Sájara Occidental: El desierto se calienta

Por Témoris Grecko / Smara y El Aiún, Sájara Occidental / Publicado en Esquire de enero de 2011.

El Sájara (Sahara) Occidental, la antigua colonia española que el Reino de Marruecos invadió en 1975, estaba a mitad de camino entre un agudo rompimiento social y el reinicio de la guerra por la independencia. El 29 de noviembre de 2010, Smara (la última ciudad controlada por el ejército de Marruecos antes de llegar al muro que este país construyó para mantener lejos a las milicias independentistas) era un alarmante foco de tensiones. A las 6:45 de la mañana, tres policías vestidos de civil me despertaron con golpes en la puerta de mi habitación. En francés y mientras revisaban las imágenes en mi cámara fotográfica, me ordenaron recoger el equipaje y acompañarlos a la parada de autobús para que me marchara.

Había cuidado mis movimientos para que no descubrieran que soy periodista y, como no me pareció que lo sospecharan, no sabía por qué me estaban echando. No dieron explicaciones ni me indicaron un destino; sólo querían que saliera de ahí. A las 7.30 ya iba en el único autobús diario hacia El Aaiún, el centro político y económico de la región. Ahí, en la tarde de ese mismo día, volví a ser extraoficialmente expulsado tras un incidente en el que un grupo de colonos marroquíes nacionalistas me agredió físicamente bajo una insólita acusación: la de ser un ciudadano de España miembro del derechista Partido Popular (PP). Decidieron ignorar mi pasaporte mexicano. “No le podemos brindar protección mientras permanezca en El Aaiún”, me dijeron dos policías uniformados, quienes en cambio sí me podían acompañar a mi hotel por mis cosas y a buscar otro autobús. Era como un dejà vu.

Eso estuvo a punto de convertirse en una pequeña batalla, después de que jóvenes sajaráuis autóctonos trataron de intervenir. Cualquier posibilidad de entendimiento entre ellos y los marroquíes quedó dinamitada el 8 de noviembre, cuando las fuerzas de seguridad del Reino se lanzaron a destruir el campamento de jaimas (tiendas nómadas tradicionales) de Gdeim Izik, a 15 kilómetros de El Aaiún, que había sido levantado apenas el 10 de octubre como una forma de protesta de 20 mil sajaráuis que pedían mejoras sociales. El saldo fue de más de una decena de muertos y un número indeterminado de heridos, torturados y detenidos.

Para la prensa marroquí, el resultado hasta ahora sirve a su país: “Fue un golpe genial”, me dijo Driss Beiba, un periodista para quien Marruecos obtuvo “una victoria diplomática” y “una victoria mediática”. En cambio, Ahmed R. Benchemsi, director de Telquel, el único medio impreso que desentona un poco en el coro ultranacionalista de la prensa marroquí, advierte del “peligro” de que la “población sajaráui, siempre desamparada, se vuelva hacia los que considera su último recurso: los militantes independentistas que le ofrecen un porvenir mejor”.

VIENTOS DE GUERRA

La creación del campamento de Gdeim Izik y su violento desenlace provocaron una crisis internacional que involucró a España, Francia, Estados Unidos y el Consejo de Seguridad de la ONU (y tangencialmente a México), y volvió a poner los reflectores sobre un añejo conflicto que parecía casi olvidado: la independencia del Sájara Occidental. Dos décadas de mediación de la ONU (desde 1991) no han traído ninguna salida y, la prolongación del problema ayudaba a consolidar el dominio de los ocupantes. La destrucción de las jaimas volvió a colocar el asunto frente a la comunidad internacional, grave e irresuelto.

El domingo 28 de noviembre, el día anterior a mi expulsión informal del Sájara, todas las entidades político-sociales de Marruecos (gobierno, partidos, sindicatos, etcétera) habían realizado una mega-manifestación en Casablanca (aseguraron que eran tres millones de personas) en contra de España, los medios españoles de comunicación y el PP, al que acusan de liderar una campaña antimarroquí.

El lunes, cuando los policías “sugirieron” que me fuera, pensé que tenía margen para rehusarme. Pero esos jóvenes sajaráuis, que tampoco escuchaban que no soy español ni del PP, se dispusieron a defenderme por serlo. Los marroquíes los recibieron a gritos: “¡Arrepentidos de la madre patria!”. Me iba a convertir en el motivo de una pelea étnica. A gritos les exigí a mis autonombrados defensores que se retiraran y tuve que hacerlo yo también.

Era un día especial. La ciudad estaba entrando en conmoción, y no por causa mía: los equipos de fútbol Barcelona y Real Madrid iban a enfrentarse y las calles se vaciaban para que se llenaran los salones de té que mostraban el partido, era como si el destino del Sájara se disputara allí. Apenas empezaba a trascender que esa mañana en Smara, los alumnos sajaráuis de un instituto de nivel bachillerato habían sido atacados por una turba de colonos marroquíes. Horas después pasó lo mismo en dos escuelas de El Aaiún. Decenas de adolescentes, principalmente chicas sajaráuis, yacían en el hospital. Aunque las autoridades aseguraron que los enfrentamientos habían sido espontáneos, el hecho de que se hubieran preocupado por mi presencia –era el único occidental en Smara y probablemente en El Aaiún también— me hacía preguntarme si no sabían que algo se preparaba y preferían no tener testigos foráneos.

Si no lo sabían, es probable que lo anticiparan. Los sajaráuis respondieron a la desatrucción del campamento con motines callejeros, en los que hubo asesinatos con una saña que nunca se había visto. Una gran parte de la población sajaráui que, después de 35 años de conflicto, parecía haberse conformado con la dominación marroquí, ahora se siente vejada. Los colonos marroquíes, por su parte, se sienten exaltados por la “victoria” en Gdeim Izik y aprovechan cada oportunidad de asestarles golpes morales y físicos a los sajaráuis.

La convivencia entre marroquíes y sajaráuis me hizo recordar las que vi entre chinos y uigures, o entre israelíes y palestinos: una comunidad dominadora y otra dominada que viven a espaldas una de la otra, dispuestas a apuñalarse cuando se pueda. Los independentistas del Frente Polisario (Frente por la Liberación de Saguia el Hamra y Río de Oro) amenazaron con reanudar la guerra.

“Los enviaremos de vuelta a Marruecos, a todos y a balazos”, me dijo Aziz, un joven sajaráui de Smara. “Ejecución sumaria”, gritó Ahmed, un marroquí en El Aaiún, frente a los jóvenes sajaráuis que pretendían defenderme, “¡sumisión a (el rey) Mohammed VI o tendrán que ser ejecutados!”

EL APLASTAMIENTO DE LAS JAIMAS

En 1991, con la guerra estancada tras 16 años de hostilidades (ver recuadro), Marruecos y el Frente Polisario accedieron a entrar en un proceso de paz dirigido por la ONU, que creó una fuerza de cascos azules para que se interpusiera entre los contendientes.

Transcurrieron seis años antes de que Marruecos aceptara que los habitantes decidieran democráticamente si se independizaban o no, pero el problema pasó a ser quién podía votar: el Polisario sólo aceptaba a quienes vivían ahí (unos 74 mil mayores de edad) antes de la Marcha Verde con la que Marruecos invadió en 1975, pero este país quería incluir a decenas de miles de colonos que había estado asentando.

En 2003, un segundo intento de la ONU fracasó porque, para Marruecos, el referendo ya era “innecesario”. Finalmente, tras casi 20 años sin resultados, Christopher Ross, enviado especial de Naciones Unidas, logró que las partes se comprometieran a realizar una “reunión informal” de aproximación en Manhasett, Estados Unidos, el 8 y 9 de noviembre de 2010. Justo cuando Marruecos desmanteló violentamente el campamento de Gdeim Izik.

Decenas de miles de sajaráuis habitan en campamentos de refugiados en Tindouf, la zona de Argelia desde donde opera el Frente Polisario. Pero otros tantos viven en la zona controlada por Marruecos, del lado occidental del muro. La disputa sobre quién tiene derecho a vivir ahí ha impedido que se hagan censos, pero se calcula que en El Aaiún hay 200 mil personas, de las que sólo la quinta parte son sajaráuis.

Hoy conforman la capa marginada de la sociedad. La forma de atraer a colonos marroquíes al Sájara (mucho menos desarrollado que Marruecos, desértico, lejano, deshabitado) fue que el gobierno les diera ventajas fiscales y apoyos económicos, con lo que subsidió la creación de una clase social superior. Para reemplazar a los chioukhs sajaráuis (líderes tribales) que se marcharon a Tindouf, importó a una elite prefabricada que ocupó los puestos burocráticos y políticos.

Sin embargo, tres décadas y media produjeron un desgaste en las aspiraciones independentistas que los diplomáticos estadounidenses pudieron constatar, según un cable filtrado por la web Wikileaks: los sajaráuis que viven bajo control marroquí aspiran más “al autogobierno que a la autodeterminación”, afirmaba en agosto de 2009 el encargado de negocios de EU en Rabat, la capital marroquí. “Desean más protección de su identidad y no tener un ejército y unas embajadas. La pequeña minoría pro-Polisario que se hace oír contaba antes con el apoyo de la mayoría silenciosa sajaráui, sobre todo durante los episodios de represión”. Sin embargo, sigue el documento, a mediados de 2009 estaba “más bien intrigada por la perspectiva de la autonomía”.

Esto le dio un contenido predominantemente social y apolítico al campamento de Gdeim Izik que sorprendió a los observadores: desde que fue creado el 10 de octubre de 2010, cuando sajaráuis de todo el territorio empezaron a reunirse en ese lugar y a montar sus jaimas, quedó bien claro que demandaban tierras, viviendas, empleos y oportunidades, pero no la independencia. Sus líderes eran jóvenes desconocidos que conformaron un eficaz comité de organización para atender asuntos como la basura y el aprovisionamiento. Aunque políticos y periodistas marroquíes buscaban signos de intervención del Polisario, parecía que era marginal o nula.

Desconcertadas, las autoridades optaron por regular el fenómeno, sin aplastarlo: levantaron un muro protegido por policías alrededor del grupo de 3,500 jaimas y establecieron un control sobre las personas y productos que ingresaban y salían. Una tarde, varios adolescentes que lo cruzaron en un vehículo todoterreno fueron tiroteados: los marroquíes los acusaron de haber disparado contra ellos, los sajaráuis dijeron que los chicos sólo se habían saltado el retén.

Se abrió un proceso de diálogo que no avanzaba porque –se quejaban los sajaráuis– los ponían a hablar con funcionarios menores que no podían tomar decisiones. Así se llegó a una fecha clave (6 de noviembre, 35 aniversario de la Marcha Verde) que pasó sin incidentes, con un discurso del rey en el que reivindicó su soberanía sobre el Sájara sin hacer referencias al campamento de Gdeim Izik.

El día ocho, antes del amanecer, helicópteros sobrevolaron las jaimas y con altavoces exigieron a las mujeres y los niños que se retiraran. Poco después, centenares de policías avanzaron sobre las tiendas, apoyados por tanquetas con cañones lanza- agua y otros vehículos. Muchos jóvenes resistieron. Las fotografías muestran llamas, humo, basura, desolación. Según Marruecos, sus agentes iban desarmados. Los videos grabados por cuatro activistas (tres españoles y un mexicano) de los grupos de solidaridad Thawra y Resistencia Saharáui muestran que algunos elementos sí portaban armas de fuego, aunque no se los ve disparando. En otras imágenes se ve a personas aparentemente heridas de bala.

Las mujeres y los niños, así como los hombres que pudieron escapar, recorrieron a pie los 15 kilómetros hasta El Aaiún. Ahí, la población sajaráui indignada tomó las calles en un motín que superó los únicos dos antecedentes de rebeliones callejeras, en 1999 y 2005. Asediaron edificios públicos, incendiaron estaciones de televisión, atacaron propiedades de colonos marroquíes.

Inicialmente, las fuerzas de seguridad se vieron desbordadas, pero a las 11 de la mañana la intervención del ejército comenzó a cambiar la situación. Entonces fueron los paramilitares nacionalistas marroquíes, con protección o indulgencia policial, según constató la ONG Human Rights Watch, quienes se lanzaron a perseguir sajaráuis. Durante días, militantes y agentes del orden irrumpieron en casas para golpear y detener a posibles participantes en las protestas.

¿VICTORIA MEDIÁTICA?
Las noticias emergieron para crear confusión. No era extraño que la versión del gobierno marroquí –diez policías y un sajaráui muertos– fuera contradictoria con la de los opositores, de 19 víctimas mortales sajaráuis y cientos de desaparecidos, cadáveres arrojados a los canales y personas atropelladas intencionalmente. El problema fue que no había observadores independientes que pudieran aportar datos confiables.

Eso es responsabilidad de Marreucos, que impidió la presencia de la prensa extranjera desde que la creación del campamento empezó a conocerse. Primero, de una forma infantil: los corresponsales de medios españoles en Rabat iban al aeropuerto con boletos para El Aaiún, sólo para encontrar que “un robot” de Royal Air Maroc, la aerolínea nacional, había cancelado sus reservaciones “por error”.

Después, el bloqueo se hizo oficial: un equipo de la española Antena 3 que había logrado colarse por tierra fue expulsado; al corresponsal del diario ABC le cancelaron su acreditación; a sus colegas de otros medios les advirtieron que les ocurriría lo mismo si trataban de viajar al Sájara; a varios turistas españoles les impidieron la entrada al país cuando sospecharon que eran reporteros; también detuvieron y echaron del país a diputados del Parlamento Europeo.

El 5 de noviembre, dos periodistas españoles fueron atacados por civiles con patadas y piedras en el tribunal de justicia en Casablanca, cuando cubrían el juicio contra varios independentistas sajaráuis. En lugar de proceder contra los culpables, el gobierno marroquí difundió una nota en la que justificaba la agresión, alegando que los extranjeros habían captado imágenes del proceso sin la debida autorización. Y el 28 de noviembre, se realizó con apoyo oficial la mega-marcha de Casablanca contra los medios hispanos, el PP (identificado como principal promotor del apoyo a los sajaráuis) y España en general.

La prensa ibérica, al igual que su opinión pública, simpatiza con la causa sajaráui. Impedida de cubrir los hechos directamente, utilizó las informaciones que le ofrecían los activistas españoles y sajaráuis, dándoles un peso igual o mayor que a las del gobierno marroquí. Dentro de Marruecos, el contraste entre la versión oficial (asumida como verdadera) y la que presentaban los medios españoles provocó indignación. Y dos graves errores parecieron confirmar la sospecha de que todo esto demostraba una campaña antimarroquí.

El 15 de noviembre, Antena 3 utilizó una foto de cadáveres amontonados para demostrar que sí habían asesinado a sajaráuis… pero la imagen había sido publicada en enero por un diario marroquí y se trataba en realidad de un asesinato del fuero común en Casablanca. No fue lo peor: el día 13, la agencia española EFE difundió una escena impactante de niños con las cabezas destrozadas a balazos… que correspondía a la invasión de Gaza por Israel, casi tres años atrás. El Mundo, La Vanguardia, El País… la prensa peninsular la reprodujo sin cautela. Y sin saber que EFE la había tomado del blog de Thawra, el grupo español de apoyo a los sajaráuis (que aseguró que “asumimos nuestro error” por publicar esa foto, pero les echó la culpa a “los Servicios de Inteligencia marroquíes que han divulgado dos fotos falsas”).

“Así se sella la gran victoria mediática de Marruecos”, considera Driss Beiba, un periodista de la revista marroquí Le Reporter, en nuestra conversación del mismo día 15. “La prensa española quedó desnuda con sus mentiras y los mensajes del Polisario fueron desmontados”.

Los errores del otro no son aciertos propios, sin embargo. Entre los medios marroquíes, tal vez sólo el semanario Telquel hizo un trabajo medianamente honesto. En contraste, la revista Challenge afirmó: “Cuando todos los medios de un país muestran un sesgo, cuando deforman las realidades y hacen los mismos ‘análisis’ sobre la situación de un tercer país, eso ya no es periodismo, sino propaganda seguramente retribuida”. En ese mismo número, su director, Kamal Lahlou, celebró en un editorial que “en Marruecos, la reacción es unánime (…) Los partidos demandan firmeza (…) los medios, sin excepción, siguen la misma línea (…) Este consenso constituye la más grande fuerza de Marruecos y hay que rechazar todo lo que pueda constituir una fisura en el edificio”.

En otras palabras, el consenso en los medios de otro país es detestable, en los del propio hay que exigirlo.

Ésa es la línea impuesta desde el trono. Hay dos temas legalmente intocables para cualquier marroquí: la familia real y la marroquinidad del Sájara. Por si quedaran dudas, el rey Mohammed VI las despejó el 6 de noviembre de 2009, al declarar: “No hay más lugar para la ambigüedad y la duplicidad. No hay un justo medio entre el patriotismo y la traición. No podemos gozar los derechos de la ciudadanía y repudiarlos a la vez en complicidad con los enemigos de la patria”.

En los últimos años, el gobierno ha cerrado periódicos y encarcelado periodistas por cosas nimias, como informar sobre el estado de salud del monarca o dibujarlo de pie frente a una estrella de la bandera de Marruecos, que alguien creyó que parecía una estrella de David. Al abordar el conflicto por el Sájara, los medios marroquíes saben que no pueden darse el lujo de parecer tibios en la condena del enemigo.

En el discurso, el bloqueo periodístico se dirige a los españoles por su supuesta parcialidad, pero en la práctica va contra la prensa independiente en general. El 30 de octubre, le prohibieron actuar en el país al canal de noticias en árabe Al Jazeera por haber difundido un informe crítico sobre derechos humanos en el reino, preparado por Human Rights Watch. Y en general, cualquiera que aceptó ser periodista al ingresar en Marruecos fue rechazado. Yo no lo dije y de todos modos tuve que esperar dos semanas, tras el desmantelamiento del campamento, para entrar en la región del Sájara, pues estaba cerrada para todos los extranjeros.

En realidad, la “victoria mediática” que celebran algunos marroquíes fue sólo de consumo interno. En el país, muchos (a juzgar por la asistencia a la manifestación de Casablanca) creen que sólo ellos saben la verdad de lo que ocurrió. No se percibe así en el extranjero. Thomas Riley, embajador de 2004 a 2009 del país protector de Marruecos, Estados Unidos, le informó a su gobierno en un cable confidencial: “Dado que la ley marroquí se aplica de manera esporádica, pero con regularidad, para sofocar la libertad de prensa, es improbable que nadie en la comunidad de la prensa independiente se quede tranquilo con la declaración de (el ministro de Comunicación) Naciri de que las condenas a prisión serán utilizadas con moderación”.

¿VICTORIA DIPLOMÁTICA?
“El golpe genial de las autoridades marroquíes –volvemos a Driss Beiba– fue no perder jamás de vista la partida que se jugaba delante de la ONU”. Mi interlocutor se refería a la primera “reunión informal” entre el gobierno y el Polisario, que estaba programada para el 8 de noviembre pasado en Estados Unidos y debería abrir la puerta a la resolución del conflicto.

En la versión oficial, las acciones respecto a las jaimas de Gdeim Izik no tuvieron que ver con cálculo político alguno. El ministro del Interior, Taïeb Cherkaoui, dijo que habían decidido permitir que crearan el campamento “porque esta forma de manifestación entra en el marco de la libertad de expresión”. Pero cuando, según él, “milicias encapuchadas” tomaron el control, se corría el riesgo de que se convirtiera en un “Estado dentro del Estado”. En ese momento, las autoridades declararon que todos los niños, mujeres y ancianos del campamento no estaban ahí por voluntad propia, sino “secuestrados”, y decidieron intervenir “para liberarlos”. En todo caso, decían, si alguien quería utilizar el asunto en la “reunión informal” de Manhasset, ése era el Polisario, para sabotearla.

El análisis que hicieron los medios marroquíes para congratularse por esta “victoria diplomática”, sin embargo, revela cálculos menos inocentes. “Los responsables marroquíes tenían que evitar caer en una trampa que pusiera en su contra a la ONU”, explica Beiba, “y además atrapar a los que la ponían. Esta era toda su estrategia. De ahí la idea de dialogar con los del campamento hasta que revelaran su juego”.

En su perspectiva, haber desmantelado las jaimas de Gdeim Izik con armas de fuego hubiera sido “un desastre para Marruecos”, en tanto que el hecho de que “todas las víctimas hubieran sido miembros de los cuerpos de seguridad” (según la versión marroquí) demostró “de qué lado viene la violencia”.

El gobierno difundió un video en el que supuestos sajaráuis degollan a un policía indefenso y orinan sobre el cadáver de otro, con una saña que ni siquiera se vio durante los años de guerra del Polisario (el Frente nunca ha atacado a la población civil; en los años de guerra, bajo el rey Hasán II, fue Marruecos el que desapareció y torturó personas, asesinó opositores sajaráuis y marroquíes, e incluso disolvió cadáveres en ácido, al estilo mafioso). Esta violencia, afirma Beiba en consonancia con sus colegas, es prueba de que “a los separatistas los están organizando desde fuera, les enseñan métodos nuevos con la violencia de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI)”. (El gobierno marroquí trata de asentar la idea de que AQMI, la rama de Al Qaeda en África Occidental, se ha asociado al Polisario.)

Así se selló este “éxito de relaciones internacionales”, dijo el periodista, que se evidencia en que la “reunión informal” se celebró con el resultado previsto (nada, es decir, se volverán a ver en enero, sin acuerdos sustantivos, como en los pasados 20 años), sin consecuencias para Marruecos.

Las habría, no obstante. Al día siguiente de esta conversación (del 15 de noviembre), el Consejo de Seguridad de la ONU celebró una reunión urgente, solicitada por México, para discutir el tema, en la que “deploró la violencia en Gdeim Izik”. El Polisario encontró la resolución ambigua, pero era sólo la primera de una serie de eventos que ponen en entredicho la “victoria diplomática”.

El día 18, aunque el gobierno socialista de España mantenía un criticado respaldo a Marruecos, el PP encabezó a todos los partidos políticos al condenar la acción marroquí, y de esta forma abrió la puerta para que, el 25, el Parlamento Europeo pidiera una investigación independiente a cargo de la ONU. Dos días más tarde, Human Rights Watch emitió un informe en el que documenta que las fuerzas de seguridad practicaron torturas y otras violaciones de los derechos humanos de los sajaráuis. Y el 3 de diciembre, los cables diplomáticos filtrados por WikiLeaks demostraron que los estadounidenses creen que Al Qaeda amenaza al Polisario, no que está asociándose con él, como sugiere Marruecos.)

La indignación por la resolución europarlamentaria estremeció a los marroquíes, que en respuesta se manifestaron masivamente en Casablanca el domingo 28.

VICTORIA DE NADIE
Yo había entrado al Sájara días antes, el 24 de noviembre, en cuanto se permitió el acceso de extranjeros. Pero no de periodistas. Sólo tras la insistencia del gobierno español, Marruecos permitió la llegada de apenas dos reporteros, Tomás Bárbulo, de El País, y Ana Romero, de El Mundo, el día 20. Fue ridículo que España buscara o aceptara algo así: ocurría demasiado tarde, excluyendo a los corresponsales con experiencia y contactos en el Sájara, y bajo condiciones muy limitadas. Además, los dos enviados tuvieron que trabajar bajo vigilancia perpetua de espías del gobierno y presiones directas de funcionarios.

El domingo 28, Ana Romero se refugió en la casa de un diplomático español en El Aaiún: “Temo por mi integridad física. Cuando veo a gente siguiéndome, no sé quiénes son. Vine invitada por el gobierno español y el de Marruecos y ahora se me está intentando echar con unas prácticas estalinistas”, dijo en una entrevista de radio.

La persecución contra los sajaráuis no había terminado. Quizás la del gobierno central sí, pero los nacionalistas marroquíes seguían con lo suyo. En Smara, el 29, los colonos hicieron una marcha hacia el Instituto Mulay Rachid, como otras que habían estado realizando diariamente para echarles en cara a los sajaráuis que sus tierras ahora son de Marruecos. Pero esta vez, algo fue distinto. Las autoridades dicen que los alumnos arrojaron piedras contra los manifestantes. Los sajaráuis dicen que no hubo provocación. Los videos grabados con teléfonos móviles muestran a los chicos en el recreo cuando los marroquíes irrumpen en el patio armados con palos, a los estudiantes que se repliegan hacia los salones y tratan de bloquear las entradas inútilmente con sillas y mesas, y a muchachos heridos en el hospital. Lo mismo ocurrió casi simultáneamente en otras dos escuelas de El Aaiún, mientras a mí me expulsaban y Ana Romero tenía que protegerse.

La prensa marroquí no tuvo espacio para el asunto. Pero es una indicación del estado de ánimo. Los colonos se encuentran exaltados por el desmantelamiento de Agadym Izik, lo que ven como una victoria que los invita a humillar a los aplastados. Para los sajaráuis, se trató de una afrenta innecesaria que demuestra que no hay lugar para ellos en un Sájara marroquí.

Pude hablar con jóvenes independentistas a las cinco de la mañana del 28 de noviembre, en Smara. Había sido muy difícil porque, aunque yo no estaba identificado como periodista y no tenía espía individual en El Aaiún (donde funcionaba una especie de marca zonal y era sólo al cambiar de ubicación que se me acercaban policías de civil a hacerme preguntas y revisar las imágenes que tenía en mi cámara), en Smara sí me impusieron marca personal: es una ciudad militarizada que además estaba en alerta porque el Polisario, que se ubica sólo unos kilómetros más adelante, detrás del muro, había declarado (el 19 de noviembre) que tiene “armas, hombres y voluntad suficientes” para reiniciar la guerra y “detener la limpieza étnica”, como “piden los jóvenes sajaráuis”.

Smara se encuentra tan en alerta y repleta de soldados (el 50 por ciento del ejército marroquí está en el Sájara, creen los diplomáticos de Estados Unidos) que no hay lugar para ellos en las barracas, así que en la noche del sábado 27, no había una habitación libre y tuve que pasarla en un internet café hasta que lo cerraron a las cuatro de la mañana. Entonces descubrí que mi marca podía ser personal, pero no de 24 horas.

En la libertad de la madrugada pude acercarme a conversar con los primeros jóvenes que salían a la calle, en el mercado callejero del Boulevard du Stade y en la avenida Hasán II. Para ellos hubiera sido peligroso hablar conmigo en otro momento, pero en la oscuridad, un grupo me rodeó para expresar a borbotones de castellano lo que no les dejan decir en el idioma impuesto por Marruecos, el francés. Y es guerra.

Muchos marroquíes pueden tratar de creerse que han ganado una victoria diplomática y otra mediática. No hay quien diga, en contraste, que están ahora más cerca de ganarse a los sajaráuis. La violencia en Gdeim Izik es una derrota amplia de su proyecto de consolidación de su dominio mediante la asimilación de los dominados. Todos estos chicos sajaráuis tenían una lista de agravios: golpizas, violaciones de hermanas, desapariciones de parientes o amigos, robos, despojos. Resienten el perpetuo estado de sitio en que vive Smara. Criticaban que en la escuela los obliguen a aprender como propia la historia del invasor. Decían que todavía en octubre pensaban que lo más sencillo era buscar mejoras dentro de Marruecos. La destrucción de las jaimas cambió su perspectiva: “Nos damos cuenta de que sólo el Polisario nos puede defender, ni la ONU ni nadie más”.

Ahmed R. Benchemsi lo ha percibido. Él se manifiesta a favor de la marroquinidad del Sájara, no hay duda. No podría ser de otra forma: es director de Telquel, un semanario en francés cuya versión en árabe, Nichane, cerró en septiembre a causa de un boicot publicitario “orquestado por el Estado marroquí”, explica. Telquel asume la línea oficial en términos generales, pero en lo particular adopta matices. Como recordar las causas sociales del descontento sajaráui. Y advertir de los peligros: “Si la expresión independentista en el Sájara se convierte mañana en terrorismo, al estilo irlandés o vasco, el Estado marroquí sera culpable”.

(RECUADRO)
EL LEGADO ENVENENADO DE FRANCO
Los españoles se sienten comprometidos por su mala descolonización del Sájara. Mientras Francia y Gran Bretaña salieron de sus territorios africanos en los años 50 y 60, las dictaduras de España y Portugal se aferraron a los suyos hasta sus propias caídas a mediados de los 70.

El Frente Polisario (Frente Por la Liberación de Saguia el Hamra y Río de Oro –las dos provincias en las que estaba dividido el entonces Sájara Español), que sostenía una guerra por la independencia, parecía el interlocutor adecuado para acordar la liberación. Pero Francisco Franco no lo permitió. La versión más aceptada afirma que prefirió entregárselo a Hasán II, entonces rey de Marruecos. Otra historia afirma que, en realidad, Franco agonizaba en su lecho de muerte cuando Hasán II aprovechó la oportunidad para retar el domino español, y los asustados ministros franquistas no supieron responder.

El 16 de octubre de 1975, una resolución de la Corte Internacional de La Haya determinó que los sajaráuis deberían decidir en un referendo si querían la independencia o pertenecer a Marruecos. El rey marroquí no esperó: convocó a su pueblo a tomar el Sájara, alegando derechos históricos, y el 6 de noviembre 350 mil personas desarmadas realizaron la “Marcha Verde” sobre la frontera, cerca del El Aaiún.

Los soldados españoles recibieron la orden de no responder para evitar el derramamiento de sangre. Eso es lo que vio el mundo. Tardó en saberse que, en paralelo, unidades militares marroquíes habían penetrado desde el 31 de octubre por el este, con rumbo a Smara, donde se enfrentaron a quienes sí estaban interesados en resistir, los independentistas del Polisario. El 14 de noviembre, mediante los acuerdos de Madrid, España aceptó dividir el Sájara Occidental entre Marruecos (que ocupó dos terceras partes) y Mauritania, a cambio de concesiones para explotar los únicos dos recursos naturales de la región: minas de fosfatos y bancos de pesca.

El Consejo de Seguridad de la ONU adoptó la resolución de La Haya, mientras que el Polisario declaró, por su lado, la creación de la República Árabe Sajaráui Democrática, con respaldo de la vecina Argelia (en cuyo territorio de Tindouf se estableció el gobierno sajaráui en el exilio). Esto ya complicaba la cosas porque esta nación y Marruecos tienen disputas territoriales (en Marruecos, los mapas no muestran los límites orientales del país, como si su territorio se extendiera sobre Argelia) y una animadversión histórica. Pero el asunto, además, se enredó con la guerra fría. Marruecos era el único socio de Estados Unidos en la región y recibió su apoyo y el de Francia. Argelia, por su lado, estaba alineada con la Unión Soviética y otros gobiernos de esa órbita, como Libia y Mali, favorecieron al Polisario.

Mauritania era el jugador más débil y, tras un ataque sajaráui contra su capital, Nouakchott, que provocó la caída de su gobierno en un golpe militar, se retiró del Sájara Occidental en 1979. Su territorio, no obstante, fue ocupado por Marruecos, que en los años 80 comenzó la construcción de un muro de 2,700 kilómetros de longitud y tres metros de altura (dotado con búnkeres, fuertes, aeródromos, campos minados y modernos sistemas de detección) para impedir las incursiones que el Polisario hacía desde su zona de control. Esto llevó el conflicto a un estancamiento, económicamente costoso para ambas partes, y las forzó a entrar en el proceso de diálogo conducido por la ONU que en 2011 cumple dos décadas sin llegar a nada.

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Por Témoris Grecko (publicado en Proceso, 23 de julio de 2016) La enorme cacería de brujas lanzada por el presidente Erdogan, principalmente contra quienes son o se sospecha que son o acaso podrían ser simpatizantes del clérigo islamista Fetulá Gülen, … Continue reading

Filipinas. El dolor de un país fragmentado

Por Témoris Grecko / Zamboanga, Mindanao, Filipinas (publicado en Esquire en Junio de 2012)

“Ibrahim, ¿ustedes me han secuestrado?”, dije en castellano, con pausada claridad para tratar de hacerme entender por mi interlocutor, un adolescente de aspecto africano y algo más de metro y medio de estatura. Me miró con temor y –lo sentí profundo— vergüenza. En sus manos sostenía un viejo fusil Kalashnikov. Él tenía que saber cuál era mi situación porque, a fin de cuentas, era quien estaba encargado de retenerme dentro de esa choza de madera.

De las cercanías, nos llegaban sonidos de gente que discutía a gritos, de movimientos bruscos, algunos golpes secos. “Jendeh ta sabe”, lamentó el muchacho, “iyo hay pregunta mi profesor”. “No sé”, quería decir en su dialecto chavacano, “yo preguntaré a mi profesor”.

No me resolvió la duda pero tampoco me sorprendió. El hecho de hallarme detenido por militantes islamistas armados en una aldea de la isla filipina de Mindanao (centro de una guerra de resistencia musulmana que se ha extendido por casi 500 años y que en las últimas décadas ha ganado fama por los actos terroristas y la toma de rehenes extranjeros) parecería suficiente para declararme víctima de rapto.

Pese a los signos ominosos, yo debía seguir confiando en Ibrahim y Hadji Gonzales Alonto, su maestro. Necesitaba tenerlos de mi lado. Habíamos hablado por horas antes de que las cosas se tornaran súbitamente inestables. Dos hombres llamaron al anciano desde fuera de la pequeña cabaña, él se levantó de un golpe, le dio órdenes al muchacho, en un chavacano veloz que no me permitió comprender, y salió. Lo quise seguir pero el joven se interpuso, mostrando nerviosismo pero también el cañón de su arma. Pensé que no se atrevería a disparar, que lo podría vencer sin dificultad tan solo utilizando mi mayor peso. Pero alguien saldría herido, y no deseaba lastimarlo ni, por supuesto, salir herido yo mismo en una situación tan confusa. El conflicto de voces alteradas que se escuchaba afuera, además, crecía en intensidad y número de personas, lo que hacía poco atractivo salir a encontrarme con él sin saber qué pasaba.

Estaba atrapado. No me habían permitido ver el camino que transitamos para llegar allí. Tenía claro que la figura de un occidental no podría pasar desapercibida, y que para algunas personas, un extraño como yo resultaría sospechoso o, peor todavía, un objetivo. Debería tratar de llegar a la vecina ciudad portuaria de Zamboanga, pero aún allí sería vulnerable, la policía me había dejado claro que no estaba a gusto con mi presencia y no tenía manera de marcharme de allí: no había asientos en los vuelos de los días inmediatos, me impedían tomar un barco y por tierra, como había llegado, quedaría muy expuesto, en vista de que mi presencia ya era conocida.

Parecía muy James Bond, pero yo no tendría pistolas, microaviones ni supermodelos vestidas de espías para amarme. Mi única opción era confiar. Desear que hubiera una explicación razonable para todo esto. Y que lo que estaba ocurriendo detrás de las frágiles tablas de la choza, fuera lo que fuese, se resolviera bien y pronto. Ya se sabe, a la hora de pedir, hacemos listas largas.

TRES NÚCLEOS DE IDENTIDAD

Escogí entrar en la isla de Mindanao por la ciudad de Cagayán de Oro porque parecía una de las más seguras. Sería una buena base para empezar a aproximarme a las zonas calientes, ubicarme en el terreno y buscar contactos. Era indispensable actuar con precaución: los movimientos islamistas de esta zona están entre los más vilipendiados y menos entendidos del mundo, y sin duda hay buenas razones para temerlos.

También para conocerlos, pensaba, porque las pocas noticias que trascienden al mundo sobre ellos se limitan a enlistar barbaridades (bombazos, secuestros, decapitaciones a sangre fría) cometidas por fanáticos irracionales en territorios remotos y aislados, sin que nos expliquen por qué suceden estas cosas. ¿Es simple sed de sangre? ¿O existen algunas causas legítimas que no han sido resueltas?

A través de personas de organismos internacionales con operaciones en la región, había logrado averiguar que entre ellos existían facciones moderadas y había establecido contacto con uno de sus miembros, a quien esperaba convertir en mi guía para entrar en ese mundo y conocer su visión de las cosas de manera directa. Quería ir a los puntos de conflicto y ver directamente cómo vive la gente allí, cuáles son los agravios, sus razones. Estaba seguro que había aspectos de la historia que no nos han llegado y que era importante considerar antes de seguir enjuiciando sumariamente a los rebeldes de Mindanao.

El vuelo desde Manila (capital de Filipinas) fue uno de ésos en los que coincide que uno tiene un asiento de ventanilla, la atmósfera es luminosa y clara, y los accidentes geográficos componen un cuadro especialmente impactante: sólo vi unas cuantas de las 7 mil islas del archipiélago filipino, pero pueden haber sido unas 200. En todas las formas: alargadas, rectangulares, con apariencia de trapecio y de isósceles, y con algunas figuras menos técnicas como un corazón. También, muchas de las más comunes en la imaginación popular: perfectamente redondas, con un brillante marco de playas de arena blanca rodeado por círculos concéntricos de aguas en tonalidades claras, verdeazuladas y oscuras, y un tupido centro de palmeras.

Era una lección maravillosamente ilustrada sobre estética y naturaleza. Y a la vez, de geografía política: ¿qué puede unir a un país tan fragmentado por las fuerzas de la Tierra? Ese salto aéreo de Manila a Cagayán de Oro me llevó sobre los tres núcleos de identidad de Filipinas: Luzón, la gran isla cristiana del norte, donde está la capital; las visayas, un heterogéneo conjunto de islas en el que Cebú, desde el aire, no destaca por su tamaño, pero que del que es su principal polo económico; y al sur, la enorme y musulmana Mindanao.

Esta división ya es suficiente para generar rivalidades, como la de los cebuanos, que sienten que por su centralidad e historia merecerían ostentar la capitalidad nacional. El problema es bastante más complejo, sin embargo, porque dentro de cada una de estas regiones hay una enorme diversidad: casi cada isla tiene caracteres particulares que la hacen diferente. En muchas de ellas, los habitantes resienten que las sedes del poder estén en otras costas. Esto ha provocado que la fragmentación geográfica se acentúe a nivel administrativo, hasta niveles sorprendentes: en este territorio de apenas 300 mil kilómetros cuadrados (como tres cuartas partes de Paraguay) hay 17 regiones, 80 provincias, 138 ciudades, 1,496 municipalidades y 42,025 barangays (la forma de gobierno más pequeña, con autoridades electas por voto popular).

Esto produce confusión. Una península de Mindanao, llamada Zamboanga a partir de la ciudad de ese nombre, de sólo 17 mil kilómetros cuadrados, se divide en cuatro provincias… a primera vista. Entre ellas, Zamboanga del Norte, Zamboanga del sur y Zamboanga Sibugay. Pero hay una más.

La página zamboanga.com nos advierte desde los primeros párrafos:

“Es independiente de cualquier provincia. La Ciudad de Zamboanga no es parte de Zamboanga del Sur, como la enlista equivocadamente el Departamento de Interior. Y no es sólo Interior quien comete este error. Las siguientes oficinas también: NSCB, COMELEC, PIA (Agencia de Información Filipina), ¡incluso la oficina del presidente de Filipinas!”

La vida en esta nación parece simple en la superficie, pero pocas cosas lo son. La historia, por ejemplo, se enseña utilizando una fecha clave como consumación de todo un proceso. Por eso aprendemos que los españoles conquistaron Filipinas el 27 de abril de 1565, cuando derrotaron a varios datus (jefes tribales) de la isla de Cebú y se asentaron allí.

Eso fue tan solo, en realidad, la creación de un establecimiento militar y comercial. Al que siguieron otros, casi siempre en las costas, desde los que por siglos sólo pudieron controlar porciones del territorio, mientras que numerosos pueblos conservaban sus independencia e identidad. Para muchos ciudadanos de Mindanao, descubriría, la pertenencia a Filipinas es una imposición que todavía resisten.

LA CIUDAD LATINA

Llegué a Cagayán de Oro. Muy tranquilo. La gente era amable con los extranjeros, no se sentían tensiones. Para preparar el siguiente paso, fui a la terminal de autobuses que sirve los destinos al oeste y sur. El único problema parecía ser logístico: no había oficinas de compañías, ni taquillas de boletos, ni tableros con horarios… tampoco encontraba a nadie que hablara inglés.

Estaba acercándome, sin embargo, a la zona de habla chavacana. “Buses to Zamboanga?”, inquirí a un chico. “¡Ése! ¡Avante!” “What time’s the departure?” “A la una”.

Iba a la ciudad de Zamboanga por dos motivos: el primero es que se encuentra geográficamente en el centro de la zona más conflictiva, cuyo eje empieza por el este en la región de Cotabato, pasa por Zamboanga y se extiende al oeste por una banda de pequeñas islas llamado el archipiélago de Sulu, que casi llega hasta Malasia. La mayoría de los despachos noticiosos sobre la violencia en el área están firmados desde Zamboanga, porque es la mayor urbe regional.

El segundo atractivo es que sus autoridades la denominan “La Ciudad Latina de Asia”, y se precia de tener un dialecto propio, el chavacano zamboangueño, derivado del español mexicano. Imaginé que el título se justificaría en actitudes, gastronomía y otros elementos que fueran familiares para mí y me facilitaran las cosas. Probablemente, quise pensar, les caería en gracia mi nacionalidad y eso me daría un mejor acceso a las personas que me interesaba conocer.

En el autobús, sin embargo, aunque la gente era amable (fueron 13 horas de viaje en las que tuve unos cinco compañeros de asiento), lo de ser mexicano no pareció sonarles a nada. Era un extranjero, simple pero no común, porque viajaba a lo largo de la península de Zamboanga y estaba solo (no podía mencionar a mi contacto en la ciudad), lo cual, más que extraño, les parecía preocupante. “El solo hecho de que vayas en este autobús ya es peligroso”, me dijo un vendedor de una compañía piramidal de productos naturistas, que insistía en darme la oportunidad de convertirme en “pequeño gran hombre de negocios”. “Lo de menos es un secuestro”, comentó al hacer una pausa en su esfuerzo filantrópico. “Pueden balacear el vehículo o hacerlo estallar”.

La realidad de la violencia de esta parte de Filipinas empezó a aclararse para mí al hablar con los otros viajeros. Hay terrorismo islamista, en efecto. Pero es sólo una parte del problema: también operan sanguinarios grupos criminales. La compañía Rural Transit Mindanao Inc., en uno de cuyos autobuses viajábamos, estaba siendo objeto de una campaña de extorsiones por la famosa banda Al Khobar, en la que el método más persuasivo era poner bombas en sus vehículos. Sólo en 2012, ya habían volado uno en enero y otro el 11 de abril. El 22 de abril, tres días antes de que yo saliera de Cagayán de Oro, el ejército aseguró haber impedido un nuevo atentado en la vecina Cotabato del Norte.

En el camino, paramos en la ciudad de Ipil, en Zamboanga Sibugay, donde el australiano Warren Rodwell fue abducido en su casa en diciembre, y por quien se pedían 2 millones de dólares (en un video difundido el 8 de mayo, un Rodwell con un ojo amoratado ruega a su gobierno que entregue el dinero). Es un rapto que se achaca también a los delincuentes, como otros con víctimas extranjeras en los años recientes, tanto en ataques en tierra como de piratas en altamar. A veces, el objetivo era venderlos a los terroristas, que pueden pedir dinero o concesiones políticas, como la liberación de militantes. En general, sin embargo, el objetivo es hacer el negocio directo. La situación de los secuestrados es algo difícil de determinar en la región y ni siquiera pude conseguir cifras actualizadas de cuántos hay.

Las luchas entre clanes son otro problema añejo: en amplias zonas de Mindanao, donde las estructuras gubernamentales son débiles, el poder está concentrado en estas redes familiares extendidas, que compiten entre sí o que están enfrentadas por antiguas ofensas.

El caso más escandaloso, e inquietantemente ocurrido poco tiempo atrás, el 23 de noviembre de 2009, es del de la llamada Masacre de Maguindanao, un suceso en el que murieron muchos más periodistas que en cualquier otro evento en la historia mundial. El político Esmael Mangudadato había osado presentar su candidatura a gobernador de la provincia de Maguindanao, a pesar de que el gobernador, Andal Ampatuan Senior, había decidido que lo sucediera su hijo, Andal Ampatuan Junior, ambos del clan Ampatuan, que controla la zona desde 2001.

Para registrarse ante la Comisión de Eleccciones, Mangudadato creyó que hacerse acompañar de periodistas le daría protección. Los seis vehículos del convoy en el que viajaba su esposa (mas no él), y otros dos coches de gente sin relación, fueron detenidos en la carretera y secuestrados por un centenar de hombres con armas. Mangudadato, quien se encontraba en otro lugar, asegura que su mujer le logró enviar un mensaje telefónico en el que decía que el propio Ampatuan Junior estaba al frente de los atacantes y que la había abofeteado.

 

Los 57 integrantes del grupo fueron secuestrados. Y después, asesinados a sangre fría. Incluidos 37 periodistas. Cinco de las mujeres, de las que cuatro eran reporteras, fueron violadas. Y la totalidad de las féminas recibieron disparos en los órganos genitales y fueron degolladas, entre ellas la hermana más joven de Mangudadato y su tía, ambas embarazadas. (Mangudadato ganó las elecciones, mientras que el juicio contra los Ampatuan Senior y Junior, que están en prisión, y 195 miembros de su clan, en libertad, se desarrolla en Manila.)

 

El hombre de la pirámide naturista persistía en su esfuerzo de hacerme rico. Yo miraba por la ventana, ya entrada la noche, pensando en la ratonera en la que me había metido pocas horas antes al recorrer el borde de la bahía que, al estrecharse, da límite a la península. Iba a llegar a Zamboanga a las dos de la mañana del jueves. Mi contacto no respondía a mis llamadas. Me imaginé en una sucia terminal a cielo abierto, solo en la oscuridad. Y me molesté por no haberme tomado el tiempo necesario para hacer las cosas con calma, prepararlo todo con precisión y tener más de una persona en quien confiar. Había querido hacerlo rápido y ahora, quedaría expuesto. En mi libreta, hice un apunte para los alumnos de mi taller de periodismo independiente: “¡No sean idiotas como yo!”

 

400 AÑOS DE RESISTENCIA

 

“A falta de sentido común, buena estrella”, me consolaba al caminar por las calles de Zamboanga, al día siguiente, viernes. No veía por ningún lado lo de “Ciudad Latina de Asia”, aparte de los muchos letreros en castellano, sin duda, y los apellidos familiares. Pero la población se divide entre cristianos y musulmanes, no hay noción de lo que es la música salsa (como era viernes, y después de meses de no bailar, abrigaba la pecaminosa e ingenua idea de hallar un club para sacarles punta a las botas) y la comida es más bien de tipo malayo (aunque con nombres como “pollo en adobo” para un ave en salsa de soya).

 

Parecía tranquila, sin embargo. La parada de autobuses era tan fea como la había imaginado, a pesar de lo cual de inmediato fui abordado por choferes de traysikol (unas motocicletas de tres ruedas, con un asiento lateral cubierto por una estructura metálica, muy coloridas, que funcionan como taxis) y escogí uno con el que pude hallar una habitación en el segundo hotel que visitamos, a pesar de la hora. La gente era amable, el tráfico (compuesto en 80% por traysikols) era domeñable para alguien bravo y la ciudad estaba junto al mar.

 

Zamboanga, fundada en el siglo XII y con 800 mil habitantes, tiene una posición estratégica relevante en esa región: está en el extremo de la península, que se adentra como un dedo en una importante ruta marítima comercial. Por eso, los españoles se asentaron aquí en 1569, poco después de establecerse en Cebú.

 

Entonces fundaron el fuerte militar del Pilar, que hoy es el único atractivo turístico local y cuya historia resume la de la región: los holandeses lo atacaron en 1646; fue abandonado en 1663; reconstruido en 1666; de nuevo en 1719; capturado por 3 mil moros (filipinos musulmanes) en 1720; cañoneado por los británicos en 1798; abandonado por los españoles en 1898; ocupado por los estadounidenses en 1899; tomado por los japoneses en 1942; y reclamado por Filipinas en 1946.

 

La supervivencia del castellano aquí se debe a que la presencia de los españoles –entre ellos muchos soldados y curas mexicanos— fue mayor y más larga aquí que en otras zonas de Filipinas. Pero nos resulta difícil entender el chavacano porque, en realidad, la base gramatical del dialecto es la lengua malaya, a la que le incorporaron palabras de español, inglés e idiomas locales, lo que es un reflejo de la complejidad cultural de Mindanao.

 

Esta región siempre ha sido distinta de las Visayas y Luzón. Más cercana a Malasia, el proceso de conversión de los habitantes al islam empezó 300 años antes que llegara el cristianismo, y de una forma distinta: los españoles arribaron con su gente a imponer su fe con la espada, y cuando fueron derrotados, muchos de ellos se marcharon. Da la impresión de que, como ocurre con el chavacano, el catolicismo en Mindanano está pegado como una capa de símbolos y rituales que apenas logra penetrar y darle forma al material espiritulal originario, que es de carácter animista.

 

Además de la ventaja temporal, los musulmanes tuvieron otra, que es haber entrado como misioneros que poco a poco fueron adaptando las costumbres locales. Esto convirtió al islam en una fe asumida como propia por los lugareños y le dio una enorme capacidad de resistencia.

 

En Mindanao, los españoles sólo estaban seguros en sus plazas fuertes, Zamboanga y Cagayán de Oro, y a veces ni siquiera allí. Como extensión de la península, hay una hilera de islas pertenecientes a Filipinas que se llama el archipiélago de Sulu, y que parece formar un puente punteado que llega hasta al reino musulmán de Malasia, en la isla de Borneo.

 

En Mindanao y las Sulu fueron creados varios estados islámicos. La lucha de España contra ellos (y sus frecuentes incursiones militares y piratas) duró 300 años, con varias dolorosas derrotas para los peninsulares, hasta que Madrid logró tomar Jolo, capital del sultanato de Sulu, en 1876.

 

Poco les duraría el gusto. En el resto de Filipinas, diversos grupos independentistas combatían a España y casi habían logrado vencerla en 1898, cuando Madrid enfrentó y perdió otra guerra, esta vez con Estados Unidos. Así tuvo que cederle a Washington las islas de Puerto Rico, Cuba y Filipinas, incluidas Mindanao y las Sulu.

 

Los revolucionarios filipinos resistieron la ocupación estadounidense hasta su derrota, en 1902. En Mindanao, la llamada “rebelión mora”, que en realidad fue una guerra de resistencia al invasor, mantuvo a las tropas estadounidenses ocupadas hasta 1913, encabezadas por el general John J. Pershing (quien saldría de allí al estado de Chihuahua, en el norte de México, a perseguir infructuosamente a Pancho Villa y sus tropas en 1914-15, y después a encabezar el ejército expedicionario de su país en Europa en la primera guerra mundial, en 1917-18).

 

BUEN CLIMA MALO

 

La clave de la resistencia musulmana, o mora, es Jolo, en la isla de Sulu, antigua capital del sultanato y bastión principal del Frente Moro de Liberación Nacional (FMLN, uno de los dos principales grupos rebeldes, que sigue armado pero está casi en paz desde 1996, dados sus diálogos con el gobierno). Era viernes, mi hombre en Zamboanga no respondía a mis llamadas, y pensé que podría verlo al regresar allí. Él me había contactado con un dirigente en Jolo y quise viajar de inmediato, el sábado, ya que no quería quedarme demasiado tiempo en un solo lugar y hacer notar mi presencia.

 

En el puerto, todo el mundo me miró. Las oficinas de las compañías navieras grandes, que van a Cebú, Manila y otros sitios, están en una calle principal. Si hay algún extranjero, no pasa de allí. Para ir a las islas Sulu, sin embargo, hace falta tomar pequeños barcos, con cuyos representantes hay que hablar casi directamente en el muelle, en los minúsculos y desvencijados cuartuchos de madera en los que despachan, al lado del estacionamiento.

 

La página web del gobierno provincial de Sulu mencionaba unos botes rápidos que tardaban tres horas en llegar. Los encargados me decían que no existían, que el más veloz tardaría tres veces más. Entre risas, preguntaban cuántos meses me quería quedar de huésped forzado de los moros. Alguien sugirió: “¿Por qué no tomas el bote ‘Bounty’?” Costaba trabajo creerlo: efectivamente, a alguien se le había ocurrido ponerle a su navío “Bounty”, o “Recompensa”, en aguas donde los secuestros piratas de personas y barcos son cosa normal.

 

Empezaba a desanimarme. Mi prisa, mi deseo de moverme rápido, se debía a la idea de que la ventaja táctica del ratón sobre el elefante (el ratón es el periodista independiente y el elefante, los grandes medios, las instituciones oficiales o las organizaciones peligrosas) es su pequeñez y velocidad, y en el pasado, estas mismas habilidades me han permitido entrar y salir de circunstancias difíciles sin apenas ser notado. Aquí ya me había visto cada extraño personaje de muelle, sin embargo. Aunque no podrían tocarme en ese momento, nada impediría que averiguaran el bote, hora de partida y destino que habría de tener.

 

Dos amables policías filipinos me terminaron de convencer. “¿A dónde desea viajar, señor? Muéstrenos su pasaporte, por favor. Nos han informado que a Jolo. No será posible, el clima está muy malo”. Era mediodía y el sol brillaba. Les mostré una impresión de la web del gobierno provincial de Sulu, donde se promueve el turismo y se dan detalles de hoteles y restaurantes. Los agentes comentaron algo entre sí en tagalog, con expresión de sorpresa y algunas risas. “El clima está muy malo. No se recomienda ir a Jolo. Le recomendamos ir a Boracay”.

 

Un gran centro turístico de playa… al otro lado del país. Mi contacto no me respondía, caras nuevas en el puerto me miraban sospechosamente, en general todo me estaba saliendo mal… mi buena estrella parecía brillar en otros cielos. Empecé a resignarme. La prudencia exigía abortar la misión. Pronto, porque me sentía muy observado. Ratón al descubierto. Elefante preparándose.

 

DESCRÉDITO AJENO

 

En Filipinas, los boletos de las aerolíneas locales se pueden vender en cualquier cajón de zapatos y hallé uno en un concurrido centro comercial, después de jugar a hacer movimientos raros que me ayudaran a perder a quien me estuviera siguiendo… aunque probablemente sólo era mi propia paranoia. Encantadoras, las chicas me informaron que sólo había asientos disponibles a partir del lunes, tres días después. Compré uno. Tendría que pasar el fin de semana en la llamada Ciudad Latina de Asia, escondiéndome como en una ratonera de Ciudad de México o Caracas.

 

Al salir, en la pantalla de mi teléfono brilló el nombre de mi extraviado contacto. ¿Por fin? Pues no. Tenía problemas y se marchaba de Zamboanga. Pero me informó que un maestro Hadji Gonzales Alonto tenía interés en hablar conmigo. Lo describió como un clérigo musulmán del Frente Moro Islámico de Liberación (FMIL), “conocedor profundo de la problemática del pueblo moro”, “muy respetado por patriotas y religiosos por igual”. Podría visitarlo en su aldea, no muy lejos de la ciudad, muy temprano por la mañana. Con el detalle de que debería seguir algunas indicaciones de seguridad. Lo cual me pareció conveniente.

 

A las cinco de la mañana del sábado, un enviado del Maestro esperaba en la oscuridad, en un vehículo fuera de mi hotel. Me hizo subir, echó la marcha y salió raudo por callejuelas, hasta detenerse en una solitaria. Ahí revisó que yo vistiera la ropa que me habían indicado y me ofreció otras prendas, como complemento.

 

Nada tipo James Bond. No era un agente de dos metros de altura, sino un adolescente muy pequeño, que apenas superaba los 150 centímetros, y no venía en una limousine blindada: era un vetusto traysikol. Mi indumentaria no estaba muy lejos de la elegancia de la del 007: sandalias, jeans y camiseta blanca, que el joven Ibrahim, como se presentó, me hizo cubrir con una camisa de manga larga, vieja y con hoyos. Y me dio una gastada gorra de beisbolista de los Dodgers de Los Ángeles. “¿No tienes una de los Yankees?”, casi me arrepentí al preguntar. Pero soltó una agradable risa que me hizo sentir confianza.

 

Tenía que acurrucarme en el asiento cubierto del tricitaxi y mirar al suelo, “para que no vean que eres extranjero”, explicó en una divertida mezcla de chavacano e inglés. Así también me prevenía de ver el camino. Él me tranquilizaba con una charla ininterrumpida, que me parecía amena a pesar de que entendía muy poco, y de que debía guardar silencio para no llamar la atención.

 

EL FMIL, del que es miembro Gonzales Alonto, es una organización escindida del Frente Moro de Liberación Nacional (FMLN), el primer grupo de la resistencia mora moderna, heredero de una tradición de lucha de 400 años. Surgió en 1969 como respuesta a una infamia: el viejo dictador de Filipinas, Ferdinando Marcos (famoso en el mundo por la colección de zapatos de su esposa, Imelda), planeaba apoderarse de Sabah, la región de Malasia más cercana al archipiélago de las islas Sulu. Para lograrlo, planeó introducir una guerrilla separatista formada por jóvenes musulmanes de las Sulu, étnicamente cercanos a algunas tribus de Sabah, a quienes engatusó con engaños: les prometió que ingresarían en una unidad de élite del ejército filipino y que ganarían buenos sueldos.

 

En diciembre de 1967, una vez en su campo de entrenamiento en la isla del Corregidor, en Luzón, los muchachos se dieron cuenta de que los entrenaban para ir a matar a otros musulmanes, y que podrían incluso acabar atacando a sus parientes. Se inconformaron y exigieron ser devueltos a sus casas, por lo cual, los 68 reclutas fueron ejecutados.

 

Esto volvió a encender el ánimo de la resistencia de la población mora en Mindanao y las Sulu, y se formó el FMLN con un nombre poco islámico: su influencia fueron los movimientos de liberación nacional de la época. En su lucha contra el grupo armado, el ejército tomó y quemó Jolo en 1974, atizando el odio de los musulmanes.

 

El diálogo de paz con el gobierno, iniciado en 1976, y el relativo secularismo del FMLN, dieron lugar al surgimiento del disidente FMIL que continuó la ofensiva militar bajo el objetivo de “reconquistar la libertad y la autodeterminación del pueblo moro” y crear un “estado islámico independiente” en Mindanao, pese a lo cual también entró en negociaciones con Manila desde 1997.

 

Gracias a estas pláticas con el FMLN, en un principio, y después con el FMIL, se estableció la Región Autónoma del Mindanao Musulmán en provincias y ciudades que optaron por incorporarse a ella mediante referendos. Diferencias sobre las facultades del gobierno regional, sin embargo, y sobre todo sentencias judiciales que han invalidado la adición de algunas zonas, han provocado importantes roces que afectan el proceso de paz. Esto ha abierto, incluso, periodos de enfrentamientos con el ejército de Filipinas, en particular en 2000, cuando el entonces presidente Joseph Estrada lanzó una “guerra total” contra el FMIL, que no pudo ganar. Actualmente, ambos grupos mantienen fuerzas propias (estimadas en 6 mil hombres para el FMLN y en 12 mil para el FMIL) con estructuras de mando militar y campos de entrenamiento.

 

Cuando las han desarrollado, sus actividades armadas han tenido principalmente un carácter de guerrilla convencional y han declarado su oposición al terrorismo, al que el FMIL considera “anti-islámico”. Algunas unidades “renegadas” del FMIL, no obstante, han sido acusadas de cometer abusos contra población civil cristiana en 2008.

 

“Por cualquier violación de derechos humanos, nuestro Comité Central ha pedido perdón”, aclaró Gonzales Alonto. “Pero ustedes los periodistas sólo hablan en el mundo sobre el terrorismo de Abu Sayyaf y su descrédito lo cubre todo”.

 

PALABRA DE DIOS

 

Tras al menos de una hora de recorrido, Ibrahim, el enviado del maestro, se había detenido y con rapidez me había ayudado a bajar para introducirme en una pequeña cabaña de madera, donde yo pasaría momentos más intensos de lo que había imaginado. El interior era sencillo: muchos tapetes del rezo, fotografías de inmensas multitudes en La Meca, un mechero para calentar te y varios recipientes de metal. Aunque no parecía una vivienda, sino un cuarto de oración, sin lecho ni mesa, Gonzales Alonto, un hombre de apariencia más juvenil que sus 52 años, le agradeció al pequeño muchacho su amabilidad por permitirnos conversar “en la discreción de tu residencia”.

 

Podía entender lo que afirmaba mi interlocutor: sin haber profundizado en el tema hasta poco tiempo atrás, mi conocimiento previo de lo que ocurría con la resistencia mora de Mindanao se limitaba a los ataques de Abu Sayyaf, otro grupo que, como el FMIL, se había escindido del FMLN por discrepar de su interés por el diálogo de paz. A diferencia del FMIL, sin embargo, siempre ha mostrado un rechazo total a cualquier salida que no implique la instauración de un estado islámico independiente en Mindanao y las Sulu.

 

Es una organización comparativamente pequeña, de 650 miembros según estimaciones de inteligencia, pero difícil de combatir porque están dispersos en la península de Zamboanga y las islas Sulu en varios grupos autónomos, laxamente sujetos a una estructura de mando flexible, que actúan bajo el principio de golpea y escóndete. Esto les ha permitido sobrevivir a varias grandes operaciones militares en su contra, en especial una en 2006 que involucró a 8 mil soldados y apoyo militar estadounidense con alta tecnología.

 

Debido a sus métodos terroristas, Abu Sayyaf ha ganado una notoriedad desproporcionada con su tamaño. Mientras el FMLN y el FMIL consideran que el apoyo popular es fundamental para sus objetivos, a Abu Sayyaf le importa poco porque cree estar siguiendo el camino marcado por dios.

 

Así ha efectuado secuestros masivos de pobladores e individuales de extranjeros y personas influyentes, masacres con bombas y saqueos de pueblos, y escandalosos descabezamientos: le ha dado marca internacional a la resistencia mora, en contra de la estrategia de las organizaciones más importantes.

 

“El que mata inocentes rompe las leyes de dios”, explicó Gonzales Alonto. “Son jóvenes sin cultura ni conocimiento, corrompidos por versiones pecaminosas del islam”.

 

En un par de horas de conversación y te, el clérigo me había explicado su versión del conflicto: el pueblo moro sufre los resultados de siglos de agresiones por parte de las potencias coloniales, principalmente españoles y estadounidenses, además de holandeses, británicos y portugueses, y recientemente, el gobierno filipino. “Podríamos haber resuelto este conflicto ya, si hubieran respetado el acuerdo de darnos plena autonomía y control sobre nuestros territorios históricos. Pero se han desdicho o los han saboteado, por eso tenemos que presionar. Y hay esperanzas, hay avances en las pláticas y tendremos una zona autónoma más grande”.

 

Objeté que muchas provincias votaron años atrás por no entrar en la Región Autónoma del Mindanao Musulmán. “Es ignorancia”, descartó. “La palabra de dios los traerá al buen camino”. ¿A los miembros de Abu Sayyaf también? “Bajo las condiciones adecuadas, podremos hablar con ellos”. ¿Y la población cristiana de Mindanao?

 

-También necesita escuchar la palabra de dios

-Pero ellos dicen ya haberla escuchado. Por eso son cristianos.

-Están equivocados.

 

Los alegatos de todas las religiones son circuitos cerrados por necesidad, porque se basan en el principio de que “mi dios es el bueno, el tuyo no”, y ese dogma fundamental cancela el entendimiento. Pero había escuchado argumentos más complejos de muchos otros clérigos de Egipto a Irán. Me recordó, en cambio, a un grupo de predicadores de Al Qaeda con los que hablé en Níger un año atrás, que planteaban ideas igualmente simples. Puede ser que en las márgenes más alejadas de su centro de origen, el islam pierda consistencia o nunca la haya ganado.

 

No era momento de confirmar esta hipótesis. La discusión se acabó con Gonzales Alonto saliendo a toda prisa cuando lo llamaron, tras ordenarle a Ibrahim que me retuviera dentro de la choza. En ese momento reparé que el avejentado Kalashnikov que el muchachito sostenía como si fuera un juguete no estaba ahí por fuerza de costumbre. Y cuando quise hacer algo, me apuntó.

 

¿Habría disparado alguna vez ese chico? El miedo y la confusión en sus ojos hacían una mezcla peligrosa. Y el escándalo crecía afuera. Personas indignadas gritando cosas que yo no entendía, pero que Ibrahim me transmitía como un nerviosismo que crecía en él.

 

Fue una hora de tensión hasta que Gonzales Alonto retornó con dos hombres que me sacaron de la choza. ¿Eso era bueno o malo? “La gente está muy enojada”, explicó, “porque ayer por la mañana, cinco muchachos quedaron mal heridos cuando les explotó una bomba que estaban fabricando en Lunzuran, una de las aldeas cercanas, y te quieren a ti”.

 

¿Y a mí por qué? “Porque están enojados y eres extranjero, alguien les avisó que estás aquí y piensan que pueden pedir dinero para dejarte ir y pagar así los gastos médicos”. ¿Y eso es lo que hacen siempre que algo pasa? ¿Son islamistas o simples criminales? “¡No son islamistas!”, atajó.

 

Me explicó que tenía que irme de Zamboanga sin acudir a las autoridades, porque provocaría un conflicto mayor: “Si vienen, la gente los recibirá de mala manera. Y a ti, los policías te harán pasar un mal rato”. Ibrahim y sus compañeros me llevaron a la ciudad, sin permitirme ver el camino. Nos detuvimos en uno de los módulos de venta de boletos de avión, donde a mi pequeño vigilante no pareció costarle mucho trabajo adelantar dos días mi reservación. Saldría a Cebú en el vuelo de la una de la tarde de ese mismo día, sábado.

 

En el aeropuerto, un gran letrero dice en chavacano: “Bienvenido a la Ciudad de Zamboanga”. Con ese nombre, esto podría verse en la región mexicana del Istmo, tierra de la Zandunga, una famosa canción tradicional. Como en aquel sitio, la pesada humedad tropical y el ritmo de la gente hacen que la vida parezca lenta en la península. Pero puede transcurrir velozmente. E irse. Esa mañana viajaba en un traysikol (mal) disfrazado de lugareño. Y pocas horas después estaba ya en el avión, inesperadamente, tras casi sumarme a la lista de secuestrados.

 

Estaba contento de poder salir de ahí. Hay lugares del mundo que parecen muy peligrosos, pero uno sabe dónde está la línea del frente o cuál es el sitio donde se juntan los tipos de cuidado. En otros, como aquí, me he sentido todo el tiempo adentro de la boca del lobo. La ventaja del periodista extranjero es que puede marcharse, escapar. Los pobladores de Zamboanga se ven obligados a vivir rodeados de una violencia tan enorme como incontrolable, que surge de muchas fuentes, con gran confusión. Tal vez es ése el sentido más aproximado de llamarla Ciudad Latina de Asia. Pues en eso también se parece al Istmo y otras partes de mi adolorido país.

 

 

 

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