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Vía Crucis cristiano en Irak


Por Témoris Grecko / Shaqlawah, Irak. Publicado en Esquire. Mayo de 2013.

El padre Yousif tiene sonrisa de niño bueno. Creo que no lo puede evitar. Él desea explicarle al mundo, a través de nosotros, la terrible situación por la que están pasando los cristianos en Irak y en general en Medio Oriente. Habla de las persecuciones del pasado remoto y de las que sufren ahora, de las masacres con coches bomba, de los asesinatos a sangre fría como el que acabó con su hermano, de las familias que han tenido que escapar de las ciudades a vivir con mendrugos en el campo, como la suya, de su propia condición de exiliado dentro de su propio país.

Y trata de ser un severo cuestionador, de hacernos ver que los cristianos del mundo les dan la espalda a los suyos en la región donde surgió el cristianismo, de buscar que nos sintamos tocados por esa culpa que él ve en sus correligionarios, asumiendo sin motivo que compartimos fe y mística. Intenta ser grave… pero sonríe. Dulcemente. Incomodando al fotógrafo que se esfuerza por crear una imagen que exprese la amargura que sofoca a Yousif, que ahoga a miles de familias, que inunda Irak.

“Por favor, cierre los ojos”, dice mi compañero. “Ahora, ¡ábralos!” El sacerdote no pasa más que por un instante de desconcierto ante la luz que revela tantas tragedias y retorna a esa mirada de suavidad, complicando de nuevo la búsqueda de la foto.

Estamos en Mar Mattai (San Matías), uno de los monasterios más antiguos de la historia de la Cristiandad, fundado hace exactamente 1,650 años (en el 363), más de un milenio antes que se levantara la basílica de San Pedro, en Roma. Y como ahora, entonces fue refugio para los cristianos que huían de olas de ataques.

Es diciembre y el frío de las montañas del norte de Irak se acentúa. En enero dejará arriba los cero grados, cayendo hasta menos 12 o menos 15. Antaño, era una zona aislada, de acceso muy difícil, pero eso ha cambiado. Ahora, la entrada es custodiada por policías paramilitares con armas de asalto, que lo protegen de ataques que, sin su presencia, casi seguramente se habrían producido ya. Por las noches, desde sus ventanas se ven las luces de Mosul, una ciudad de casi dos millones de habitantes en la que los atentados en lugares civiles y religiosos, destinados a expulsar a los cristianos, son cosa cotidiana.

Ahí estaba el hogar de Yousif, quien nos conduce por el antiguo templo, a una capilla trasera y, por ahí, a una oscura cueva, parcialmente natural, abierta en la roca, en la que se podrían apretar no más de ocho monjes. Pisamos dieciséis siglos de dolorosa historia. “Aquí se escondían cuando llegaban los guerreros a buscarlos”, musita como si no quisiera que nos escucharan los de afuera. “Pasaban días orando, hasta que el peligro hubiera desaparecido”.

GUERRA CONTRA CRISTIANOS

El 1 de agosto de 2004, domingo, seis bombas explotaron simultáneamente en un número igual de templos cristianos, cinco en la capital de Irak, Bagdad, y uno en Mosul. Mataron a 12 personas e hirieron a 71. Marcaron el inicio de la más reciente campaña anticristiana en el país.

Estaban destinadas a estallar en el momento en que los fieles salían a la calle, pero en el caso de la iglesia bagdadí de San Elías, “afortunadamente, la misa terminó alrededor de las 5 de la tarde y el coche-bomba estalló a las 5.30”, recuerda Bashar Matte Guarda, quien en aquel momento era párroco de San Elías y actualmente es obispo de la ciudad de Erbil, en el norte de Irak. “Había poca gente. Dos personas murieron y hubo otras heridas, además de enormes daños materiales. Yo estaba dentro del edificio. Llevé al hospital a dos de mis jóvenes, que estaban muy mal. Otro más falleció”.

Un año y tres meses antes, el presidente estadounidense George W. Bush había declarado la victoria total de su país en la invasión contra el Irak de Sadam Husein. “Misión completa”, proclamó en un acto televisado desde el portaaviones USS Lincoln. Como el resto de los iraquíes, los cristianos se enteraron muy pronto de que la guerra continuaría por muchos años y que, además, ahora ellos eran vistos como parte del enemigo, objetivo militar legítimo.

Mowaffaq al-Rubaie, consejero de seguridad nacional del gobierno iraquí, señaló como autor intelectual de los atentados a Abu Musab al-Zarqawi, nombrado “emir de Al Qaeda en el país de los dos ríos” (Mesopotamia, nombre milenario del territorio que hoy es Irak). “Ellos decidieron luchar contra la presencia de soldados extranjeros en suelo que consideran musulmán”, explica Salim T. Kako, diputado del Movimiento Democrático Asirio (partido que representa a los cristianos) en el parlamento regional del Kurdistán, “los llaman ‘cruzados’ por ser cristianos, y como nosotros también lo somos, nos consideran parte de lo mismo”.

La guerra de Al Qaeda y otros grupos extremistas contra los seguidores de Jesucristo se extendió por casi todo Irak. Entre los casos de alto perfil, Boulos Iskander, un sacerdote ortodoxo, fue degollado en 2006, y el arzobispo caldeo católico Paulos Faraj Rahho murió tras se secuestrado en 2008. Hubo más coches bomba en iglesias y una de las que sufrieron atentados en 2004, la de Nuestra Señora de la Salvación, en Bagdad, en 2010 fue teatro de la peor masacre registrada hasta ahora.

Era el 31 de octubre de ese año, al finalizar la misa, cuando 15 hombres armados con fusiles automáticos y cinturones explosivos asesinaron a dos guardias y encerraron a más de un centenar de personas en el templo, gritándoles a los “infieles” que estaban ahí “para vengar la quema de ejemplares del Corán y el encarcelamiento de mujeres musulmanas en Egipto” (según el rumor, de esa forma sacerdotes cristianos trataban de forzarlas a dejar el Islam).

Tras un sitio de cuatro horas, soldados iraquíes con apoyo aéreo estadounidense atacaron el lugar con una “ofensiva terrestre y con paracaidistas, porque era imposible esperar”, según el Ministerio de Defensa iraquí.

Junto con los secuestradores, murieron 12 policías, cinco paseantes y 41 de los rehenes, incluidos dos curas. Hubo además 78 heridos.

OLVIDADOS

Mucho menos espectacular, la presión cotidiana también ha sido eficaz para doblegar la voluntad de muchos cristianos: desde asesinatos y agresiones callejeras hasta el acoso en lugares de trabajo y estudio. Hay informes de que en la Universidad de Mosul, a las alumnas cristianas las hostigan exigiéndoles que utilicen el jiyab (velo con el que se cubren la cabeza) y a sus compañeros los han puesto a elegir entre convertirse al Islam, marcharse de la ciudad o morir.

“Mi hermano, de 37 años, estaba trabajando en la tienda de alimentos de mi familia cuando lo mataron”, comparte Yousif. “Entraron y le dispararon a la cabeza. Yo ya estaba aquí en el monasterio de Mar Mattai en esa época. Mi familia se marchó de Mosul por varios meses, pero regresó. Una noche, un hombre vino a nuestra casa y le dijo a mi hermano menor: ‘váyanse esta misma noche de Mosul, porque sus nombres son los primeros de la lista de asesinatos’. Escaparon en esa misma velada y ahora están desperdigados por las montañas”.

Antes de la invasión de 2003, se estimaba que vivían en Irak entre 800 mil y un millón 400 mil cristianos. Ahora no hay más de medio millón, según estimaciones del reporte anual 2011 de la Comisión de Libertad Religiosa Internacional de Estados Unidos. A pesar de que representaban alrededor de un 5% de la población, en 2010 eran aproximadamente el 40% de los exiliados y desplazados internos, una sobrerrepresentación que habla elocuentemente de la situación por la que atraviesan.

Y se sienten –o se saben— abandonados a su suerte. “Todo el mundo ha venido a prometer ayuda y no han dado nada”, se queja Yousif. “Agencias internacionales, ONG, la misma Iglesia Católica. En los alrededores del monasterio hay aldeas en las que más de 150 familias de Mosul se han instalado: no tienen trabajo, hablan siriaco (un dialecto del arameo) y a veces árabe, pero no la lengua local (kurda), no los dejan ingresar al sistema escolar…”

Han sido olvidados. Les resulta difícil entender por qué. Desde que el centro del mundo cristiano de la antigüedad, Constantinopla (Estambul), fue conquistado por los musulmanes otomanos, en 1453, y el eje de la fe se trasladó a Roma, Medio Oriente, la región donde nació y creció el cristianismo, pasó a un plano marginal.

Levante, Anatolia, Mesopotamia, el valle del Nilo, el Cáucaso: hablando arameo y griego, y no latín, los predicadores del Evangelio convirtieron a miles y crearon comunidades de las que hoy muy poco conocen los fieles de los países mayoritariamente cristianos, como la del monasterio de Mar Mattai. Vivieron periodos de auge que terminaron con la veloz ofensiva árabe del siglo VII, que llevó el Islam desde India hasta España y desde Bosnia hasta Mozambique.

Aunque buena parte de sus paisanos adoptaron la fe musulmana, los cristianos tienden a considerar a los demás como recién llegados de Arabia, y se presentan como los habitantes originales de estas tierras, trazando su línea ancestral hasta las antiguas Asiria y Caldea.

Hoy, se encuentran divididos en diez denominaciones tradicionales, unas afiliadas al Vaticano y otras a patriarcados ortodoxos, además de pequeñas comunidades protestantes. Los une el idioma materno, el asirio o siriaco, derivado de la lengua aramea que se cree que usaba Jesucristo.

A lo largo de los siglos, los periodos de convivencia pacífica con la mayoría musulmana y pequeñas poblaciones judías fueron interrumpidos en algunas ocasiones por momentos de persecución, hasta una masacre cometida por el ejército iraquí en 1932.

Durante la dictadura de Sadam Husein y su partido Baath, instalada en 1968, el gobierno suprimió las hostilidades interreligiosas. “Era un régimen laico y vivíamos en paz”, recuerda el obispo Matte Warda en la sede episcopal en Erbil. “Cuando tienes una comunidad políticamente tranquila, usualmente no deberías tener problemas. Mucha gente que era independiente se callaba y se dedicaba a asuntos privados”. En su refugio en las montañas, el monje Yousif coincide: “Si servías al gobierno, te dejaba en paz con tu religión”.

PUERTAS ABIERTAS AL ODIO

El problema era para los que no bajaban la cabeza ante lo que percibían como discriminación política: “No nos permitían registrarnos como asirios, sino como cristianos”, recuerda el diputado Kako. “Nos daban el derecho de ir al cielo pero no el de reclamar nuestros derechos como una comunidad con 7 mil años de historia, porque esto equivalía a exigir derechos políticos y a sentir que estábamos en nuestra casa y no en la del partido Baath”.

En el norte de Irak, la etnia kurda, mayoritaria en la región, sostenía una larga guerra de independencia a la que los asirios se sumaron en los años sesenta y setenta. “En esa época, la mayoría de los cristianos estábamos en el Partido Comunista”, continúa Kako, que se integró a la lucha en 1975. “Por eso, si un cristiano no entraba al Baath, lo encarcelaban o mataban”. En Ankawa, la población cristiana más grande, que hoy se ha convertido en un barrio de Erbil, la capital kurda, el ejército realizó ejecuciones de opositores.

Tras la primera guerra del Golfo Pérsico, en 1990-91, las potencias occidentales impusieron una zona de prohibición de vuelos en el norte de Irak que le impidió al régimen utilizar sus aviones contra los kurdos. Gracias a esto, el Kurdistán iraquí adquirió una independencia de facto y los cristianos formaron un partido, el Movimiento Democrático Asirio, para participar en las primeras elecciones regionales de 1992.

Tras una docena de años, los cristianos del norte, como parte de una coalición de independentistas kurdos, apoyaron logísticamente a las fuerzas internacionales, lideradas por Estados Unidos, que invadieron el país y destruyeron el régimen de Husein en 2003. Después participaron en el gobierno provisional establecido por Washington, a cargo de Paul Bremer, y se prepararon para ser parte de un Irak federal, con una administración autónoma en el norte para la región del Kurdistán.

Los problemas comenzaron entonces para los cristianos del sur, que quedaron atrapados en la campaña simultánea de múltiples facciones para expulsar a las fuerzas extranjeras y para imponerse a las demás dentro del país: grupos árabes laicos, suníes y chiíes de diversas tendencias peleaban entre sí y aterrorizaban a la población civil, y algunos de ellos declararon enemigos a los cristianos por verlos cercanos a los occidentales o, simplemente, por su pretensión de construir un Estado exclusivamente musulmán.

“Todas las fronteras quedaron abiertas” tras la invasión de 2003, dice el obispo Matte Warda, “Irak era el lugar donde se podía luchar contra los estadounidenses y Occidente”. Esto atrajo a yijadistas, que son fanáticos suníes que pretenden llevar a cabo la yijad (guerra santa) global: “Llegaron de todo el mundo”.

El monje Yousif también encuentra causas en la debilidad de las autoridades y el desastre económico: “Los que odiaban a los cristianos se sintieron libres de mostrar su hostilidad. De matar, de robar, de hacer lo que quisieran. Porque el gobierno no existe. Puedo ver a un policía, pero en la práctica él no puede hacer nada. Además, el embargo (impuesto para estrangular al régimen de Husein) empobreció a la gente. ¿Fue contra Sadam o contra el pueblo? Después de 2003, podías pedirle a cualquiera que matara a alguien por 100 dólares”.

Algunos centenares de familias cristianas abandonaron sus casas. Con los años serían centenares de miles. Con el dolor de sus muertos, bajo el terror de las amenazas, escaparon de Bagdad, Basora, Mosul y otras ciudades. Los que tenían recursos y posibilidad de obtener visados, al extranjero: Jordania, Turquía, Europa. Los demás, al Kurdistán, tierra de sus ancestros y, deseaban, tierra de paz.

EFECTO LLAMADA

“Mi mejor amiga es musulmana. Antes íbamos juntas al colegio pero ahora, que su familia se fue a Suli (la ciudad de Suleymaniya), hablamos todos los días, cuenta Lisa Danha, una cristiana de 19 años, estudiante en la Universidad Médica de Hawler, una institución pública.

Hawler es el nombre kurdo de Erbil, capital de la región del Kurdistán. Es una urbe en crecimiento, moderna y relativamente liberal, en la que personas de diferentes etnias, religiones y nacionalidades tratan de aprovechar conjuntamente lo que se describe como un bum económico, derivado de la industria petrolera. Árabes, kurdos, asirios y turcomanos; suníes, cristianos y yazidíes (últimos seguidores de una antigua religión); iraquíes, chinos, europeos y estadounidenses se acostumbran a colaborar en instituciones públicas y empresas privadas.

En su hogar en el barrio de Ankawa, Lisa no se siente perseguida. Cree que sus compañeras musulmanas la envidian “porque en las ciudades es raro que los esposos quieran casarse con más de una mujer, pero legalmente lo podrían hacer, y con las cristianas no ocurre así, está prohibido”. Piensa que ahora tiene más libertades que en el pasado, cuando “no nos querían dejar conducir, y yo tengo mi propio coche”. Con su madre, una experta repostera que no nos dejó marchar sin agasajarnos, y con su padre habla en asirio; con sus compañeros de la universidad utiliza el kurdo y el árabe; todas las clases son en inglés y ella, por gusto, estudia alemán.

“Todavía hay esperanza para el cristianismo en Irak”, repite. “Cuando me reúno con el padre, cuando voy a la iglesia y veo a la gente reunida, y nos damos amor, siento que no se ha perdido”.

En la oficina episcopal, Matte Warda insiste en que la violencia religiosa parte de una minoría, pues “la mayor parte de los iraquíes ha lamentado” los ataques “No es la ética de la cultura iraquí, no es la forma en que éramos”. El coche-bomba que explotó frente a su iglesia, la de San Elías, fue colocado entre ella y una mezquita vecina que también fue afectada, “nos atacaron a todos. Pero seguimos dialogando, ayudándonos. Mi respuesta fue construir una escuela primaria para la comunidad, que aún funciona, y el 80% de los alumnos son musulmanes”. También reconstruyeron el templo, aunque los fieles son menos, pues “la mitad de los cristianos de Bagdad se ha marchado”.

El clérigo ve para los cristianos del Kurdistán una situación “segura, tranquila, prometedora”, con oportunidades económicas pues “toda la región se esta desarrollando”.

Es lo mismo que opina Kako, en su casa. Los cristianos, enfatiza, se deben quedar en el Kurdistán y “las potencias occidentales y las ONG han jugado un mal papel”, porque han recibido a cristianos como refugiados, lo cual crea un efecto llamada: “Motivan a la gente a que se vaya. Tenemos fuerza en nuestro propio país, cuando vamos a otro lugar perdemos nuestra cultura y nuestra lengua. Si queremos vivir como una nación, debemos vivir en nuestro país y construirlo”.

EMIGRAR ES CRISTIANO

La perspectiva cambia diametralmente en las aldeas de las áreas rurales, –ajenas al desarrollo económico de las urbes— en las que se han refugiado muchos cristianos en su escape desde el sur. En particular, en esa zona de frontera difusa entre la zona bajo control kurdo y la que se disputa con el gobierno central de Bagdad, en donde la violencia interreligiosa es lo cotidiano. Como en el monasterio Mar Mattai, expuesto a ataques y cercano a Mosul, lugar natal del monje Yousif y de estudios universitarios del diputado Kako, a donde ahora ninguno de ellos puede ir.

Yousif conoce la situación de esta gente porque es la suya: sus padres, hermanos y sobrinos, cuenta, se dispersaron por las montañas y, originarios de la ciudad, les resulta difícil sobrevivir en el campo, en una zona agreste en la que no hay más fuentes de empleo que las de una agroeconomía básica, anticuada. Tienen, además, dificultades para integrarse en la sociedad kurda. Uno de los dos hijos que dejó su hermano tras el asesinato, alcanzó la edad de ir a la universidad, pero no lo admiten porque viene de colegios en lengua árabe y sus estudios no son reconocidos. Otros parientes no han podido hallar trabajo en Erbil porque no hablan kurdo o lo hacen mal.

Es la suerte de muchos cristianos. “Hay 150 familias de Mosul en los alrededores del monasterio y no tienen para vivir”, lamenta.

Por eso, lo que para Kako está mal –que los países occidentales den a conocer que han recibido a cristianos iraquíes—, para Yousif es insuficiente, pues no aceptan más. A muchos más. Como a él mismo: “Llevo años buscando un visado para Italia y no lo consigo. Nadie me ayuda. En el Vaticano, no hay quien escuche”.

Es un buen candidato a inmigrar en Europa: nacido en 1974, antes de ser monje, terminó dos carreras, ingeniería mecánica y farmacia. Habla perfecto inglés y asegura que, de ser admitido, su primera intención sería ir al Nou Camp para ver jugar al Barça. Todos deberíamos simpatizar con él.

Los signos que al obispo y al diputado los tranquilizan, Yousif no los ve. Su experiencia es distinta. Asegura que las agresiones contra cristianos continúan en el área y que organizaciones chiíes tratan de tomar milenarias poblaciones cristianas, como Bartella. “Si no tuviéramos proteccion (del gobierno kurdo), vendrían por nosotros. Las cosas sólo se van a poner peor. Todos queremos emigrar. Si no nos vamos por nuestra elección ahora, nos harán emigrar por la fuerza. No importa a dónde. Es la vida del crisrtiano. Porque jesucristo dijo, cuando te persigan, vete a otro sitio”.

Yousif no sabía con qué otras personas habíamos hablado, pero pareció adivinarlo cuando le dije que hay opiniones contrarias. “Te doy un consejo: no les preguntes a un hombre de religión ni a un hombre de política, te dirán ‘no aceptamos la migración, los cristianos deben quedarse’. El religioso necesita fieles, el político, votantes. Pero, ¿cómo le pides a cualquiera que siga aquí sin tener medios para subsistir?”

DIÁLOGO EN LA IGLESIA

En la ciudad de Shaqlawah, de mayoría musulmana suní pero con una antigua minoría cristiana, entramos a mezquitas acompañados por cristianos, y a iglesias con musulmanes. “Para nosotros es normal”, explica kak Shabila. “Sólo no podemos interrumpir cuando ellos están rezando. Pero vamos a la mezquita, ellos vienen a la iglesia. Cuando hay una boda, todos los invitados participan en la ceremonia”. “¡Oh, sí!”, añade kak Hawre, con una enorme sonrisa, “de la boda tienen que participar todos… y de la diversión, también”.

Si uno quiere tener fe en un futuro de concordia para cristianos y musulmanes, sólo tiene que ver a Shabila Denha Mansur y Hawre Jelal Rashid, de 57 y 56 años, respectivamente. Son compañeros de trabajo en el gobierno regional del Kurdistán, con una relación tan afable que yo asumí que eran amigos desde niños, aunque sólo se conocen desde hace tres años.

Nos llevaron a su natal Shaqlawah, nos agasajaron (de Irak salimos gordos) en una mesa interreligiosa y nos presentaron a personalidades locales. Nos contaron que la población fue fundada por un hijo del califa Umar, compañero de Mahoma y gran conquistador musulmán, en el siglo VII. En 1948, la población judía empezó a emigrar a Palestina y ahora ha desaparecido, pero las tres religiones convivían en paz y cristianos y musulmanes lucharon juntos en la guerra de independencia kurda contra Sadam Husein. En 1987, el ejército iraquí ejecutó a 21 jóvenes de la ciudad, cuyos cuerpos fueron después recuperados y enterrados juntos por el gobierno kurdo.

Shaqlawah es pintoresco y tiene algunos rincones verdaderamente antiguos, como una mezquita de casi 1400 años de antigüedad. Kak Shabila y kak Hawre (kak es un término formal kurdo que antecede al nombre) lamentan, sin embargo, que el cambio climático ha afectado el área, nieva menos y la vegetación desaparece. “Había tanta agua que los árboles no dejaban ver el sol”.

De ahí, también, los cristianos se están marchando. “Hace cinco años tenía 340 familias, ahora quedan 250”, dice el abuna (sacerdote) en su templo. ¿Por problemas religiosos?, pregunto. “No. Van en busca de oportunidades económicas”.

Parecería, al menos, que Shaqlawah está libre de los odios que prevalecen en otras partes del país. No es cabalmente así, sin embargo. Cuando les pido a los dos amigos, Hawre y Shabila, que se sienten en un banco del tempo a conversar, el segundo no puede evitar recordarle incidentes dolorosos al primero.

Kak Shabila: Sí, la relación es buena pero algunas veces, unas cosas pasaron. Por ejemplo, en 1986, ellos mataron a nuestro sacerdote. Por cosas políticas.

Kak Hawre: En aquella época, Sadam gobernaba la región.

Kak Shabila: Si recuerdas, también hace tres años mataron a un obispo en Mosul, y ya no estaba Sadam. Fue algo relacionado con política y con religión.

Kak Hawre: Se puede decir que por ambas razones. Pero no sabía de ese accidente, no estaba aquí en 1986.

Kak Shabila: En 1996, también, mataron a una persona cristiana con su hijo. Eso generó un enorme problema. Entonces intervinieron juntos todos los partidos de Kurdistán y el asunto fue resuelto. Se puede esperar que cada 15 o 30 años, algo va a pasar. Pero, en general, podemos decir que la relación de cristianos y musulmanes en Shaqlawa es… suave.

Tras plantearles las posturas del obispo y del diputado, y la del monje Yousif, pregunté sobre el futuro de los cristianos en Irak. “Resentimos la inestabilidad en este lugar”, respondió kak Shabila. “Pensamos, tal vez mañana cambiará el gobierno. O que esos movimientos islamistas ganarán fuerza, como está pasando en Egipto, en Siria… La mayor parte de los nuestros se quiere marchar”. “Esto también pasa con otros, no sólo cristianos”, interpuso kak Hawre. “Por razones económicas, por la violencia, la guerra. Tal vez yo mismo me iré en unos años”. Para este musulmán, a quien acompañamos a orar a la mezquita, la región del Kurdistán es la alternativa para los cristianos, porque “los partidos son laicos” y en el resto del país, “están dominando los partidos religiosos”.

“Hay futuro, aunque los numeros decrecen”, concluye kak Shabila. “Yo no creo que llegue el día en que no haya cristianos en Irak. Pero seremos menos”.

 

 

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