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El espejismo de la Guerra Santa (Yijad 5 estrellas)


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Témoris Grecko / Cilvegözü, frontera sirio-turca (publicado en Esquire de enero de 2014)

Donde la avenida Atatürk se encuentra con la Cumhuriyet, hay una pequeña rotonda triangular, con un falso tronco de árbol, que marca el centro de la ciudad de Reyhanlı, en la frontera con Siria. Es también el sitio del mayor acto terrorista que haya sufrido Turquía, con un saldo de al menos 51 civiles muertos y 140 heridos, hace sólo siete meses. Las autoridades culpan al gobierno sirio pero otros reportes apuntan a grupos de yijadistas que pelean en Siria y están ligados a la organización Al Qaida. Esto no intimida a un chico de unos 18 años de edad: nos hemos reconocido y se acerca con confianza a compartir su entusiasmo porque está a punto de cruzar al país en conflicto, en donde se incorporará a la guerra santa… la yijad global.

Una yijad, dice él, 5 estrellas. A la cual él se ha convencido de que muy pronto me sumaré, pues “yo sé que dios te puso aquí porque también has escuchado la llamada, hermano, lo veo en tus ojos, no te avergüences de sus sabias decisiones”. Piensa que todo es parte de un plan divino: si la policía turca se ha endurecido y les ha negado a él y su grupo el paso a Siria, forzándolos a seguir una de las rutas ilegales, es para algo bueno, dios lo ha querido así porque “Él promueve encuentros que definen tu vida y por eso nos ha puesto aquí, para que tracemos nuestros caminos hacia la purificación”.

La gente nos ve hablar. Me siento incómodo porque parezco ajeno a este sitio y, para sus ojos como para los de este adolescente, yo podría ser otro extranjero aspirante a yijadista, un converso que ha hallado el din (el sendero correcto) y busca la consumación de su fe eliminando murtadün (apóstatas), un candidato a takfiri (un musulmán que se arroga el derecho de juzgar quién es un buen musulmán y quién es un traidor). Es lo que ha asumido este muchacho rubio, que dice llamarse Mojamed pero a mí me da más bien pinta de James o de John. Si los paseantes sospechan que los autores de esa terrible matanza fueron yijadistas, y nos ven conversar con descuido en este lugar de mártires, podrían actuar con violencia.

Mi atención sigue enfocada en este joven de ojos azules, que asegura ser sirio aunque sea evidente que no comprende las nada amistosas frases aisladas en árabe y en turco que nos dirigen algunos hombres al pasar: su ingenuidad se hace más patente cuando imagino en lo que se convertirá en unas pocas semanas, si logra sobrevivir: en uno más de los despiadados hombres que cortan cabezas a prisioneros de guerra y a civiles sospechosos, y que matan a adolescentes por supuestas ofensas al profeta. Alguien como quienes nos tuvieron secuestrados en Alepo, a tan sólo unos 40 kilómetros de aquí, hace once meses.

No parece que esto pase por su mente: él me sigue pintando una fantasía que –no lo dudo- cree a cabalidad: todo lo que me hace falta, según él, no es traer un fusil o un chaleco antibalas, sino… ¡un iPad! John, o, está bien, Mojamed, aclara que es bueno colaborar “con los hermanos y, si dios te ha dado la capacidad para adquirir equipo debes hacerlo, pero si no es así, los hermanos tienen todo lo que necesitas: hay armas de alto poder, hay casas de descanso con piscinas y manjares, todo es halal (alimentos que cumplen los requisitos religiosos), hay entrenamiento y, hermano, hay mujeres para que tengas un buen matrimonio, no una kafir (infiel) que es una sucia, buenas mujeres que te darán el amor y los cuidados que necesitas y procrearán muchos hijos… es una yijad 5 estrellas. Por gracia de dios”.

TIENDA DE CACERÍA

El rostro de James… vale, Mojamed, me pareció conocido de inmediato. Tiene una sonrisa bella y transparente, alegre, fraternal. ¿Dónde la había visto antes? Pensé en el vuelo de Estambul a Antakya, el que toman muchos de los aspirantes a yijadistas en su ruta a Siria. Aunque estuve revisando a los demás pasajeros, me costó trabajo establecer quiénes podían ser radicales islámicos y no fui capaz de llegar a una conclusión. Y no, no fue ahí donde lo vi por primera vez.

Fue en mi segundo día en Antakya, mientras exploraba su enredado bazar y empezaba a afinar mi detector de simpatizantes extranjeros de Al Qaida, me di cuenta de que… ¡yo mismo podía semejar uno! En esta hermosa y antigua ciudad, cuya tradición de cosmopolitismo y tolerancia tiene más de dos mil años, la mayoría de la gente viste a la manera occidental. Yo había asumido que, con sus barbas largas, tupidas y descuidadas, los labios superiores rasurados al estilo salafista, y túnicas y gorros tradicionales, podría identificar fácilmente a los islamistas extranjeros… el problema es que no van así.

Muchos utilizan las mismas ropas que en sus casas de Londres, Chicago o Madrid. La clave está en los detalles, es el estilo, los colores, la calidad de las prendas e incluso la manera de usarlas lo que revela su procedencia foránea. De manera que cualquiera como yo podría ser un nuevo yijadista. Lo que parecía delatarme, sin embargo, fue que en una época de insurrecciones donde la moda camuflaje no está completa sin elementos del estilo Yasir Arafat o del Ernesto Che Guevara (o de ambos), yo me protegía del frío invernal con una jafía, el pañuelo blanco y negro que hizo famoso Arafat, y que a pesar de que se ve con frecuencia en todas las ciudades árabes, no se utiliza aquí (Antakya pertenece a Turquía sólo desde 1938 y es históricamente árabe). Cuando un occidental aparece por ahí con una jafía al cuello, los lugareños deben ser excusados si no comprenden al instante que se trata de un periodista que suele trabajar en Medio Oriente y sospechan, en cambio, que es uno más de esos forasteros que, antes de transformarse en auténticos muyajidín (combatientes por la religión), ya quieren lucir como ellos.

Resulta peor, todavía, si a uno lo ven merodeando por la zona del centro donde están las cinco o seis tiendas de artículos de cacería y que es, precisamente, uno de los sitios donde estos nuevos yijadistas vienen de compras: desde máscaras antigás hasta generadores solares, de ropa de camuflaje a telescopios… más banderolas y parafernalia de los principales grupos armados rebeldes.

“No me interesa saber de dónde eres ni qué haces aquí, estoy a tu servicio”: Amar, el dueño de uno de los negocios, pensó que venía a surtirme antes de entrar en Siria. “Ésos no te interesan, ¿verdad?” Se refería a unas gorras de colores verde y caqui que portan emblemas del rebelde Ejército Sirio Libre (ESL). “Tendré que tirarlas o algo, ya nadie se las lleva. Sin duda, prefieres algo así”, señaló piezas de tela negra con el logo de la organización Estado Islámico de Irak y al Sham (EIIS), la más poderosa de las dos milicias afiliadas a Al Qaida.

No me encantaba ser confundido pero tenía que justificar mi presencia ahí, y por precaución, tampoco quería revelar mi trabajo. En dos ocasiones anteriores, en Níger y en Kurdistán, algunos religiosos me pusieron un nombre musulmán (coincidieron en elegir el mismo), y de esa forma me presenté: “Mojamed Tarik”. El tipo sonrió con cara de sí, lo que tú digas, Mojamed Tarik. Entendí su escepticismo, pero si le di pinta de Juan o Jaime, se equivocó.

Fue bueno que no revelara que soy periodista. Le dije que regresaría y, al salir, saqué mi cámara para fotografiar las tiendas desde el exterior: de inmediato se armó un alboroto, varios hombres me empezaron a gritar y el mayor, de unos 60 y tantos, exigió revisar mis imágenes: mezquitas antiguas, el río Orontes, una señal de tráfico… nada incriminatorio. Me dejaron ir… o más bien, me exigieron irme. Amar había perdido toda simpatía por mí: “No vuelvas… ¡y quítate esa jafía, fanático!”

Fue entonces que John-Mojamed salió de otra tienda, con cuatro compañeros suyos que mostraban muecas de decepción porque también los estaban echando. Sólo ese chico rubio sonreía con aspecto de inocencia. Más tarde, en un salón de te, un muchacho del lugar me explicó que la policía les causaba problemas a los dueños de las tiendas cada vez que aparecía un reportero, porque las autoridades turcas quieren dar la apariencia de que están actuando contra esta migración de radicales. El sitio está lleno de informantes y, una vez que se vio una cámara, no quedaba más que evacuar a los clientes y perder las ventas de la jornada. Más que Mojamed Tarik, me sentí Bin Ladin.

UN CRUCE FACILÍSIMO

¿Será posible que James-Mojamed mantenga el candor en medio de la guerra? Según me explica, a él y sus compañeros les habían dicho que pasarían por el puesto fronterizo de Cilvegözü, a cinco kilómetros de Reyhanlı, sin mayor problema, pues sólo hacía falta entregarles 40 o 50 liras (20-25 dólares) por persona a los guardias turcos y del lado sirio, ya los esperaban sus camaradas. Sin embargo, también aquí está impactando la decisión del gobierno de desmentir las repetidas denuncias de que ha convertido al país en un trampolín yijadista. No hubo manera de arreglar el cruce.

“Lo haremos por las rutas de contrabando, ¡dicen que tienen tanto tránsito como el puente de Brooklyn!” No sólo el marcado acento del noreste de Estados Unidos traiciona al supuesto Mojamed. Para demostrar su dicho, transfiere unas imágenes de su teléfono celular al mío. Una de ellas muestra un alambre de púas y lo que parece ser un grupo de combatientes, con un texto que reza: “Línea fronteriza entre Siria y Turquía… ¿no parece facilísimo?”

El grupo espera la noche en Reyhanlı para emprender el trayecto clandestino. Estaban aburridos, en una pequeña fonda de hummus en la avenida Cumhuriyet, y John-Mojamed salió a pasear sin limitación alguna: no sienten que sea necesario tomar medidas de seguridad. Mi intento de convencerlo de que me permitan acompañarlos para ver por dónde iban a ir fracasa: su ingenuidad no llega a tanto. Además, seguramente no está en sus manos y… yo también debo pensar si quiero verme rodeado de tafkiríes en un sitio aislado y oscuro. Recitar en árabe el shajadaj, el primero de los cincos pilares del Islam (“no hay otro dios más que dios y Mojamed es su profeta”), me ganó la confianza de James-Mojamed, pero la suerte no es a prueba de tercos.

De manera que, después de prometerle meditar en soledad con dios para decidir de qué forma contribuir a la Yijad, me marcho a Cilvegözü. A lo largo de dos kilómetros, el dolmuş (transporte colectivo menor que un microbús) transita al lado de tres filas de camiones en espera de pasar a Siria, incluidos al menos 40 transportes nodriza de vehículos, cada uno con 14 camionetas usadas tipo VAN y SUV. Ese comercio intenso no es lo que esperaba de la economía en cenizas, retornada por las bombas y la locura al siglo XIX, que prevalece en las zonas controladas por la oposición… o, de manera más precisa, dominada por los yijadistas afiliados a Al Qaida.

Los soldados turcos tienen problemas para controlar las vías de acceso: decenas de jóvenes turcos y sirios manejan operaciones de movimiento de coches, personas y mercancías, como miembros de una o varias mafias. Curiosamente, sobre los uniformes militares portan chalecos antibalas con los colores rojo, blanco y negro, los mismos de la bandera del régimen de Bashar al Assad (el Ejército Sirio Libre cambió el negro por el verde). Hombres y mujeres de todas las edades llegan desde Siria con las vértebras desalineadas en cuerpos enflaquecidos y exhaustos, mostrando el peso de tragedias de las que ya no les quedan fuerzas para hablar.

GOBIERNO YIJADISTA

El joven ingeniero no quiere decir su nombre ni acepta un seudónimo: “Si me pones Majmud y alguno de EIIS cree reconocer a otro Majmud, van a cortarle la cabeza a alguien de su familia… mejor así”.

Acaba de cruzar la frontera a Cilvegözü escapando desde Raqqa, una ciudad siria que, al ser la primera de la que las fuerzas del gobierno fueron totalmente expulsadas, el 4 de marzo de 2013, debería ser un símbolo heroico para la revolución. Es lo contrario, o peor que lo contrario, más grave que una contra-revolución: es el retorno al oscurantismo medieval, al imperio de la religión sobre el sentido común, del fanatismo sobre la razón.

El ESL nunca fue propiamente un ejército, sino apenas algo más que un paraguas bajo el que cabían los grupos que confiaban en obtener apoyo militar de varias potencias extranjeras, desde Estados Unidos y Gran Bretaña hasta Catar, Turquía y Arabia Saudí, en su guerra contra el régimen de Assad. El problema es que a las divisiones que siempre plagaron al ESL pronto se sumaron los abusos de poder y la corrupción. Raqqa debía ser la oportunidad para el ESL de demostrar cómo quiere gobernar el país. No tuvo mucho tiempo: apenas 71 días después de tomarla, el 14 de mayo, EIIS atacó sus posiciones y lo derrotó en sólo 24 horas. Ahora, esta urbe de 250 mil habitantes es el mayor núcleo de población dominado por Al Qaida en todo el mundo.

A pesar de que tiene un brazo precariamente entablillado, el ingeniero es hábil con el teléfono móvil y me muestra el plano de su ciudad: el zoom nos aproxima hasta el céntrico edificio donde despacha el emir de EIIS. Después nos movemos para ver una plaza vecina: “Ahí asesinan regularmente a los civiles alauíes que agarran de vez en cuando, o a soldados. Con un altavoz, llaman a la gente para que vean cómo les cortan la cabeza con una espada o les dan un tiro en la nuca. Una vez utilizaron un dushka (una ametralladora antiaérea) para destrozar el cuerpo de un hombre vivo”. Fue en ese sitio, también, donde el ingeniero recibió 90 latigazos diarios durante cinco días, un castigo que unos adolescentes armados de EIIS decidieron darle a un anciano cuando éste los reprendió. El ingeniero pensó que el hombre moriría y, para evitarlo, pidió recibir la sanción en su lugar. El espectáculo de las enormes cicatrices en su espalda lacerada es doloroso. Dice que le fue bien: “A mi hermano le cortaron una mano por haber abofeteado a uno de ellos”.

Las víctimas primarias de estos yijadistas son personas de otras sectas o religiones, y militares o sospechosos de colaborar con el régimen, pero en los hechos persiguen a cualquier persona que rete su autoridad. Han prohibido la música, golpean a las mujeres que no se cubren el cabello escrupulosamente y les prohíben atenderse con médicos hombres, apalean a quienes fuman. Aunque EIIS ha establecido cortes religiosas donde se deben decidir los asuntos, en la calle y en el campo sus militantes aplican “justicia” en el acto: así asesinan a jóvenes acusadas de adúlteras, haya pruebas o no, y a sospechosos de haber bebido alcohol.

El 13 de noviembre, decapitaron públicamente a quien describieron como un chií que apoyaba al gobierno. Grabaron todo el espectáculo y subieron el video a internet, como es su costumbre. Pero alguien reconoció a la víctima –o su cabeza, que mostraron como un trofeo— y denunció que en realidad habían asesinado a Mojamed Fares, un comandante que, tras ser herido en combate, había caído en manos de sus asesinos cuando buscaba atención médica, y que pertenecía a una milicia aliada. Al comprender su error, EIIS emitió un comunicado en el que pedía “comprensión y perdón”.

“Cerraron los cafés donde se permitía que entráramos hombres y mujeres, clausuraron el cine, prohibieron los colores brillantes…”, lamenta el ingeniero, que ahora se ha convertido en uno más de los dos millones y medio millones de sirios que han buscado refugio en el extranjero. “Es una dictadura peor que la de Bashar (al Assad)”.

LA RUTA TAKFIRÍ

Mojamed Qataa, un vendedor de te de 15 años, tuvo la mala suerte de ser escuchado por un yijadista cuando pronunció las palabras equivocadas. Otro adolescente le pidió una bebida gratis y Mojamed respondió: “Ni siquiera si el profeta Mahoma desciende te la daría”. El grupo de combatientes extranjeros amenazó a los parientes y vecinos que trataron de intervenir en ayuda del chico y se lo llevó. Lo trajo de regreso más tarde: el muchacho tenía la camisa levantada sobre la cabeza y su cuerpo mostraba señales de latigazos.

Los extremistas pidieron que la gente se reuniera en la calle. “Estimada gente de Alepo”, dijo uno de ellos, “usar en vano los nombres de dios o del profeta o abusar de ellos es una blasfemia y cualquiera que lo haga será castigado de esta forma”: frente a los padres de Mojamed, el hombre le dio dos tiros al adolescente. Uno penetró por la parte baja y frontal del cuello y otro le destrozó la boca.

Los testigos detectaron que el origen de los asesinos era extranjero porque hablaban un árabe formal, de aprendizaje escolar, sin giros dialectales ni jerga callejera. Además, si hubieran sido sirios, no hubiesen juzgado lo que dijo su víctima como un insulto, porque se trata de un dicho popular frecuentemente utilizado en el país: así como lo sorprendieron a él al momento de utilizarlo, podrían haberlo hecho con cualquiera.

Mientras el poder de las milicias de Al Qaida se extiende en las zonas opositoras, en gran medida la angustia de la población radica en que la dirigencia y buena parte de los militantes de esas organizaciones no son sirios ni entienden las características del Islam que se practica en el país, de carácter más moderado y -a fuerza de convivir durante muchos siglos- tolerante hacia otras sectas y religiones.

Los yijadistas llegaron tarde: en este conflicto, las manifestaciones pacíficas comenzaron en marzo y abril de 2011; ante la violencia de la represión, a fines de julio de ese año se empezó a organizar el ESL para lanzar la lucha armada; fue hasta enero de 2012 que se formó Jabhat al Nusra a partir del brazo de Al Qaida en Irak, llamado Estado Islámico de Irak. Y este último grupo se cambió su nombre, en abril de 2013, al de Estado Islámico de Irak y al Sham. Sham es el nombre árabe de la región de Levante y representa las ambiciones de construir un califato que gobierne con la sharía, o ley islámica, sobre los territorios de Irak, Siria, Líbano, Jordania, Palestina e Israel.

Entienden su proyecto como la puesta en práctica de una decisión de dios y, por lo tanto, consideran que todos los que no se sumen a él se oponen a dios: si se trata de infieles, son kafirs, y si son musulmanes, los consideran apóstatas, gente que traicionó la religión verdadera. Unos y otros sólo tienen dos opciones: tomar el camino correcto uniéndose a su lucha o ser castigados fatalmente. “Takfir” es la palabra árabe para una acusación de apostasía, que según el Corán sólo puede ser realizada por un ulema, una autoridad religiosa académica. Los yijadistas, sin embargo, han hecho de la takfir una forma de lucha en su guerra santa y por eso, también son llamados takfiríes.

Los hay de todo tipo. John-Mojamed, el rubio de sonrisa agradable, de quien sospecho que es neoyorquino, es un buen chico que no parece saber muy bien lo que quieren que haga en la guerra: ha escuchado la “llamada”, la que cree que también me trajo a mí, y va a cumplir con ella. Muchos yijadistas son musulmanes que provienen de Medio Oriente y las cercanías (saudíes, turcos, chechenos, jordanos, libios, tunecinos, etc.), otros son descendientes de inmigrantes y crecieron en Europa o Norteamérica. No faltan, sin embargo, los casos como el de James-Mojamed, quien no parece sirio, como asegura, sino un anglosajón convertido al Islam.

Uno más en una nueva pila de reclutamiento para los yijadistas: el número de ciudadanos de países occidentales que está yendo a hacer la yijad en Siria es mucho mayor que en todos los casos precedentes. Los servicios secretos de varias naciones ya han dado la voz de alarma: 220 de origen alemán, según la Oficina Federal para la Protección de la Constitución, en Berlín, que advirtió que el “número real puede ser mucho mayor” (13 de noviembre); entre 200 y 400 franceses, según un reportaje del diario Le Monde, y entre 10 y 60 estadounidenses, afirma The Daily Beast, ambos medios basándose en fuentes de inteligencia de sus propios países (16 de octubre y 12 de septiembre, respectivamente); y unos 300 británicos, cree el MI5 en Londres. Bilal Abdul Kareem, un documentalista estadounidense que vivió con islamistas en Siria por un año, afirma haber visto a unos 30 canadienses.

El Norwegian Defence Research Establishment (NDRE), un instituto de investigación de Oslo, cree que, además, hay 95 españoles, de 100 a 300 belgas, unos 100 holandeses y cifras menores de todos los países escandinavos, Austria y Bosnia.

Al participar en un seminario sobre el tema en la Cámara de los Comunes (diputados) de Gran Bretaña, un experto en Al Qaida del NDRE, el Dr. Thomas Hegghammer, explicó que el número de “combatientes europeos en Siria puede haber superado el número total de combatientes extranjeros islámicos de todos los países occidentales en todos los conflictos entre 1990 y 2010, y apenas llevamos dos años y medio de guerra en Siria”.

El peligro que se percibe está en la devolución de exportaciones: muchos de los yijadistas que van al conflicto regresarán radicalizados: este simpático John-Mujamad con el que charlo difícilmente será el mismo con todo el indoctrinamiento que recibirá (en el que su idealismo adoptará las convicciones takfiríes) y después de haber aprendido a cortar cabezas. Habrá visto a sus amigos morir y cobrado brutales venganzas, en soldados enemigos o en sospechosos civiles. Volverá con conocimientos de manejo de armas y preparación de explosivos. Y junto con el peso del odio, tendrá experiencia de combate.

El 8 de noviembre, el sitio en línea Vice publicó un video en el que dos yijadistas británicos, encapuchados y armados en zona de combate, advierten: “Te digo Estados Unidos que tu tiempo llegará y te desangraremos hasta morir”, dice uno. El otro les exige a sus compatriotas alzarse contra su gobierno si no quieren ser castigados con él, por sus crímenes, y anuncia que “reestableceremos el honor del Islam, hasta Palestina, y Gran Bretaña será la siguiente, Gran Bretaña quedará, si dios lo quiere, en el mundo islámico”.

CAMPAMENTO YIJAD

Hay varios factores que explican la popularidad de la guerra santa en Siria. Uno es la simple facilidad de traslado y de integración: para ir a pelear a las montañas de Pakistán, el recluta debía hacer un largo y complicado viaje en el que apenas se podía confiar en alguien, por la cantidad de espías de distintos países y la suspicacia de los habitantes. Le haría falta aprender los dialectos locales y habituarse a un complejo escenario de tribus y clanes enemistados, entre quienes él siempre sería el extranjero. Y debería habituarse a la dura vida de las cordilleras más altas del mundo, inhóspitas y desoladas.

Siria es otro cuento: por ejemplo, un alemán sólo necesita hacer un vuelo de dos horas a Estambul, pasar los controles turcos tan solo con su tarjeta de identidad –sin visa ni pasaporte- y subirse a un avión de una aerolínea barata que por 50 dólares, en una hora y cuarto, lo pone en Antakya. Ahí se encuentra con otros extranjeros que, mientras aprenden árabe, se comunican en inglés, y que serán sus compañeros de unidad.

Esta sensación de campamento vacacional se acentúa con la campaña de reclutamiento que ha lanzado Al Qaida a través de numerosos foros yijadistas en Internet. Existe la motivación religiosa: tienes que cumplir con dios. Y el componente de indignación, por la interminable serie de atrocidades cometidas por el régimen de Assad (los actos brutales de EIIS y Jabhat al Nusra son convenientemente ignorados), le da urgencia al deseo de intervenir.

Pero también lo pintan como una apasionante aventura, que se puede hacer en condiciones ideales. James-Mojamed, por ejemplo, sólo lleva un iPad y algunas cosas más. Él me confirma que del otro lado de la frontera, cerca del pueblo de Atmeh, en una colina desde la que se puede ver Reyhanlı, hay una villa que pertenecía a un sirio muy rico y en la que ahora se recibe a muchos de los nuevos reclutas: “Hay un gran piscina, internet y canchas deportivas, ¡no te lo puedes perder!” Como prueba, tiene otra imagen que transfiere a mi teléfono: en brillantes colores, hay una residencia con una camioneta lujosa al frente y un texto que juega con las palabras “godly”, de dios, y “good”, buena: “Yijad, la vida ‘goodly’”

Los tuits y mensajes de yijadistas en Siria son reproducidos en redes sociales para atraer a nuevos compañeros. John-Mojamed me muestra una larga lista de ellos: “Un hermano que peleó en Mali pasó dos meses sin bañarse ni poderse cambiar de ropa, que dios lo compense porque, en cambio, la nuestra es una verdadera yijad 5 estrellas”; “Honestamente, todo lo que digo es verdad… mira la belleza de todo esto. Esta mañana me senté frente a una chimenea que tenía fuego de verdad, subhan’Allah (alabado sea dios)”.

LA TRAICIÓN DE OBAMA

La del predominio yijadista en la zona rebelde del norte de Siria es una de esa profecías que se cumplen solas: mucho denunció el régimen de Bashar al Assad, en su guerra de propaganda, que toda la oposición insurrecta estaba compuesta por terroristas islámicos; y mucho temieron los países occidentales que si les entregaban armas a los rebeldes, éstas terminarían en manos de los extremistas de Al Qaida. Por acción, el primero, y por inacción, los segundos, ambos bandos contribuyeron a que EIIS y Jabhat al Nusra alcanzaran preeminencia.

A través del paso fronterizo de Cilvegözü, no sólo escapan civiles: también oficiales del Ejército Sirio Libre, como Mesar al Mislabi, quien se siente derrotado al mismo tiempo por el gobierno y por Al Qaida, y traicionado por Occidente.

Desde hace un par de años, los dirigentes del ESL advertían que el presidente Assad tenía intenciones de facilitar la aparición de grupos extremistas, y que fue por eso que, el 31 de mayo de 2011, decretó una amnistía para presos políticos, entre quienes los únicos explícitamente mencionados fueron miembros radicalizados del grupo Hermanos Musulmanes. “Eran 11 y, junto a los emires (jefes) extranjeros, son ahora los emires sirios de EIIS,”, asegura el comandante Mislabi, mientras bebe te en una choza del estacionamiento de Cilvegözü. Es una prueba, afirma, de que el régimen y EIIS están confabulados, “como también lo es que en Raqqa, EIIS ha ocupado el edificio del gobernador y los que tenía el partido Baaz (el de al Assad), pero a pesar de que todos saben cuáles son, la aviación del gobierno nunca los bombardea, sólo ataca las zonas residenciales”.

Aunque probablemente la idea de que existe un complot acordado entre Assad y EIIS vaya demasiado lejos, es cierto que la estrategia gubernamental se ve fortalecida por las acciones de los yijadistas: justifican la propaganda del régimen y, más importante, han desfondado a los rebeldes moderados, a aquellos que podrían haber ganado simpatías en Occidente. Ahora que, por el momento, el crecimiento de EIIS y Jabhat al Nusra parece imparable, se escuchan voces en Washington, Londres y otras capitales que se preguntan si negociar con el presidente Assad no será preferible a dejar que Siria caiga en manos del Al Qaida.

Esto alimenta, a su vez, las sospechas que tienen muchos en el ESL de que en realidad, Estados Unidos, Israel y sus aliados siempre han querido la victoria de Assad, como insiste Mislabi: “(Barack) Obama y todos los occidentales nos traicionaron y nos arrojaron en manos de Al Qaida, nos engañaron, están al servicio del perro de Damasco (Assad)”.

Mientras los grupos moderados se enfrentaban al ejército gubernamental en condiciones precarias, siempre a la espera de una ayuda que, a final de cuentas, jamás llegó en cantidades significativas, los yijadistas contaban con las redes de financiamiento de Al Qaida, sostenidas por príncipes petroleros y grandes magnates del Golfo Pérsico. Imbuidos con una profunda mística religiosa, que fortalecía su motivación y su determinación de morir luchando, sus unidades militares gozaban, además, de un flujo sostenido de armas, aprovisionamiento, dinero en efectivo y reclutas extranjeros.

Aunque hay activistas y combatientes moderados que no se rinden, otros optan por el escape. El comandante Mislabi es uno de tantos: “Me di por vencido el día en que se conoció la defección del coronel al Okaidi”. Abdul Jabbar al Okaidi era el jefe del Consejo Militar Revolucionario en Alepo, la ciudad más grande del país, y uno de los oficiales del ejército sirio de mayor rango que se pasaron a la oposición. El 3 de noviembre, subió un video a YouTube en el que renunciaba a su puesto y criticaba la desunión de los rebeldes y la falta de apoyo internacional. “En realidad, nunca quisieron respaldarnos”, afirma Mislabi. “Los pocos que seguíamos creyendo que sí nos iban a dar ayuda, ayuda de verdad, no migajas, nos dimos cuenta de lo idiotas que fuimos cuando Obama, después de asegurar que iba a lanzar misiles contra Assad por haber matado a cientos de niños con armas químicas, dejó todo eso en palabras y firmó un pacto que fortaleció al régimen. Fue la última traición”.

DESPUÉS DE LA AVENTURA

En el vuelo de regreso a Estambul, reconocer a los yijadistas extranjeros es mucho más sencillo que en la ruta inversa. No sólo por las vestimentas: en sus rostros y en sus cuerpos están las marcas de la brutalidad recibida, de la brutalidad practicada. Los ojos apagados, las profundas arrugas del rostro, la tensión en la quijada. Y muchos de ellos tienen la misma edad que John-Mojamed: la guerra transforma jóvenes alegres en viejos carniceros. ¿Qué le sucederá a su sonrisa, si le quedan dientes, si le queda vida? ¿Cuánto dolor habrá dejado tras de sí? ¿Qué hará con el odio acumulado al llegar a casa?

Todo por gracia de dios.

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