Cherán: Insurrección contra el crimen


Ante la indiferencia del gobierno mexicano, los indígenas de esta población purépecha del estado de Michoacán se levantaron contra talamontes ilegales que, según denuncian, son protegidos por la delincuencia organizada.

Por Témoris Grecko (mira aquí el pdf de la versión publicada en Esquire Latinoamérica, septiembre 2011, con las excelentes fotos de Carlos Álvarez Montero)

Fueron las mujeres quienes encendieron la mecha de la insurrección en Cherán, un pueblo p’urhépecha en las montañas del estado mexicano de Michoacán que el 15 de abril de 2011 se levantó. No contra la opresión del gobierno, sino porque, en su ausencia, quien manda son las bandas de narcotraficantes. “Las mujeres decían, ¿por qué no hacemos nada?”, recuerda “Flor”, una cheranense de 25 años. “Si a los hombres los secuestran y los matan, entonces vamos a cambiarlo y vamos las mujeres”.

No se trata tan solo de otro caso de acelerada deforestación por talamontes ilegales. Y no es un típico enfrentamiento entre modernidad y tradición, un coletazo del siglo XIX sobre el XX. Lo que sucede en Cherán, explica “Roberto”, uno de los miembros de la Comisión General (la nueva autoridad que se han dado los habitantes del pueblo), es un producto de la infiltración del dinero del crimen organizado en el proceso electoral municipal de 2007. La compra de puestos de representación popular “está pasando en Michoacán y en todo México”, alerta este dirigente, cuya identidad real, como la de “Flor” y las de los demás cheranenses, debe mantenerse en reserva porque sus vidas están en juego.

Su alarma ante este fenómeno coincide con la que han expresado numerosos observadores, como el periodista Ricardo Ravelo, autor del libro “El narco en México. Historia e historias de una guerra”, quien señala que “no hay controles sobre el flujo financiero que llega a las campañas. Los candidatos a puestos de elección popular ya no compiten con proyectos, compiten con dinero. Sólo así se ganan los comicios y así se le abre paso al narcotráfico”.

Un estudio del Senado de la República, difundido en agosto de 2010, reveló que seis de cada 10 municipios del país están infiltrados por el narcotráfico. En localidades como Cherán, además, el problema se agrava porque la condición indígena de las víctimas es motivo para la discriminación y el olvido por parte de la autoridades.

El resultado es el desprestigio de la democracia electoral: los cheranenses ven a los partidos políticos como los responsables de la discordia que permitió que el crimen organizado los encontrara divididos y aprovechara la oportunidad. Su muralla de defensa, erigida a lo largo de una lucha de campesinos y maestros contra el poder armado y financiero de las mafias, es recuperar sus antiguos usos y costumbres, para asegurarse de que los gobiernen vecinos honorables y de confianza.

O vecinas: “Yo podría emigrar con la familia que tengo en Estados Unidos”, dice la jefa de familia “María Rosa”. Una cuarta parte de los cheranenses ya vive en ese país. “Pero amo a mi pueblo. Por eso estoy en esta lucha”.

LA FOGATA

Conocemos a “María Rosa” en una fogata de “París”. Un poco en broma, otro tanto por costumbre, así llaman sus habitantes a este barrio, el cuarto de los cuatro que hay en Cherán, y cuyo verdadero nombre es Parhikutini, que en el idioma p’urhépecha de la zona significa “pasarse al otro lado”: el pueblo está dividido en dos por una barranca y “París” se encuentra solitario al norte de la misma. Al sur, el barrio primero es Jarhukutini (“al borde de”), y lo siguen Ketsïkua (“abajo”) y Karakua (“arriba”).

Históricamente separados, los habitantes de Parhikutini tienen fama de tímidos. “Pareces de París”, les dicen a los niños que se retraen ante el extraño. En realidad, los cuatro barrios son muy celosos de su autonomía, y esto se refleja en la organización que se ha establecido tras el levantamiento que empezó el 15 de abril: la Comisión General, donde todos tienen derechos y responsabilidades equivalentes.

La unidad política fundamental es la fogata. Los vecinos de cada calle se reúnen bajo techos de madera o lona, frente al fuego, para realizar tareas de vigilancia nocturna, recibir y brindar información, discutir los asuntos importantes, tomar decisiones y elegir un coordinador. Entre éstos, cada barrio escoge a cuatro coordinadores generales, que lo representan en la Comisión General, que está entonces, obviamente, integrada por 16 personas. Ahí se acaban las jerarquías: no hay un presidente o jefe, ni una especie de cuarteto o comisión superior: los 16 coordinadores tienen voz y voto en la gobernación del pueblo. Igualmente, cada barrio tiene que aportar un número idéntico de voluntarios para la ronda comunitaria, que actúa en lugar de la policía, así como para ocuparse de los servicios públicos.

Convertida en cocina comunitaria, la fogata tiene un papel vital, además, para la manutención de los habitantes de Cherán. Si la opresión de los talamontes y los grupos armados había golpeado la economía local antes del 15 de abril, la insurrección casi acabó con ella. La gente controla ahora las calles y los accesos al pueblo, donde prevalece un nivel de seguridad que casi ha desaparecido en el resto de México: no hay más secuestros, extorsiones y asesinatos. Fuera de sus límites, sin embargo, se extiende una peligrosa tierra de nadie y los habitantes, que viven de actividades forestales (leña, recolección de resina y vegetales silvestres), agrícolas (maíz, trigo, papa, haba y avena) y ganaderas (bovinos, caballares, porcinos, ovinos y caprinos), y de la fabricación de productos de madera y corcho, sólo pueden salir a recorrer los bosques, cuidar sus animales y trabajar sus tierras bajo riesgo de secuestro y asesinato.

Así le ocurrió al comunero Domingo Chávez Juárez, de 47 años, quien fue “levantado” cuando quiso visitar su parcela el 28 de mayo y fue encontrado 13 días después, en las faldas del cerro El Tecolote, en el cercano municipio de Zacapu, asesinado de un tiro y quemado. Su viuda, Zenaida Vázquez, quedó a cargo de cuatro hijos de entre 14 y 22 años.

Pocos comercios abren. “Estoy aquí sólo por si cae algo”, dijo el dueño de una pequeña mueblería, “pero ni una mosca”. Cherán depende de los ingresos de los empleados gubernamentales, como los profesores, y de la ayuda exterior: “Estamos resolviendo el problema de la alimentación gracias a los hermanos emigrantes”, dice “María Rosa”, “gracias a la ayuda que nos están enviando de diferentes pueblos, de diferentes ciudades, países” (unos 18,000 cheranenses permanecen en su tierra, pero otros 6,000 viven en Estados Unidos, según la Comisión General).

En su fogata frente a la lonchería “París”, en la calle de Abasolo, las mujeres preparan cena para muchos. Los niños que alborotan esperan el llamado a llenar la panza. “Ahora la familia es la fogata, aquí estamos”, “María Rosa” señala a sus compañeras, “y estamos en grupo: los que no tienen qué comer, por lo menos hacen una o dos comidas al día”.

Hacemos un recorrido nocturno por la mitad de las 48 fogatas de las empinadas calles del barrio de Parhikutini, tratando de evitar el empacho: no hay pretexto que nos salve de comer al menos un taco de frijoles, un pozole de grano o un huevo sobre tortilla en cada una de ellas, entre la curiosidad y la entusiasta cortesía de la gente, que aunque somos turichi (no p’urhépechas), nos llama pichpiri (“amigo”) y agradece la visita en tiempos duros.

Su calidez es grande, a pesar de la situación. Los vecinos forman tres equipos que se turnan para pasar la velada en la fogata, vigilando que nada amenace la seguridad. Llevan varios meses en esa dinámica y algunas personas muestran signos de cansancio debido a la tensión, la incertidumbre y los rigores de la resistencia.

“No sabemos qué va a pasar”, lamenta una joven madre en otra fogata. “Y mis niños tienen hambre, tienen miedo. A veces pienso que mejor deberíamos…” Se interrumpe. Las llamas han bajado y su rostro angustiado se enrojece por el brillo de las cenizas ardientes. “Manuel”, uno de los coordinadores generales de  Parhikutini, interviene para levantar los ánimos. Les recuerda que “no tenemos alternativa. ¿Nos rendimos ante los malos? ¿Y qué van a hacer con nosotros cuando vean que no podemos? Ya p’atrás, ¡ni pa’tomar vuelo!” Les asegura que están haciendo algo muy importante y que le están dando ejemplo a México y al mundo. Para corroborar su dicho, dos chicas del movimiento piquetero argentino, que vinieron a conocer lo que pasa en este pueblo, expresan su admiración por esas mujeres valientes de Cherán. El lugar se llena de aplausos.

“La fogata es el punto para contar la historia”, me había dicho “Roberto”, profesor de escuela de unos 60 años de edad. “Si una fogata se apaga, se acaba esa luz. Se deja de generar ideas”.

LA DIVISIÓN

Los cheranenses están orgullosos de su relación con el bosque y de las gestas de sus próceres para defenderlo. El general Casimiro Leco condujo la resistencia contra el bandolero Inés Chávez, entre 1915 y 1918, y el profesor Federico Hernández Tapia logró detener en 1927 los trabajos de una empresa estadounidense que cortaba árboles para fabricar durmientes de ferrocarril.

Como muchos michoacanos, por el recuerdo del exgobernador (1928-32) y expresidente “tata” Lázaro (Cárdenas, 1934-40), siguieron a su hijo Cuauhtémoc cuando dejó el entonces dominante Partido Revolucionario Institucional (PRI) para fundar, en 1989, el Partido de la Revolución Democrática (PRD), que fue hasta 2007 la indisputable fuerza política local. En ese año, sin embargo, enfrentamientos internos motivaron que un perredista muy popular, el profesor Leopoldo Juárez Urbina, se separara para presentar su candidatura a alcalde por el Partido Alianza Socialdemócrata (PAS).

Los habitantes de Cherán llegaron a las elecciones del domingo 11 de noviembre de 2007 con cinco opciones para presidente municipal: PRD (en alianza con dos partidos pequeños), PAS, PAN, PANAL y PRI, que postulaba a un maestro desconocido, Roberto Bautista Chapina. Entonces “hubo una campaña con mucho, muchísimo dinero, que se intensificó el viernes y el sábado anteriores” (días prohibidos para el proselitismo, según las leyes electorales), cuenta “Roberto”. “¿De dónde vino ese dinero?”, continúa: “Vino del narco. Nuestra división abrió la puerta y el PRI entró como por su casa”.

El periodista Ravelo ha estudiado situaciones parecidas en el país: “El dinero entra a través de donaciones a los partidos, por maniobras de los comités de financiamiento, mediante los amigos de los candidatos. Así ponen a gente en las alcaldías, a legislar en los estados, y no se descarta que lleguen los intereses del narcopoder a la presidencia de la República en 2012, que se establezca una suerte de cogobierno con el narco”.

El estudio “Ayuntamientos y crimen organizado”, de la Comisión de Desarrollo Municipal del Senado, reveló en agosto de 2010 que “el 63 por ciento de las más de 2 mil 500 alcaldías están infiltradas por células operativas, y de éstas, 8 por ciento está totalmente bajo el control del narcotráfico”. A diferencia de los políticos nacionales, los capos saben dónde está la base del poder, continúa el documento: “Los cárteles sí que han sabido la fórmula de la ecuación. Han entendido que el municipio, al ser el nivel de gobierno más cercano a la gente, es el que había que echarse a la bolsa particularmente para las operaciones de narcomenudeo y, posteriormente, para asegurar logística, infraestructura, apoyo político y silencio cómplice”.

En Cherán, el rompimiento del PRD permitió la victoria del candidato priísta. Juárez Urbina, con el PAS, obtuvo 2 mil 070 votos. La alianza encabezada por el PRD, mil 980. Juntos hubieran sumado 4 mil 050 sufragios. Pero cada uno fue por su lado e individualmente sus cifras resultaron apenas menores que la del PRI, que consiguió 2 mil 153 preferencias.

Bautista Chapina tomó posesión el 14 de febrero de 2008. Una de sus primeras decisiones fue reemplazar a los agentes de la policía municipal con personas que, en su mayoría, no eran de Cherán. “Él no los eligió, se los impusieron”, dice el profesor “Roberto”, en referencia al crimen organizado.

Los problemas empezaron de inmediato. El 29 de marzo, Jorge Romero Mateo, de 34 años, fue golpeado por policías municipales, quienes lo dejaron tendido en la calle y después lo mataron arrollándolo con una patrulla. En declaraciones al diario La Jornada (25 de mayo de 2008), su madre relacionó el asesinato con una pelea que su hijo tuvo con Bautista Chapina, quien presuntamente mantenía una relación con la esposa de Romero Mateo.

Mariano Ramos Tapia, de 17 años, fue testigo de los hechos. Durante una fiesta tradicional, el 31 de marzo, el chico fue arrestado y después “cayó de la camioneta porque los agentes del orden no habían tomado las medidas de seguridad correspondientes al subirlo”, reportó el diario Cambio de Michoacán (10 de mayo de 2008). Murió por lesiones en el cráneo. Los policías, que abandonaron el cadáver y escaparon, fueron detenidos y después liberados.

Ramos Tapia estudiaba el bachillerato en la cercana ciudad de Uruapan, donde vivía en la Casa del Estudiante “Carlos Marx”. Sus compañeros, que denunciaron los hechos como un homicidio, tomaron el Palacio Municipal de Cherán el 4 de abril en demanda de justicia y forzaron a Bautista Chapina a despachar desde la Casa de la Cultura. Juárez Urbina asumió el liderazgo del movimiento y exigió la renuncia del alcalde. Lo secuestraron el 8 de mayo de ese año y apareció muerto dos días después, con señales de tortura, en un paraje del municipio vecino de Paracho.

LA DEVASTACIÓN

A 2 mil 400 metros sobre el nivel del mar, Cherán es un lugar de tormentas y nubes bajas. Pero en este mediodía de un domingo de verano, el sol brilla. El fotógrafo Carlos Álvarez Montero y yo queremos ir al cerro Aŋajtsïn (“levantándose”), uno de los últimos sitios que estaban arrasando los talamontes antes del 15 de abril, y a los que la gente se refiere en general como “la devastación”. Pedimos un guía, pero prefieren enviarnos con una escolta de cinco hombres.

Armada. Tras llegar por una dura brecha, en una camioneta 4×4, nuestros acompañantes revisan sus artefactos: un rifle de asalto R-15, una subametralladora Uzi, un viejo fusil 22 y un par de pistolas. “Cuando uno menos se lo espera, salta la liebre”, previene alguien. Los insurrectos están preocupados por la imagen pública de su movimiento y prefieren no dejarse ver con tales instrumentos. Es difícil pensar que sin ellos podrían tener éxito, no obstante. No explican cómo los obtuvieron, pero cuando fue expulsado, el alcalde Bautista Chapina denunció el saqueo del pequeño arsenal de su cuerpo de policía.

Aunque nuestros acompañantes son voluntarios (“hoy nos tocó la ronda”, se lamentó uno), tienen sentido operativo. Nos anteceden al subir por un camino que los lugareños solían utilizar en mejores tiempos. “En los últimos años”, cuenta un p’urhépecha alto de facciones recias, a quien sus compañeros llaman con un apodo de personaje rudo del cine, “cuando venías por aquí y veías bajar a los malos, mejor te ibas corriendo. Si te atrapaban, te quitaban lo que trajeras y te golpeaban: afortunado te creías si te dejaban vivo”.

Al entrar en terreno abierto, en la ladera del Aŋajtsïn, los cheranenses se despliegan en media luna para protegernos de un posible ataque. El 29 de abril de 2011, dos semanas después del levantamiento, la avanzada de una partida que subía al cerro San Miguel tras detectar la presencia de talamontes, sufrió una emboscada que dejó dos vecinos muertos —uno de ellos era Pedro Juárez Urbina, hermano del difunto Leopoldo— y dos heridos.

El escenario es desolador: un bosque transformado en tocones irregulares y troncos derribados, ennegrecidos por el fuego. “Los talamontes hacen quemas para deshacerse de las ramas, las hojas y otros obstáculos”, explica mi interlocutor, a quien llamaremos “Rocky”. “Así acabaron con todo: con las semillas de pino, con las otras plantas, con los animales. Aquí venía la gente en esta época con sus cubetas a recoger hongos. Luego los vendían en el mercado y sacaban 10, 20 pesos (1-2 dólares), para completar el gasto. Ahora no hay ni uno”.

Pero sí encontramos. Uno solo, no es difícil hacer la cuenta. Redondo, claro en la circunferencia, de color naranja brillante en el medio. “Rocky” se inclina para tocarlo con suavidad. “Crecí en el cerro, allá vivía sacando resina”, cuenta, señalando hacia La Virgen, un monte que los taladores sólo lograron deforestar parcialmente: “Ya p’allá iban a tumbar árboles, por ahí por todo eso que se ve desahijado”. Extraer la savia de los pinos es una de las principales actividades en Cherán. De ella se obtiene una resina con la que se fabrican cubetas, lazos e incluso pantalones. “Rocky” ganaba 2 mil 200 pesos (200 dólares) al mes por cuatro cargas del producto. Hasta que se tuvo que refugiar en el pueblo: “Los malos me quemaron mi ranchito”.

A unos centenares de metros, vemos unas parcelas abandonadas. No las dejaron ahora, sino mucho antes del 15 de abril: “Si los talamontes veían que tenías un tractor, te golpeaban y te lo quitaban para arrastrar troncos”, recuerda “Rocky”. “Si pasabas con un carrito y una mula, o con un carro (camioneta) en el que traías tomate, te lo quitaban. Violaron a varias mujeres. Secuestraron vecinos para pedir rescate. La gente gritaba: ‘¡Ahí vienen los de (el cercano pueblo de) Capacuaro!’, y todo el mundo corría. Los comuneros ya no querían venir”.

“Sí llegamos a agarrar a algunos delincuentes”, continúa este hombre moreno y de cabello muy corto, de unos 30 años, “pero cuando los llevábamos a la cárcel, se burlaban, nos decían ‘bien pronto el presidente municipal me va a sacar, y si no, él ya sabe a lo que le tira’”.

Desde donde estamos, Cherán aparece unos cinco kilómetros al sur, y detrás, el cerro de San Marcos. A nuestra izquierda está el de La Virgen, y a nuestra derecha, el de San Miguel, completamente arrasado. “Se lo echaron en un mes”, denuncia “Rocky”. “Vinieron carros de Capacuaro, de San Lorenzo, de Santa Cruz Tanaco, de Huecato, y otros lugares… eran 150 y hasta 200 carros al mismo tiempo. Y cada uno hacía unos cuatro viajes, cargados de troncos”.

También acabaron con Aŋajtsïn, un monte especial para los cheranenses: “La gente venía aquí a hacer su comida, a disfrutar de la naturaleza, los niños risa y risa, una gritería. Todo eso se acabó. Ya no quedó nada”.

Los talamontes de Capacuaro son los más temidos entre los de una serie de comunidades dedicadas a la tala ilegal. Sus operaciones son protegidas, según los cheranenses, por un hombre al que identifican como Cuitláhuac Hernández Silva, “El Güero”, y a quien le atribuyen el liderazgo de un grupo de narcotraficantes relacionado con el cártel criminal La Familia Michoacana (ahora reconvertido en Los Caballeros Templarios). Aseguran que cobra 500 pesos por camioneta y viaje: 200 carros por cuatro viajes a 500 pesos representarían ingresos por 400 mil pesos  (33 mil dólares) diarios.

LA HUMILLACIÓN

Para sacar la madera a la carretera Uruapan-Guadalajara, sobre la que se encuentra Cherán, los talamontes tenían que atravesar el pueblo. Centenares de camionetas pasaban varias veces al día, exhibiendo ante los ojos de los cheranenses la riqueza que les robaban. Pese a repetidas denuncias de los comuneros, ningún cuerpo de policía los detenía: la Forestal, la Preventiva Estatal, la Ministerial, la Federal, según testimonios de los pobladores.

“Pasaban a todas horas del día y de la noche”, me había dicho “María Rosa” en su fogata. “Corrían sin ningún cuidado por nuestras calles, se nos dejaban venir. Traían armas y si tú volteabas a mirar, te apuntaban, ¿tú que hacías? Bajabas la mirada. Y daba coraje porque bien se echaban una cerveza y te decían ‘salúdennos, pendejos de Cherán’. ¿Qué hacíamos? Agacharnos”. La deforestación afectó también los recursos hídricos del pueblo: “Se metieron con los mantos acuíferos, nosotros sobrevivimos de esa agua”.

“Usted no sabe cómo fueron esos momentos tristes cuando ellos venían”, continuó la cheranense, “no les importaba, tiraban balas, aquí nosotros no teníamos armas, más que madera, piedras, ‘cuetes’ (juegos pirotécnicos), era con lo que nos defendíamos, era lo único porque no había. Y ellos con armas. Todavía la policía venía a apoyarlos a ellos… y a nosotros… ¿qué somos?”

La complicidad de los agentes municipales designados por el alcalde Bautista era evidente para los pobladores. El profesor “Roberto” da un ejemplo: el 31 de marzo de 2008, “la policía pasó echando balazos por la plaza principal, por el mero centro. Así vaciaron el área porque la gente corrió a esconderse. Luego llegaron los malos y ‘levantaron’ al comerciante de la tienda de abarrotes. Nos secuestraban dentro de nuestro propio pueblo y la gente tenía miedo, antes éste era un pueblo seguro pero cuando gobernaba Bautista Chapina, la gente se metía a sus casas a las 10 de la noche”.

Los raptos tenían motivaciones económicas y políticas. Tras la muerte del ex candidato a alcalde Leopoldo Juárez Urbina, los miembros del Comisariado de Bienes Comunales —una autoridad agraria similar en poder a la Presidencia Municipal— se dividieron y formaron grupos rivales. Uno de ellas se ubicaba en la oposición al PRI, pero recibió un fuerte golpe cuando su secretario, Rafael García Ávila, y su tesorero, Armando Gerónimo Rafael, así como el asesor de predios arbolados Jesús Hernández Macías, fueron secuestrados el mismo día, 10 de febrero de 2011, pero por separado: el primero cuando se dirigía a su casa, el segundo, dentro de su hogar, y el último, en la cercana población de Paracho. No se ha vuelto a saber de ellos.

LA BATALLA

“N’hombre, las mujeres fueron las que se organizaron”, festeja “Tomás”, un apuesto p’urhépecha de 70 años que se acerca a saludarnos en una callejuela del centro. Su esposa lo espera, pero él insiste, con sus ojillos vivarachos bajo el sombrero de ala: “¡Ahora sí que ellas son más hombres que nosotros!”

“En la situación en la que estamos, los hombres corren más peligro”, nos explica en la Casa Comunal (antes Presidencia Municipal) “Flor”, una joven que está prestando el servicio social, un requisito para obtener el título de maestra de escuela. “Hasta ahora no han matado ni secuestrado a ninguna mujer”. Por eso, asegura, las cheranenses resolvieron encabezar el levantamiento, para ya no dejarse hacer tauandurini (“que te pateen”).

El 14 de abril pasado, circularon pequeños volantes que decían “¡ya basta!” y convocaban a detener a los talamontes. El punto de encuentro  escogido fue la capilla del Calvario, sobre la calle Allende del tercer barrio, Karakua: ahí confluyen dos avenidas de tierra que son accesos al pueblo. Una de ellas, Allende Oriente, se convierte en el viejo camino a Nahuatzen, por donde las camionetas llevaban la madera cortada ilegalmente en un cerro bajo, de unos 200 metros de altura, al que los lugareños se refieren con el nombre de un paraje en sus faldas, La Cofradía.

Recojo la historia cerca del crepúsculo, hablando con muchas mujeres y algunos hombres en la fogata que, entre las 179 establecidas en el pueblo, lleva el número 1. Está en Allende y 16 de Septiembre: es algo así como un sitio histórico, donde permanecen los esqueletos quemados de tres camionetas (en total, nos dicen, hay unos doce en distintos puntos del pueblo).

El 15 de abril de 2011, decenas de mujeres se reunieron a las cinco de la mañana. Una hora después, a espaldas de la capilla, detuvieron la primera camioneta. Armado con palos, machetes y “cuetes”, el grupo se empezó a hacer multitud, con la llegada de adolescentes y jóvenes, y el conductor del segundo vehículo, un chico de 16 o 17 años, pudo verlos a la distancia. Aceleró y comenzó a zigzaguear: “Venía viboreando contra nosotros”, cuenta “Felipe”, un carpintero, “pero la gente se alcanzó a quitar”. Una lluvia de piedras que penetró por el parabrisas y las ventanillas hizo que el chofer perdiera el control y chocara contra un poste. Después capturaron otros dos carros. Varios de los ocupantes lograron escapar, pero la gente retuvo a cinco talamontes.

A las 10, una patrulla de la policía municipal pasó exigiéndole a la gente que liberara a los detenidos y se marchara, pues un grupo armado vendría al rescate. Un cuarto de hora después, comenzaron los disparos. Nadie sabe muy bien cuántos agresores venían, ni el número de vehículos, “porque no podíamos ver, teníamos que escondernos”, explican en la fogata 1. Las estimaciones varían de ocho a 14 personas, incluidas algunas mujeres.

Favorecidos por el poder de su armamento, los atacantes avanzaban por la calle Zapata. Varios jóvenes les hicieron frente con juegos pirotécnicos. El adolescente Eugenio Sánchez Tiandón recargó las cabezas de varios “cuetes” sobre un palo tirado en el suelo, para levantar su trayectoria, y lanzó un par, “pero no alcanzó a encender las mechas de los demás: le dieron un tiro en la cabeza, arriba de la ceja”, recuerda una joven.

Parecía que se avecinaba una matanza que culminaría con la liberación de los talamontes. La suerte, sin embargo, estaba del lado de los pobladores: “Quién sabe cómo, pero a uno (de los rivales) le cayó un ‘cuete’ y se le veía floreado de la panza”, dice la misma chica. Tras 20 minutos de batalla, eso fue suficiente para provocar la retirada de los agresores. ¿Desconcierto? ¿Miedo? ¿Tal vez consideraron que el riesgo era mayor que el esperado y que no valía la pena arriesgar la vida por los detenidos?

En la capilla del Calvario, de cualquier forma, los ánimos estaban muy encendidos. Habían vencido a un costo demasiado alto, pues parecía que el muchacho Eugenio iba a morir (cayó en coma y sobrevivió, pero con daños graves a la vista, el oído y el habla). “Flor” me había contado, horas antes, que “cuando llegué, como a las 3 de la tarde, las señoras los tenían (a los detenidos) amarrados, tirados en el piso. Uno tenía una pedrada, como que se le coagulaba la sangre en la cabeza, pero le seguía saliendo. Y ya los iban a colgar, ellas se acordaban de la gente que han matado, que han secuestrado”. Las ramas de un enorme fresno frente a la capilla prestarían el servicio. “Pero otras señoras tuvieron lástima”, siguió “Flor”, “y las convencieron de mejor encerrarlos en el curato”.

LA (IN)JUSTICIA

En las afueras del pueblo, mientras tanto, Cuitláhuac Hernández Silva, “El Güero”, a quien identifican como capo de la región, llegaba “por su hija al Colegio de Bachilleres de Cherán, porque ella estudiaba allí, con lujo de violencia”, me diría más tarde “Jacinto”, otro de los coordinadores generales. “La gente lo interpretó como que los grupos criminales iban a atacar las escuelas. Los alumnos de todos los planteles se encerraron hasta que sus padres fueron por ellos. Y en los días siguientes no los dejaron acudir” (el periodo escolar 2010-2011 terminó en junio sin haber podido reanudar las clases).

Como los cinco talamontes retenidos eran del vecino Capacuaro, la gente de este pueblo bloqueó la carretera que une ambas comunidades. Fuerzas policíacas estatales y federales se habían desplegado en la zona y sus helicópteros la sobrevolaban, pero no impidieron que los capacuarenses bajaran a golpes a los ocupantes de coches y autobuses en busca de paisanos de Cherán, y que secuestraran a los cuatro que encontraron, entre ellos un niño, un médico y un maestro, con el objetivo de realizar un intercambio.

Los alzados expulsaron al alcalde Bautista y a sus agentes, tras haber incautado sus armas y vehículos. Esperaban una ofensiva de los hombres de El Güero. “La tensión se sentía horrible en los primeros días”, recordó “Flor”. “No podíamos ni comer de la preocupación”.

“La CEDH (Comisión Estatal de Derechos Humanos) nunca hizo un pronunciamiento sobre nuestro problema”, señaló “Roberto”, “pero sí salió a decir que habíamos golpeado a los talamontes. En cambio, la CIDH (Comisión Interamericana de Derechos Humanos) nos atendió siempre”. Gracias a la mediación de este órgano, inocentes y sospechosos regresaron a sus casas a los nueve días. Los segundos, pese a las denuncias interpuestas por los cheranenses, no fueron procesados judicialmente.

La cuota de sangre de los lugareños desde febrero de 2008, cuando tomó posesión el alcalde del PRI, hasta ahora es de 12 muertos y seis desaparecidos. Los cheranenses no están dispuestos a permitir que fuerzas ajenas patrullen sus calles, que ellos por fin controlan, sino que piden que el Ejército Mexicano se establezca en ocho “filtros” o puntos de vigilancia ya definidos e impida la tala ilegal. Les han planteado a las autoridades tres demandas: justicia, seguridad y reconstrucción de los bosques.

El gobernador Leonel Godoy, quien declaró el 28 de abril que la de Cherán “es una lucha justa que el gobierno del estado apoya”, acordó una semana después con Francisco Blake, secretario de Gobernación (ministro del Interior) federal, la realización de operativos contra los talamontes ilegales en la zona de Cherán. Los comuneros señalaron ocho puntos clave en los que se instalaron unidades de policías nacionales (Forestal, Federal) y estatales (Ministerial, Preventiva). Sin embargo, denuncian, esa presencia es intermitente en cinco de esos lugares, mientras que donde es permanente “los carros con madera pasan frente a sus narices y no hacen nada”, según “Jacinto”.

¿Por complicidad o por temor? Los cheranenses no comentan. Al menos en un par de ocasiones recientes, sin embargo, grupos de personas golpearon y retuvieron durante varias horas a policías federales que participan en esta campaña: a dos en Santa Cruz Tanaco, el 29 de julio, y a otros 12 en Parácuaro, el 31.

Ninguna de las autoridades involucradas se ha pronunciado sobre las acusaciones contra “El Güero” Hernández y el alcalde Bautista Chapina, ni ha comunicado campañas específicas contra las bandas de narcotraficantes que operan en la región, más allá de insistir en llamados genéricos a luchar contra el crimen, como cuando el presidente Felipe Calderón declaró, el 5 de agosto, que “no dejará en manos de la delincuencia organizada las reservas naturales de México”.

Esto a pesar de que, como explicó el profesor “Jacinto”, la intervención policiaca no se puede quedar en detener las actividades contra el bosque: “No se resuelve el problema en tanto no disuelvan las células criminales y no desmantelen los aserraderos clandestinos que están en Santa Cruz Tanaco, Rancho Morelos, Huecato, Capacuaro, San Lorenzo Angahuan, Uruapan y Nahuatzen. “Del aserradero clandestino, la madera ya sale documentada (como madera de procedencia lícita, es decir, amparada por permisos de explotación). ¿De dónde sale esa documentación? Toda la madera que sale de aquí es ilegal, pero de ahí p’allá, ya es legal, ¿quién está involucrado?”

“¿Quién les da la documentación, dónde la obtienen y cómo?”, insistió “Roberto”. “Ahí queremos que se haga justicia con Semarnap” (la Secretaría de Medio Ambiente, Recursos Naturales y Pesca, órgano federal que regula las actividades forestales).

LA UNIDAD

La reforestación es otro enorme problema. Los cheranenses estiman que de las 27 mil hectáreas de bosque del municipio, 20 mil han sido destruidas. En cada una debe haber mil 200 árboles, lo que representa un déficit de 24 millones de ejemplares.

“Roberto” considera que, en la respuesta de las autoridades, se manifiesta la discriminación hacia los indígenas: “El gobierno cree, pues estos son unos inditos, son tontos, ignorantes, y los organismos (encargados de recuperar la foresta) sólo nos ofrecen 200 mil árboles. Dijeron que es su máximo esfuerzo. Y ellos sólo piensan en pinos, pero hay otro tipo de árboles afectados, vegetación muy diversa, como nuritén, que es una planta medicinal olorosa que usamos en nuestras fiestas, como en una boda porque simboliza la virilidad y que va a haber hijos. ¿Cúando nos van a restituir eso? Nos siguen ofendiendo y ya no nos van a engañar”.

Son sus particularidades indígenas, no obstante, las que ellos esgrimen para reclamar el reconocimiento a una forma de organización política diferente, dentro del Estado mexicano. Debido a la experiencia de estos últimos años, han decidido rechazar el sistema electoral. “Si decimos no a los partidos políticos es porque fue gracias a ellos que el crimen organizado nos encontró divididos”, dijo “Roberto”.

El 13 de noviembre, el estado de Michoacán celebrará comicios para elegir gobernador, diputados locales y alcaldes. “No los habrá en Cherán”, han dicho los cheranenses a todo el que ha querido oír, desde la presidenta del Instituto Estatal Electoral hasta el gobernador Godoy Rangel. Han instado al Congreso local, además, a reformar la constitución del Estado para reconocer el derecho de los pueblos indígenas a gobernarse mediante un régimen de usos y costumbres, como ocurre en Oaxaca (418 de sus 570 municipios se rigen así). “En cada barrio se tiene que seleccionar a las personas honorables”, detalló “Roberto”. “Para escoger a una persona se tiene que ir tres generaciones atrás: cómo era su padre, cómo era su abuelo, qué han hecho todos ellos por la comunidad…”

Godoy Rangel ha respondido que los comicios se deben llevar a cabo en todos lados. “Que nos digan cómo vamos a resolver este tema de la comunidad indígena de Santa Cruz Tanaco y de las personas que no son miembros de la comunidad indígena de Cherán”, replicó el 8 de agosto. Al defender los derechos políticos de los habitantes de esa localidad, perteneciente al municipio de Cherán, el gobernador no mencionó que los cheranenses acusan a los de Tanaco de estar entre quienes los agreden y saquean sus bosques.

Cherán fue el único municipio michoacano donde el PRD y el conservador PAN, que celebraron elecciones primarias el 31 de julio, no instalaron urnas. “El 15 de abril encontramos la unidad, que es nuestra bandera”, reivindicó “Jacinto”, “y dijimos no más partidos, no más elecciones, lo hacemos a nuestra manera tradicional”.

LA BARRICADA

Los accesos a Cherán por carreteras pavimentadas (una lo comunica con Paracho, Capacuaro y Uruapan, otra con Nahuatzen y Pátzcuaro y una más con Carapan y Zamora), con bastante tránsito, están resguardados cada noche por los voluntarios de ambos sexos que envían las fogatas, mediante un sistema de turnos. Tienen armas de fuego y radios de comunicación. Además, “cuetes”: cuando se lanza uno, significa que todo está bien; con dos, se llama a estar alerta; tres son la señal de emergencia y el pueblo entero debe salir a enfrentar la amenaza.

En esas barricadas, por la noche, cuando un vehículo se para en la vía o hace un movimiento extraño, la gente teme que de su interior salga una ráfaga de ametralladora o un bazucazo. En la oscuridad lluviosa, los acompañamos por una serie de obstáculos que han colocado en el camino mientras ellos se acercan a ver qué ocurre al final de ellos, rogando que no sea nada. Varios se cubren el rostro con paliacates: “¿Cuál es el miedo?”, se burlan otros. “De todos modos, el sello (de la insurrección) lo traemos todos en la frente”.

En otra de las entradas al pueblo, la de la brecha terregosa por la que llegaron las camionetas que detuvieron el día del alzamiento, la actividad es menor. Pero la tensión es la misma. La barricada de Allende Oriente parece la frontera entre la civilización y las tierras salvajes. La fogata 1 y El Calvario están 150 metros hacia abajo. Calle arriba, la oscuridad hace imposible distinguir el cerro de La Cofradía y el camino viejo a Nahuatzen: dos postes de luz, uno de los cuales fue colocado recientemente, marcan el límite de lo que se puede ver desde el puesto: no más de 20 metros de ruta lodosa. Las mujeres que velan aquí cada noche han tenido varios sustos con conductores borrachos, pero hasta ahora no ha pasado de ahí.

“Necesitamos ‘cuetes’ y radios”, demandan las mujeres del pequeño puesto cuando llegamos. Quieren ser capaces de avisar en caso necesario. La mayoría está desgastada por los meses de temor y poco sueño. “Aquéllos son malos”, se queja una, “pero están tranquilos, durmiendo. En cambio nosotras estamos aquí como conejos, desvelándonos”.

De un perol, extrae rico caldo que sirve en platos, para ofrecernos. La enorme cortesía p’urhépecha no admite negativas. Está delicioso, de cualquier forma. Ellas discuten la situación: “Les echamos la culpa a los de otros pueblos”, reflexiona una adolescente, “pero yo pienso que detrás de todo eso hay gente rica con influencia en el gobierno, gente de la industria maderera”. Las demás asienten.

Recuerdan que antes del 15 de abril, “en el cerro San Miguel, por las noches se veían los carros que bajaban la madera, eran tantos que parecían como focos de Navidad”. “Carmen”, una joven costurera denuncia: “Nuestro gobierno hace la finta de que van a cuidar, pero no, nomás nos dan atole con el dedo”.

Aunque tienen miedo y cansancio, saben que no hay vuelta atrás. Y no les faltan ganas de bromear, reír y hablar del pasado y del futuro, a la luz de la fogata. El viento sopla frío pero se siente un calor que no es físico, sino emotivo. Las mujeres de Cherán sonríen. “Mi hijo apenas va a cumplir 2 años. Si no me uno al movimiento, un día me reclamará”, comparte “Carmen”, meciendo en los brazos al precioso bebé p’urhépecha. Deja de mirarme a mí y desplaza los ojos oscuros para buscar los de la criatura. “‘¿Por qué?’, me dirás, ‘¿por qué, si tuvieron la oportunidad, por qué no hiciste nada para cambiar las cosas?’”

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