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El Águila Azteca a un rey cuestionado


Por Témoris Grecko (publicado en PROCESO, 24 de enero del 2016)

El domingo 17 por la noche, el presidente Enrique Peña Nieto se puso de pie frente al rey de Arabia Saudí, Salman bin Abdulaziz. Cinco días antes, el martes 12, Amnistía Internacional había hecho un llamado a pedir la libertad de Walid Abu al Jair un abogado defensor de los derechos humanos que lleva año y medio en prisión bajo cargos de terrorismo, tales como “desobedecer al gobernante”, “cuestionar la integridad de los jueces” y “dañar la reputación” del país. El lunes 11, Human Rights Watch había publicado un informe titulado “Asalto sostenido contra la libertad de expresión”, en el que documenta cómo es que activistas y simples tuiteros esperan que se cumplan sentencias de muerte o purgan penas de cárcel por expresar ideas disidentes. Y el sábado 2, las autoridades saudíes realizaron la ejecución en masa más grande desde 1980, con las cabezas de 47 personas rodando en la arena.

En un fabuloso palacio de arquitectura árabe tradicional con estilizaciones contemporáneas, que debe haber hecho sentir a muchos de los visitantes como en un cuento levantino actualizado al siglo XX, Peña Nieto –vistiendo un impecable saco negro y una corbata roja con rayas blancas en diagonal- se puso de pie frente al viejo rey Salman –quien portaba una tradicional jafía rojiblanca ajustada con una diadema negra al estilo saudí- para imponerle la medalla de la Orden Mexicana del Águila Azteca, un collar formado por 30 piezas de plata chapada en oro, del que pende la dorada representación del ave extendiendo las alas con magnificencia, y sosteniendo en el pico la serpiente, tal como es descrita en la leyenda de la fundación de México-Tenochtitlán.

Oficialmente, hay dos motivos para conceder esta joya: “para reconocer los servicios prominentes prestados a la Nación Mexicana” y para “corresponder a las distinciones de que sean objeto los servidores públicos mexicanos”. Ya que el monarca saudí le otorgó a Peña Nieto su propia reliquia personal, la Medalla Rey Abdulaziz –todavía más brillante y ostentosa-, podría pensarse que se trata del segundo caso. Pero la prensa árabe no fue informada de que así fuera. En cambio, a partir de la explicación brindada por el embajador mexicano, Arturo Trejo, destacó que México le concedió la orden al rey Salman “por sus importantes contribuciones y dedicación a promover el entendimiento, la amistad, la paz y por darle sus servicios a la humanidad”, como registró el diario Arab News en una nota titulada “México pone el ojo en fondos de inversión” saudíes.

ESCUCHAR Y OBEDECER

La última vez que un mandatario mexicano visitó Arabia Saudí fue en 1975. Luis Echeverría Álvarez viajaba por naciones del mundo en desarrollo, promoviéndose como uno de los líderes del Movimiento de Países No Alineados, y establecía además lazos con los grandes productores petroleros. Muy poco se sabía en el exterior sobre violaciones a derechos humanos en Arabia Saudí, un reino entonces impenetrable para los periodistas, más que hoy. Y la dinastía de los Saud ensayaba tímidos proyectos de modernización.

Cuatro años después, en 1979, clérigos radicales que aseguraban que la dinastía de los Saud se había contaminado con la decadencia occidental, tomaron la Gran Mezquita de La Meca. Alarmados, el rey y sus príncipes quisieron tranquilizarlos poniendo la reversa: cerraron cines y tiendas de música, fortalecieron la policía religiosa que castiga las desviaciones de los súbditos y lanzaron una política de difusión del extremismo islámico.

Arabia Saudí es diferente de la que encontró Echeverría, pero también lo es el primer presidente priísta del tercer milenio, cuyas prioridades diplomáticas difieren de las de sus correligionarios antecesores, que hicieron de la denuncia de los regímenes dictatoriales una de sus marcas registradas.

El gobierno de Peña Nieto, por ejemplo, se mantuvo en silencio cuando el general Abdelfatá al Sisi dio un golpe de Estado en Egipto, tomó el poder y lanzó los tanques contra el pueblo en las calles, con al menos dos grande masacres que dejaron unos 2 mil muertos, en julio y agosto del 2013. Antes que eso, mantuvo sus relaciones e incluso un consejero del entonces IFE, Arturo Sánchez Guardado, fue a El Cairo a participar en un simulacro de observación electoral destinado a validar unas elecciones fraudulentas, en mayo del 2014 (Proceso 2029). No debió haber sido sorpresa que el Ejército egipcio, habituado a cometer graves abusos contra la población civil sin ser criticado, haya rehusado asumir cualquier responsabilidad en el ataque con el que mató a ocho turistas mexicanos en septiembre del 2015, ni que la investigación oficial haya exonerado a los militares, descargando la culpa en la agencias de viajes y funcionarios civiles de rango menor.

Al recorrer las autopistas de Riad, la capital saudí, Peña Nieto y su esposa Angélica Rivero deben haber visto los anuncios espectaculares con retratos de la trinidad real: el rey, con el príncipe heredero Mohammed bin Sayed a la derecha, y a la izquierda su hijo favorito, Mohammed bin Salman, segundo en la línea de sucesión al trono. Debajo de ellos, en caracteres árabes, un eslogan que dice: “Nos comprometemos a escuchar y obedecer”.

No a sus críticos, sin duda, por tibios que sean. El nuevo amigo de Peña Nieto no es muy diferente del presidente egipcio: Abdulaziz y Sisi son aliados tan estrechos que el rey le concedió un préstamo veloz de 5 mil millones de dólares al general, justo después de su golpe de Estado, para ayudarlo a estabilizar la economía; sus regímenes imponen leyes estrictas para castigar a periodistas y disidentes, mantienen las cárceles llenas de opositores llamados terroristas y son prolíficos en condenas de muerte.

FRANKENSTEIN WAHABI

Otro punto que comparten es que están en guerra con Daesh, la organización autodenominada Estado Islámico, que mantiene grupos armados activos en Egipto, principalmente, y también en Arabia Saudí.

El general Sisi ha sumado su ejército a la coalición militar que lideran los saudíes (que de manera oficial está contra Daesh y de facto es anti-Irán). Esto, a pesar de que los petrodólares de los príncipes árabes son uno de los pilares de la expansión de las sectas musulmanas extremistas –lo que ellos llaman el “renacimiento” islámico- y de la existencia de Daesh.

El salafismo es una corriente radical dentro del Islam de tradición suní, de la que han nacido numerosos movimientos, tanto pacíficos como armados, para hacer la yijad o guerra santa. Dentro del salafismo, la tendencia posiblemente más dura y fanática es el wahabismo, que predomina entre la aristocracia saudí y buena parte del pueblo. Como el Islam impone a los creyentes el mandato de la caridad, tanto el gobierno como los miembros de la realeza (hay al menos 2 mil príncipes) canalizan importantes fondos a fundaciones religiosas, que a su vez subsidian mezquitas y organizaciones alineadas a sus principios.

Con subvenciones y becas, han provocado que muchos clérigos moderados en África, Asia y Europa (y posiblemente también en Norteamérica) se pasen al extremismo, pues tienen que elegir entre eso o quedarse en la pobreza. Y su prédica, por tanto, ha convencido a muchos fieles de abandonar modos de vida supuestamente impíos y asumir una estricta ortodoxia religiosa.

No sólo eso: el dinero saudí es la mayor fuente global de financiamiento para los grupos armados. En un cable diplomático secreto del Departamento de Estado de Estados Unidos, enviado en diciembre del 2009 y revelado por WikiLeaks el año siguiente, la hoy precandidata demócrata a la presidencia Hillary Clinton afirmaba: “Se necesita hacer mucho más pues Arabia Saudí sigue siendo una base de apoyo financiero fundamental para Al Qaida, los Talibán, Lashkar-e-Taiba y otros grupos terroristas”.

La monarquía saudí ha encontrado su propio Frankenstein en Daesh. Es un secreto a voces que sus fundaciones financiaron a los grupos que después formaron Estado Islámico. El informe de la comisión oficial que investigó los atentados del 11 de septiembre del 2001 en Nueva York no ha sido dado a conocer en su totalidad, pero su autor principal, el exsenador demócrata Bob Graham, ha insistido en que sea revelada la parte relativa a los vínculos de Arabia Saudí con los terroristas, ya que “ISIS (acrónimo del antiguo nombre de Daesh) es un producto de los ideales saudíes, del dinero saudí y del apoyo organizativo saudí, aunque ahora hagan como que son muy anti-ISIS”. En una conferencia en Washington en enero del 2015, afirmó que Estado Islámico representa una forma de wahabismo que los saudíes ya no pueden controlar y que ahora también los amenaza a ellos.

Pese al riesgo, siguió Graham, “Arabia Saudí no ha abandonado su interés en difundir el wahabismo extremo”.

Las inversiones saudíes suelen estar acompañadas de esos multimillonarios fondos de la fe. En India, por ejemplo, los servicios de inteligencia han dado a conocer que a su país, entre el 2011 y el 2013, acudieron 25 mil clérigos saudíes que utilizaron más de 250 millones de dólares para construir mezquitas, madrasas (escuelas islámicas), centros culturales y universidades, todos de línea wahabi o salafi.

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