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Cuando Peña Nieto solapaba al régimen egipcio


Por Témoris Grecko (publicado en Proceso, 20/sep/2015)

Arturo Sánchez Gutiérrez, consejero electoral del entonces llamado Instituto Federal Electoral, acudió a Egipto como “observador” de los comicios presidenciales del 26, 27 y 28 de mayo de 2014, en el marco de la cooperación entre este organismo y su similar egipcio, se informó.

Sánchez Gutiérrez prometió redactar un informe y hacerlo público, pero si presentó algún documento, no se conoce. Sólo emitió un par de tweets: en uno de ellos señaló que “la propaganda del candidato egipcio el-Sisi destaca sobre la de su contendiente”; en el otro, comentó que “las sorpresas no ayudan a generar certidumbre en el elector”, a raíz de que la comisión electoral egipcia súbitamente añadió un día de votación a los dos ya establecidos.

Las autoridades egipcias habían invitado a algunos “observadores” de manera individual y sin un plan de trabajo: los llevaron a donde estimaron conveniente, los pusieron a charlar con jueces y funcionarios del régimen. Les resultaba necesario contar con observadores que les dieran a los comicios “una muy deseada certificación de legitimidad”, reportó Los Ángeles Times ese 19 de mayo.

Su actitud fue la opuesta con las tres organizaciones de observación electoral (la Red Árabe de Monitores Electorales, el Instituto Electoral para la Democracia Sostenible en África y el Centro Carter) capaces de desplegar una estructura y encontrar anomalías, que denunciaron a la agencia Reuters, 10 días antes del proceso, que las autoridades egipcias les habían interpuesto tal cantidad de obstáculos que les resultaría imposible cumplir con su trabajo.

A partir de la información conocida, el consejero Sánchez no vio o no reportó haber sido testigo de las condiciones en que se desarrollaban la campaña y las votaciones:

-el general Abdelfatá al Sisi, de quien sólo notó que destacaba por la cantidad de anuncios, había dado un golpe de Estado casi un año antes, el 3 de julio, en contra del único presidente de Egipto que ha sido electo en comicios libres, Mohamed Morsi, del grupo Hermanos Musulmanes. Lo arrestó, lo mantuvo por meses en incomunicación, y detuvo tanto a sus simpatizantes como a muchos de los jóvenes que participaron en lo que se conoció como primavera egipcia, y que empezó en la plaza cairota de Tahrir el 25 de enero de 2011;

-el gobierno que organizaba las elecciones era de facto, dirigido por un presidente autodesignado que había cerrado el Congreso y encarcelado a buena parte de sus miembros, y que además era el candidato presidencial “favorito”;

-para el momento de la llegada de Sánchez, las estimaciones más conservadoras de personas arrestadas por motivos políticos en los 10 meses previos, era de 16 mil. Había confusión en las autoridades judiciales, pues habían emitido tantas condenas a muerte que no se sabía bien quién ya estaba camino del fusilamiento y quién no, y calculaban el número en aproximadamente 1,200;

-la cantidad de personas asesinadas por la policía y el ejército fluctuaba: desde 2,600, según el semi-gubernamental Consejo Nacional para los Derechos Humanos, hasta los 4000 que denunciaba Hermanos Musulmanes. Estos datos eran públicos y estaban a la disposición de cualquier interesado. Como eran también muy conocidos los videos y las fotografías de dos matanzas realizadas por tanques y tropas de combate contra civiles desarmados, en julio y agosto de 2013;

-el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, que encabezaba el general Sisi, emitió un pronunciamiento pidiendo el voto por un candidato presidencial: el general Sisi;

-los miembros de los Hermanos Musulmanes, la fuerza electoral más importante del país, tenían prohibido participar como candidatos, realizar actos públicos o incluso expresarse en redes sociales;

-los llamados “jóvenes de la revolución”, protagonistas del movimiento de la plaza Tahrir de enero y febrero de 2011, eran igualmente perseguidos;

-los recursos e infraestructuras de la maquinaria gubernamental estaban al servicio de la campaña del general Sisi, y las declaraciones de funcionarios públicos en apoyo del candidato se hacían cada día;

-fuerzas paramilitares mantenían el terror en las calles, la prisiones estaban llenas de periodistas (incluidos algunos extranjeros), y prácticamente la totalidad de los medios no alineados al gobierno habían sido cerrados;

El general Sisis sólo enfrentó a un candidato opositor, Hamdin Sabahi. Lo venció con el 96.9% de los votos contra el 3.1%.

LAS MATANZAS Y TUTANKAMÓN

A Arturo Sánchez Gutiérrez sólo le llamó la atención que, de última hora, los dos días de votaciones se ampliaran a tres. Los numerosos mecanismos de coerción electoral no habían servido para llevar a la mayor parte de los votantes a las urnas y las autoridades decidieron alargar el proceso en 24 horas. No llegaron ni a la mitad del padrón: se quedaron en 47%.

Cuestionado por este reportero mediante tweets públicos, mientras Sánchez aún estaba en Egipto, el consejero electoral mexicano defendió el golpe de Estado de Sisi: “los egipcios no ven traición, sino salvación”, pues Morsi “se radicalizó hacia el islamismo (no popular)” e “impulsó no vender bebidas alcohólicas, más límites al vestido femenino”. En ese momento, a Sánchez Gutiérrez le pagaban 182 mil pesos mensuales más prestaciones para ser garante de la democracia en México.

Pero no estaba fuera de sintonía con su propio gobierno. En contraste con anteriores presidentes de México que eran veloces al denunciar golpes y violaciones de derechos humanos, el presidente Enrique Peña Nieto se mantuvo callado cuando su colega Morsi fue puesto en incomunicación. Tampoco dijo nada el 14 de agosto de 2013, cuando los tanques que atacaron un plantón de civiles en el templo de Rabaa el Adawiya, en El Cairo, asesinaron a unas 1,400 personas. Ni ha expresado una opinión respecto a las recientes condenas a muerte emitidas contra el expresidente Morsi y cientos de sus compañeros de medio y alto perfil.

Por lo contrario, cuando el gobierno golpista del general Sisi (medio año antes de buscar legitimación electoral) envió a su embajador a México, Yasser Shabaan, Peña Nieto lo recibió en Palacio Presidencial. Era el 15 de diciembre de 2013 y sólo habían pasado cuatro meses desde la masacre de Rabaa al Adawiya. Shabaan le propuso hermanar las pirámides de Giza y de Teotihuacán, “que están alineadas siguiendo la constelación de Orión, a pesar de estar a miles de kilómetros de distancia”, y traer a México una exposición del faraón Tutankamón.

El 15 de abril de 2015 se anunció que México y Egipto buscan fortalecer los lazos de cooperación, en un comunicado oficial de la Secretaría de Relaciones Exteriores, después de que su titular, que entonces era José Antonio Meade, y Mohamed Farid Monib, asistente para las Américas del ministerio egipcio de Asuntos Exteriores, se reunieron en México para “ampliar el entendimiento mutuo y profundizar las relaciones económicas bilaterales”, con la firma de varios acuerdos.

Y el 10 de septiembre pasado, tres días antes de la matanza de mexicanos en el desierto occidental egipcio, la Secretaría de Cultura del Estado de México invitó al embajador Shabaan a dar una charla en la que el diplomático reiteró su idea de traer a Tutankamón, ahora ofreciendo que llegara precisamente a esa entidad.

La secretaria de Relaciones Exteriores, Claudia Ruiz Massieu, recibe a uno de los mexicanos heridos en Egipto.

CALLAR Y OBEDECER

“Imagina que en algún lugar de México, el ejército ataca por error a un grupo de turistas y los mata. ¿De qué tamaño sería el escándalo internacional?”, plantea un periodista egipcio desde un barrio del sur de El Cairo. “Aquí, ha tenido que pasar eso para que el mundo reconozca que los militares matan civiles frecuentemente y nadie asume responsabilidad por eso. Además, no nos permiten denunciarlo, porque vamos a la cárcel”.

Hoy, “Ibrahim” escribe sobre deportes y espectáculos. Durante 2011, 2012 y 2013, fue un activo reportero que denunció los abusos, sucesivamente, de los regímenes del dictador Hosni Mubárak, del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas y de los islamistas de Mohamed Morsi. Pero tras el golpe de Estado del general Sisi, se ha visto forzado a callar para poder vivir. “Me tuvieron dos meses preso en una celda hacinado con delincuentes comunes, a veces me sacaban para torturarme”, explica. “Nunca me presentaron ante un juez. Pensé que me iba a quedar ahí por años, hasta morir de hambre y enfermedades, como tantos compañeros periodistas, pero me sacaron un día sin explicaciones. Un oficial que tenía mi expediente, me dijo que la próxima vez me matarían. Así es que ahora sólo trato temas sin riesgo, sin compromiso”.

El 17 de agosto, el general Sisi dictó la llamada “ley antiterrorismo”, cuyo artículo 8 establece que los miembros de las fuerzas armadas no pueden ser imputados por delitos cometidos durante operaciones contra el terrorismo.

Además, impone multas de 25 mil a 60 mil dólares a periodistas y personas en general que difundan “noticias falsas” sobre incidentes de seguridad: básicamente, todo aquello que difiera de las versiones oficiales sobre ataques terroristas u operaciones militares. Por ejemplo, en Egipto está prohibido presentar información sobre las muertes de los mexicanos distintas de la que difundió el Ejército, de que la culpa la tienen los organizadores del convoy porque se adentró en una zona prohibida. La agencia de viajes que ha mostrado pruebas de que cubrió los requisitos para hacer esta expedición, está violando esas normas. Para asegurar su cumplimiento, la Fiscalía General emitió un comunicado exigiendo a los medios no reproducir nada más que los boletines oficiales.

En declaraciones al New York Times (16 de septiembre), un portavoz militar sostuvo: “Este incidente no tiene nada qué ver con el Ejército, incluso si el Ejército y la policía llevaron a cabo la operación juntos”, dijo el general brigadier Mohamed Samir. “Éste es el sistema del país y usted no tiene derecho a cuestionarlo”.

COMPLICIDAD CON EL RÉGIMEN

Para obtener los comentarios de Ibrahim, cuyo nombre real se omite, hizo falta utilizar complicados mecanismos de comunicación segura, vía un tercer país. “Los gobiernos de México y de Egipto son grandes clientes de Hacking Team”, recuerda, en referencia a una compañía que provee servicios de espionaje. “En Egipto, no hay libertad de prensa, pero a Washington no le importa. No hay libertad de expresión, de reunión, ni siquiera de tránsito, ni derechos políticos, pero a Washington no le importa y sigue regalándole al ejército más de mil millones de dólares cada año en ayuda militar”.

Su país, admite, vive una creciente ofensiva terrorista por parte de grupos como el autodenominado Wilayat Sinaí (Provincia del Sinaí, que se asume como parte del Estado Islámico creado por Abu Bakr al Bagdadi en regiones de Irak y Siria), que el gobierno egipcio continúa llamando por su antiguo nombre, Ansar Beit al Makdis.

El ataque contra los turistas mexicanos fue realizado, según asegura el Ejército, durante una persecución contra miembros de esa organización que habían registrado actividad en la zona. Es parte de una guerra que fue comparada por el ministro egipcio de asuntos exteriores, Sameh Shoukry, con la que libra México con respecto al narcotráfico, en un esfuerzo de obtener la comprensión del pueblo mexicano.

“Pero es el mismo régimen egipcio el que ha hecho crecer las filas de los yijadistas mediante la represión de la oposición pacífica”, señala Ibrahim. Aunque fue un feroz crítico del gobierno de Morsi y su Hermanos Musulmanes, considera que la corriente del presidente depuesto logró convencer a miles de jóvenes de que la democracia era el camino, y después fue traicionado “por las mismas potencias occidentales que le pidieron seguir esa ruta. Ahora, que está condenado a muerte, es visto como un idiota o incluso como un traidor, y después de las matanzas, el discurso de Estado Islámico se ha hecho más atractivo y le gana nuevos reclutas”.

Muchos activistas e intelectuales egipcios, añade Ibrahim, se sienten “horriblemente heridos” por la complicidad con la dictadura que mantienen “Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y otros países sin postura independiente, como México”, ya que esto “les ha permitido a los militares hacer lo que se les antoje bajo la justificación de combatir terroristas. Ahora vieron morder a la víbora que ellos criaron: mataron a los turistas y se sorprenden, pero siempre nos matan a nosotros y todos como siempre. ”.

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