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Guerra vs Estado Islámico: Fuego entre aliados


Por Témoris Grecko (publicado en Proceso 28/nov/2015)

En Medio Oriente, el principio de “el enemigo de mi enemigo es mi amigo” sólo sirve para hacer reír a la gente. No lo han seguido muchos a lo largo de la historia y no lo hacen ahora. La organización Estado Islámico (EI), enemiga común de todos y cada uno de los poderes y alianzas en conflicto, no los ha unido. El derribo de un avión de combate ruso por fuerzas turcas, el martes 24, es la elocuente confirmación de lo anterior.

Y también es la señal de que no todo está perdido para el autoproclamado califa Abubakr al Bagdadi: no hay en el planeta, en este milenio, una entidad frente a la que se esté alineando una fuerza militar multinacional tan diversa como la que ahora quiere destruirlo, con intervención de tropas y aeronaves de doce naciones de la región, seis europeas, dos norteamericanas y Australia, además del Gobierno Regional del Kurdistán, Hezbollah, Al Qaida y una miríada de partidos, milicias y brigadas kurdas, turcomanas, yazidíes, chiíes, cristianas, islamistas y comunistas. En particular, la furia de Turquía, Rusia y Francia, por los atentados terroristas cometidos contra ellas en las últimas semanas, hizo pensar que el califato que declaró Bagdadi en los territorios conquistados de Siria e Irak podría terminar reducido a polvo por los aviones de esos países.

Del cielo les cayó fuego. Pero también un caza ruso en llamas, destruido por los turcos, y dos pilotos en paracaídas, uno de los cuales fue asesinado mientras descendía, indefenso, por combatientes cercanos a Turquía.

Este último país es parte de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, la alianza que encabeza Estados Unidos y es rival histórica de Moscú. Sería el primer caso de un derribo de un avión ruso por la OTAN, en el medio siglo desde su fundación, y podría ser considerado como un acto de guerra. Con mayor gravedad, incluso, porque la defensa aérea turca es coordinada por la misma OTAN, desde la base de Torrejón de Ardoz, en España. Es el suceso propicio para una escalada de agresiones que haría realidad la peor -antes inimaginable- pesadilla: la de que el conflicto sirio adquiriera ya no una dimensión regional, como se temía y finalmente ocurrió, sino un nivel global.

EXPANSIÓN RELÁMPAGO

Estado Islámico “constituye una amenaza sin precedentes a la paz y seguridad mundiales”, dice la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, adoptada el sábado 21. Y pidió adoptar “todas las medidas necesarias, de acuerdo con el derecho internacional, y en particular con los derechos humanos, con las leyes humanitarias y el derecho de los refugiados, en el territorio controlado por el EI en Siria, para redoblar y coordinar los esfuerzos para prevenir y suprimir actos terroristas“.

Es la guerra mundial contra Estado Islámico. El documento fue aprobado con el voto favorable –y solemne- de los 15 países miembros, la unanimidad tan rara vez alcanzada. Y nunca se había convocado a cualquier nación capaz de intervenir a que lo haga. Los atentados que cobraron la vida de 132 personas en París, el viernes 20, dieron pie a esta resolución inusitada.

No fueron los más mortíferos, sin embargo. El 31 de octubre, los 224 pasajeros y tripulantes del vuelo 9268 de la aerolínea rusa Metrojet murieron cuando una bomba lo hizo explotar en el aire. A lo largo de 2015, terroristas que actuaron en nombre de EI cometieron una larga serie de ataques. Entre los que provocaron más víctimas están los siguientes: contra la revista Charlie Hebdo en París (17 muertos, 7/ene); contra cristianos egipcios en Libia (21, 15/feb); en el Museo Nacional del Bardo en Túnez (22, 18/marzo); bombazos contra dos mezquitas en Yemen (137, 21/marzo); contra una mezquita chií en Qadeeh, Arabia Saudí (21, 22/mayo); los del 26 de junio, contra turistas en la playa tunecina de Susa (38) y contra una mezquita en Kuwait (27) y el del 12 de noviembre en calles de Beirut (43). Los dos más recientes ocurrieron el martes 24: uno mató a 7 personas e hirió a 10 en un hotel del Sinaí, y otro a 12 soldados en las calles céntricas de Túnez.

Este giro estratégico hacia la internacionalización de Estado Islámico fue ampliamente discutido por políticos y analistas, con variedad de enfoques pero de acuerdo en que es una consecuencia de que EI está retrocediendo en casa.

Estado Islámico ha reemplazado a Al Qaida como grupo representativo de la yijad (guerra santa islámica) global, y por lo tanto, se ha convertido en un imán que atrae financiamiento y militantes, y que motiva a organizaciones e individuos en todo el mundo a sumarse a la lucha.

Entre las ventajas de EI sobre Al Qaida, las más relevantes son tres: que mantiene una eficaz campaña permanente de comunicación en redes sociales y con videos de producción profesional; que está dando grandes golpes que le dan un aura de éxito; y que hace creer que está materializando un viejo sueño: la reconstitución del califato, la forma exclusiva de gobierno que debe unir a la humanidad bajo la sharía o ley islámica. Como evidencia de esto último, ofrece el dominio sostenido de una amplia porción de territorio de Irak y Siria, y lo presume, en un video difundido el miércoles 25, como mayor que Gran Bretaña, 8 veces el tamaño de Bélgica, 30 el de Catar “y en expansión”.

Sus veloces conquistas de la primavera del 2014 fueron clave para crear esta sensación de destino inexorable, de repetición ordenada divinamente de las hazañas del inicio del Islam, cuando Mahoma y sus descendientes inmediatos crearon en menos de un siglo un imperio que se extendía desde Asia Central hasta el Atlántico.

“Apresúrense musulmanes a venir a vuestro Estado”, dijo el “califa” Abubakr al Bagdadi, “porque sí, es vuestro Estado”.

El efecto fue tal que numerosas organizaciones yijadistas que actuaban de manera independiente, o que estaban vinculadas a Al Qaida, declararon su sumisión al califato y la creación de 10 wilayat o “provincias” de ese Estado Islámico: Jizair en el norte de Argelia, Trípoli, Barqa y Fezzán en Libia, Gharb al Afriqiya en Nigeria, Sinaí, Yemen, Haramayn en Arabia Saudi, Najd en Kuwait y Khorasan en las montañas de la frontera de Pakistán y Afganistán.

GLOBALISTAS VS LOCALISTAS

El 2015, sin embargo, no trajo más noticias de la expansión relámpago. La batalla por el control de la ciudad siria-kurda de Kobane, en la frontera con Turquía, que duró de septiembre del 2014 a enero del 2015, y que estuvo a punto de ser ganada por EI, se convirtió en un ejemplo de resistencia de las milicias kurdas, y es considerada como el punto de inflexión, el que marcó el final de la antes imparable ola negra de las huestes de Bagdadi.

Desde su clímax de julio del 2014, cuando su avance fue detenido, el territorio bajo control de Estado Islámico se ha reducido entre un 15 y un 25%, con ofensivas de sus enemigos en los múltiples frentes que tiene abiertos: la del ejército iraquí por el este, la del Gobierno Regional del Kurdistán y las milicias kurdas por el norte, y en el confuso mapa sirio, la del eje Bashar al Asad-Irán-Hezbollah, las de las facciones rebeldes “moderadas” y las de las milicias islamistas, además de grupos menores.

Y sobre todo, los ataques aéreos de estadounidenses y rusos, franceses e iraníes, jordanos, saudíes y de vez en cuando israelíes.

A partir de esto, se interpretó, EI tuvo la necesidad de introducir esta estrategia de ataques terroristas internacionales. Las explicaciones varían: unos creen que el objetivo es llevar la guerra hasta la casa de sus enemigos para obligarlos a abandonarla; o lo contrario: llevarlos así a tomar malas decisiones y antagonizar a sus poblaciones musulmanas para provocar descontento y atraerle reclutas a EI; y también, que con estos golpes espectaculares puede seguir satisfaciendo su necesidad de presentar grandes éxitos que le den popularidad, y disimular, además, sus derrotas en el campo de batalla.

De hecho, ese viernes 20, mientras sus militantes asesinaban civiles en París, Estado Islámico sufría la pérdida de la ciudad de Sinjar, lo que además cortó una ruta vital de comunicación y abastecimiento entre las dos principales urbes del califato: Raqqa, en Siria, y Mosul, en Irak.

Pero nadie se enteró: tanto los partidarios de EI como el mundo horrorizado se despertaron el sábado con la noticia de la masacre parisina, y la victoria de kurdos y yazidíes en Sinjar quedó en el olvido.

Entre quienes piensan que EI no es monolítico y detectan corrientes opuestas al interior de la organización, está el periodista turco Metin Gurcan, quien fue asesor militar en Irak y otros países de la zona. Según él, hay una tendencia que llama “localista”, sostenida por antiguos miembros del partido Baas de Sadam Husein y nacionalistas árabes, y que propone consolidar la dominación territorial en Siria e Irak, “enfatizando la significación simbólica e histórica y la posición geoestratégica de Raqqa y de Mosul”.

Los “globalistas”, en cambio, son yijadistas llegados del extranjero que señalan el desastre de la batalla de Kobane, en la que EI perdió unos 2,200 hombres tratando de apoderarse “de un pedazo de tierra insignificante”, y creen que llevar la guerra “al resto del mundo los ayudará a no ser aplastados con facilidad”. En París, añade Gurcan, “se vio que con ocho o diez personas y gastos no mayores a 100 mil dólares, pueden paralizar una capital occidental y llenar el mundo de miedo”.

MISILES ANTIAÉREOS

Un avión ruso derribado, el corazón de París, herido. Los bombarderos de ambas naciones de pronto parecían competir en su afán de golpear al enemigo común. Más allá de los ataques contra posiciones militares, ambos anunciaron una nueva táctica para debilitar al califato: destruir los convoyes de camiones que transportan petróleo desde los pozos que controla EI, cuya venta constituye una de sus grandes fuentes de ingresos.

Cuando el presidente francés François Hollande llamó a unir los esfuerzos de todos, sólo los desprevenidos lo creyeron posible. “Heroicamente optimista”, lo llamó el Financial Times, resumiendo el escepticismo de los observadores. Y después del derribo del caza ruso, las alarmas adquirieron una tonalidad tan carmesí que la agencia Reuters publicó un análisis titulado “Prevenir la tercera guerra mundial en Siria entre Turquía y Rusia”.

Los roces se habían dado políticamente y un choque directo era algo que se veía venir. Según los rusos, su avión volaba sobre territorio sirio y nadie les advirtió nada. Los turcos dicen que la nave invadió su espacio aéreo, que se comunicaron por radio para exigirle que regresara y que, como no respondió, la derribaron.

Según Moscú, se trataba de una misión contra EI. Pero estaba bombardeando a las milicias turcomanas (de sirios de etnia turca), que son cercanas a Turquía. Entonces, los rusos acusan a los turcos de proteger a terroristas, y estos les reprochan que no atacan a los terroristas, sino a sus aliados, porque Moscú aprovecha para actuar a favor del régimen de Asad.

Pero Turquía hace lo mismo: la batalla contra EI le da cobertura para lanzar sus aviones contra las guerrillas kurdas, que son su enemigo particular.

Esto es sólo una muestra de que si enfrentar (no siempre vencer) a Estado Islámico puede ser una causa común, en el fondo cada parte tiene causas propias que a las que a veces les dan mayor importancia.

Irán y Hezbollah quieren garantizar la permanencia del gobierno de Asad, y apoyar a los chiíes de Irak. Turquía, Arabia Saudí, Catar, Francia y Estados Unidos buscan exactamente lo contrario. Ésos son los ejes más visibles, pero no los únicos.

Y se presentan incluso las rivalidades personales. En este caso, la que hay entre los presidentes de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, y de Rusia, Vladimir Putin. Ambos son vistos como aspirantes a restaurar la antigua grandeza de sus naciones, manteniéndose al frente de ellas. A Erdogan le gusta ser llamado sultán; a Putin, zar; y no parecen sentirse a gusto compartiendo el mismo mundo.

De momento, el derribo del avión de combate no provocó la escalada temida. La OTAN declaró que no estuvo involucrada, pues la base de Torrejón de Ardoz no fue informada de la decisión de atacar. Oficialmente, no será éste el primer caso de un ataque de la OTAN contra Rusia. Y si Putin aceptó la versión, por ahora, igual acusó a Erdogan de haberle dado “una puñalada por la espalda”.

Advirtió que las cosas no se van a quedar así. De entrada, anunció el despliegue de baterías de misiles tierra-aire S-400 a Siria. Ya que Estado Islámico carece de fuerza aérea, los únicos blancos posibles de estas armas serían los aviones turcos y de sus aliados, como franceses y estadounidenses. Aclaró, también, que pese a las denuncias turcas de que antes de ésa hubo varias invasiones de su espacio aéreo, sus aeronaves seguirán actuando cerca de Turquía. Y por la mañana del jueves 24, mientras la prensa turca acusaba a Rusia de haber bombardeado un convoy de camiones turcos que transportaba ayuda humanitaria en Siria, matando a siete personas, Putin se quejaba de que Turquía no había ofrecido ni disculpas ni compensación por los daños.

La respuesta rusa es “emocional” e “inadecuada”, dijo Erdogan el mismo día. Su ejército envió 20 tanques y 18 jets de combate a la frontera.

“Mis enemigos son los peores amigos entre sí”, debe pensar Abubakr al Bagdadi.

 

 

 

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