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Israel: La criminal manipulación de Netanyahu


Por Témoris Grecko /publicado en Proceso del 13 de julio de 2014.

Dieciocho días de angustia que terminaron en tragedia, a raíz del secuestro de tres adolescentes judíos por palestinos, generaron un nivel de crispación en la sociedad israelí no visto en años, operaciones paralelas de búsqueda y hostigamiento que incluyeron bombardeos y arrestos masivos con saldo de seis muertos, un incremento en las tensiones y el odio étnico, y que jóvenes judíos raptaran y quemaran vivo a un palestino de 16 años. El gabinete del primer ministro Binyamin Netanyahu, que no ha callado su rechazo frontal al flamante gobierno de unidad de los palestinos porque en él se reconciliaron los partidos Fatah y Hamas, señaló como culpable a esta última organización y exigió que fuera expulsada de la administración palestina. Para destruirla, al cierre de la edición, su ejército amenazaba con una invasión terrestre a Gaza.

La angustia de los israelíes, sin embargo, puede haber sido provocada por sus propios líderes, y las acusaciones contra Hamas, deliberadamente exageradas. Este grupo y la autoridad palestina contribuyeron involuntariamente a la jugadas para culpabilizarlos, debido a su falta de voluntad o de capacidad para actuar contra los Qawasmeh, un clan que, a pesar de estar nominalmente dentro de Hamas, cuenta con un largo y exitoso historial de sabotaje sangriento contra los acuerdos que alcanzan sus dirigentes. Netanyahu sólo habría explotado esta vulnerabilidad. Así como manipulado la información que se entregaba a la opinión pública para hacerla pensar que la posibilidad de rescatar vivos a los tres jóvenes abducidos era real.

La grabación de una llamada de auxilio, el hallazgo de la camioneta robada y ensangrentada con la que se ejecutó el secuestro y el despliegue de una intensa operación rastrillo para hallar los cadáveres en un área delimitada, indican que antes de 24 horas ya se había asumido el resultado fatal . A pesar de ello, el discurso público de Netanyahu se enfocó en alentar la esperanza y en aplicar un castigo colectivo contra la población palestina. Cualquier posible dividendo, sin embargo, se perdió cuando las cosas se salieron de control y el miércoles 2 se produjo la represalia en el cuerpo del joven palestino Mohammad Abu Khdair.

Los equilibrios, sin embargo, ya habían quedado dramáticamente alterados, y Hamas e Israel, atrapados en un ciclo que parece estar desatando una nueva guerra. Los disturbios palestinos en Jerusalén levantaron temores (y deseos) de que iniciara una tercera Intifada.

TRES MUERTES

Gil-Ad Shael, Naftali Frenkel y Eyal Yifrach, tres adolescentes judíos que pedían que un coche los llevara cerca del asentamiento de Alon Shvut, en los alrededores de la ciudad de Hebrón (en Cisjordania), fueron engañados cuando se detuvo una camioneta Hyundai con placas israelíes. Para darle veracidad al truco, en la radio se escuchaban el noticiero de la radio pública israelí. Cuando los chicos se dieron cuenta de lo que pasaba, uno de ellos consiguió comunicarse al 100, el número de emergencia de la policía. Fue lo último que hizo en su vida. En la grabación se escucha que Gil-Ad dice “nos han secuestrado”, luego uno de los secuestradores grita, en hebreo, “¡cabezas abajo!”, siguen disparos, una voz suelta un “¡ay!” de dolor, y los muchachos no hablan más. Entonces los asesinos empiezan a cantar.

Los operadores de los servicios de emergencia cometieron un grave error al no darle la debida atención a la llamada (fueron despedidos), lo que les regaló a los asesinos ocho horas. Que, irónicamente, no fueron de ventaja: asumiendo que el Shin Bet (seguridad interna israelí), la policía y el ejército se hallaban ya tras su pista, los terroristas cambiaron de planes (que era, presumiblemente, forzar un intercambio por prisioneros palestinos) al entrar en pánico: mataron a los chicos, los enterraron a prisas en un barranco cercano, quemaron el vehículo y huyeron. A la mañana siguiente, el Hyundai fue encontrado cerca de Halhul, al norte de Hebrón. Huellas de sangre y otras muestras de ADN, y casquillos de bala percutidos confirmaron lo que ya se sabía a partir del audio.

Ese mismo día, la desaparición de Marwan Qawasmeh y Amar Abu Aisha, dos destacados miembros del clan Qawasmeh, fue detectada por la inteligencia palestina, que la reportó al Shin Bet. Los investigadores israelíes arrestaron a varios de los Qawasmeh, determinaron que había otro coche involucrado, establecieron lo que se cree que fue su ruta de escape y llegaron a la conclusión de que los chicos habían sido enterrados en una cañada debajo de la aldea palestina de Beit Kahil, también al norte de Hebrón. Durante más de dos semanas, miles de soldados rastrillaron cada centímetro, vaciaron cada pozo y horadaron las terrazas de cultivo, hasta que el 30 de junio, hallaron las tumbas.

LA MANIPULACIÓN

A lo largo de esos 18 días, los líderes políticos y militares israelíes cerraron filas en torno a la idea de que era posible el rescate. El ejército lanzó la campaña militar “Regresen a Nuestros Chicos”, pero contra lo que hizo creer su nombre, su objetivo no era salvar con vida a nadie sino aprovechar la oportunidad para golpear a Hamas.

No faltaron filtraciones e incluso algunos periodistas conocieron la grabación hasta en los detalles. Shelly Yachimovich, una miembro del Knesset (parlamento), se enteró a través de Akiva Novick, reportera del diario Yediot Ahronot, de que su voz se escuchaba en el audio de la llamada, pues era lo que emitía la radio: Novick quería saber si ella había concedido una entrevista al momento en que se producía el rapto.

Los medios israelíes se llenaron de debates sobre cómo rescatar a los chicos y qué castigos aplicar contra los secuestradores, contra Hamas, contra todos los palestinos. El gobierno debatió detener a cada uno de los miembros de Hamas en Cisjordania para exiliarlos a la pequeña franja de Gaza, convertida en la prisión más grande del mundo. Las fuerzas de seguridad tomaron pueblos y aldeas, irrumpieron en hogares y arrestaron a cientos de personas, a pocas de ellas con propósitos de la investigación, a muchas como escarmiento, y mataron a seis personas, en lo que Amnistía Internacional denunció el martes 1 como “castigo colectivo”. Los aviones bombardearon Gaza, los palestinos respondieron con cohetes, los cazas volvieron a atacar como represalia, y el ciclo continúa.

“Todos los días llorábamos por la mañana, por la noche, pensando en los chicos”, recuerda Odelia Cohen, una pedagoga de Tel Aviv que simpatiza con la causa palestina y no es religiosa, “pero en esos días, la angustia era tanta que me sumé a los rezos masivos por su rescate con vida”. En asambleas, manifestaciones y otros eventos, laicos y ortodoxos se unieron para compartir una oración escrita para el caso: “Regresen a nuestros hermanos”. Por otro lado, jóvenes israelíes tomaron las calles al grito de “muerte a los árabes” y golpearon a los que pudieron encontrar.

Sólo quienes conocían la grabación sabían que todo lo que se podía encontrar eran tres cadáveres. Pero siguieron el juego: el 14 de junio, el ministro de Defensa, Moshe Ya’alon, afirmó en un comunicado de prensa: “Nuestra hipótesis de trabajo es que los chicos desaparecidos están vivos, y mientras no sepamos otra cosa, seguiremos actuando para liberarlos”. Ese mismo día, la ministra de Justicia, Tzipi Livni, escribió en Facebook: “Hasta este momento, cada uno de nosotros reza a su manera por su retorno a casa”.

A las familias de los adolescentes les habían mostrado la grabación, pero “los oficiales nos dijeron que los disparos eran de salva, porque si quisieran matarlos les hubieran disparado directamente y no les hubiesen advertido nada”, declaró a Yediot Ahronot la madre del chico Gil-Ad, Bat Galim Shaer, el miércoles 2 de julio, tras el funeral. También les aseguraron que no se habían hallado sangre o muestra de ADN en el vehículo: “Eso nos dio esperanzas”.

Netanyahu llegó al punto de enviar a las madres a Ginebra, Suiza, a hablar en la sesión del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, el 24 de junio. Frente al secretario general de la organización, Ban Ki Moon, y los delegados de todos los países, elevó la voz Rachel Frenkel, madre de Neftali: “Está mal agarrar niños, niños inocentes, y utilizarlos como instrumentos en cualquier tipo de conflicto”. No sospechaba que a ella misma la estaban usando así.

EL CLAN PROBLEMA

Con unos 10 mil miembros, el clan Qawasmeh es uno de los más grandes del área de Monte Hebrón. Al menos 14 de sus miembros murieron en la segunda Intifada, incluidos 9 que cometieron atentados suicidas. Son viejos conocidos de Israel y, cada vez que ha matado o arrestado a uno de sus cabecillas, el reemplazo ha sido un hermano o pariente próximo. Cuando el jefe Abdullah Qawasmeh fue eliminado en la segunda Intifada, lo sucedió su primo Basel Qawasmeh. Cuando lo mató Israel, ocupó su lugar Imad Qawasmeh, quien a su vez fue condenado a cadena perpetua en 2003. Desde entonces, el líder fue Marwan, el secuestrador de los tres chicos.

Nominalmente, los Qawasmeh son miembros de Hamas, pero en cada una de las pocas ocasiones en que su organización e Israel han alcanzado un cese al fuego (tahadiyeh, en árabe: periodo de calma), un miembro del clan lo ha dinamitado. El 19 de agosto de 2003, 52 días después de que se había anunciado un tahadiyeh para terminar la segunda Intifada, dos terroristas suicidas de los Qawasmeh se hicieron explotar en un autobús en Jerusalén, matando a 23 israelíes, incluidos siete niños. Israel respondió con el asesinato de Ismail Abu Shanab, un prominente líder del ala política de Hamas, que además de ser moderado había dicho que el ataque en Jerusalén había sido un grave error de gente que desobedeció órdenes y que hacía falta castigarlos. En lugar de eso, el resultado fue que la Intifada se volvió a encender e Israel mató a los dos dirigentes más importantes de Hamas, el jeque Ahmed Yassin y su heredero, Abdelaziz Rantisi.

Hamas planeó su venganza pero no la llevó cabo a raíz de un entendimiento con Israel, que prometió detener su campaña de asesinatos. Pero el 31 de agosto de 2004, Ahmed Qawasmeh y Nassim Subhi Jabari realizaron un doble ataque suicida en la ciudad israelí de Bersheva, matando a 16 personas.

Ahora, el contexto no es de acuerdos con Israel, sino entre las facciones palestinas: después de siete años de tener a su pueblo dividido en dos y de matarse entre ellos, el partido Fatah, del presidente Mahmoud Abbas, y Hamas se reconciliaron en un gobierno de unidad. Israel, que prefiere doblarle el brazo a un presidente Abbas débil, ha condenado la alianza en todos los términos posibles. Para que la administración sea aceptada internacionalmente, Abbas ha tenido que obtener de Hamas el compromiso tácito de no atacar a Israel, y se espera además que asuma todos los acuerdos firmados con él, lo que implicaría que Hamas reconociera lo que hasta ahora ha sido haram (prohibido): el derecho a la existencia del Estado de Israel. Algo que el clan Qawasmeh no aceptará.

Cuando Netanyahu acusó a Hamas de haber planeado el secuestro de los chicos, su dirigente político, Khaled Meshal, mostró su confusión: “No lo podemos negar ni lo podemos confirmar”. No tenía idea de lo que les había pasado, aunque, suponiendo que el rapto serviría para hacer un intercambio con Israel y preocupado por defenderse de quienes denuncian que su colaboración con Fatah es rendirse ante el enemigo, felicitó “a los secuestradores porque nuestros prisioneros deben ser liberados”.

Netanyahu utilizó el incidente para exigirle al presidente palestino que cancelara inmediatamente su colaboración con Hamas. La respuesta fue negativa porque el mandatario árabe, al igual que todo el mundo, sabe quiénes son los Qawasmeh y cuáles son sus objetivos. De cualquier forma, ninguno de los líderes palestinos salió a denunciar al poderoso clan: aunque ya les han costado mucho sus actos, no se han decidido a ponerle un límite.

 

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