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Egipto: Revolución usurpada por los generales


Por Témoris Grecko / El Cairo (publicado en revista Proceso, 2 de febrero de 2014)

En el corazón urbano del movimiento revolucionario egipcio, la histórica plaza Tahrir de El Cairo, se celebraba el tercer aniversario del inicio de la gesta del 25 de enero de 2011. Era una verbena popular donde algunos pequeños incidentes desagradables no interrumpían la alegría y la esperanza. A sólo cinco cuadras de ahí, la policía disparaba gas lacrimógeno y balas de plomo contra grupos de jóvenes que trataban infructuosamente de acercarse a la plaza. Se trataba de los protagonistas de la revolución a quienes el gobierno quería mantener muy lejos de Tahrir, pues la fiesta la daba para los que hace tres años parecían los derrotados.

Este sábado 25, se empezaron a reunir desde antes de las dos de la tarde frente al Sindicato de Periodistas, un gran edificio con inmensas columnas faraónicas de decoración, construido en la época del depuesto dictador Hosni Mubarak. Durante casi una hora, cantaron consignas contra el régimen militar y contra la organización Hermanos Musulmanes: la polarización que se produjo a raíz del golpe de Estado del 3 de julio de 2013, con el que el ejército depuso y aprisionó al presidente Mojamed Morsi (miembro de los HM), ha colocado a la sociedad egipcia en dos extremos.

Por un lado, los Hermanos, en cuya contra se ha lanzado todo el peso represivo del sistema; y por el otro, las autoridades golpistas, encabezadas por el ministro de Defensa que fue nombrado por Morsi y lo traicionó, el antes general y ahora –desde el lunes— mariscal de campo Abdelfatá al Sisi, y sus seguidores, entre quienes destaca la élite política de tiempos de Mubarak. Desde su punto de vista, todo aquel que no los apoye está con los “terroristas”, como el gabinete gubernamental definió oficialmente a los Hermanos Musulmanes en diciembre.

Los jóvenes de la revolución se resisten a dejarse atrapar en esa dicotomía. Acusan a los HM de haberse aliado con el ejército para poder llegar al poder con Morsi, en junio de 2012, y de haberlos atacado. Y rechazan la paradoja de que los contrarrevolucionarios se hayan apoderado de la narrativa de la revolución, al punto de celebrarla como si se hubiera hecho para ellos y no contra ellos.

En reivindicación de Tahrir, la plaza desde la que actuaron durante 18 días de 2011 hasta provocar la caída de Mubarak, se propusieron marchar hacia ella. No habían pasado diez minutos desde su salida cuando los atacaron camionetas blindadas de la policía, moviéndose por las calles a toda velocidad. En el pasado, estos vehículos se han lanzado sobre multitudes, asesinando a decenas de personas. Tienen una pequeña torreta desde la que un agente se asoma para disparar con un fusil.

Los manifestantes lograron avanzar cuatro cuadras más antes de que los dispersaran en pequeños grupos que, desde callejones, se defendían con piedras. Varias personas fueron transportadas en brazos fuera del lugar, heridas o sofocándose a causa de los gases lacrimógenos. Una de ellas no se levantó más: Sayed Weza, de 20 años, militante del Movimiento 6 de Abril (que convocó a la primera protesta de 2011), recibió un balazo en el pecho y otro en el estómago.

Su fallecimiento y otros dos, en la misma refriega, se sumaron a las estadísticas fatales del día: 49 muertos (más 247 heridos) según el Ministerio de Salud, y 89 de acuerdo con el grupo independiente WikiThawra. En comparación, el 25 de enero de 2011 se registraron cuatro fatalidades.

“Si comparamos el número de muertos en nuestras protestas y el que hubo en las de los Hermanos Musulmanes, creo que la policía nos estaba dando una advertencia de que nos mataría si nos confrontábamos con ella”, reflexiona Tarik Chalabi, del grupo Socialistas Revolucionarios. “Tal parece que a los Hermanos no les advirtieron nada, directamente los mataron”.

A lo largo de ese día, el grupo Alianza Anti-Golpe de Estado, cercano a los HM, difundió crudas fotografías de la violencia contra las manifestaciones que ellos organizaron en todo el país. En algunos casos, las heridas son tan grandes que parecen provocadas por munición de alto calibre, con enormes aberturas en el tronco y piernas cortadas.

A pesar de que no fue tan violento en el centro de El Cairo, sobre los manifestantes y los periodistas pendía un peligro más: civiles deseosos de apalearlos. El cargo de “terrorismo” que pesa sobre los HM y la carga de sospecha de traición que el gobierno coloca sistemáticamente sobre los periodistas (sobre todo sobre la cadena árabe Al Jazeera, que ha sido expulsada del país y tiene a cinco reporteros presos, indefinidamente y sin cargos judiciales; sólo ese sábado 25, según el Sindicato de Periodistas, hubo 12 arrestos de informadores, incluido el fotógrafo colombiano Felipe Camacho, y otros fueron objeto de palizas) han hecho que la calle se haya convertido en un gran riesgo para todo aquel que no parezca partidario del gobierno.

“Hay personas que van por ahí buscando a supuestos opositores para atacarlos y entregarlos a la policía”, dice Chalabi. Para salir de la zona de los enfrentamientos, el reportero de proceso debió recurrir a un truco para atravesar los puntos en los que grupos de hombres estaban atrapando y golpeando gente: caminar con un cartel que mostraba la fotografía, abusivamente retocada con Photoshop, de un militar que en ella luce de unos 25 años a pesar de que este año cumplirá 60: Abdelfatá al Sisi, nueva esperanza de Egipto.

REVOLUCIÓN COMO CAMPAÑA

El afiche ayudó también a ingresar a Tahrir, como a varios miles de personas: el rostro del hombre fuerte del régimen aparecía multiplicado en camisetas, pins, postales y calcomanías, e incluso en mantas colocadas justo donde, hace tres años, se hizo famosa una gran pieza de tela blanca en la que se leía “El pueblo quiere la caída del régimen”.

Detrás de ellas, había un escenario. No tenía nada que ver con los dos que fueron levantados en ese lugar, en 2011, con endebles piezas de madera y cartón. Ahora se trataba de una producción profesional, con iluminación, enormes bocinas y faros buscadores para que, en la noche, las luces en el cielo le indicaran a todo El Cairo que en Tahrir había fiesta.

La fiesta del aniversario de la revolución, anunciada por el presidente Adli Mansur, era en realidad un acto masivo de precampaña electoral para Sisi.

En julio de 2013, después de dar el golpe de Estado, el general (que no sólo comparte con Augusto Pinochet la condición de ministro de Defensa traidor, sino el gusto por ocultar la mirada detrás de gafas oscuras) aseguró que no buscaría la presidencia y sólo aceptó añadir a su puesto el de viceprimer ministro del gobierno formado bajo su tutela.

No ha dicho nada, sin embargo, ante el entusiasmo de sus seguidores que están tan activos promoviéndolo para próximo raís (jefe) de la nación, que se han dado la tarea de cambiar el calendario del proceso de “vuelta a la normalidad” y la legislación para facilitarle a Sisi el ascenso al poder ejecutivo formal.

Helicópteros Apache y Chinook, comprados por Egipto a Estados Unidos con dinero regalado por el mismo Estados Unidos (que desde 1979 le otorga cada año 1,300 millones de dólares anuales en ayuda militar), hacían sobrevuelos bajos de la plaza, levantando vítores y aplausos.

No faltaban exabruptos: a pesar de la seguridad (las calles de entrada estaban protegidas con tanques y cercas de alambre de púas, mientras que en los dos accesos había que cruzar puertas detectoras de metales y superar una revisión corporal), los cazaespías autodesignados buscaban posibles opositores y hostigaban a los periodistas que podían descubrir (el cartelito de Sisi resultó ser bastante eficaz), y de vez en cuando se producía algún altercado.

El ambiente era muy familiar, no obstante, y verdaderamente festivo: en algunos momentos recordaba a los mejores días de la acampada en Tahrir en 2011, por el sentimiento de comunidad que prevalecía, con la importante diferencia de que en aquel tiempo se trataba de jóvenes que se oponían al gobierno y ahora, el organizador era el mismo gobierno.

Las personas bailaban debajo de enormes banderas nacionales, los grupos de chicas producían el rumor de mil historias y los padres se mostraban orgullosos de sus hijos más pequeños, disfrazados de oficiales militares con uniforme y gafas oscuras.

XXXX

No importó la muerte de docenas. Tampoco que en la víspera, el viernes 24, todos en El Cairo se hayan despertado con el tremendo sonido de un coche bomba que estalló cerca del centro, en el cuartel general de la policía, matando a cuatro personas. Era parte de la guerra que el grupo Ansar Bait al Maqdis (una organización afín a la red Al Qaida que en el pasado ha reivindicado otros atentados, incluido uno que mató a 16 policías en la ciudad de Mansura, el 24 de diciembre) ha lanzado contra el régimen y que incluyó otros incidentes, como el derribo de un helicóptero militar en la península del Sinaí, el lunes 27, y el asesinato de un viceministro del Interior, el martes 28.

Esos hechos no arredraron al presidente Mansur. Al contrario, el terrorismo, que el ejército y el gobierno adjudican sin pruebas a los Hermanos Musulmanes, lo estimuló para seguir adelante en lo que, desde su perspectiva, es la ruta correcta de la revolución. El festejo, dijo el viejo juez el domingo 26, le había indicado que el pueblo quería a Sisi como presidente y una ronda de consultas “con las mayores fuerzas políticas” se lo había confirmado.

Por ello, decidió invertir el calendario de la transición política para que la elección de nuevo presidente tuviera lugar antes de las legislativas. La primera deberá realizarse antes de tres meses y las segundas, antes de seis.

El lunes 27, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, que él comanda, lo ascendió a mariscal de campo por sorpresa y, aunque reconoció que presentarse a elecciones era una decisión individual, sentenció que era “un mandato y una obligación” que lo hiciera. Sisi seguía sin abrir la boca cuando ya las autoridades judiciales más altas valoraban los cambios legales que deben hacerse para prepararle el escenario ideal.

“Hay que reformar la ley de elecciones presidenciales de 2005, para que no sea necesario que los candidatos cuenten con el respaldo mínimo de 20 parlamentarios (el congreso fue disuelto con el golpe y, si las legislativas se realizan después, no habrá legisladores para brindar ese apoyo), y la ley de derechos políticos de 1956, que excluye a los militares en activo de presentarse a elecciones”, dijo el vicepresidente de la Alta Corte Constitucional, Mojamed al Shennawi, al diario oficialista Al Ahram, el martes 28, quien además se pronunció porque las decisiones que tomen los organizadores del proceso no puedan ser apeladas por los candidatos, ya que “se podría proyectar una sombra de ilegitimidad”.

La de ser visto como legítimo es una preocupación fundamental del régimen: elegir al presidente antes que al parlamento le permitirá al nuevo ejecutivo influir en la conformación del legislativo, lo cual será conveniente para Sisi, pero también se considera importante que el último mandatario electo por el pueblo, el derrocado Morsi (que el martes 28 fue presentado ante la corte, en uno de los cuatro juicios montados en su contra, dentro de una jaula de vidrio para que no se escuche su voz), sea reemplazado ya por alguien ungido con el voto popular.

Por esto molesta la atención que el trato hacia la oposición y la prensa está recibiendo. El jueves 23, Amnistía Internacional publicó un informe en el que asegura que, a partir del golpe de Estado, “Egipto ha sido testigo de una serie de dañinos golpes contra los derechos humanos y de violencia gubernamental en una escala sin precedentes”, con un saldo de al menos 1,400 muertos. Ese mismo día, el presidente Adli Mansour rechazó las acusaciones al afirmar que “el Estado policiaco en Egipto terminó” con el golpe de Estado.

La crítica es incómoda, pero se aguanta, como escribe el columnista Amr al Chobaki en el diario Al Ahram (28/ene): “Sí, (la nominación de Sisi) va a reforzar el argumento de los HM y de los medios occidentales de que Sisi derrocó a Morsi en un golpe militar. Pero no deberíamos prestarles oídos a estos argumentos. Recordemos que si nos hubiéramos dejado presionar por estas fuerzas, no hubiésemos podido levantar los plantones terroristas de Cairo y Giza”.

Se refiere al ataque militar contra dos protestas pacíficas el 14 de agosto de 2013, que mató a alrededor de mil personas desarmadas.

2 responses to “Egipto: Revolución usurpada por los generales

  1. Qué tal querido Temoris.

    Leyendo tu blog, una que otra cosa por ahí y escuchando testimonios de turcos (aquí resido por el momento), a veces presiento que en México se acerca una respuesta social similar a las que se han presentado en los países de esta zona. Luego niego todo, porque me doy cuenta que, a diferencia de la gente de acá, vivimos de una forma más cómoda y egoísta. Mientras tengamos lo que necesitamos para vivir tranquilos, lo que le pase al prójimo, y lo que haga el líder, poco nos importa, independiente de que esté bien o mal.

    Poniéndolo en la balanza, no sé si eso es una ventaja o una desventaja.

    Saludos. Gran crónica como siempre.

    • No sé si vivimos de forma más cómoda y egoísta. Turquía es muy diversa y al mismo tiempo, se parece a México en un montón de aspectos.
      En cuanto a la proximidad de la respuesta: estuve en varios de los países donde ha habido insurrecciones antes de que eso pasara, y en cada uno de ellos, la gente era pesimista y describía a los suyos como personas sin voluntad. Y después, pum, eso cambiaba radicalmente. Así que no sé, no creo que haya forma de predecirlo. Abrazos!

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