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#Gaza. Cinco minutos para morir


Témoris Grecko / Gaza. Publicado en Proceso del 9 de agosto de 2014.

Cuerpos derretidos unos encima de otros, describe Naban Abu Shaar. No los pudieron reconocer. Ni siquiera pudieron contar con precisión cuántos eran: entre seis y ocho, calcula. No los desintegró el fuego de las bombas, sino la destrucción de la carne que provocaron interminables ráfagas de balas, el apilamiento en un espacio pequeño, la acción del calor, los insectos y las bacterias, y los diez o veinte días que estuvieron abandonados durante la ocupación del pueblo de Khuzaa por el ejército israelí.

No se puede indagar más. La escena del crimen ha sido removida, y los cadáveres, trasladados junto a decenas más que acaban de ser rescatados de las ruinas. No hay testigos directos de lo que ocurrió ahí: probablemente, sólo están vivos los perpetradores. Las únicas pistas son decenas de casquillos, pero de ninguna manera constituyen pruebas concluyentes. Ni vendrán investigadores especializados: el cese al fuego que permitió venir hasta esta casa de la muerte, hoy viernes 1, se ha roto, como indican los cañonazos que cada vez caen más cerca y el cambio en el flujo de cadáveres que trasportan por la calle: hasta hace unos minutos todos estaban corrompidos, pero los que llevan ahora lucen frescos, casi vivos, y los acaban de matar a pocos metros de aquí.

DE LA VIDA A LA TUMBA EN UNA HORA

El doctor Nasr Abu Shufka se ha tranquilizado un poco. Difícil entender cómo lo consigue. Hay tres periodistas que se han escurrido hasta esta pequeña sala de un apartamento de unos 50 metros cuadrados, en un edificio sin lujos del barrio gazatí de Jalabiya. Está destruido: por la recámara entraron dos cohetes que disparó un drone, justo donde estaba la cama. Pero era mediodía y nadie yacía en ella. Los proyectiles continuaron su camino a través de la pared y una puerta. Ahí hallaron a Jemal, hermano de Nasr, y a Abdel Jheel, su primo, e hicieron pedazos sus cuerpos de 38 años. Sus hijos están recogiendo fragmentos de las carnes de sus padres que quedaron pegados a las paredes de color crema. Arrojan una manta al piso para cubrir la sección donde se ha encharcado la mayor parte de la sangre. Pero las manchas abundan.

“Si peleas con alguien, pelea con los militares”, pide Abu Shufka, sujetando su camisa de color azul. No se explica el asesinato de Jemal y Abdel porque ninguno en la familia es militante de Hamas ni de alguna de las facciones en guerra con los israelíes. Todos ellos fueron activistas en su juventud, admite. Pero de la Organización para la Liberación de Palestina, a la que el primer ministro israelí considera como interlocutor válido, los palestinos “buenos”. “No es de soldados pelear contra un niño o una mujer”, reclama. “Si no respetan a los civiles, están pidiendo que regrese la época de los atentados suicidas”.

“Hace media hora”, recuerda este jueves 30 de julio, su hermano estaba vivo, en este mismo sitio. Se equivoca ligeramente. Fue tal vez una hora. Si la tradición islámica prescribe enterrar los cadáveres antes de 24 horas, los gazatíes son desconcertantemente veloces. Este caso es un ejemplo: mataron a las víctimas, alguien llamó a la ambulancia, los paramédicos recogieron los restos, los llevaron a la morgue del hospital Kemal Aduan, ahí pasaron sólo unos minutos antes de que los devolvieran a los parientes que en un relámpago, se trasladaron al cementerio donde la inmensa familia y los vecinos, todavía consternados por la noticia, ya esperaban entre llanto y gritos, y las fosas estaban abiertas. Una ceremonia breve con algunas palabras y la tierra empezó a caer. Ni sesenta minutos.

CINCO MINUTOS PARA MORIR

Israel declaró objetivo militar todo aquello de lo que sepa, sospeche o adivine que en algún momento pasado, presente o futuro haya significado o pudiera significar una amenaza contra sus tropas. Desde el blog del ejército, se difunden infografías, que después serán reproducidas miles de veces en redes sociales, en las que aparecen dibujos de casas civiles, escuelas y hospitales con depósitos subterráneos de armas, accesos a túneles o escondites para milicianos. No hace falta demostrar nada: la sentencia es automática y firme desde el momento en que alguien marcó el objetivo en un mapa, a partir de lo que algún informante contó a cambio de una cantidad de dinero. Con frecuencia, basta con que alguien considerado enemigo viva o haya vivido ahí, y a veces ni siquiera hace falta eso.

En Maghazi, un antiguo campo de refugiados que con las décadas adquirió una sólida infraestructura urbana, Abed Rabow Abu Mandil, un sesentón de abaya blanca cuyo carácter dominante revela su larga carrera como maestro de secundaria, tiene a todos los hombres de su familia en movimiento para aprovechar las siete horas de este cese al fuego, del lunes 4, y rescatar lo que se pueda en las ruinas de su casa de cuatro plantas, en la que habitaban 16 personas.

Dos semanas atrás, a las 5.30 de la mañana, un telefonista del ejército israelí llamó y, en perfecto árabe, le dio cinco minutos para sacar a los suyos, porque iban a destruir el edificio. Abu Mandil preguntó por qué y le dijeron que su hijo era militante del grupo Yijad Islámica. Fue inútil que asegurara que era falso y explicara que, además, el joven ni siquiera vivía ahí con él. Tampoco sirvió pedir tiempo para sacar sus cosas: apenas había salido el último de ellos cuando un cohete destruyó una habitación. Y luego no pasó nada.

Asumieron que eso era todo y los daños parecían reparables. A mediodía, todos salieron a la mezquita para darle gracias a dios. Entonces golpearon su casa cinco cohetes y dos bombas de media tonelada que arrojó un F-16. Aunque la intervención divina no sirvió para proteger sus bienes, Abu Mandil califica de milagro que nadie haya muerto. Pero se quedó sin hogar y todavía debe 250 mil dólares de la hipoteca. “Siempre he pensado que uno tiene que estar listo para empezar de nuevo”, reflexiona. “Pero esto no es empezar de nuevo, empiezo con una enorme deuda… y tengo 63 años”.

ÚLTIMAS, INNECESARIAS VÍCTIMAS

El ejército israelí insiste en presentarse como “el más humanitario del mundo”. En respuesta al cargo de que atacar a personas e infraestructura civiles es un crimen de guerra, asegura que hace lo posible por reducir el número de bajas avisando antes de un bombardeo. Llaman por teléfono a los habitantes de una casa o, si no los encuentran, se comunican con algún vecino y le ordenan correr a avisar porque sólo tendrán minutos para salir. Otra técnica de aviso se denomina “toque en la azotea”, eufemismo para un ataque limitado con un cohete que golpea en el techo y sin duda matará a todos los que se hallen arriba. Pero como esto suele ocurrir cuando la gente duerme, a veces no hay nadie y sólo se despierta a los adultos y los niños con un brrrrom inmenso que sacude la casa, rompe las ventanas, tira las estanterías y provoca que se desprenda el yeso. Es la forma de decir “váyanse”.

El misil viene después. La BBC captó en un video el momento en que uno de ellos golpea el edificio Shorouk, de unas 15 plantas y sede de medios de varios países, además de la televisora de Hamas. El pesado proyectil provoca un explosión relativamente menor cuando golpea por arriba. Pero es sólo para abrirse paso: de esa forma penetra dentro de la estructura y estalla cuando ha llegado al corazón, desde donde emergen olas de fuego barriéndolo todo.

Esto deja las construcciones en pie, pero desnudas: las paredes y todo lo que había entre ellas son quemados y expulsados con un poderoso soplo ígneo. Sólo quedan los pilares y los pisos sólidos.

Otras bombas, en cambio, están diseñadas para provocar la demolición del objetivo. Como la que cayó hoy, lunes 4, en el barrio de Al Shati, cerca de la playa, en Ciudad de Gaza.

Es un día optimista porque a las 10 de la mañana dio inicio el alto el fuego, que antecede a lo que ya se anticipa que será una tregua de tres días y, se puede y se quiere creer, al fin de la guerra. Los vecinos aseguran, sin embargo, que los aviones F16 pasaron a las 10:05 y provocaron algunas de las últimas, innecesarias víctimas, sin aviso alguno.

Murió una niña de 8 años. De entre los escombros han sacado a cuatro personas. Se estima que, bajo los pies de los rescatistas, hay otros 25 miembros de una misma familia extendida –desde los bisabuelos hasta sus bisnietos—, casi todos en el primer piso. A las 18:00, siguen esforzándose en lo que fue el techo del cuarto nivel. No utilizan maquinaria pesada porque el acceso es a través de un callejón demasiado estrecho, así que todo lo rompen a taladro y mazazos, y lo sacan piedra a piedra. Están practicando un hoyo en un punto por el que alguien calcula que pueden llegar hasta quien, dicen, es una sobreviviente segura: una bebé de ocho meses. Dormía en una cuna metálica y creer que resistió es una fe a la que quieren y necesitan aferrarse.

“JUSTIFICADO Y PROPORCIONAL”

Nunca consiguieron llegar hasta la niña. Dos días después, cuando la tregua parece consolidarse y conducir, efectivamente, a una más duradera —hasta que venga una cuarta guerra de Gaza—, el primer ministro Netanyahu afirma “lamentar la muerte de cada civil” y que, ante los ataques de los cohetes de Hamas, la intensidad del bombardeo es “una respuesta necesaria” que “estuvo justificada” y “fue proporcional”.

Con actualizaciones varias veces al día, su gobierno ha difundido dos estadísticas paralelas: la de los cohetes lanzados por las facciones palestinas y la de los ataques aéreos israelíes contra “objetivos terroristas”: 3,360 y 4,762, respectivamente.

Visto así, el adjetivo proporcional apenas parece exagerado. Pero compara cosas incomparables: los cohetes son artefactos rudimentarios que en su mayoría caen en lugares deshabitados o son interceptados por el sofisticado sistema antimisiles israelí “Domo de Hierro”. Sólo dos personas –un trabajador tailandés y un israelí— murieron por su causa (sumándose a otro civil que murió cerca de la franja por fuego de mortero). Además, 64 soldados cayeron en combate.

Los golpes de los jets, la artillería, la marina, los tanques y los drones israelíes, en cambio, devastaron Gaza en 30 días, golpeando no sólo objetivos militares sino también económicos y civiles. Todavía hay muchos cuerpos atrapados entre los escombros pero, hasta el jueves 7, se cuentan 1,868 muertos (de los que 426 son niños y 246, mujeres), 9,653 heridos (incluidos 2,877 niños y 1,853 mujeres), 5,510 casas demolidas y 30,920 dañadas, 188 escuelas y 24 instalaciones médicas afectadas, y nada menos que 560 mil personas están desplazadas: casi uno de cada tres gazatíes.

LA MALDAD EN KHUZAA

Tras lo que hoy todavía parece el fin de la guerra, las agencias gubernamentales y humanitarias reunirán cifras de daños y elaborarán proyecciones para cuantificar lo difícil y costosa que será la reconstrucción. A pesar de que la autoridad palestina busca la forma de acusar formalmente a Israel ante la Corte Penal Internacional, los crímenes de guerra cometidos por ambos lados (porque los disparos de cohetes que hizo Hamas desde zonas civiles también lo son, como estableció la alta comisionada de la ONU para los derechos humanos, Navi Pillay, pues atraen represalias fatales) quedarán seguramente impunes.

Como lo que se descubrió en Khuzaa ese viernes 1, cuando los habitantes que aprovechaban la tregua para regresar a sus hogares empezaron a confirmar, ya desde las orillas del pueblo, sus sospechas de que la destrucción era masiva.

No estaban preparados, sin embargo, para lo que escondía esta localidad del sur de Gaza, dependiente de la ciudad de Khan Younis y a 500 metros de la frontera, que fue bombardeada al principio de la guerra y después tomada por el ejército de Israel, el 17 de julio. Su desocupación, durante la noche previa, abrió una puerta ancha y alta.

Pero no a la esperanza, sino al horror.

Para bloquear el acceso, los soldados habían roto la carretera y los vehículos no podían aproximarse a menos de un kilómetro. Era el sitio donde esperaban las ambulancias y hasta ahí, entre las primeras construcciones destrozadas, llegaban las primeras señales de lo que aguardaba en la villa: utilizando mantas como si fueran camillas, grupos de jóvenes trasladaban cadáveres horriblemente quemados.

Acercándose a pie, bajo un sol inhóspito, se percibía poco a poco el tamaño del espanto. No había una sola construcción que no hubiera sufrido daños. Muchas estaban en tal ruina que no se podía saber qué habían sido. Un árbol se mezclaba con columnas desnudas que parecían imitarlo, alzándose por encima de los montones de escombros.

Debajo, había cadáveres. No hacían falta perros entrenados para detectarlos: el hedor aullaba. El mismo que rodeó a los militares israelíes durante las dos semanas que estuvieron ahí sin darse a la tarea de rescatar los restos humanos. Se la dejaron a los que vendrían después.

Como a quienes comprendieron que ese pequeño coche de madera, volteado y enterrado hasta la mitad en un cerro de arena, iba tirado por un hombre humilde que ahora, seguramente, yacía oculto, sepultado por la explosión. Una veintena de chicos se afanaban por escarbar, mientras otros buscaban unos metros más allá, entre las piedras de un edificio derribado. Por aquí y por acá, se podían ver partes de personas. Algunas de ellas todavía conectadas, aparentemente, a un cuerpo escondido. Otras no. Casi todas mostraban las huellas del fuego de lo que debe haber sido un bombardeo alucinante.

A falta de mejor transporte, pequeños carromatos tirados por burros servían de plataforma para apilar los despojos. Largas figuras envueltas en tapetes. Los hombres hacían su trabajo con hipnótica fortaleza, como no queriendo pensar en el sentido de sus movimientos, automatizándolos para proteger el corazón. En medio de la tragedia, la urgencia de limpiar para reconstruir cancelaba el tiempo de lamentarla.

Al final del pueblo, estaba la casa maldita. El hedor que hacía estremecer a todos en las calles, se iba intensificando desde la entrada, al caminar por el jardincillo y mucho más al pasar la puerta. Hedor de muerte concentrada. Al frente, una cocina, con charcos de sangre vieja y un rocío de impactos de bala en la pared. A la derecha, un cuarto con la puerta desvencijada, la cama rota, charcos de sangre vieja y un rocío de impactos de bala en la pared. Entre ambos salones, un baño. El baño más doloroso del mundo.

Acababan de llevarse los cuerpos. A los vecinos que llegaron muy temprano los abrazó la potencia de la peste y encontraron los cadáveres. Eran entre seis y ocho: no sólo eran irreconocibles como personas sino como organismos integrados, por lo que nadie estaba seguro de cuántos habían sacado. Ni siquiera la ropa ayudó a establecer si eran adultos o infantes, niños o mujeres: habían sido destrozados a balazos, amontonados en ese baño —donde había charcos de sangre vieja que estaban gordos y llenos de gusanos y los impactos de bala rociados en la pared parecían una viruela brutal— y abandonados por días o semanas, hasta que las carnes roídas por la fauna minúscula y microscópica perdieron forma y consistencia.

“Estaban como derretidos”, explicó Naban abu Shaar, un chico de 21 años que aseguró haber sido el primero en encontrar los cuerpos. “Llegué al baño y los vi apilados en la esquina”. Ante la pregunta de cuál fue su impresión, hizo un movimiento de la mano señalando la destrucción de su pueblo. Tal vez no lo esperaba pero tampoco se sorprendió.

Los rocíos de balas formaban líneas continuas en las paredes ensangrentadas, como cuando se activa y mueve un fusil automático con el movimiento de quien riega el jardín. El arma era tan potente que los proyectiles atravesaron los cuerpos y puntearon la pared. Decenas de casquillos regados por la casa quedaron como pista. Esbeltos, alargados, en su parte inferior tenían grabadas las letras mayúsculas IMI. Como los que produce la empresa Israeli Military Industries, proveedora del ejército israelí y fabricante de la famosa subametralladora Uzi.

Algunos entre los periodistas más endurecidos salieron de ahí vomitando. En el jardincillo, esperaba Mohammad Abu al Sharif, el dueño de la casa, que había retornado a ella después de que sacó a su mujer y cuatro hijas de ahí para salvarlas de los primeros bombardeos, el 13 de julio. Dijo que no podría decir si alguno de los cadáveres correspondía a uno de los nueve miembros de su familia que dejó ahí, entre quienes no aclaró si había combatientes.

En ese lapso, las circunstancias cambiaron. Ocupados en la búsqueda de vecinos muertos, los pobladores no tenían manera de enterarse de que el cese al fuego se había roto. Lo descubrieron cuando los empezaron a matar. Se escuchaban disparos de tanque cada vez más cerca y los jóvenes ya no llevaban cadáveres podridos y calcinados, sino los de hombres recién muertos. Intentaron colocar a uno de ellos en un carrito de madera, pero en el último momento se arrepintieron y casi tiran el cuerpo al suelo. Una inspección cercana reveló el motivo: en la plataforma aún había sangre y pedazos de carne de su remesa anterior, y en ellos se alimentaba una enloquecida tropa de gusanos, gordos y activos como si celebraran una fiesta.

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