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Siria: Tras la línea roja


Por Témoris Grecko. Publicado en Proceso (1 de septiembre de 2013)

Antes adorado por muchos en los países árabes, y visto con esperanza en la oposición Siria, hoy Barack Obama no es bien querido ni por dios ni por el diablo. En Egipto, por ejemplo, es acusado al mismo tiempo de favorecer a los reprimidos Hermanos Musulmanes y a la represora dictadura del general Sisi. En cuanto a su actitud al respecto de Siria, los simpatizantes del gobierno aseguran que fabricó evidencias para justificar una intervención militar y los rebeldes creen que ha hecho todo lo posible por ignorar las violaciones a la “línea roja” (“que veamos un montón de armas químicas que se mueven por ahí o se utilizan” contra la población, declaró hace un año, el 20 de agosto de 2012) que, según él, lo llevarían a ponerle un alto al régimen.

Esa línea roja lo ha puesto en ridículo. También porque, como cuentan un poco en chiste y un mucho en serio los jóvenes en Alepo, al establecer límites, Obama pareció darle carta blanca al régimen para masacrar al pueblo siempre y cuando no lo hiciera con armas químicas. Como expresa un cartón difundido en las calles de esa ciudad y en internet: el presidente Bashar al Assad aparece hasta las rodillas en un lago de sangre, sujetando una sierra eléctrica y rodeado de cabezas, miembros y cuerpos destrozados, con una enorme peste a cadáver en descomposición, y un Obama que está de pie a un lado, sin ensuciarse, dice: “No. No huele a nada químico”.

A final de cuentas, la línea roja parece haberlo enredado a él, a pesar de su reluctancia a involucrarse en el conflicto. El ataque masivo con armas químicas contra cuatro barrios rebeldes de la capital, Damasco, del que Occidente responsabiliza al régimen, y que dejó a entre 322 y 1,729 muertos, y más de 3 mil heridos, alcanzó tales dimensiones que no puede ser tratado como un asunto secundario. Es el mayor que se ha registrado en 25 años, desde que el ejército del depuesto Sadam Husein (cuyo ahora extinto partido Baas era hermano del de Assad, que retiene el mismo nombre) mató a 4,500 habitantes del pueblo kurdo de Halabja, en el norte de Irak.

El mandatario estadounidense, quien ha dedicado sus dos periodos en la Presidencia a sacar a su país de las dos largas y costosas guerras (Irak y Afganistán) que le heredó su antecesor, George W. Bush, se encuentra abocado a meterlo (con Gran Bretaña, Francia y miembros de la OTAN) a otra. Que no será igual a la de Libia: tanto la posición geográfica de Siria como el momento histórico hacen de este escenario el eje de un conflicto potencialmente más impactante y devastador que cualquier otro de los tiempos actuales, reactivando disputas religiosas y étnicas ya milenarias e involucrando a varias potencias regionales, de las que al menos una posee un arsenal nuclear y al menos otra lo está desarrollando.

No queda claro, además, a quién va a apoyar: el campo de la oposición corresponde con una severa definición del concepto caos, caracterizado por una profunda división, y las acciones occidentales conllevan la paradoja histórica de que dos grandes enemigos del siglo XXI, Estados Unidos y Al Qaeda, se encuentran luchando hombro a hombro, en el mismo bando y contra el rival común.

BRECHA DE ODIO

El miércoles 21 de agosto, en horas de la madrugada, miles de habitantes de cuatro barrios de Damasco –todos controlados por los rebeldes sirios desde el verano de 2012— fueron afectados por un mal desconocido, en medio de bombardeos del ejército gubernamental. Sin señalar culpables, la organización Médicos sin Fronteras informó que tres hospitales afiliados fueron “inundados” con 3,600 pacientes con síntomas que “indicaban con fuerza una exposición a un agente neurotóxico”. De ellos, 355 murieron. Otras personas perecieron antes de ser trasladadas a clínicas. No se tiene reportes de los que fallecieron en centros de salud ajenos a esa organización. Las estimaciones de víctimas fatales van de las 322 (incluidos 46 guerrilleros) que dio el Observatorio Sirio de Derechos Humanos a 1,729, según el opositor Ejército Sirio Libre.

Una primera esquematización de los bandos en conflicto se puede obtener a partir de las denuncias de responsabilidad: las facciones rebeldes, los gobiernos árabes suníes (Turquía, Arabia Saudí, Catar y otros), las potencias occidentales (EU, GB y Francia) e Israel señalaron de inmediato a las tropas de Bashar al Assad como responsables. El régimen se mostró algo torpe al principio, negando que se hubiera producido algún incidente extraordinario, para después aceptar que había ocurrido y culpar a los rebeldes. A pesar del cambio de señales, sus afirmaciones recibieron siempre un firme respaldo de sus aliados Hezbollah (la milicia chií libanesa), Irán (la república islámica chií) y Rusia, el clásico rival de Estados Unidos.

Esto parecería dibujar un enfrentamiento con dos ejes claros: uno de filiación suní y asociado con Occidente e Israel, y otro de fe chií y alineado con Moscú: la guerra fría reeditada en clave musulmana. Como Corea o Vietnam: el escenario bidimensional de hoy sería Levante. A pesar de que el cuadro de una lucha popular contra la dictadura, más o menos dentro de los límites definidos de un país, se ha caído de la pared para revelar un mapa mural que involucra a varios países. Las fronteras de la zona entera, definidas arbitrariamente por Londres y París en 1916, se están colapsando ahora que “lo que alguna vez fue un conflicto sirio con derrames regionales se ha convertido en una guerra regional con foco en Siria”, según el informe “Los conflictos en metástasis de Siria”, publicado por el think-tank International Crisis Group el 27 de junio.

Era un peligro que se había advertido desde que la conflagración empezó a prolongarse: que los nobles ideales se subsumieran bajo una lucha de sectas. Finalmente, se reactivó la brecha de odio más añeja de las que persisten en nuestros días y que dura ya 13 siglos: a partir de una batalla por la sucesión del profeta Mahoma, los vencedores pasaron a formar la secta suní, y los derrotados y perseguidos, la chií. Esto ocurrió en Kerbala (en el Irak de hoy), en el año 680. Después de 1,333 años, los odios siguen ardiendo. Una muestra de ello es que en Egipto, el diputado salafista (una tendencia muy conservadora de los suníes) Tharwat Attalah se opuso el 13 de mayo a que su gobierno permitiera la entrada de iraníes chiíes porque amenazaban la seguridad nacional, pues “los chiíes son más peligrosos que una mujer desnuda”.

El despertar del monstruo maldurmiente del odio entre chiíes y suníes se consumó a lo largo de 2013: la oposición siria fue excluyendo a sus miembros chiíes en su creciente resentimiento contra la tribu alauí (que es chií) del presidente Assad, hasta el punto de que muchas de sus facciones han anunciado su determinación de exterminarlos. Abu Sakkar, un comandante guerrillero, ganó fama global el 14 de mayo cuando se viralizó un video en el que aparece destrozando el cadáver de un soldado para extraerle las vísceras, morder un pulmón y asegurar que eso les haría a todos los chiíes.

El gobierno, mientras tanto, ha hecho lo posible por someter a sus soldados suníes y evitar que sigan desertando en masa hacia la oposición, y desde un principio, antes de que comenzaran las amenazas contra los alauíes, quiso mantener la unidad en torno suyo advirtiéndoles que de otra forma serían, efectivamente, masacrados. El apoyo de Irán, de los chiíes que controlan Irak y de Hezbollah se convirtió públicamente en un gran arco chií de combate (que corre desde Beirut, en el Mediterráneo, y pasa por Damasco y Bagdad hasta llegar a Teherán) con el discurso que hizo el 25 de mayo Hasán Nasrallah, el líder de la milicia libanesa: “La batalla es nuestra y les prometo la victoria”, dijo, asumiendo la lucha de Assad como propia.

En Irak, grupos de la minoría suní proclamaron la insurrección contra la mayoría chií. Y el 13 de junio, en El Cairo, un congreso que reunió a 70 organizaciones de clérigos suníes interpretó la de Nasrallah como una “declaración de guerra contra el Islam” y llamó a una yijad (guerra santa) contra Assad, Hezbollah, Irán y los chiíes. Once días después, una turba de 3 mil suníes atacó la aldea chií de Abu Zawyat Muslam, en la provincia egipcia de Giza, capturó a cuatro de los notables del lugar y los linchó en la plaza central. En agosto, dos bombazos en mezquitas suníes de Trípoli, en Líbano, que causaron 60 muertos y fueron atribuidos a agentes sirios, pareció confirmar que ese minúsculo país también es ya parte de la guerra.

TRAS LA LÍNEA

Obama ha tomado partido en este escenario. Una decisión que se ve más difícil si se toma en cuenta que en el bando suní destacan agrupaciones que no le resultan especialmente gratas –ni a Israel—, como dos sucursales de los autores de la destrucción de la Torres Gemelas de Nueva York, Al Qaida. Sería algo más sencillo si, por lo menos, se tratara de un marco de acción claro: éstos son los nuestros, aquellos los contrarios, vamos sobre ellos. Como en Corea y Vietnam: nos lanzamos con los del sur contra los del norte. Pero en la realidad, la región de Levante es multidimensional.

Los opositores no se han declarado la guerra unos a otros porque la prioridad es derrotar al régimen. O casi: en marzo de este año, la ciudad de Raqqa, de 220 mil habitantes, se convirtió en la primera capital provincial totalmente bajo control del rebelde Ejército Sirio Libre (ESL, apoyado por Occidente), hasta que, el 13 de agosto, varios coches bomba que explotaron en su cuartel marcaron el inicio de la ofensiva del grupo Estado Islámico de Irak y al Sham (EIIS, que con el Frente al Nusra son las dos milicias de Al Qaida en Siria). En sólo dos días, los terroristas islámicos vencieron a sus rivales. En otras regiones, han asesinado o secuestrado a comandantes del ESL. La serie de raptos que ha expulsado a la mayoría de los periodistas extranjeros es atribuida a que estos extremistas actúan sin que los grupos más moderados puedan ponerles límites.

Las acciones de Washington en la guerra se han visto obstaculizadas por múltiples factores, como la firme decisión de Rusia (con apoyo de China) de utilizar su veto para paralizar al Consejo de Seguridad y proteger a sus aliados del régimen, la complejidad de intereses que convergen en Siria, las dificultades del terreno y de la densidad poblacional y la fuerza del ejército gubernamental, todo lo cual dibuja un panorama muchísimo más difícil que el que halló en Libia en 2011. Otro elemento, muy importante, es la creciente influencia de Al Qaida, formando un círculo vicioso: Estados Unidos ha titubeado al apoyar militarmente al ESL por temor a que las armas que le envíe terminen en manos de los islamistas, pero estas mismas vacilaciones debilitan al ESL mientras Al Qaida –financiada desde el exterior— se fortalece (y esto, a su vez, le da sustento a la propaganda de Assad que asegura que toda la oposición está formada por extremistas islámicos).

El análisis del International Crisis Group propugna que Estados Unidos y Rusia colaboren para construir un marco de negociaciones para un acuerdo “que permita proteger tanto los intereses del gobierno como los de la oposición”. De otro modo, advierte, quedarán sólo tres escenarios: “una intervención militar occidental masiva” capaz de romper la resistencia del gobierno sirio, con costos que ni Washington ni sus aliados quieren asumir; “aceptar la victoria del régimen, con el precio moral y político que acarrearía”; y que “los aliados les den a ambos lados lo suficiente para sobrevivir pero no vencer, lo que perpetuaría una guerra que tendría a los sirios como víctimas principales”.

Así ha ocurrido por más de dos años y medio, lo que ha dejado cien mil muertos, dos millones y medio de refugiados y la destrucción del país. Existe una corriente, sin embargo, que prefiere que esto continúe así, y que se expresó con frialdad kissingeriana en las páginas de opinión del New York Times el sábado 24 de agosto, tres días después del ataque con armas químicas. “Una victoria de cualquiera de los bandos sería igualmente indeseable para Estados Unidos”, escribió Edward N. Luttwak, del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales. “En este punto, un estancamiento prolongado es el único resultado que no daña los intereses de EU”.

Sería desastroso” que ganara Assad, pero si lo hacen los rebeldes sería “extremadamente peligroso” porque los grupos ligados a Al Qaida “se han convertido en la fuerza combatiente más efectiva en Siria”. Luttwak propone “darles armas a los rebeldes cuando parezca que las fuerzas de Assad van en ascenso y cortar el aprovisionamiento” cuando ocurra al revés. De esta forma, cuatro enemigos (Irán, Siria, Hezbollah y Al Qaida) quedarían “amarrados” a la guerra, imposibilitados de atacar a EU y sus aliados. “Que ésa sea nuestra mejor opción es infortunado y trágico, pero no sería una imposición cruel sobre el pueblo sirio” que ya está metido en ella, asegura. “De hecho”, concluye, “tal estrategia se aproxima a la que hasta ahora ha mantenido el gobierno de Obama”.

La política de esconderse tras la vaguedad de una línea roja.

 

 

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