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Cumbre de Seguridad Nuclear: México, el mal ejemplo

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Siria. Aliados de la muerte

Publicado en revista Esquire Latinoamérica. 1 de abril de 2013.

 Por Témoris Grecko / Alepo

El aburrimiento es otro enemigo del francotirador. En principio, debería tener bastante trabajo: por las calles que yacen bajo su mira telescópica, hay muchas vidas que él debe segar. Ellas lo saben, sin embargo, y no se dejan ver. Esto lo obliga a pasar las horas del día y de la noche en posiciones muy incómodas, con los músculos tensos para reaccionar con velocidad y disparar con precisión sobre lo que se mueva, con un ojo cerrado y el otro muy abierto para poder distinguirlo, con la atención erizada para evitar ser víctima de un rival.

Por eso, dicen los insurgentes, los francotiradores se entretienen matando perros, gatos y hasta ratas: para batallar con el tedio, distraer el bostezo, despertar la modorra. Y también, añaden, para recordarles a todos que están ahí: su objetivo no es sólo acabar con los combatientes rebeldes, también es cortar con candente filo la cotidianidad urbana, asesinar ancianas y niños para hacer imposible que la población civil pueda recuperar la normalidad en la llamada Siria Libre (la controlada por los grupos opositores), ni en la más pequeña medida: los habitantes tienen que pagar un precio tan alto que los haga extrañar la calma –empobrecida y represiva, pero calma— de los tiempos anteriores a la revolución.

En el borde del barrio de Saif al Dawla, un poco al sur y al este del histórico Castillo de Alepo, hay una zona que se disputan las fuerzas del gobierno y sus rivales, a la que nadie puede acercarse. Los restos de una niña siguen ahí, apenas reconocibles, ennegrecidos. Hay periodistas que la vieron en agosto. Ya es enero. La mató un francotirador del régimen.

¿Qué hay adentro del hombre que hizo eso? ¿Qué se encuentra en las oscuridades interiores del pecho y del cráneo de estas personas? No es posible saberlo sin atravesar las líneas mortales del frente. El régimen ha hecho muy difícil a los periodistas obtener una visa que les permita entrar a las zonas que controla, y quienes la consiguen, deben someterse a sus reglas y limitaciones.

No obstante, a los francotiradores se los combate con francotiradores y del otro lado, en las filas del Ejército Sirio Libre (ESL), también los hay.

Tienen que ser diferentes, por principio. Los del ejército del presidente Bashar al Assad no siempre combaten por convencimiento propio –con frecuencia, lo hacen por coacción y amenaza— y sus órdenes son tirar contra inocentes que podrían ser amigos o familiares. Los del ESL, en contraste, se han alzado en defensa de las víctimas y su cometido, insisten, es matar soldados, nunca civiles.

Los une, sin embargo, la sangre fría del cazador furtivo, la ventaja del que está escondido y la impunidad del que ataca de lejos.

¿Cómo se hace esto compatible con la pureza de espíritu que suponemos en el combatiente revolucionario?

Puede haber tantas respuestas como individuos. Aquí hablarán algunos.

 

REFLEJOS DE UN COLADOR DE BALAS

Omar tiene ganas de combatir porque “hace una semana que no he matado a nadie”. Lleva un fusil Ak-47, con bayoneta acoplada, a Al Amariya, una de las zonas más calientes en la batalla por Alepo. Después de bajarse de un taxi, cruza un pequeño punto de control establecido por los rebeldes para mantener a los civiles lejos de la batalla, y se une a un grupo que planea atacar una posición enemiga. Son seis jóvenes de entre 18 y 30 años, que caminan con las armas al hombro: rifles de asalto, una ametralladora ligera y un lanzador de granadas autopropulsadas –el terror de los tanques de combate-.

Los seguimos por una calle enmarcada por edificios semidestruidos, que albergan restos de talleres mecánicos, y salpicada con vehículos despedazados y maquinaria arruinada. A los aficionados al cine de ciencia ficción, esto les parecería el escenario de un film apocalíptico, el regreso a la ley de la selva tras la destrucción masiva. Futurista… pero retro, porque todos estos armatostes parecen haber sido construidos alrededor de los años sesenta.

Mahmoud hace guardia en la posición fortificada a la que llegamos. Aunque lo de fortificada resulta una riesgosa exageración. Es un edificio sólido, de gruesas paredes de cemento, con una salida pequeña de un lado, para personas, y otra grande, de vehículos, del contrario. En ésta se han colocado dos puestos de vigilancia protegidos por sacos terreros y dotados de aberturas para sacar los cañones de las armas.

Del techo caen dos cortinas metálicas sobre las que pega el sol, allá afuera. La luz crea un efecto muy bello al entrar por decenas de hoyos sobre la lámina -unos más delgados, otros más gruesos, de acuerdo al calibre de la bala que los abrió- que les dan a los rayos solares forma y dimensión. Esos telones removibles engañan al crearnos una sensación de seguridad: en realidad, nos impiden ver si alguien va a disparar y por dónde. Si entrara algún objeto un poco más grande, como un obús de tanque o de artillería, no tendríamos oportunidad de salvarnos.

Eso no parece molestar a Mahmoud y sus compañeros. Se muestran relajados, de buen humor. Del otro lado de las cortinas metálicas, hay una avenida transitada que es la momentánea frontera a defender contra las tropas del régimen, que se esconden pocos metros más allá, detrás de unas bardas. Los conductores que se atreven a transitar por esa vía sin duda van implorándole a su dios que no los atrape un intercambio de disparos. Y sin embargo, circulan. Así vive la gente en Alepo.

Es el tráfico lo que sí incomoda a Mahmoud. Los coches y camiones lo hacen perder visibilidad y tiene miedo de que, tras pasar alguno, entre una bala por la mirilla y le penetre la cabeza por el puente de la nariz. En otras ocasiones, ya había visto un casco enemigo, ya tenía a algún soldado al alcance, cuando se atravesó un conductor civil.

“Lo dejo perder. No tiro contra gente”, afirma sin quitar los ojos de un punto exterior ni aflojar el dedo sobre el gatillo. Dispara sin previo aviso. Dos proyectiles. Estoy tan cerca que los truenos me dejan un silbido en los tímpanos. Nada se mueve en el rostro de Mahmoud. Sigue atento. “¿A qué llamas gente?”, me extraño, “¿los soldados no son gente?” “Ellos no, son perros asesinos. No merecen más que la muerte”.

“Yo no perdería la oportunidad de eliminar a uno de esos perros sólo porque cruzó un civil”, interrumpe Omar, quien repite que no aguanta la urgencia de pelear porque lleva una semana sin acabar con nadie. Por primera vez, Mahmoud se distrae de su misión y lo repasa con la mirada. “No fanfarronees porque hay periodistas”, ensarta las palabras con severidad, “pues cuando mates al primer hombre, verás que también tu vida se va con él”.

Ambos tienen 21 años.

 

CAMARADAS EN ARMAS

El semblante de Ahmed se tuerce ominosamente. A pesar de su atuendo –pantalones de camuflaje, khafiya al cuello, rifle de asalto en la mano y banda que dice “No hay otro dios más que Alá” en la frente—, sólo parece un chico de 20 años jugando a las guerritas y pidiéndome que le haga fotos.

Llega la noticia. Uno de los tantos disparos y explosiones que se escuchan continuamente ha acabado con la vida de una niña del barrio, a quien él conocía. La pequeña desoyó los llamados de atención de sus padres y corrió por la avenida Akiul del centro histórico de Alepo, una calle vacía de automóviles a causa de los francotiradores del ejército sirio. La bala la prendió frente a los ojos de los suyos. No hubo más tiros.

A Ahmed no le hace falta decir nada. Su amigo Abedi ya está listo, con una ametralladora ligera y cartucheras de gruesos proyectiles descendiendo por su cuerpo, desde la nuca hasta las rodillas.

Se han convertido en guerreros. Sin quererlo: de niño, Ahmed admiraba a los héroes del Islam y de la causa palestina, pero en la adolescencia se enamoró de la ingeniería eléctrica y logró ser admitido en la Universidad de Alepo. Cuando termine la guerra, dice, montará una empresa propia.

Abedi, de 19 años, no tiene la instrucción de dos años que alcanzó Ahmed, pero sí la experiencia: él se hizo electricista aprendiendo de su padre, que murió despedazado en un bombardeo gubernamental. Ahmed entró a la insurgencia como resultado de su militancia estudiantil opositora. Abedi lo hizo por furia, simple e inagotable. Así, quienes posiblemente, en tiempos de paz, podrían haberse conocido como empleador y empleado, se encontraron en la misma katiba (pelotón) como compañeros de armas.

Los combatientes se apresuran por un estrecho corredor, entran en una casa, atraviesan un hueco abierto en la pared a manera de puerta, caen dentro de un edificio, de la misma forma pasan a otra casa y a un segundo edificio. Estos hoyos hechos a pico permiten moverse sin salir a las calles expuestas a las miras de los fusiles gubernamentales.

Llegan al tercer piso, pasan a otro bloque residencial y por ahí suben otros dos niveles, a un apartamento destrozado. Ahmed ya ha estado aquí. Se dirige a un hueco que asoma al exterior e introduce el rifle. No se ve a nadie desde esta altura: lo que hay allá abajo es una tierra de abominable destrucción, no hay paredes completas, columnas intactas ni techos sin caída.

Con el ojo en la mira, busca lo que cree que es la posición en la que podría estar el asesino de la niña. Es mera especulación, no hay manera de tener seguridad. Pero si un soldado se esconde en uno de los escondites de francotiradores, no lo hace para meditar sobre el bien y el mal.

Aprieta el gatillo. Se escuchan varios estallidos. Se extiende el olor a pólvora. ¿Pasó algo? No puedo leer nada en su rostro. Su compañero tampoco hace gestos. Sigue buscando.

¡Bam, bam, bam! Los proyectiles golpean a dos metros de Ahmed: marcan la pared de lo que fue el baño, agujeran el tanque del calentador de agua y destrozan el inodoro. Abedi me empuja hacia abajo. Quedo con manos y rodillas apoyados sobre una mezcla de yeso, tela y plásticos, a la que ahora se añaden los fragmentos de mosaico blanco que arrojan sobre mí los impactos de los tiros. Suelto inmediatamente una bala que recogí: está ardiendo.

Ahmed se retira de la posición. Ni él ni su compañero están asustados. Atraviesan una habitación llena de obstáculos en la que un sofá negro, de imitación piel, tiene un aspecto cómodo entre el caos. Abedi le entrega la ametralladora a Ahmed, que la coloca entre los barrotes y apunta a algún lugar alto en otro edificio. Sus disparos retumban ahora con mayor potencia. Le devuelven el fuego. Parece que la ventaja no está de este lado. Los dos saltan atrás para ponerse a cubierto. Esperan a que haya una pausa. E intercambian lugares.

Ahora es Abedi quien activa el arma grande. Los percutores hacen tronar los gordos casquillos. Ahmed también dispara con el Ak-47. Pronto, aumenta el número de las balas que entran, ya hay más contrarios atacándonos. El sofá no me va a servir de nada, busco un rincón y pego la espalda y la nuca al piso mientras utilizo el visor móvil de la cámara para tratar de captar imágenes de lo que ocurre. Del techo se desprenden pequeños pedazos de cemento que caen sobre mí.

Para cubrirse mejor, Abedi se coloca de espaldas sobre el suelo, debajo de la ametralladora. Aunque Ahmed le da instrucciones, me parece que no hay manera de que pueda apuntar con alguna precisión. No le importa: la levanta para dirigirla a ciegas hacia donde él cree que está el enemigo y aprieta el gatillo. Hasta que Ahmed da un grito. Pecho a tierra, los dos se escurren entre los ladrillos y el yeso. Alertan: “¡Tanque, tanque!”

Hay que salir rápido de ahí. Al edificio contiguo. Bajar dos pisos. Rápido. O se nos va a caer todo encima. Es hora de escapar, seguramente. ¿O no?

Los jóvenes rebeldes –con el flaco rostro enmarcado en una khefiya a modo de turbante, Abedi apenas muestra un bigotillo adolescente— entran en un cuarto, desprenden el cañón de la ametralladora y le introducen una varilla metálica, larga. Golpean y golpean, intentando de varias maneras, desesperándose. El arma se encasquilló y no consiguen arreglarla. Querían seguir peleando. Sólo salimos de ahí porque ya no pudieron disparar, no porque un obús estuviera a punto de hacernos relleno de baklava.

“¡Charmuta, charmuta!”, gritan por una ventana, antes de marcharnos. Va dedicado a la madre de algún francotirador, una mujer que seguramente no merece el insulto. Ni los actos de su hijo.

 

A SANGRE FRÍA

La de Salaheddine ha sido una de las batallas más cruentas dentro de la lucha por el control de Alepo, que comenzó en julio de 2012. Se puede sentir –no sólo ver— claramente tras seis meses de enfrentamientos en la ciudad.

En uno de los límites del barrio, al sur, la gente trata de tomar un taxi y un padre camina con su mujer y su hija frente a un edificio de apartamentos demolido por un bombardeo. Avanzando hacia el norte, la intensidad de la vida cotidiana se va reduciendo en la medida en que la destrucción crece. Por ahí, un hombre se esfuerza en mantener funcionando un café en medio de montones de escombros: uno de éstos sirve para sostener su anuncio. Nos invita, amablemente, a degustar su bebida, llamada qahwa en árabe.

Después está el frente de combate: un conjunto de manzanas en el que no está claro cuál es la línea divisoria, es imposible saber quién y de qué bando está en cada edificio, en cada piso, en cada habitación. Los guerrilleros avanzan gritando “¡alaju ákbar!” a manera de aviso y como llamado a recibir un saludo similar, signo de que –posiblemente— están a punto de encontrar amigos.

En la azotea de uno de los edificios más altos hay dos adolescentes matando como adultos. Uno, Hassán, tiene 18 años. Del otro no se puede decir el nombre porque su familia vive en la zona de Alepo controlada por el régimen y pagaría las consecuencias. Su edad es de 16 años. Parece que sí, porque la juventud se muestra en su piel y en su mirada. Parece que no, porque al sostener el rifle de mira telescópica y apuntar, seriamente frunce el ceño y se dispone a hacer lo que nadie, ni chico ni grande, debería tener que hacer.

Estamos entre platos de antenas de recepción satelital. Es bueno para hacer la foto. Original. Y bajo la mira, estos chicos tienen una avenida ancha que marca el fin de Salaheddine, un punto bajo control del gobierno en el que puedo apreciar que hay figuras caminando. Todavía mejor, porque al hacer la foto del francotirador, pondré en foco el lugar a donde apunta.

Aunque sólo veo civiles.

Se acaba la calle y el barrio, hay una franja de tierra levantada, probablemente a causa de los bombardeos, y después el principio de un bulevard de palmeras en el que, alargando el telefoto de la cámara, distingo una barricada de sacos terreros y obstáculos de cemento, pintados con los colores de la bandera del gobierno: un punto de control del ejército. Pero los soldados no están a la vista: se saben expuestos a los disparos rebeldes. Desde sitios a cubierto y dispuestos a matar, controlan el paso de las familias que tienen la necesidad y el valor de cruzar por ahí.

Hassán y su amigo actúan como quien sabe qué es lo que hace. Esas personas podrían ser sus parientes. Afinan la mira telescópica mientras buscan un objetivo. De pie, a seis pisos de altura, ellos mismos ofrecen un blanco relativamente fácil. O mis compañeros, dos reporteros.

Han tardado unos diez minutos en encontrar lo que buscan. Ya van a disparar. Toda la brutalidad del periodismo de guerra me cae encima: ¿Qué hago yo aquí? Dos muchachos están a punto de matar a un ser humano. ¿No debería yo, como cualquiera de nosotros, impedir eso? No es mi tarea, debo ser un testigo a plena pasividad. Igual, pienso que soy un idiota con esta morbosa fascinación por los francotiradores. Si ya es bestial el enfrentamiento entre dos hombres, lo que estoy por observar tiene el agravante de la sangre fría. Sí, el conflicto en Alepo ha adquirido esta característica, la de la brutalidad meditada. Y esta gente viene a hacer un par de disparos mientras la fuerza aérea siria arrasa barrios residenciales y el ejército lanza inmensos misiles Scud que pulverizan manzanas completas, borrando decenas de vidas en un instante.

Aún así, me siento culpable y vergonzosamente fuera de lugar. No es algo racional, los comunicadores tenemos una misión importante, que es la de documentar todo lo que hacemos los seres humanos, lo bueno, lo malo y lo inmencionable. Estoy abrumado por horribles emociones cuando ¡bang!, dispara Hassán, y ¡bang, bang!, insiste. Después no hay más tiempo para pensar. Recibimos fuego que pronto adquiere tal intensidad, proveniente de tantas direcciones, que me sorprende que hayamos podido pasar tanto tiempo ahí arriba, haciendo fotos y apuntando, sin ser descubiertos. Las antenas truenan por los golpes de las balas. Los chicos indican una vía de escape a mis colegas, pero la insensatez no me abandona y me atrae la imagen de esos muchachos que me esperan, tratando de sacarme de ahí, agachándose entre la multitud de platos satelitales. Hago un par de fotos, poniéndolos en riesgo.

Corremos pisos abajo, atravesando agujeros para movernos entre construcciones, utilizando la cobertura de mantas y sacos para cruzar calles y llegar hasta la zona relativamente segura donde a los francotiradores los esperan sus camaradas. Es un local junto al que han construido un pequeño anexo de tela que sirve como puesto de vigilancia. Hassán se coloca en él para disparar si es necesario. Deja el fusil cuando recibe una llamada. Atiende. Es su madre. Él dice que está bien, que no se preocupe, pasará la noche allí y llegará a la mañana siguiente. Después me asegura que ella se quedó tranquila. Si la pobre mujer imaginara el rocío de metal que casi alcanzó a su niño.

Hago la pregunta cuya respuesta temo, pero sin la cual no estaré tranquilo. “¿Atinaste? Mataste a alguien?” El joven sonríe levemente y dice que sí. No le creo. Él y su amigo estarían muy alegres. Gritarían “¡Alaju akbar!” con sus compañeros, que los habrían recibido entre vítores.

O no quiero creerlo.

Si hay revuelo, es porque la katiba recibe visitas: los periodistas extranjeros somos bienvenidos por los guerrilleros. Tanto, que nos invitan a beber con ellos.

Mate. Cuando me preguntan que si quiero mate, no alcanzo a entender. Pienso en mantı, un plato de ravioles con yoghurt típico de la vecina Turquía. No, es yerba mate, que se sirve en un pequeño vaso con agua caliente y se sorbe con bombilla.

Lo prepara Walid, un joven de barba espesa, con una camiseta azul y el cabello cubierto por una tela blanca. A quien quiere la infusión guaraní, le dan un recipiente propio. No gira entre los combatientes, como tampoco lo hacen el te y el café. El papel del cebador se acaba tras hervir el agua y verterla.

De 25 años, Mahmoud, un antiguo soldado gubernamental que desertó para sumarse al Ejército Sirio Libre, es el primero que da sorbos. También lo hacen Hassán y otro chico más, Gawad, de 17 años, muy simpático, que se encarga de grabar en video las actividades de la katiba.

El aspecto mediterráneo de estos hombres facilita imaginarlos en las pampas, alrededor del fuego, por la noche, después de un duro día e igualmente armados. Aquí en Alepo se escuchan los bums de los bombas y los cracks de los fusiles, se huele la basura y la descomposición de la muerte. En el campo abierto, a ellos los acompañarían los rumores de las vacas, el aroma del cuero y la leve fetidez del estiércol.

La explosión de un obús sacude los vasos llenos de mate, te y café. Nadie se inmuta: acaso ni siquiera lo percibieron, tan domadora es la costumbre. Estiran los brazos, sujetan los recipientes, unos llevan los labios a los bordes, otros las bombillas a la lengua. Siguen conversando.

Si los sirios les regalaron a los argentinos destacadas figuras que hicieron historia, incluso en la presidencia de la república, los rioplatenses correspondieron con el mate. A mediados del siglo XX, en uno de tantos olímpicos altibajos de la economía conosureña, retornaron a la Mesopotamia milenaria muchos hijos de quienes habían emigrado un siglo antes a la Mesopotamia sudamericana y regiones adyacentes.

Llevaban todo el bagaje cultural de las selvas y los puertos, incluido el mate, que muy pronto se convirtió en una moda de las clases pudientes del país, una forma de marcar una diferencia con los sectores que no podían pagar el costo de este producto, importado desde las remotas tierras de un continente de cuya existencia sólo había una prueba disponible: la yerba que llegaba en las bodegas de los navíos a los muelles de Tartús y Latakkia.

La minoría alauí (una secta del Islam chií) se hizo del poder político y económico en 1970, a raíz de dos golpes de Estado que dio uno de los suyos, el difunto Hafez al Assad, padre de Bashar. Con esto, adquirió los hábitos de los ricos y en sus reuniones, el mate ganó carta de legitimidad al lado de las bebidas tradicionales.

Las revoluciones, sin embargo, son hechas para igualar. “Cuando conquistamos posiciones del ejército, además de armas y equipo, capturamos las provisiones de yerba de la oficialidad alauí”, explica Mahmoud, el ex soldado. Además del placer intrínseco de beber mate, disfrutarlo es una temprana victoria insurgente, símbolo de la fuerza de los alzados.

Hassán y Gawad aceptan posar para mi cámara con fusil, vaso, bombilla y yerba. Detrás de ellos, está el desastre: el barrio de Salaheddine en ruinas. Con sonrisa de anuncio publicitario, Hassán muestra el paquete del producto: bella caligrafía árabe. Lo voltea, y la etiqueta está en castellano. La marca es Kharta Khadra. Otra leyenda dice: “Origen: Argentina”.

¿Y la guerra? “Es la hora del mate”, replica, afable, Gawad.

 

¿POR QUÉ ESTÁN MURIENDO?

“Quiero preguntarte, ¿cómo se supone que se debe sentir una mujer cuando ha perdido a su marido, a su hijo, a su hermano? Si los matan a todos, ¿cómo puedo vivir como mujer? ¿Cómo puedo criar a mis hijos? ¿Me lo puedes decir, querido?” Givara se ajusta un poco la ropa, al lado de una barricada cuyo elemento principal es el esqueleto de un coche aplastado.

“Ves a gente caminando y dos minutos después, los vuelves a ver y ya son sangre, pedazos de carne”, lamenta. La caída de bombas es ya un hecho cotidiano, como las muertes horripilantes de personas queridas.

La de Givara es una imagen contrastante: las botas de tacón alto le dan un aspecto urbano, moderno; el jiyab complejo, con el que se cubre el cabello y el cuello, indica que es una musulmana practicante; la chamarra de camuflaje y el rifle austriaco con mira telescópica revelan que es una combatiente; con mayor precisión, una francotiradora.

Tiene 37 años y pertenece a la katiba Al Waed (unidad militar La Promesa) del Ejército Sirio Libre. Antes era maestra de inglés, pero las matanzas de manifestantes pacíficos la convencieron, como a tantos otros, de que no había más salida que la lucha armada: “¿Qué podíamos hacer? ¿Seguir mirando televisión?”

Se deja acompañar a uno de los puntos calientes de Salaheddine. Está inquieta porque un soldado del gobierno casi mata a un joven que trataba de cruzar una calle. Su tarea como tiradora es combatir a los del bando rival, como ése. Pero él está en una posición elevada, con ventaja, en tanto que ella, desde la calle, apenas con la cobertura de unos tabiques y unas mantas, queda demasiado expuesta.

No le fue fácil hacerse respetar por los combatientes hombres, que en una sociedad conservadora como la siria, de las mujeres esperan que se mantengan en la retaguardia. Ella les explicó que “no estaba dispuesta a ver a mis hijos convertidos en pedazos de carne” y que si “las mujeres siempre han luchado como los hombres por defender a su familia, ¿por qué no pueden luchar con las armas para defender a su país?”

Tres hombres han caído bajo sus disparos, afirma Givara. No tiene remordimientos: “Iban por ahí, riéndose y matándonos a sangre fría. No creen que seamos el mismo pueblo, la misma nación. Nos matan y ríen.

“Soy de Palestina”, exclama, aunque nunca ha estado en ese territorio. Su familia es originaria de Acre, una ciudad árabe en el norte del actual Israel, y tuvo que escapar al exilio en Siria en 1948. Los recuerdos de la guerrillera se interrumpen cuando escuchamos una fuerte explosión en la calle vecina. “¿Puedes oír las bombas? Bashar ha matado nuestros sueños”.

Su marido llega entonces en un coche con otros dos guerrilleros. Es el jefe de la katiba. Creo que lo común entre los esposos árabes sería que se sintieran incómodos con una mujer combatiente. Él lo ve normal. “Dice que no puede detenerme porque soy muy terca”, ríe Givara.

Comento que para sus dos hijos, de ocho y de diez años, la vida será especialmente dura, aunque acabe la guerra. “Ellos sólo escuchan las bombas, las armas, ven a gente que muere en las calles”, responde la mujer. “Me preguntan: ‘¿por qué están muriendo?’ No puedo decirles nada, sólo me siento muy triste. Le dije a mi hijo: Éste es el precio de la libertad, amor mío. Si quieres vivir como un hombre, tienes que defender la libertad”.

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