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Desprestigiar a la prensa en Gaza, la estrategia de Israel


Témoris Grecko / Gaza. Publicado en Proceso, 16 de agosto de 2014.

Pocos se imaginan que en la franja de Gaza, un minúsculo rincón de la Tierra estremecido por bombardeos y combates, pueda existir un lugar bello. El restaurante al aire libre del Hotel Al Deira es uno de los pocos espacios considerados “seguros”, aunque nadie lo da por garantizado después de los ataques israelíes contra escuelas de la ONU y hospitales. Muchos periodistas suelen venir aquí por la mañana, antes de salir a buscar las noticias de la guerra; por la noche, cuando regresan deseosos de una bebida fresca (agua mineral, la cerveza es sólo un sueño); o durante las pausas. Aunque sus precios no son excesivos, un visitante de otro hospedaje se queja de que la calidad de la cocina no se corresponde con lo que se cobra. “Antes de llegar a Gaza, ni siquiera sabíamos si encontraríamos qué comer”, le recuerda su compañero.

La terraza se levanta sobre el Mediterráneo. Lo único que recuerda la situación de conflicto son los sonidos: más cercano, el perpetuo zumbido de vigilancia y amenaza de los drones, los aviones israelíes no tripulados; más lejanos, las explosiones de las bombas y los lanzamientos de cohetes. Pero uno se puede abstraer. Las olas se arriman suavemente y en su ondular, arrastran la vista hacia un horizonte tras el que se aletargan otras costas de ensueño, las de las islas griegas, Túnez, Barcelona. Unos pocos metros a la izquierda, está el pequeño puerto de Gaza, desierto con sus botes de pescadores, impedidos de salir a faenar por la marina israelí.

Para buena parte de la prensa extranjera, es un escenario cotidiano de tranquilidad. Uno que les ofreció un espectáculo espantoso incluso para los más experimentados periodistas de conflicto, el 16 de julio. “Puedes pasar semanas viendo sucesos horribles cada día, pero hay uno que realmente se queda contigo”, lo describió el premiado fotógrafo Tyler Hicks.

Un gran bum alertó a todos, los que tomaban café en las mesas y los que se preparaban en sus habitaciones. Un barco israelí había disparado contra la pared del puerto, cuyo valor como objetivo militar no era evidente. Mató a un niño palestino. Otros tres, de entre siete y once años, y su padre, corrían para escapar del peligro. Todos los días jugaban allí y eran bien conocidos por los periodistas. Llegaron a la playa y se esforzaban por alcanzar el hotel cuando un segundo tiro estalló en la arena en medio de los chicos. En la terraza, los periodistas gritaban: “¡Sólo son niños!” “En apenas 40 segundos”, escribió más tarde Peter Beaumont en The Guardian, “cuatro niños que jugaban a las escondidas entre las cabañas de los pescadores estaban muertos”.

Fotógrafos de muchos países captaron toda la secuencia y el resultado. Las dolorosas imágenes de cuerpecitos flacuchos, que quedaron en posiciones inhumanas, destrozados, salieron instantáneamente hacia todo el mundo, a través de Twitter. Beaumont, quien dejó su equipo para administrarle primeros auxilios a un quinto niño y al padre, que resultaron heridos gravemente, tuiteó desde @Peterbeaumont: “No hubo tiro de advertencia. Niños muertos por primer disparo. Luego artillero ajustó (la puntería) y barrió a los sobrevivientes. Estaba a 200 metros”. Con el usuario @AymanM, el reportero de NBC Ayman Mohyeldin trinó: “Antes de que los mataran estaban en nuestro hotel, yo estuve jugando pelota con ellos”.

La velocidad fue desarmante. Esos tuits fueron replicados miles de veces en pocos minutos. @IDFSpokeperson, la cuenta del portavoz del ejército israelí, siempre muy activa, sólo pudo reaccionar repitiendo uno de sus argumentos de cajón: “Hoy desde temprano, les pedimos a los civiles que se alejaran de los objetivos militares en Gaza. De nuevo, Hamas les dijo a los civiles que ignoraran nuestras advertencias”.

Hubo que esperar unas horas para que afinaran otra respuesta, entregada por escrito a la agencia AFP: “El objetivo de este ataque eran operadores terroristas de Hamas. Las bajas civiles reportadas de este ataque son un resultado trágico”.

LA GUERRA DE LOS HASHTAGS

Tales miembros de Hamas no fueron vistos por las decenas de periodistas que estaban ahí. Probablemente no los había. Pero esa ausencia se ha convertido en uno de los principales arietes de la maquinaria propagandística israelí, cuyo objetivo es desacreditar y culpar a los reporteros que cubren la guerra por la información que exhibe la violencia del ejército.

Desde la segunda semana de enfrentamientos, en medios de Estados Unidos empezaron a aparecer artículos que daban cuenta de un cambio en las tendencias informativas, que tradicionalmente reproducían sin contrapesos las versiones que daban los israelíes sobre sus conflictos. “Porqué está perdiendo Israel la guerra estadounidense de los medios”, tituló Benjamin Wallace-Wells su artículo en New York Magazine del 20 de julio. Aunque parecida a ocasiones anteriores, ésta “ha sido un poquito diferente desde el principio: las audiencias en Estados Unidos están viendo la historia del conflicto, quizás más que nunca antes, a través de ojos palestinos”.

La frustración del primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu, por la atención que el mundo les estaba dando a las víctimas se había expresado ese mismo día, en una entrevista en CNN, con una de esas frases que definen a una persona ante la historia: Netanyahu acusó a Hamas porque “utiliza palestinos telegénicamente muertos para su causa”.

“Si a Netanyahu le molesta tanto cómo se ven los palestinos muertos en televisión, entonces debería de dejar de matar a tantos”, anotó Wallace-Wells.

Otros analistas se pusieron a buscar los motivos de estos cambios. En el sitio web de la revista Slate, Joshua Keating señaló como causa directa la grave disparidad de muertes entre ambos lados, y añadió que, además, la clave podía estar en Twitter. En ese momento (21 de julio), el hashtag #GazaBajoAtaque había sido utilizado en 4 millones de tuits, en tanto que el opuesto, #IsraelBajoFuego, en 170 mil.

Para justificar sus acciones, el gobierno israelí quería poner en las pantallas del mundo las imágenes de sus ciudadanos interrumpiendo sus tareas cotidianas para correr a esconderse en refugios, ante la amenaza de un cohete palestino cruzando sus cielos. Pero a lo largo de un mes, sólo hubo dos muertes, mientras en Gaza los cientos se hicieron miles.

Reportajes con títulos como “Para dos médicos, el desafío de trabajar bajo fuego”, sobre un par de galenos israelíes de origen latinoamericano que operaban bajo la presión de las sirenas en un hospital de primer mundo (de Jana Beris, reproducido en diarios de varios países como “El Tiempo” y “La Nación”, 5 de agosto), se contrastaban de inmediato con imágenes de doctores palestinos sobrepasados por decenas de heridos graves, que se esforzaban en clínicas sin equipo ni personal y atacadas por misiles, y cuyas familias dormían a la intemperie porque sus casas habían sido bombardeadas, si no es que varios o todos sus miembros habían muerto ya.

El juego estadístico de comparar lanzamientos de cohetes que no causaban daño con ataques aéreos contra escuelas y viviendas, fue incapaz de crear una sensación de proporcionalidad y de que Israel sólo se defendía: las cifras de muertos desmontaron el mecanismo; los reportes e imágenes de periodistas que les ponían rostro y nombre a las víctimas se convirtieron en un muro insuperable para la propaganda israelí.

El gobierno de Netanyahu insistía en que el alto número de muertos se debía a que Hamas utilizaba escudos humanos –incluidos niños—, a que atemorizaba a la gente para que desatendiera las órdenes de que se marcharan de sus casas y a que escondía armas en edificios civiles. Salvo unas pocas notas, en la mayoría de los casos los reporteros recogieron testimonios que desmentían los dos primeros argumentos, y no había manera de comprobar el de los escondites.

LOS FALSOS AMENAZADOS

A principios de agosto, los israelíes cambiaron de estrategia. A los periodistas, decían sus portavoces y medios afines, Hamas los tenía aterrorizados y no podían informar correctamente; otros, además, eran cómplices de la milicia islamista. Incluso, la pre-candidata presidencial Hillary Clinton se ofreció para hacerle eco al argumento en una entrevista con The Atlantic (10/ago): “Lo que se ve es lo que Hamas invita y permite que los periodistas occidentales reporten. Es el viejo problema de relaciones públicas de Israel” porque, además, “hay niveles profundos de antagonismo y antisemitismo hacia Israel”.

Para fundamentar sus argumentos, los aparatos de propaganda aprovecharon un hecho evidente: abundaban las imágenes de las víctimas de los ataques, pero casi no había fotos de combatientes de Hamas ni de sus lanzaderas de cohetes. Esto sólo se podía explicar, aseguraban, porque los periodistas no pueden hacer bien su trabajo y, al aceptar esas condiciones, se prestaban a colaborar con las mentiras de Hamas.

Aunque se trató de una ofensiva general para desacreditar la información que sale de Gaza, haciendo suponer que incluso las fotos de niños muertos eran falsas, el ataque se centró en Tyler Hicks, un fotógrafo con importantes premios y un historial de actos heroicos en varias guerras. Tablet Magazine, un sitio web descrito como “el New Yorker del mundo editorial judío”, publicó el 1 de agosto un artículo sin firma en el que mezclaba citas atribuidas y anónimas para hacer parecer que el New York Times admitía que estaba haciendo una mala cobertura en Gaza y que en lugar de asumir su falta, se lavaba las manos echándole la culpa a Hicks, de quien el periódico consideraba que “su trabajo es una porquería”.

“Una obvia mentira sensacionalista”, lo describió el crítico Jonathan Poritsky en un artículo en Candler Blog (5/ago) en el que desmenuzó el texto de Tablet Mag para exhibir sus mentiras. Finalmente, en Lens, el prestigiado blog de fotografía del New York Times (5/ago), James Estrin entrevistó a Tyler Hicks sobre su experiencia cubriendo Gaza. No hubo referencias al supuesto desdén del periódico hacia su trabajo.

HAMAS NO SE DEJA VER

Al salir del Hotel Al Deira para dirigirse al propio, más modesto, los periodistas tenían ante sí unos 200 metros en la semi-oscuridad. El zumbido perenne de los drones les recordó el peligro: tenían que ponerse los chalecos antibalas. Serían inútiles ante un cohete pero esperaban que los letreros que decían “PRENSA” fueran visibles para el operador del aparato, un chico en alguna oficina en Israel, sentado frente a la pantalla y con el dedo sobre el botón de disparo, para que contuviera sus impulsos.

En Gaza, siempre vigilada desde el aire, los miembros de Hamas y de otras facciones palestinas, los policías, las personas relacionadas con la seguridad, los empleados públicos y la gente que conviva con ellos, están en peligro de ser detectados y muertos en cualquier instante. Israel, destrozando todo convenio internacional sobre protección a civiles, considera que todos ellos son blancos legítimos, así como sus casas. No importa que en un edificio habiten 100 personas: si se sabe, cree o sospecha que ahí hayo hubo algún enemigo, será destruido, aunque mueran decenas de inocentes.

Israel está muy orgulloso de las capacidades de sus servicios de inteligencia. El 25 de julio, Mickey Rosenfeld, portavoz de la policía israelí, reconoció ante un reportero de la NBC que su gobierno siempre supo que la dirigencia de Hamas no había ordenado el secuestro de tres adolescentes israelíes (como lo había adelantado proceso el 12 de julio, y desmintiendo a Netanyahu, que alegó la falsa culpabilidad de Hamas para lanzarse contra sus miembros, lo que desató la guerra), y presumió que, si lo hubiera planeado Hamas, “lo hubiéramos sabido con anticipación”.

El ahogamiento de la economía palestina le ha brindado a Israel la oportunidad de crear una extensa red de informantes, reclutándolos entre palestinos sin empleo. Se paga por los datos que puedan brindar sobre quiénes son miembros de Hamas y dónde viven, o si ayudan a localizar lanzaderas de cohetes, escondites de proyectiles o túneles. Esto crea un importante incentivo para ganar dinero aunque sea con datos no verificados, e incluso facilita que se señale a alguien por interés o venganza.

Los drones y los informantes son el enemigo de Hamas, que para escapar de su mirada se ha refugiado en cuarteles subterráneos. El resultado es que los periodistas nunca ven a sus combatientes. Israel aprovecha que en otros conflictos, como en Libia o Siria, los rebeldes están encantados de aparecer ante las cámaras y que a los televidentes, acostumbrados a ver guerrilleros en lucha, les resulta extraño que ahora sea distinto. Sí, faltan esas imágenes. Pero en esas guerras no tienen que temer constantemente por el castigo que viene del cielo. Las ciudades de Gaza contrastan con las de otros países árabes en conflicto porque no hay ni una persona armada en las calles: los fulminarían de inmediato.

Ha habido casos de gran suerte. Y a domicilio. El 5 de agosto, un equipo de la televisora india NDTV ocupaba el departamento 16 del quinto piso del edificio Abu Ghalion, orientado hacia el norte. El corresponsal de Proceso estaba en el número 15, mirando al sur. Al despertar, esa mañana, los periodistas indios detectaron una extraña tienda de color azul en un terreno baldío vecino, justo frente a su balcón. Pudieron filmar el proceso de preparación y lanzamiento de un cohete. Fue un evento excepcional. Lo sabían y por ello de inmediato se fueron a Israel. Esa misma tarde, lo sacaron al aire.

Hamas no es ningún partido democrático o interesado en la libertad de expresión. Aunque ha aprendido a respetar a los periodistas extranjeros después de muchos conflictos con ellos, eso no significa que vaya a permitir que trascienda la información que considera de seguridad. Los reporteros de NDTV sabían que los obligarían a borrar su video si alguien se enteraba de lo que habían conseguido. Conocían algunos casos de colegas a los que se les ha pedido marcharse de Gaza por intentar fotografiar eventos parecidos. Son relativamente pocos y, comparativamente, nada muy grave para profesionales endurecidos bajo la presión de los militares egipcios y de los yijadistas de Estado Islámico.

Y de Israel: para que permita el paso de un periodista a Gaza, le exige obtener una acreditación en la Oficina de Prensa del Gobierno, en Jerusalén. Ahí, uno debe presentar cierta documentación, incluida el que llaman “formato de censura”, un documento disponible en el sitio forms.gov.il de la administración israelí. Hay que bajarlo, firmarlo y entregarlo, comprometiéndose así a someter a la aprobación del censor militar la información relacionada con seguridad nacional (es decir, lo que tenga que ver con la guerra y los palestinos). Carecen de la capacidad para obligar a todos los reporteros a cumplir, por lo que se enfocan en hostigar a ciertos grandes medios internacionales.

Dentro de Gaza, los fotógrafos comparten sus ansias de sacar esas fotos casi imposibles: combatientes de Hamas en lucha o en un centro de mando bajo la tierra. En tiempos de paz, la burocracia local se hace presente y controla el ingreso a la franja, tal como lo hacen los israelíes. Pero en la guerra, raramente se deja ver. Una mañana, un funcionario le pidió la documentación al corresponsal de Proceso, pues, dijo, nunca habían tenido a periodistas mexicanos en Gaza y le parecía sospechoso. Pero no fue agresivo y al final lo invitó a practicar con su equipo de fútbol, pues por una extraña razón cree que Maradona es mexicano.

En realidad, la queja de los periodistas es que no hay cómo acercarse a Hamas: para solicitar entrevistas o acompañarlos a alguna operación. El problema no es que Hamas los tenga amenazados: es que no se deja ver.

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