmente revolucionarios Egipto y Túnez: las oraciones de los viernes se convirtieron en auténticos actos internacionalistas.

Y si hay alguien que tenga simpatías por Al Qaeda, hoy deben ser más débiles que ayer. No sé si Mahmoud y sus amigos exyijadistas, que imaginaban un México polar, sobrevivieron a la sangrienta toma de Ajdabiya. De estar vivos, supongo que ahora celebrarían la colaboración entre musulmanes y cristianos por la que rezaban y que salvó a su gente del exterminio. Y me pregunto qué sentirían, en cambio, si conocieran el penar de los tuaregs y otros pueblos, estrangulados por la cuádruple pinza que forman las potencias cristianas y los gobiernos musulmanes de la región, los católicos narcotraficantes latinoamericanos y los salafistas de AQMI: otro acto de (involuntaria) cooperación inter-religiosa, esta vez con signo fatal.

Tal vez concluirían que la maldad no es exclusiva de una fe u otra. En la tierra de nadie donde mi búsqueda empezó, marroquíes y mauritanos se enseñan los dientes y las bayonetas, después de haber colaborado para aplastar a los sajaráuis, los indígenas del Sahara Occidental que todavía luchan por su independencia. Y todos ellos son musulmanes. Pero quienes les compran los recursos naturales y les venden las armas son poderosas naciones cristianas. Las mismas cuyos más influyentes medios de comunicación presentan a la pobre gente del desierto como terroristas en potencia y candidatos al caos sin remedio.

Un caos que en buena medida está siendo provocado por los juegos megalomaníacos de Francia, Estados Unidos y sus aliados regionales, a quienes les conviene exagerar la popularidad de Al Qaeda para justificar sus actos (hasta Gadafi utiliza el fantasma de Al Qaeda para desprestigiar a los rebeldes). Las mismas acciones que pueden convencer a algunos de abrazar el terrorismo: es un círculo vicioso artificial.

“Con mis piernas es suficiente”, le dije al conductor de un taxi mientras atravesaba los dos kilómetros que hay que caminar del puesto libio al final del egipcio. Estaban asfaltados, no tenían dunas ni minas explosivas, al contrario de aquella inhóspita frontera que había cruzado al principio de la travesía. Cientos de refugiados africanos estaban empantanados entre ambos países, sin poder avanzar ni querer regresar a la guerra.

Yo sí podía salir de ahí. Y no tenía más motivos para quedarme. Las jorobas de mi sombra se encogían hacia mis botas, como si el calor derritiese las mochilas que reposaban sobre espalda y pecho. Sentía en el cabello el peso de arenas de varios extremos del mayor desierto del mundo. Y en mi interior, burbujeaba la indignación del que ha visto la mentira, y a los mentirosos seguir mintiendo: en los países de Occidente, la verdad oficial transmitida por televisión seguirá siendo que los pueblos del Sahara –los que sufren más que nadie la presencia de los terroristas— esconden y fortalecen a Al Qaeda.

Pero la brisa salada del Mediterráneo, el cercano mar cuyo aroma me acariciaba aunque no alcanzara a ver sus volátiles espumas, me refrescó con otras imágenes que se abrieron paso con suavidad en mi mente: las historias de Shindouk, el tuareg, plenas de sentido común; el ecumenismo de Oumar, en el puerto de Diré, y del viejo cura copto con su médico musulmán, en Tahrir; el candor de “El Charro Francés” que puso a los nómadas a bailar Guantanamera; la convicente mirada de Mahmoud, el exyijadista, que fue capaz de reconocer sus errores y reconducir su lucha; y las nobles atenciones de Sidiki, el maliense animista que cuidó mi malaria en Mopti.

Son grandes derrotas de la mentira –pensé mientras me subía al coche de unos beduinos, que cortésmente ofrecieron acercarme a El Salum, el primer pueblo en Egipto—. Evidencias de que la verdad no ha renunciado a vivir entre nosotros.

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Tras las huellas de Al Qaeda. Parte 2 de 3: Los predicadores del desierto

TRAS LAS HUELLAS DE AL QAEDA

PARTE DOS: LOS PREDICADORES DEL DESIERTO

Al continuar su búsqueda de los seguidores de Al Qaeda por un inhóspito rincón de África, militantes islamistas encuentran a nuestro colaborador en la segunda de tres partes de esta aventura.

(Éste es el texto de la versión completa. Aquí puedes encontrar el pdf de la que fue publicada, con mis fotos.)

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Texto y fotos de Témoris Grecko

Publicado en Esquire Latinoamérica – Julio 2011

La malaria me tuvo sujeto durante cinco o seis días. Una y otra vez, cuando pasaba la fiebre caliente, el sudor se enfriaba en la cama y agravaba los temblores de las fiebres heladas. La doctora de la misión médica cubana me recomendó descansar tres semanas, al menos hasta tener fuerza para subir un piso sin sufrir mareos. Me advirtió que, aunque había resistido bien, no debía poner a prueba mi buena suerte. El caso de una amiga española que se contagió al mismo tiempo que yo, con las nubes de mosquitos del río Níger, cayó en coma, casi pierde la vida y pasó un mes en un hospital de Barcelona, reforzaba su argumento, como la cifra de 780 mil personas que mueren de malaria cada año, algo así como dos y medio tsunamis de Indonesia.

Cuando me empecé a sentir mejor, no obstante, me invadieron el deseo y la ansiedad, me llené de euforia y decidí marcharme de Mopti para proseguir la búsqueda.

Sidiki meneaba la cabeza. Decía que mi demostración de que podía cargar mis dos mochilas no era señal de buena salud, sino de estupidez. Insistió en llevarme en su pequeña moto china a tomar el autobús en el vecino pueblo de Sevaré, para salir rumbo a Gao, la última ciudad de Malí en el este. “Gao no es sitio para blancos ni americanos en estos días”. “Soy moreno mexicano, mon frére”. “Lo que tú quieras. Pero no les digas que México es socio de América y menos que está en América”.

Los ayudantes arrojaron mi mochila grande al techo del autobús y partimos. Horas después, en el horizonte del seco paisaje saheliano se levantaron inmensos monolitos, que las guías de viaje comparan con Ulurú, la inmensa roca de Ayers en el centro de Australia. Estaba sentado detrás del conductor cuando sobre el tablero, a sus lados izquierdo y derecho, vi el rostro de Osama bin Laden: tenía pegatinas del jefe terrorista. ¡Oh! ¿Me encontraba entre miembros de Al Qaeda?

Empecé a preocuparme y a sentirme como en mis días de fiebres. Sospechaba que el chofer y sus tres compañeros me miraban de reojo, se decían cosas en secreto, conspiraban. Mi equipaje estaba atado arriba, fuera de mi alcance, ¡tendría que escapar sin él! Las necesidad de que los pasajeros descendieran a hacer sus rezos vespertinos, inclinándose en dirección a La Meca, forzó que hiciéramos una parada. Me pareció que los dos hombres que ocupaban los asientos detrás del mío, tuaregs en túnicas azules, se arrodillaban sobre su alfombrilla con devoción especialmente intensa, ¡evidentemente me habían rodeado!

La pausa de la oración me sirvió para estudiar el tablero. No podía haber sospechado lo que encontraría. En simetría con el par de imágenes de Bin Laden, había dos de vaqueritas rubias en bikini. También, otras de la cantante Madonna y, rompiendo el balance geométrico, una de Barack Obama sobre una bandera estadounidense y una de Bob Marley. Al regresar el conductor, me di cuenta de que en su camiseta lucía el retrato híper-reproducido del Che Guevara.

“¿Por qué Bin Laden?”, le pregunté. “¡Porque es un gran revolucionario!” “¿Y Obama?” “¡Él también es un gran revolucionario!” Era razonable suponer que insistir con el Che y Marley no produciría respuestas muy diferentes.

EN LA CALLE CON EL NIGERIANO

En Gao esperaba hacer un pequeño desvío al norte, al pueblo de Kidal, centro de la última rebelión tuareg y cercano a la zona donde se sospecha que se esconden los grupos de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), la franquicia de Bin Laden en África Occidental. Quería acercarme también al sitio donde un avión Boeing 727 de narcotraficantes latinoamericanos había sido abandonado entre las dunas, en 2009. Ya se sabía que los cárteles aprovechaban la cercanía de Sudamérica con África, la falta de radares y patrullajes en el Atlántico, y las vastas soledades del Sahara para transportar cocaína en avionetas, pero las dimensiones de esa aeronave sugieren operaciones mayores.

No hice progreso alguno allí, sin embargo. La policía detuvo el autobús antes de entrar a Gao y, tras incautar mi pasaporte, me prohibió expresamente viajar a Kidal. Me habían dado algunos contactos de personas que podrían llevarme clandestinamente, pero al dirigirme a ellos dijeron que era excesivamente peligroso: no sólo habría que evitar a los bandidos, a los terroristas y a los contrabandistas de drogas, también a los soldados, y yo ni siquiera tenía documentación.

Sólo uno aceptó: dijo que cobraría 500 dólares, pero una hora más tarde elevó el precio a 3 mil, debido a riesgos que no había tomado en cuenta. “Son sólo ocho horas en todoterreno”, reclamé, “¿es que no ves que no me envía la CNN? Sólo soy un reportero independiente”. “Al final, los periodistas siempre pagan”, cortó.

La ciudad me pareció hostil. Shaka Olumese, un nigeriano carismático que es una apreciada figura pública en Gao y posee el alojamiento donde dormí, me explicó que años atrás recibía a muchos huéspedes occidentales, pero el impacto de los ataques de AQMI mató el negocio. “Quisiera montar un hostal en Lagos (Nigeria)”, soñaba, “ahí sí que hay dinero”.

Le expliqué que en las calles de Gao había recibido algunos insultos y que dos tipos en una moto habían jugado conmigo, simulando que intentaban secuestrarme. Otro hombre se había acercado a gritarme que Francia era una porquería y, cuando le dije que no era francés, sino de México, bramó: “¿Eso está en América?, entonces América es una porquería”. “Ser antiestadounidense o antifrancés no es simpatizar con Al Qaeda”, explicó Olumese. “(Esa actitud) es por las intromisiones extranjeras en el Sahara e Irak. Pero aquí todos odiamos a Al Qaeda. Estamos en un rincón alejado del mundo, la economía decae sin turismo occidental. Cuando la pobreza se agudiza, crece el rencor. Este lugar es peligroso para ti, pero no por AQMI, no vas a encontrar a ninguno de ellos”.

“Si quiero arriesgar la cabeza, tengo que ir a Níger”, bromeé, pensando en quienes semanas antes me habían recordado las prácticas poco amables de los secuestradores. Él lo tomó en serio. “Sí. A Níger”.

Sólo me devolvieron el pasaporte cuando comprobaron que estaba por salir hacia el país vecino. “Bon voyage!”, deseó un policía malencarado.

EN AYOROU CON EL YIJADISTA

En los dos puestos de frontera, el de Malí y el de Níger, los guardias se enredaron con mi nombre y optaron por llamarme “¡mexicano!”, en voz alta. Me parecía una ventaja que los demás pasajeros del autobús tuvieran claro que yo, único occidental a la mano, no tenía alguna de las nacionalidades que menos apreciaban.

A lo largo del viaje, que en total duró unas 12 horas, varias amables personas se habían acercado a mí para curiosear sobre mi país. Me equivoqué al pensar que Ibrahim tenía el mismo interés. Habíamos parado para someternos a la revisión de aduanas en Ayorou, el primer pueblo de cierta relevancia en Níger, compuesto de casas y de muros bajos de ladrillos de adobe, y chozas tradicionales de hojas y ramas, en medio del desierto. Los funcionarios apenas se habían molestado en mirar el contenido de mi mochila y se concentraban en examinar los sacos de granos y los nudos de pobres gallinas sofocadas que viajaban en el techo del vehículo.

De unos 50 años de edad, Ibrahim llevaba un turbante blanco, una chilaba (camisón que llega hasta los tobillos) de color gris verdoso y sandalias negras de plástico. Su rostro, de un tono oscuro profundo, era delgado y se alargaba con un mentón estirado, sobre el que brotaba una modesta barbilla caprina, de pelos entrecanos. Había empezado con la misma frase que los demás: “Entonces, tú eres mexicano”. No me preguntó, como los otros, por mi salud, por mi familia ni por mis cabras, como es la costumbre. Fue directamente a lo suyo, apuntando con el dedo a las cosas que mencionaba: “Dios creó el cielo. Y Dios creó la tierra. Dios creó el fierro”. Señaló el autobús. “Nosotros somos la creación de Dios. Y estamos en el mundo para someternos a su voluntad”.

A mí no me tocaba hacer nada más que escucharlo con atención. Él tomó eso como una muestra de receptividad. “Yo te reconozco”, continuó. “Tú eres cristiano. Pero has venido a África a buscar a Dios. Él te ha traído aquí. ¿Y es que no ha sido él quien nos ha puesto en tu camino?” Cuatro compañeros suyos nos rodeaban, todos negros maduros con aspecto religioso: barbas tupidas, vestimentas tradicionales, turbantes o pequeños gorros blancos ajustados al cráneo.

“Debes convertirte al Islam. Es bueno para ti”. Tras unas pocas palabras, este hombre ya se sentía en posición de pedirme que le diera un giro de 180 grados a mi vida. ¡Qué fácil! Por lo menos, yo quería saber por qué. “Porque es la fe que te llevará al paraíso. En el paraíso, Dios te dará todo. Allá no hay enfermedad. No hay cansancio. No hay tristeza. Vivirás cerca de Él y serás feliz adorándolo”.

Las religiones son así. Una ideología laica tiene que honrar sus compromisos en esta tierra. Si no lo hace, pierde su valor y la gente la abandona. Las ideologías místicas, en cambio, pueden hacer cualquier promesa, incluso la más grande imaginable, vida eterna en total felicidad, sin que haga falta cumplir nada en este mundo. Con toda naturalidad, lo dejan para la otra vida. Y nadie ha vuelto de allá para desmentirlas.

Le pregunté qué me daría la religión ahora, antes del paraíso. “Fe. Certidumbre. Tranquilidad”, respondió. “Sabrás que Él existe y que Él es el origen de todo. El dinero no te da tranquilidad. Ni mil camellos te darán tranquilidad. Dice El Corán: ‘En verdad, sólo en la remembranza de Dios pueden encontrar descanso los corazones’”.

Sin transición, Ibrahim empezó a recitar en árabe. “La ilaha illa Allah, Muhammadur rasul Allah”. Es la shahada, uno de los cinco pilares del Islam, y significa: “No hay otro Dios más que Alá y Mahoma es su profeta”. No era la primera vez que me trataban de convertir. Yo conocía la frase y lo sorprendí repitiéndola. Él lo atribuyó a mi deseo de adoptar su fe, un poderoso sentimiento indudablemente imbuido por dios, y mostrándose muy complacido, se esmeró en perfeccionar mi pronunciación. Sus compañeros aprobaban con sonidos amistosos.

Entonces hizo ademán de darme un ejemplar de El Corán. Mi reacción automática fue acercar una mano, pero él retiró el libro como si fuera un caramelo y yo, un niño ansioso. Sus amigos murmuraban: “¡No, no!” “Sin tocar”, advirtió mi interlocutor, sonriendo, “aquí está la palabra de Dios, sólo lo puede tocar el creyente”. ¿Cómo puedo convertirme si no me dejan leer para aprender? “Primero te conviertes. Después lees”.

La contradicción no era aparente para Ibrahim, quien celebró que los europeos estaban adoptando la fe, gracias a la acción divina. “Hace 30 años, en París había tan solo una mezquita. ¡Ahora hay mil! Muchos occidentales han abierto los ojos y son ahora nuestros hermanos. ¿O no es sólo Dios quien puede abrirnos el paraíso?”

Le dije que también en Barcelona y otras ciudades cercanas, como Reus, se estaban multiplicando los templos musulmanes. “¿En verdad? ¿Y enseñan el Islam de la manera correcta?” No mentí al decir que varias de ellas eran salafistas. Es decir, predican la misma doctrina de Al Qaeda en el Magreb Islámico. “Eso es muy importante. Muy importante. Nada puede interponerse ante los designios del Creador”.

Ibrahim preguntó a qué países había viajado. Mencioné varios, sólo estados donde predomina la secta musulmana suní, en la que se inscribe el salafismo. “¿Y Pakistán?”, quiso saber, “¿no has ido a Pakistán?” El hecho de que insistiera en esa nación, donde Al Qaeda entrenaba a sus yijadistas (combatientes de la Yijad o guerra santa), me pareció una confesión de militancia. Pero debía confirmarlo. Respondí que no había ido a Pakistán, pero el nombre me gustaba. “Dime el nombre de una mezquita salafista en Barcelona”, demandó. En 2010, yo había hecho un reportaje en una del barrio del Raval, que lleva el nombre del general musulmán que conquistó España en el siglo VIII: “Tariq bin Ziyad”. “¡Un héroe! Ve a hablar con el imán. Sométete a Dios, aprende. Y lograrás que te inviten a Pakistán. Podrás luchar por Dios, ¡inshallah! (dios lo quiera)”

YIJADISTAS DE LA PALABRA

Me pareció que, en mi afán de obtener respuestas, yo estaba cometiendo algunos pequeños tropiezos, palabras mal medidas que podrían haberle hecho pensar que mi interés no era religioso, sino periodístico o de espionaje. Sin embargo, su convencimiento de que era dios quien nos había reunido para traer la luz a mis ojos, y su buena voluntad de maestro, me ayudaban a hacer pasar los errores como deficiencias de mi mal francés que él corregía con gusto.

Tenía que lanzarme, sin embargo: “¿Ustedes están luchando por dios?” Logré mantener un tono de ingenuidad a pesar de que sentía escalofríos. No detecté sorpresa ni contrariedad en su actitud, sin embargo. “Somos yijadistas de la palabra. Somos predicadores y venimos a Níger por un mes, porque en estos países se canta y se baila, y muchas mujeres carecen de respeto por sí mismas, y los hombres que no conocen el recto camino no pueden imponer su guía. Dios sabe que tampoco en el sitio de donde venimos se practica el verdadero Islam, la gente es ignorante y vive en pecado. Somos muy pocos los que conocemos la palabra de Dios y hace falta mucho esfuerzo para corregir las desviaciones. En Niamey (la capital) nos dirán a qué lugares del país tenemos que dirigirnos”.

“Yijadistas… ¿cómo los de Al Qaeda en el Magreb Islámico?”, insistí, sospechando que ahora sí me había metido en problemas. “Nuestros hermanos son de otra parte, son árabes del Mediterráneo. Nosotros somos malinkés, del sur de Malí, cerca de la frontera con Costa de Marfil. Ellos son yijadistas de las armas. Nosotros luchamos con la palabra. Pero Al Qaeda somos todos. Y nuestro guía es el emir”. Se refería a Bin Laden.

Recordó entonces que Al Qaeda se levanta para enfrentar los muchos agravios cometidos por los cristianos en su “cruzada para arrasar el Islam”: la destrucción de Al Andalus (Andalucía), la maldición que es Israel y la inmensa opresión contra los palestinos, la imposición de gobiernos pecaminosos en el Magreb, Irak, Afganistán… “Ellos (los occidentales) vienen a destruir la fe. Sus ejércitos nos matan. Sus misioneros tratan de engañar a buenos musulmanes. Sus hombres seducen a nuestras jóvenes para hacerlas pecar y separarlas de dios. La sharía (ley islámica) castiga eso con la muerte”.

La referencia a los seductores pudo haber sido una alusión a Antoine de Leocour, uno de los dos franceses que murieron en la noche del 7 al 8 de enero tras haber sido secuestrados por AQMI. Él vivía en Niamey y estaba a punto de casarse con una nigerina musulmana. El otro chico asesinado era su mejor amigo, que venía para fungir como padrino en la boda. Comenté que yo, como occidental, también corría el riesgo de ser raptado. Ibrahim me miró con simpatía. “A ti, hermano, te protege Dios. Él te trajo a África y Él quiso que yo viera en ti el deseo de conocer la verdad, sólo gracias a Él te pude reconocer. Puedes andar seguro por Niamey, ¡inshallah! Pero no seas atrevido. No vayas cerca de donde ellos (AQMI) están, pues los cruzados (Francia y Estados Unidos) y sus lacayos de Níger y Malí los tienen sometidos a una enorme presión. No provoques que se equivoquen contigo”.

Subimos al autobús, partimos tras larga espera, y yo no dejaba de comer. Los predicadores, que tomaron asientos detrás de mí, compartían conmigo todo lo que les caía en las manos: pan, plátano, carne de chivo. Incluso agua que venden en bolsas de plástico, con aspecto poco higiénico. Se bajaron en las afueras de Niamey. Yo había supuesto que Ibrahim no se separaría de mí sin obtener una promesa de ir a la mezquita de Barcelona. No le hacía falta: estaba convencido de que era el camino que dios me abría, pues, dijo, la verdad se revela a sí misma y quienes la ven, no pueden hacer más que reconocerla y aceptarla. Estoy seguro de que se sorprendería si supiera que no he adoptado el Islam. Se fue con la inmensa alegría de haber facilitado una conversión y encaminado a un futuro yijadista.

“Tariq bin Ziyad”, recordó al despedirse. “Ve con el imán de la mezquita. Los caminos del profeta te conducirán al paraíso, ¡inshallah! Desde hoy, eres nuestro hermano y tu nombre es Mohamed Tariq”.

¿Casualidad? En septiembre de 2009, jóvenes seguidores de Fethullah Gülen –un influyente clérigo moderado— me “convirtieron” al Islam en la ciudad de Urfa, en el Kurdistán turco. Y por nombre me pusieron Mohamed Tariq.

EN LA CENA CON EL INVESTIGADOR

Niamey es una de las capitales más pobres y remotas de África. Polvorienta y caliente hasta niveles de espanto, tiene un único alivio y consuelo, la ancha corriente del Níger que le regala agua, una banda de verdor y nombre para el país, antes de fluir con sus hipopótamos y peces capitaine al sur, hacia Nigeria (que como la República de Níger, toma nombre a partir del río).

Llegué un mal viernes 28 de enero. El secuestro y asesinato del par de franceses, sólo tres semanas antes, se conjuntaba con las elecciones que celebraría ese domingo la junta militar, que hacía un año había tomado el poder en un golpe de Estado con saldo de 10 muertos, y las medidas de seguridad eran extremas por temor a atentados terroristas. Los soldados de los puntos de control, en las salidas de la ciudad, en encargaban de aplicarnos a los extranjeros la prohibición de aventurarnos más allá de Niamey.

Los residentes occidentales (empresarios, cooperantes, misioneros cristianos) se encontraban en estado de máxima alerta: los que no se habían marchado (por primera vez desde que llegó a Níger, en 1962, el Peace Corps suspendió operaciones), se recluían en sus barrios, embajadas, colegios y centros de ocio con piscinas y canchas de softball, detrás de muros, barricadas, cámaras y guardias.

Douglas Cronym, sin embargo, tomaba distancia de estas actitudes. Al estadounidense, profesor de la Escuela Americana, le gustaba hacer exactamente aquello que estaba prohibido para los expatriados: caminar en solitario, entrar en las humildes tiendas, convivir con los lugareños. El sábado previo a los comicios, me guió por la activa vida nocturna de la musulmana Niamey, donde jugamos billar y chocamos tarros de cerveza con desconocidos que apreciaban que estuviéramos con ellos, desdeñando advertencias.

Su hermano, Nelson, conoció a su esposa Judith en Níger en los años 90, como voluntarios del Peace Corps. Regresaron a Estados Unidos, tuvieron hijos que ahora son altos como baobabs, y en 2010 vinieron todos a Níger para que Nelson realizara una investigación para su tesis doctoral, sobre migración del campo a la ciudad por efecto del cambio climático. Así se reencontró con viejos amigos tuaregs que, al igual que antaño, lo reciben en sus comunidades como a un pariente.

“Viniste en vano”, me dijo Nelson, levantando risas entre su familia, cuando me invitaron a cenar en su casa. “Me sorprendería que en Níger hubiera simpatizantes de Al Qaeda. Detestan a los yijadistas, son un peso para el país y un peligro para la población”. Como ejemplo, puso que AQMI ni siquiera había sido capaz de establecer bases permanentes. “Llegan, golpean y huyen al desierto de Malí. Y no se esconden allá porque tengan apoyo de la gente, sino porque hay zonas que el gobierno no controla. Además, son árabes”.

La distinción es importante. En la dirigencia de Al Qaeda central, la de Bin Laden, sólo hay árabes. Los talibán afganos, por ejemplo, no pueden aspirar a ser líderes de Al Qaeda porque son pastunes. Algo similar ocurre en las franquicias de Al Qaeda en países árabes, como AQMI, originada en Argelia y ahora asentada en territorio tuareg. Un racismo tan acentuado hace difícil imaginar a los yijadistas árabes ganándose a los lugareños como hermanos, aunque se hayan dado casos en que bandas de delincuentes tuaregs prestan sus servicios a AQMI a cambio de dinero.

Esto mismo levanta una barrera étnica que los separa de los predicadores malinkés con los que hablé: la devoción de Ibrahim nunca le ganaría un lugar de igual entre los seguidores árabes de Bin Laden. Le pregunté a Nelson si había oído de ellos: respondió que no, que la presencia de clérigos de Al Qaeda le sonaba más bien como un caso fuera de lo común. Pero la distancia entre los yijadistas de la palabra y los de las armas, así como la intención de Ibrahim y sus compañeros de “corregir” el Islam que se practica en el Magreb, podían ser más evidencias de que el extremismo violento no arraiga en el país.

JUNTO AL RÍO CON LOS EMIGRANTES

Como en tantos países pobres, en Níger la gente del campo llega a la ciudad con lo puesto, a encontrar poco. Arisal ag Moussa y sus hermanos eran la avanzadilla de la familia, procedente de la región de Arlit, un pueblo en el norte, cerca de la frontera con Argelia. Sin camellos ni orgullo, los tres tuaregs esperaban al resto de sus parientes sin haberles podido hallar un sitio para vivir: apenas habían logrado levantar unos techos con despojos de construcción y plantas, cerca de la orilla del río Níger.

“Somos muy ricos y seguimos siendo muy pobres”, se quejaba Arisal, de 24 años. Desde que en 1969 se descubrió uranio en Arlit, el pueblo experimentó un crecimiento económico que atrajo a decenas de miles de nómadas del desierto a vivir en villas miseria que establecieron en los alrededores. Las dos minas de la multinacional francesa AREVA representan el 10% del consumo de ese mineral en la Unión Europea y el 32% de las exportaciones de Níger. Pero sus 1,600 empleados son extranjeros.

El compromiso de AREVA con la población local se puede medir con las donaciones que concedió para alimentar a la gente en la espantosa hambruna de 2005, que afectó a 3 millones de personas, incluidos 800 mil niños menores de cinco años. La ONU pidió 81 millones de dólares para atender la emergencia. La contribución de AREVA fue de 130 mil euros en junio de ese año y 120 mil adicionales en julio. Sus ganancias del ejercicio anual ascendieron a 428 millones de euros.

El impacto ambiental también es significativo: tanto por el enorme consumo de agua en una zona donde la escasez es aguda como por la elevada radiación que provoca la industria del uranio: AREVA se comprometió a eliminar este último problema en 2007, y en septiembre de 2009 se felicitó por haber concluido la limpieza. Semanas más tarde, en noviembre, expertos de Greenpeace encontraron que la radiación en la calle principal de Arlit y en el cercano pueblo de Akokan era “500 veces mayor de lo normal”, lo que constituía “niveles muy peligrosos”.

En 2007, los líderes de la última rebelión tuareg señalaron las actividades de AREVA como uno de sus principales motivos de descontento y demandaron que abriera empleos para los lugareños y compartiera con ellos sus beneficios. Todo esto le dio a AQMI una oportunidad de ganar popularidad dándole un golpe al enemigo occidental. Los cinco franceses y los dos africanos que secuestró en septiembre de 2010 trabajaban para AREVA y fueron capturados en Arlit.

La insurrección terminó en 2009 con promesas gubernamentales de generar bienestar, que no se han cumplido. Hundidos en la pobreza total, miles de tuaregs emigran a Niamey. Como Arisal, que compartió conmigo lo único que tenía: te. “Los beneficiarios del uranio no fuimos nosotros, sino los franceses y los extranjeros que trajeron para extraerlo: chinos, indios, sudafricanos, panameños. Su presencia ha cambiado nuestra cultura. Le compran al gobierno tierra que siempre fue nuestra y ya no podemos llevar nuestras cabras a pastar ahí”.

No hay empleo para los jóvenes. El modo de vida tradicional de su pueblo desaparece sin que llegue el del mundo moderno: “He aquí que Al Qaeda nos habla, nos dice que peleemos contra los colonialistas kafirs (infieles)”, dijo el tuareg, “y nos ofrece dinero. Algunos jefes de la última rebelión se sintieron engañados (por el gobierno) y formaron bandas de asaltantes”, que ocasionalmente prestan servicios a AQMI, como traerle armas y municiones de contrabando. “Por eso preferimos venir a Niamey a buscar una forma de vivir”, concluyó mi interlocutor. “El Islam es una religión de paz. Otros no la entienden así”.

Después de tanto escuchar que la población local no simpatizaba con Al Qaeda, ese testimonio confirmaba reportes de que, a pesar de todo, sí había una colaboración con los yijadistas, aunque sólo se tratase de algunos grupos de bandidos, no de una parte significativa de la población.

Y había señalamientos aún más graves que provenían del presidente A.T. Touré, de Malí, y de ministros franceses, como el que hasta principios de 2011 ocupó Exteriores, Bernard Kouchner, quien explicó así el secuestro de los franceses de AREVA: “Los que se llevaron a estos hombres y mujeres podrían ser tuaregs actuando por órdenes (de AQMI). Los venderán a los terroristas, que no son muy numerosos”.

Esto alimentó las generalizaciones que se estaban haciendo en círculos políticos occidentales y causó enojo entre la población local: “Es demasiado burdo y ridículo acusar al pueblo tuareg”, respondió Boutali Tchewiren, un exlíder rebelde nigerino que formó la asociación Alhak-Nakal (derecho a la tierra), “la comunidad tuareg no es responsable por las acciones de unos pocos individuos”. Nicolas Roix, Un articulista del sitio web especializado en periodismo People with Voices, reflexionó: “Si un ciudadano francés estuviera involucrado en una organización terrorista, nadie diría ‘los franceses son terroristas’”.

“Hacer negocios no es simpatizar”, precisó Arisal, al lado del Níger. “Esas bandas (de tuaregs) también ayudan a transportar droga por el desierto a los narcotraficantes latinoamericanos, que son cristianos y totalmente ajenos al Magreb. Los bandidos no tratan con AQMI por defender el Islam. Lo hacen por hambre”.

EL OBSCURO SAHARA DE KEENAN

“Si es cierto que los extremistas se nutren no sólo de ideólogos, sino de pueblos reprimidos, marginados y despojados, deberíamos preguntarnos por qué los tuaregs siguen condenando a AQMI en lugar de sumarse masivamente al grupo”, replantea el antropólogo británico Jeremy Keenan. Desde mis días de convalecencia en Mopti, y tras haber obtenido su dirección de correo electrónico, había estado leyendo sus investigaciones sobre el Magreb. Varios tuaregs y occidentales me habían recomendado contactar a este investigador de la Escuela de Estudios Africanos de la London University y autor del libro “The Dark Sahara: America’s War on Terror in Africa”.

No faltan las teorías de la conspiración pero Keenan se cuida que lo mezclen con fantasías paranoicas: el académico fundamenta con numerosos datos cada uno de sus argumentos y recuerda que no estamos frente a una anomalía, pues varios eventos clave de la historia reciente del mundo ocurrieron gracias a maniobras clandestinas de agencias secretas estadounidenses y de otros países.

En el caso del desierto del Sahara, revela, se da una conjunción de hechos: la región es rica en uranio y se sospecha que también en petróleo; tanto Francia como Estados Unidos aspiran a controlar esos recursos; los gobiernos del área quisieran someter a los tuaregs y otros pueblos inconformes; Argelia desea ganar poder militar y consolidarse como el mandamás de la zona.

En su libro, Keenan explica que la presencia de AQMI tiene varios beneficios para los protagonistas antes mencionados: legitima la intervención de fuerzas militares estadounidenses y francesas; Argelia, que durante los años 90 fue tratado como estado paria por los occidentales, se beneficia por haberse convertido en el aliado local de Washington y espera obtener de él armamento sofisticado; la lucha contra Al Qaeda justifica, además, que los argelinos ejerzan una presión política y militar sobre sus vecinos y se entrometan en sus asuntos; y finalmente, asociar a AQMI con los tuaregs facilita que gobiernos como el del presidente Touré de Malí o las dictaduras militares de Níger y Mauritania mantengan su hostigamiento –a veces velado, otras abierto– contra estos nómadas.

En 2002 y 2003, revela la investigación de Keenan, el gobierno de George W. Bush y el de Argel planearon la creación en el Sahara de otro frente de la guerra contra el terrorismo. El detonador fue el secuestro en 2003 de 32 turistas europeos por el Grupo Salafista de la Predicación y el Combate (GSPC, que en enero de 2007 se renombró AQMI), tras lo cual Bush lanzó su Iniciativa Contraterrorista Trans-Sahariana, en la que involucró a una serie de países y conectó las dos principales zonas productoras de petróleo del continente: Argelia y Nigeria.

La parte más delicada de “The Dark Sahara” es la del papel que les atribuye a los servicios de inteligencia argelinos, el Département du Renseignement et de la Sécurité (DRS), un estado dentro del Estado que durante la sangrienta guerra que empezó en 1992 contra el GSPC y su antecedente, el Grupo Islámico Armado, logró infiltrarlos y controlar a algunos de sus líderes. Keenan afirma que su jefe principal en 2003, Amari Saifi “El Para”, ordenó el secuestro de los 32 europeos por órdenes del DRS, en complicidad con el Departamento de la Defensa de EU.

Esto no significa que una mayoría de los dirigentes y militantes de AQMI estén controlados por Argel (y por Washington, indirectamente). Pero explicaría algunas decisiones estratégicas, como el hecho de que el GSPC haya abandonado su objetivo inicial de convertir Argelia en un emirato islámico, y se haya comprometido con una idea más vaga y amplia, como es la guerra santa global de Al Qaeda (con el consecuente cambio de nombre de GSPC a AQMI), así como que haya reducido sus actividades en Argelia para ubicarse en el norte de Malí, un área que es ajena al grupo tanto étnicamente como porque ahí predomina una secta musulmana distinta del salafismo, la sufí, más moderada: si esto es correcto, el apoyo popular que se cree en Occidente que tiene AQMI entre los tuaregs y otros pueblos vecinos es falsa, pues su presencia ahí sería una imposición de intereses extra-regionales.

Y también locales: “Los gobiernos de Argelia, Malí, Níger y Mauritania han utilizado la guerra contra el terrorismo para aplastar a la oposición legítima y a los tuaregs”, explica el académico británico, “y además han montado actos de provocación para que los lugareños realicen motines y demostrarle a Washington el potencial de la amenaza terrorista. A cambio, reciben la generosidad financiera y militar que viene con la bendición de Washington”.

Para los tuaregs, el saldo es dramático: los cerca de 100 mil turistas que atendían al año en el norte de Malí y de Niger y en el sur de Argelia, y que eran su principal fuente de ingresos, han desaparecido casi por completo. Las matanzas de ganado que ha realizado el ejército nigerino, como una manera de castigarlos económicamente por su nrebeldía, los han empobrecido aún más. En tanto que la presencia de AQMI y de narcos latinoamericanos representa dos cosas: peligros y limitaciones de movimiento, por un lado, y una de las escasas oportunidades de ganar dinero, por el otro.

“Marginados, ignorados y despojados, los tuaregs todavía son buenos combatientes”, advierte Keenan, “y la cuestión es si van terminar por tratar de resolver las cosas a su manera”.

Mi exploración indicaba que la base popular de Al Qaeda en el desierto del Sahara no se encontraba en su mitad sur, ni en el Sahel, como había escuchado en Occidente. ¿Estaría entonces al norte, en la costa mediterránea desde donde descendió el yijadismo armado de AQMI?  La pregunta cobraba doble relevancia ahora que la región estaba en llamas, con los tunecinos y los egipcios lanzados a la rebeldía contra los dictadores aliados de Occidente.

Era lo que Osama bin Laden había pedido por años, y dejó grabado su beneplácito por esos alzamientos. En coincidencia, grandes medios de comunicación occidentales aseguraban que los yijadistas engrosaban las filas de los insurrectos. Tal vez allá estaba: tendría que cruzar el desierto hasta El Cairo, corazón político del mundo árabe y musulmán.

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