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Siria: Reporteros secuestrados, vendidos, canjeados…


Publicado en Proceso (18 de agosto de 2013) 

Con los ojos vendados y el cañón del fusil automático junto a la cabeza, Jonathan Alpeyrie supo que lo iban a ejecutar. Lo habían bajado de la todoterreno y forzado a arrodillarse: gran error del fotógrafo francés que pensó que los guerrilleros sirios con los que venía eran personas de confianza. Lo habían vendido. Su fíxer (contacto local que ayuda al periodista a moverse en el área) y el comandante de la katiba (pelotón) lo habían invitado a acompañarlos a una reunión con otros combatientes. En la camioneta, custodiados por dos hombres más, lo llevaron a un punto de control carretero al sur de Damasco, la capital del país.

Ahí lo esperaban los encapuchados para jugar juntos. Jugar a matarlo. Colocaron el cañón de un arma muy cerca de su cabeza e hicieron un disparo –que apenas erró—, para atravesar su espíritu con el proyectil emocional de la muerte. Le inflaron la boca con un trapo, cerraron esposas metálicas en torno a sus muñecas y lo golpearon entre amenazas. El quiebre certero y veloz de la resistencia humana es la primera cadena para impedir el intento de escape, la forma más eficaz de evitar el reto a las ataduras físicas.

La traición se ha convertido en una de las mayores amenazas que pesan sobre los periodistas extranjeros en Siria. Hasta el inicio de 2013, se temía la mala suerte de caer accidentalmente en manos de fuerzas del régimen o milicias islamistas, o de quedar atrapado en una zona que iban a capturar. Se creía que los territorios controlados por los opositores, y en particular la mitad rebelde de la ciudad de Alepo, la mayor del norte de Siria, eran relativamente seguras. Esta percepción, y la realidad, cambiaron con el secuestro de tres reporteros (entre los que se encontraba el autor de este reportaje) el 22 de enero: sus fíxers informaron sobre ellos y participaron en la operación de captura, los encapuchados que los llevaban transitaron libremente por avenidas bajo vigilancia guerrillera y los encerraron en un edificio grande que usaban como centro de detención, impunemente, y la rivalidad de las brigadas del Ejército Sirio Libre (favorito de las potencias occidentales) con grupos islamistas no fue obstáculo para que una de las primeras le ofreciera su “mercancía” (los raptados) en venta a uno de los segundos (que al final declinó cerrar la operación, por lo que, tras el robo de su equipo y dinero, el trío fue liberado).

De ahí al secuestro de Alpeyrie (que se mantuvo en secreto, como muchos otros, para contribuir a la estrategia para rescatarlo), igualmente entregado por sus contactos el 29 de abril, y al de otro occidental cuyo nombre no puede ser dado a conocer, y que fue raptado junto a su fíxer el martes 6 de agosto, se ha producido un severo incremento en los riesgos para el trabajo de la prensa en este conflicto. La situación se complica en la medida en que la mayor parte de los periodistas que lo cubren –y que tratan de mantener sobre él la atención del mundo— son independientes, profesionales que trabajan por su cuenta y que carecen de los recursos financieros, logísticos y de protección que respaldan a los enviados de las grandes agencias internacionales y cadenas de televisión. Una combinación de seguros médico y de secuestros que sea válida en una zona de guerra, como Siria, puede costar 20 mil dólares por dos semanas, de diez veces a treinta veces lo que el asegurado podría esperar ganar en ese tiempo.

Dado que muchos caso se mantienen en secreto, no hay cifras definitivas de secuestrados. La organización Reporteros Sin Fronteras estima que en Siria hay 26 periodistas desaparecidos o privados de su libertad. De éstos, ocho fueron raptados en por lo menos seis incidentes registrados tan solo entre el 6 de julio y el 11 de agosto, lo que con distancia es el mayor número de casos ocurridos en tan breve lapso. Un dato que añade gravedad al asunto es que dos organizaciones dependientes de Al Qaida, Jabhat al Nusra (JAN) y Estado Islámico de Irak y al Sham (EIIS), son responsables por todos ellos y sus objetivos no parecen ser políticos y económicos: consideran que los periodistas son espías enemigos y será difícil que acepten dinero o concesiones a cambio de su liberación. Hay que temer por las vidas de los cautivos.

EJECUCIÓN, DESAPARICIÓN

Estuvo tres semanas en una casa, esposado a un lecho, y tres más en otra, encadenado a una ventana, antes de que por fin le concedieran pequeños espacios de movimiento. Alpeyrie era vigilado por combatientes y por civiles, algunos de los cuales lucían barba espesa y labios superiores rasurados, al estilo islamista. A veces jugaban a apoyar armas contra sus sienes. Un día, un muchacho con aspecto de loco quiso asesinarlo con su metralleta porque había ido al baño sin pedir permiso. Sólo los gritos de sus compañeros impidieron que le disparara a la cabeza. En tres ocasiones, lo acusaron de pertenecer a la CIA y lo interrogaron. La última vez llegaron con cuchillos y se pusieron a afilarlos, simulando que los usarían para cortarle la garganta. Además, le exigían que les enseñara a utilizar detectores de metales (querían buscar tesoros escondidos) y a nadar: el francés se vio de pronto en una piscina de agua helada, sosteniendo al comandante que lo tenía secuestrado para evitar que se ahogara.

Disfrutaba de una hermosa vista hacia un valle que él conocía por sus anteriores visitas a Siria: sabía dónde estaba, pero eso no le servía de mucho al prisionero. Lo tenían muy cerca de la línea de fuego y él temía hallarse de pronto en medio de un combate. El área estaba siendo bombardeada constantemente por helicópteros y cazas de fabricación rusa del gobierno. Su experiencia en las guerras de Afganistán, Chechenia y Georgia no le ayudaba por la falta de movilidad: “No sólo estaba cautivo indefinidamente, sino que una bomba podría haberme matado en cualquier momento”, le dijo a Michel Puech, de Le Journal de la Photographie (en una de las únicas dos entrevistas que ha concedido; la otra fue con Régis Le Sommier, de Paris Match). Recordó esos momentos: “Los cohetes caen incesantemente en sus cuarteles y en la casa donde me tienen. Cuatro golpes. Se acercan… ahora se alejan. Están ajustando la precisión. Saben a qué le quieren dar. Pegan a cien metros… ahora a 20 metros… piensas en escapar, piensas en suicidarte”.

Una de las mayores angustias que uno padece es no saber por qué lo tienen a uno. La información permite especular sobre el tiempo probable que lo tendrán a uno secuestrado, si eventualmente lo torturarán, si tendrán algún interés en mantenerlo sano, o si el final será la muerte. ¿Buscan dinero? ¿Hacer un intercambio por terroristas presos? ¿Reivindicar posiciones políticas?

Las reglas han cambiado desde enero. El martes 6 de agosto, tras un nuevo rapto, las alarmas, que ya llevaban meses sonando, lo hicieron con potencia no escuchada antes en el foro privado de internet en el que periodistas y defensores de derechos humanos discuten cotidianamente la situación en Siria. Algunos participantes advertían a las personas sin experiencia de guerra que éste no es el conflicto donde se la puede adquirir, y les pedían mantenerse lejos. Otros señalaban que no era lugar ni siquiera para veteranos. Pero “seguiremos yendo porque es nuestro maldito trabajo”, puntualizó un europeo.

El sábado 10, se dio a conocer el escape de una víctima, cuyo nombre no se da a conocer porque dos compañeros suyos siguen en cautiverio y podrían sufrir represalias. De su caso se extraen dos inquietantes revelaciones: la primera, que lo tenía secuestrado JAN y cuando otra milicia, Ahrar al Sham, que es islamista pero menos radical, consiguió que se lo entregaran y prometió liberarlo, JAN se las arregló para que se lo devolvieran: esto refuerza la sensación de que otros grupos rebeldes saben que JAN y EIIS tienen rehenes pero o no quieren actuar al respecto, o no pueden hacerlo; la segunda es que, aunque obligaron al prisionero a darles sus claves bancarias para vaciar sus cuentas, JAN no tenía interés en exigir una enorme cantidad de dinero o concesiones políticas a cambio de su libertad: también obtuvieron acceso a su correo electrónico y se hicieron pasar por él para enviarle mensajes a su familia asegurando que se encontraba bien. No querían publicidad pero seguían reteniéndolo, como a otros.

De manera informal, un representante de una conocida ONG recomendó precaución y prudencia extremas: “Todos los casos (conocidos de rapto) permanecen sin resolver y no queda clara la motivación que tienen. No es necesariamente obtener recompensas, estos tipos están hablando de (que acusan a sus cautivos de ser) espías. El juego ha cambiado radicalmente y si tú eres la siguiente persona que agarran, es muy probable que te encuentres en la misma situación. La posibilidad de que un secuestro termine en una ejecución o una desaparición permanente es muy real”.

DE CAPTOR EN CAPTOR

Una posibilidad, se sugería en el foro, es no conformarse con el apoyo de un fíxer y ponerse, en cambio, bajo la protección de una katiba (pelotón) del ESL. El riesgo, señalaron, es encontrarse con una katiba de JAN o EIIS mejor armada. O, como le ocurrió a Alpeyrie, que fue el comandante “amigo” quien lo vendió.

Sin embargo, el fotógrafo tuvo la suerte de que, además de los servicios de inteligencia de Francia y de Estados Unidos, lo buscaban poderosos amigos del vecino Líbano, bien conectados en Siria y que, según parece, resultaron más eficientes. Descubrieron dónde se encontraba y qué grupo islamista lo tenía, y gestionaron su liberación a cambio de una recompensa.

Él no sabía nada de esto cuando sus captores lo llevaron ante un líder local, quien a su vez lo entregó a unos hombres que lo pusieron en una cárcel del régimen: Alpeyrie había pasado de las manos del ESL a las de sus rivales islamistas y de éstas, a las de sus enemigos del gobierno, un juego que revela una parte del caos de esta guerra y de las extrañas relaciones que se establecen y se rompen entre los distintos actores.

Tras casi tres meses de sufrimiento, al verse en una prisión del dictador Bashar al Assad, el francés sintió que perdía la cabeza. De ahí, sin embargo, lo trasladaron a la lujosa villa de un hombre de negocios que era leal a Assad y estaba protegido por un ejército privado de matones. Él organizó una operación para introducirlo clandestinamente a Líbano. Así llegaron a un apartamento en Beirut, donde había que esperar algo. Probablemente su libertad. ¿O no?

Sus guardianes salieron a fumar. Una oportunidad que Alpeyrie aprovechó para escabullirse. Sólo trató de impedírselo una mujer que hacía la limpieza. Y se halló entre el tráfico de la capital libanesa. Pudo comunicarse con su embajada y dos gendarmes lo rescataron. Era 20 de julio y había pasado 81 días secuestrado.

PRECIO POR PERIODISTA

Se acabó la cobertura de guerra. El fotógrafo no quiere saber más de eso: “Tuve la suerte de poder salir”. Hay otros temas qué reportar. Entre los tantos asuntos que le preocupan, ya en libertad, Alpeyrie le dijo a Puech que es incorrecto discutir abiertamente la situación de las personas desaparecidas, secuestradas o retenidas como rehenes. Mientras más preocupación pública se genera, más dinero o concesiones creen los secuestradores que pueden conseguir. Aunque hace falta considerar que las situaciones son diferentes. En algunas de ellas, los captores pueden ser vulnerables a la presión exterior. O a tu gobierno le pueden dar más ganas de hacer todo lo posible por liberarte si sus ciudadanos se lo exigen.

Otra cosa es la cuestión de reconocer que se dio una recompensa para que a uno lo dejaran ir. Alpeyrie reveló cuánto pagaron en su caso: 450 mil dólares. En el foro privado sobre Siria, esto sentó muy mal: fue como crear un tabulador para futuros secuestradores. Un periodista resumió: “Ahora, todos tenemos un precio”.

 

 

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