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Egipto: Las claves de la masacre


Publicado en Proceso (18 de agosto)

Las potencias occidentales no han mostrado dudas al denunciar al régimen del presidente sirio Bashar al Assad y exigir su renuncia. Argumentan que se trata de un gobierno que ha confrontado manifestaciones pacíficas con violencia armada, y que ha utilizado al ejército para masacrar a sus propios ciudadanos. Se avalan con las numerosas matanzas de civiles cometidas por los militares, entre las que destacan las tres que han dejado las mayores cifras de muertos en estos dos años y medio de guerra: entre 320 y 500 en Darayya, en agosto de 2012; 250 en Jdaidet al Fadi, en abril de 2013; entre 128 y 245 en Bayda y Baniyas, en mayo de 2013.

En El Cairo, el 14 de agosto, el ahora llamado “miércoles negro” por los jóvenes de la revolución, el ejército egipcio montó un amplio operativo para forzar el levantamiento de dos campamentos de simpatizantes de Hermanos Musulmanes, establecidos en protesta por el golpe de Estado con el que el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA), apoyado por un arco diverso de grupos políticos, derrocó el 3 de julio al presidente Mohamed Morsi, electo un año antes en los primeros comicios libres que hubo en el país, y lo puso bajo arresto e incomunicación.

Los videos del día muestran que usaron vehículos blindados, bulldozers militares, fuego de francotiradores y ametralladoras contra multitudes desarmadas de hombres, mujeres y niños. Hay imágenes de decenas de cadáveres quemados en posiciones de dolor, lo que sugiere que estaban vivos cuando ardían. Las mezquitas y recintos que eran empleados como rudimentarias clínicas de campaña, aparecen arrasados. En morgues improvisadas, los cadáveres se amontonan por decenas.

Aún así, en sólo 24 horas, las cifras se iban elevando a grandes saltos, entre la noche del miércoles y la del jueves, hora de Egipto: de 65 a 140 a 215 y, al cierre de esta edición, 525. Más 3,200 heridos. Éstos son los números oficiales del Ministerio de Salud. Los Hermanos Musulmanes afirmaban que había al menos 2,000 muertos.

Cada año, Estados Unidos entrega 1,300 millones de dólares en ayuda militar al ejército egipcio. Esto es parte de los acuerdos de Camp David, firmados por palestinos e israelíes en 1977, bajo los auspicios del entonces presidente James Carter. A cambio de este dinero, Egipto se asegura de que Israel no tenga problemas en su frontera sur, que desde entonces, para ese país, ha sido la más segura. Una ley del Congreso de EU, sin embargo, estipula que las transferencias serán interrumpidas si en El Cairo hay un golpe de Estado. La administración del presidente Barack Obama ha evitado llamar por ese nombre al derrocamiento de Morsi. Por lo contrario, el secretario de Estado de Obama, John Kerry, dijo el 2 de agosto que lo que hacían los militares era “reestablecer la democracia”.

La del 14 de agosto no carece de antecedentes. Fue, de hecho, la tercera masacre cometida por el ejército contra los Hermanos Musulmanes. En las anteriores, del 8 y el 27 de julio, mataron al menos a 51 y 83 personas, respectivamente. La más reciente, sin embargo, fue una matanza anunciada. El general Abdel Fatah al Sisi, a quien Morsi había nombrado ministro de defensa y jefe del CSFA, obviamente sin sospechar que lo iba a derrocar, había advertido que los plantones de protesta en la plaza al Nahda y la mezquita Rabaa al Adawiya tenían que levantarse o ser levantados.

SANCIÓN SEVERA

Cumplió, con el mayor saldo de muertes provocadas en un solo hecho en la historia de Egipto. Los líderes de las grandes potencias se sintieron obligados a hacer algo. “Estoy muy preocupado, estoy decepcionado”, dijo el secretario de exteriores de Gran Bretaña, William Hague, “condeno el uso de la fuerza y llamo a las fuerzas de seguridad a actuar con contención”. Catherine Ashton, alta representante de la Unión Europea para relaciones exteriores, deploró “la pérdida de vidas, las heridas y la destrucción” porque “la violencia no es la manera de avanzar”. El secretario general de Naciones Unidas y los ministros de exteriores de Francia y Alemania pidieron “reconciliación” y “diálogo”.

Las miradas estaban sin embargo, en Barack Obama: nadie le pedía intervenir militarmente en Egipto, como sí lo han hecho al respecto de Siria, pero las voces que, desde el golpe de Estado, lo llamaban a suspender la ayuda militar para forzar al CSFA a retirarse del poder, crecieron en número y volumen con la última matanza. La fuerza de ese ejército se ha construido sobre el armamento estadounidense regalado por Estados Unidos.

Ese país “debe cambiar su política hacia las fuerzas armadas (de Egipto)”, afirmó The Washington Post en un editorial el día 14. “Eso significa la completa suspensión de toda ayuda y cooperación, a la par de darle el mensaje de que las relaciones reiniciarán cuando –y sólo si— los generales terminan su campaña de represión y dan pasos tangibles para restaurar la democracia”.

El editor de Medio Oriente de la revista Foreign Policy, Marc Lynch, publicó ese mismo día el artículo titulado “Es más que suficiente” (enough is enough): “Con sangre en las calles de Egipto y el regreso al estado de emergencia, es tiempo de que Washington deje de hacerse el tonto. Sus esfuerzos por mantener las líneas de comunicación con el ejército egipcio, mediar discretamente en la crisis, y ayudar a establecer la base de algún nuevo proceso político democrático, han finalmente fracasado”.

Aunque Obama apareció en fotos jugando golf, en la residencia presidencial de verano de Martha’s Vineyard, mientras se desarrollaba la anunciada masacre, al día siguiente puso una pausa en sus vacaciones para manifestar que Estados Unidos “condena los pasos dados por el gobierno interino de Egipto y las fuerzas de seguridad” y explicar que “nuestra cooperación tradicional no puede continuar como siempre cuando están matando a civiles en las calles y se revierten los derechos”. Por lo tanto, anunció que las fuerzas armadas de su país no participarán en la Operación Bright Star, unos ejercicios militares conjuntos con el ejército egipcio programados para septiembre.

Después volvió a argumentar por qué considera que el derrocamiento y encarcelamiento de un mandatario legítimo no es un golpe de Estado: “Aunque Mohamed Morsi fue electo presidente en una elección democrática, su gobierno no fue incluyente y no respetó los puntos de vista de todos los egipcios. Sabemos que muchos egipcios, millones de egipcios, incluso puede ser que una mayoría de egipcios, estaban pidiendo un cambio de rumbo”.

EL FACTOR ISRAELÍ

A Barack Obama, el general Sisi le toma las llamadas cuando lo estima conveniente. De acuerdo con fuentes de inteligencia, citadas sin nombre por la agencia privada de información de seguridad global DEBKAfile (formada por exagentes del Mossad israelí), en algún momento del “miércoles negro”, Obama sí dejó el golf para comunicarse con el militar egipcio. “El presidente de EU quería darle al general una reprimenda, en la misma línea de la llamada que le hizo al anterior presidente Hosni Mubarak en febrero de 2011” en la que le exigió detener la represión y dejar el poder. “Dándose cuenta de que esto era lo que venía, el general Sisi decidió no aceptar la llamada de Obama, informan nuestras fuentes”. En lugar de eso, los funcionarios egipcios le sugirieron dirigirse el presidente interino Adly Mansur, una figura decorativa, manejada por los oficiales.

En un informe del miércoles 14, la agencia Reuters reveló la impotencia de los diplomáticos occidentales, que fueron ignorados por Sisi cuando le pidieron no reprimir. “Teníamos un plan político en la mesa, que había sido aceptado por la otra parte (Hermanos Musulmanes)”, aseguró el enviado de Estados Unidos, Bernardino León. “Podrían haber tomado esta opción. Así que todo lo que ocurrió hoy fue innecesario”. Chuck Hagel, secretario de Defensa de EU, realizó llamadas telefónicas diarias en las que advirtió que se cancelaría la entrega de cuatro aviones F-16, que forman parte de la ayuda militar, si el ejército atacaba. Nada de eso se cumplió.

La debilidad de Washington fue descrita por numerosos observadores: el ejército egipcio hace lo que quiere sin que Estados Unidos pueda evitarlo. En Twitter, Shadi Hamid, director de investigación del prestigiado think-tank estadounidense Brookings Institution, trinó ese miércoles: “EU tuvo varias oportunidades de demostrar que sus amenazas de suspender la ayuda eran creíbles, pero en cada ocasión se retractó. Esa política tiene un costo”. Y el jueves 15, Hamid se preguntó: “Aparte de cancelar el tratado (de Camp David), ¿hay alguna cosa que el ejército de Egipto pueda hacer para que EU le corte la ayuda militar?”

Sisi parece creer que, efectivamente, puede llegar hasta donde quiera si no afecta la seguridad de Israel. Muchos, en el gobierno y la intelligentsia estadounidenses, también lo ven así. En su artículo “No, no le corten la ayuda militar a Egipto”, publicado el 12 de agosto en CNN.com, Khairi Abaza, de la Fundación para la Defensa de las Democracias, argumenta que el dinero que se le otorga a Egipto en ayuda regresa en forma de compras de armamento, lo que significa que “Egipto es esencialmente un cliente del complejo industrial-militar de EU” y si se tensan las cosas, podría empezar a comprarles a rusos, chinos o franceses.

Lo más delicado, sin embargo, es que “el fin de la ayuda amenazaría la durabilidad del importantísimo tratado de paz de Egipto con Israel”. La seguridad de este último país es considerada, en EU, como un asunto de política interior más relevante que cualquier asunto externo.

DEMOCRACIA, NO; ¿TERRORISMO?

Escondido en algún lugar de Giza (la mitad oriental de El Cairo), Abi Amr, un dirigente local de los Hermanos Musulmanes, hace una pausa para responder al teléfono, antes de regresar a atender como médico a sus compañeros heridos. Rechaza que su organización se esté armando, aunque acepta, tan solo como hipótesis, la posibilidad de que algunas personas hayan respondido con fuego al ejército, que ha mostrado videos –cuya autenticidad no ha sido comprobada— de civiles disparando. En cualquier caso, dice Amr, no tiene sentido la acusación de que su gente atacó primero:

¿Qué armas podríamos tener nosotros que sean mejores que las del ejército egipcio, que cada año recibe como regalo millones de dólares de Estados Unidos?” Después de que, en dos masacres, los soldados “mataron a cientos de nosotros, como si fuéramos perros, ¿usted cree que les vamos a disparar con perdigones para que nos respondan con tanques y ametralladoras?”

Admite, sin embargo, que las cosas pueden ir a peor:

-Si fuera cierto que algunas personas estaban armadas, ¿de qué se sorprenden? En Siria, el ejército de Bashar al Assad atacó las manifestaciones pacíficas, los masacró, hasta que los sirios se cansaron de dejarse matar y empezaron a responder al fuego con fuego. ¡Y el mundo aplaudió! ¿Por qué les parecería mal que nosotros también nos cansáramos de dejarnos matar?

-¿Se van a cansar? ¿Qué harán si se cansan?

-Temo que Argelia. Que Alá, el piadoso, no lo quiera.

-¿Se refiere a los islamistas de Argelia que recurrieron al terrorismo cuando el ejército canceló las elecciones? ¿Recurrirán ustedes al terrorismo?

-Nosotros no. Somos pacíficos. Pero mucha gente que nos sigue se ha decepcionado de nosotros. Los países occidentales nos dijeron que teníamos que aceptar la democracia, que confiar en ella. Confiamos. Y les pedimos a millones que confiaran. Confiaron porque confiaban en nosotros. Ahora nos han dado un golpe de Estado, que derribó al presidente electo por la democracia, nos traicionaron. Y los países occidentales dicen que está bien. El señor John Kerry dijo que el ejército estaba reestableciendo la democracia, ¡de qué habla, por dios! ¿Cómo podemos pedirle a la gente que siga confiando en la democracia? ¿Que se deje matar y torturar porque la democracia nos salvará? Muchos están dejando de confiar en los Hermanos. Confiarán sólo en Alá y en los caminos que él les muestre.

-Eso es lo que dicen los yijadistas, que cumplen la voluntad de Alá. ¿Esos caminos son los de la guerra terrorista?

-Que Alá no lo quiera.

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