Gallery

El régimen egipcio lanza una persecución sin precedente contra los periodistas


Por Témoris Grecko / El Cairo (publicado en La Nación, 7/feb/2014)

Mohamed Fahmy abrió la puerta de la habitación que ocupaba con sus compañeros en el Hotel Marriot, en El Cairo. “Salam aleikum”, le dijeron los agentes policiacos. Contigo sea la paz, significa el tradicional saludo musulmán, al que se contesta invirtiéndolo, “aleikum salam”, la paz sea contigo. Pero Mohamed no tuvo tiempo de regresarlo porque los hombres entraron en tropel, forzándolo a retroceder.  Sentaron al productor televisivo de nacionalidad canadiense, al reportero australiano Peter Greste y al egipcio Baher Mohamed, también productor, en los sillones de la suite mientras la revisaban en busca de material que demostrara sus actividades terroristas.

Las autoridades filtraron semanas después el video del incidente a la televisión local. No se sabe de quién fue la idea –de alguien en la policía o en el canal— de ambientar la grabación con la banda sonora del thriller de Hollywood “Thor: The dark world”, pero logró hacer coincidir los momentos de tensión dramática musical con aquellos en los que la lente descubría la evidencia incriminatoria: “Tannnnn”, suenan los violines y las violas al aparecer las laptops y los teléfonos móviles; “booom”, se escuchan el contrabajo, el piano y el bombo mientras se ven discos duros, libretas de apuntes, hojas de notas y una videocámara. Los medios egipcios se refieren al trío de arrestados como “la célula terrorista del Marriot”.

Era la tarde del 29 de diciembre. Las leyes locales permiten que la policía retenga a una persona durante 15 días sin informarle de qué la acusa. Ese periodo es, además, extendible varias veces. La fiscalía ya había pedido un segundo alargamiento cuando, el 29 de enero, por fin se dieron a conocer los cargos: conspiración para “difundir noticias falsas” e “ingreso a grupo terrorista”.

.

PELIGRO EN CONFUSIÓN

El proceso incluía a un reportero egipcio de 25 años, Abdullah al Shami, encarcelado desde agosto, así como a otras personas hasta sumar un total de 20, de las que se afirmaba que todas trabajaban en Al Jazeera (el gobierno egipcio acusa a esta cadena televisiva de coaligarse con el grupo Hermanos Musulmanes, cuyo miembro Mohamed Morsi es el presidente que derrocó el golpe de Estado del 3 de julio, y a los HM les adjudican, sin pruebas, atentados terroristas que han matado a decenas de policías). Pero no se daban nombres ni se decía si los demás estaban detenidos, la única pista era que tres de ellos también eran extranjeros: dos británicos y “una mujer holandesa”.

Esto creó una ola de temor entre la comunidad de prensa extranjera en El Cairo, especialmente entre aquellos cuya nacionalidad coincidía, aunque no tuvieran relación con Al Jazeera. Las embajadas se pusieron a investigar y la de Gran Bretaña concluyó que sus compatriotas estaban fuera del país. La de Países Bajos, en cambio, al conseguir que la informaran de quién se trataba, se encontró con un enigma: era una “Johana Identity”. Esa palabra, que en castellano significa “identidad”, no es un apellido entre los holandeses. Pero encontraron un dato, un número de seguridad social que correspondía a la periodista Rena Netjes, cuyo nombre de bautismo es Johana. Aunque la joven, con residencia permanente en Egipto, nunca ha trabajado ni colaborado con Al Jazeera, se vio obligada a huir y esconderse durante varios días, hasta que sus diplomáticos lograron sacarla del país el lunes.

En Twitter, el fotógrafo estadounidense Timothy Kaldas escribió: “Nota a la fiscalía: si no saben ni el nombre del acusado, difícilmente tendrán la evidencia”.

Al Jazeera ha dado a conocer que sólo ocho de los 20 acusados tienen relación con ella.

La ofensiva gubernamental contra la televisora, cuya señal ha sido oficialmente prohibida y a la que le han cerrado las oficinas, generó protestas internacionales, incluidas las de varios gobiernos y la ONU. También a nivel individual porque los periodistas han entendido que, si el régimen es capaz de lanzarse al acoso y derribo contra una gran organización con los recursos y el respaldo político que ésta tiene, los reporteros independientes o de medios más pequeños están indefensos. La campaña #FreeAJstaff (liberen al equipo de Al Jazeera), que inició el 3 de febrero y obtuvo declaraciones de apoyo de entidades como CNN, BBC, la ONU y la Casa Blanca, había conseguido, el 5, una relajación de las duras condiciones de encarcelamiento de los tres presos, pero sólo eso.

Se sienten expuestos porque el gobierno y sus medios afines, que son prácticamente todos (a los demás los han callado), mantienen una campaña de denuncia contra la prensa local y extranjera que ha convencido a la gente de que los reporteros son espías, y de hecho les pide hacer “arrestos ciudadanos” de quienes parezcan sospechosos.

El 2 de febrero, el grupo Observatorio de Periodistas contra la Tortura difundió su informe de enero con 96 agresiones contra informadores (tres al día), en el que denuncia que las fuerzas de seguridad están actuando contra ellos al grado de dispararles con balas reales. De esto hubo tres víctimas. Además, 33 fueron arrestados, a 32 se les impidió hacer su trabajo y 31 fueron objeto de golpizas y robos.

Ha sido necesario acostumbrarse a laborar con la mayor discreción posible para evitar que cualquier viandante lo meta a uno en graves problemas. Cuando uno es un reportero morocho y sale sin libreta o grabadora, intenta pasar desapercibido. Resulta algo más complicado si se es rubio o si se es un árabe que no habla con acento egipcio. Lo peor es tener que usar un instrumento de trabajo visible.

Es el caso del fotógrafo colombiano Felipe Camacho, quien cubría una protesta el 25 de enero cuando un ciudadano que lo vio con cámara quiso detenerlo. No pudo, pero gritó en la calle y se formó un tumulto. Camacho cuenta que la policía lo arrestó y lo subió a un autobús, pero como la gente bloqueó el vehículo y trató de ingresar a él, entre denuncias contra Al Jazeera, los agentes “tuvieron miedo y se pusieron a pegarme” hasta que pudieron irse. Una vez en el cuartel, bajo la suposición de que era un espía, lo interrogaron con violencia psicológica y física moderada. Los que sufrían lo peor eran adolescentes detenidos “a los que hacían gritar de dolor frente a mí”, para intimidarlo. Finalmente, la intervención de su embajada logró su liberación.

No hay tanta suerte entre el número indeterminado de periodistas egipcios que se encuentran encarcelados o en la clandestinidad. Uno de ellos es Abdullah el Shami, el reportero egipcio que fue detenido el 14 de agosto, en el marco de la masacre de Rabaa al Adawiya en la que el ejército mató a entre mil y dos mil civiles (638, según las autoridades). Hoy viernes, cumple 177 días en prisión y 18 en huelga de hambre en protesta por su encarcelamiento. “Sólo soy un chico de 25 años que estaba empezando una carrera en periodismo y esto me ha afectado mucho”, escribió en una carta publicada el día 1. “El precio que pago por mi libertad no es nada comparado con los colegas que han perdido la vida”.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s