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Armas químicas en Siria: huellas incriminatorias


Por Témoris Grecko (publicado en Proceso, 22 de septiembre de 2013)

El informe de los inspectores de la ONU, que confirmó que el 21 de agosto se realizaron ataques con armas químicas que dejaron 1,429 muertos y 3,600 heridos en los suburbios de Damasco, la capital siria, no adjudicó responsabilidades, tal como había exigido el gobierno del país como condición para permitir que se hicieran averiguaciones: pidió que se investigara el crimen sin señalar criminales.

De todos modos, el documento dejó inconforme a Rusia, el inconmovible aliado del presidente sirio Bashar al Assad. El mismo día en que presentaron el reporte, el lunes 16, el ministro ruso de exteriores, Sergei Lavrov, lo descalificó: “El oscuro caso del 21 de agosto, en nuestra opinión, fue claramente fabricado”, dijo en una entrevista con el canal Rossiya 1. Su escepticismo estaba fundado, explicó, en “montones de evidencias provistas por expertos independientes en el lugar, como una monja de un convento local, otros testigos presenciales y reporteros occidentales, y por expertos europeos y de Estados Unidos, incluidos 12 funcionarios retirados del Pentágono y la CIA”.

Con esto, Lavrov no sólo trataba de desmentir el informe de la ONU, al que calificó de “parcial” y “distorsionado”, sino de manera indirecta, tres análisis que sí indicaban un culpable, el ejército sirio: un reporte de la organización de derechos humanos Human Rights Watch, otro del reconocido experto independiente Eliot Higgins, quien trabaja bajo el seudónimo Brown Moses, y uno más de los periodistas Rick Gladstone y C.J. Chivers, para el New York Times. Los documentos de la ONU y de HRW están respaldados con pruebas químicas, médicas, ambientales, testimoniales, fotográficas y videográficas, recabadas directamente por sus equipos y sobre las que realizaron análisis que explican en anexos documentales, con detalles de procedimiento y metodología. En cambio, ninguna de las personas citadas por Lavrov ha aportado las evidencias que el ministro cuantifica en “montones”.

Lavrov volvió a declarar el miércoles 18, en conferencia de prensa en Moscú, para asegurar que cuenta con algo más sólido que eso: “Tenemos suficientes evidencias que demuestran que el uso de químicos refleja que la oposición siria las usa para provocar de manera continua”, las cuales serán presentadas ante el Consejo de Seguridad de la ONU. ¿Cuándo? No dio fecha. ¿De qué pruebas se trata? “No he visto el documento”, admitió Lavrov, pero “expertos rusos lo revisarán”.

Sus afirmaciones coincidieron con una serie de transmisiones del miércoles 18 con las que Russia Today, el canal de noticias del gobierno ruso, repitió tres videos supuestamente grabados el día del ataque por Liwa al Islam, un grupo de rebeldes islamistas, en los que varios de sus milicianos, perfectamente identificados, aparecen con máscaras antigás y lanzan misiles del mismo tipo de los usados en los ataques.

En el estudio de Russia Today, el corresponsal de la cadena, Paul Scott, explicó que encontró las imágenes en el blog del mismo Brown Moses quien, dijo el reportero, “ha tratado continuamente de descifrar la información que sale de este conflicto y su decisión de publicar estos videos sugiere que las fuerzas de la oposición están llevando a cabo estos ataques con armas químicas”. En pantalla, mostraron el blog de Brown Moses. En otras palabras, Scott fincó la autenticidad de los videos en que fue Eliot Higgins (Moses) quien los difundió.

LAS EVIDENCIAS DE LAVROV

Higgins mostró molestia con los rusos cuando este semanario lo consultó al respecto: “Quisiera aclarar que a pesar del intento de Russia Today de cooptar la credibilidad de mi blog para darles vuelo a estos videos, yo los encuentro increíblemente sospechosos”.

El bloguero remitió a su publicación original de las imágenes, fechada 16 de septiembre. Se titula “Un examen de los videos que aseguran que Liwa al Islam es responsable del ataque con (el agente nervioso) sarín del 21 de agosto”, y en ella constata que, efectivamente, a cuadro aparecen una y otra vez banderas negras que dicen “Liwa al Islam” y que los guerrilleros insisten en repetir ese nombre, lo cual no es consistente con los videos producidos anteriormente por esa brigada, en los que “no ponen su logo por todos lados” ni “se envuelven en las banderas negras”. La oscuridad del momento, escribió Higgins, no coincide con la luna llena de aquel 21 de agosto, como tampoco ocurre con el cañón, un obús D30 “que no ha sido identificado como el que usaron en el ataque”. Ni se ve por lado alguno la lanzadera de cohetes múltiple BM-14” que sí ha sido vinculada al hecho.

Además de otros detalles, Higgins señala que los videos fueron subidos a YouTube y LiveLeak en cuentas nuevas y vacías de otros contenidos, algo que “tienen en común con videos sospechosos anteriores”.

En Russia Today, Paul Scott no mencionó nada de esto: como si Brown Moses no hubiera tenido reparos en creer que los materiales eran auténticos. El bloguero respondió con una “Declaración”, ese mismo miércoles, de que “no considero que esos videos sean evidencia creíble de nada” y que “toda la evidencia creíble apunta a que el ejército sirio es responsable del ataque del 21 de agosto”.

Por el momento, esto deja a Lavrov con el “montón” de evidencias” que citó el lunes 16, y que no son congruentes entre sí: la madre Agnes Mariam de la Croix, una monja carmelita libanesa que ha sido muy activa en su defensa del régimen sirio, niega que el ataque se haya producido, como explicó en una entrevista del 6 de septiembre, también con Russia Today: “Todo fue montado y preparado para culpar al gobierno sirio”, aseguró, “la evidencia clave es que (la agencia) Reuters hizo públicos estos archivos (los videos de las víctimas) a las 6.05 de la mañana. Se dice que el ataque químico fue lanzado entre las 3 y las 5 de la mañana en Ghouta. ¿Cómo es posible reunir una docena de piezas diferentes de pietaje, poner a más de 200 niños y 300 jóvenes juntos en un lugar, darles primeros auxilios y entrevistarlos a cámara, y todo eso en menos de tres horas? ¿Es de alguna forma realista?” Al respecto de los cientos de infantes, se pregunta: “¿Será verdad que los mataron?”

En contraste, el uso de armas químicas sí existió para los “reporteros occidentales” a los que Lavrov alude, y que en realidad es uno solo, Dale Gavlak, identificado por los medios que reprodujeron su historia como “reportero de la agencia AP”, y quien firma el texto en coautoría con el sirio Yahya Abahneh. La publicación original se titula “Sirios en Ghouta afirman que rebeldes apoyados por Arabia Saudí están detrás del ataque químico”. Esto se convirtió en otros sitios web, como Iranian.com, en “Rebeldes admiten responsabilidad por el ataque con armas químicas”. Gavlak y Abahneh afirman que el gobierno saudí proveyó con armas químicas a grupos de la oposición, y que guerrilleros que no sabían qué tipo de material manejaban cometieron errores y provocaron la dispersión accidental de los gases letales.

Eso no puede explicar, sin embargo, cómo fue que el ataque se produjo simultáneamente en doce sitios diferentes de Damasco, uno de ellos a 16 kilómetros de distancia de los demás, y que no haya registro de víctimas en las áreas intermedias. Los reporteros aseguran basarse en “numerosas entrevistas con doctores, residentes, combatientes rebeldes y sus familias”, pero no explican por qué citan exclusivamente a una persona, “Abu Abdel-Moneim, padre de un guerrillero”. En realidad, en el texto no aparecen rebeldes admitiendo nada. Y Gavlak, de hecho, no es un reportero de AP, sino un independiente que ha colaborado con la agencia y que en esta ocasión escribió para un medio desconocido, Mint Press News.

De manera similar, la especulación de la madre Agnes se cae de un soplo: su “evidencia clave”, el momento en que la historia apareció en la edición Estados Unidos de la agencia Reuters, a las 6.05 de la mañana del 21 de agosto, aparece marcada –como todas sus notas— con la clave E.D.T. o Eastern Daylight Time, la hora de Nueva York, siete horas atrás de la de Damasco… es decir, diez horas, no tres como ella cree, después de que ocurrió el ataque.

EL FACTOR AZIMUT

El informe oficial de la ONU, del lunes 16, no adjudica responsabilidades. En cambio, los de Human Rights Watch, del 10 de septiembre, el de Higgins, también del 16, y el de Gladstone y Chivers, del martes 17, argumentan entre otras cosas que, por los datos conocidos, sólo el ejército sirio dispone de agente sarín en las cantidades utilizadas (56 litros sólo para una de las cabezas de misil) y que, para dispersarlo simultáneamente, en tantos lugares, “la evidencia respecto al tipo de cohetes y de lanzaderas” utilizadas “sugiere con firmeza que son sistemas armamentísticos de los que sólo se sabe y se ha documentado que están en posesión de, y son usados por, las fuerzas armadas del gobierno sirio” (reporte de HRW); “estas armas son disparadas por lanzaderas grandes y aparatosas”, anotan Gladstone y Chivers, por lo que los rebeldes hubieran tenido que organizar una operación “de escala, sofisticación y secreto considerables, moviendo las lanzaderas sin ser detectados en áreas donde el gobierno tiene fuerte control o influencia, y mantenerlas sin recibir hostigamiento en un lugar fijo para lanzar un ataque sostenido que genera gran cantidad de luz y ruido, y después retirarlas exitosamente, todo sin ser detectados de forma alguna”.

La ONU no podía ir tan lejos. En la noche del 25 de agosto, después de casi cinco días desde el ataque, y bajo presiones internacionales y amenazas de represalias militares estadounidenses, el gobierno sirio accedió a que los inspectores de la ONU, presentes en Damasco por otros motivos, investigaran los ataques del día 21, pero sólo bajo la condición de que sus pesquisas se limitaran a verificar si había habido un uso o no de armas químicas: estaban impedidos de señalar responsables.

No obstante, su reporte sí confirmó algunos elementos vitales: el uso del agente nervioso sarín; que ésa fue la causa del millar y medio de muertes; y que fue disparado en misiles de dos tipos, uno de 140 mm de fabricación rusa y otro de 330mm de origen desconocido, que requieren de una lanzadera de cohetes múltiple BM-14. En su anexo 5, además, los inspectores identificaron los azimut (medidas angulares) de caída de los tres proyectiles que fueron encontrados sin que nadie los hubiera removido o manipulado, así como la dirección de la que provenían.

Esto último, que permite calcular su trayectoria aproximada y estimar desde donde fueron lanzados, fue lo que más disgustó al gobierno ruso, pues gracias a ello, dos análisis, el de Gladstone/Chivers y un segundo de HRW (del martes 17), debidamente marcados en un mapa, ubicaron como probable punto de origen una base de la 104ta brigada de la Guardia Republicana, comandada por Maher al Assad, hermano del presidente.

En contra de todos estos informes, Lavrov prometió un montón de evidencias “indisputables”, aunque no sepa decir de qué se trata. Por décadas, el gobierno sirio negó fabricar o poseer armas químicas y ahora, en respuesta a las negociaciones entre Washington y Moscú para eliminarlas, el presidente Assad prometió su cooperación el miércoles 16… a cambio de mil millones de dólares “necesarios para destruirlas”.

 

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