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Siria: Periodistas en alerta roja


Publicado en Proceso (9 de agosto de 2013)

En el foro privado de periodistas y defensores de derechos humanos que cubren la guerra en Siria, las noticias de secuestros o amenazas de rapto son moneda corriente. Las alarmas suelen ser activadas por novatos que tratan de “cortarse los dientes” (frase inglesa referida a tener las primeras experiencias de trabajo) en este conflicto –el más peligroso desde el de Irak—, pero se incrementa la frecuencia de casos que afectan a personas experimentadas. Este año ha sido el peor desde el inicio de los enfrentamientos, en marzo de 2011, y los 30 días hasta el martes 6, el mes más grave, con por lo menos cinco incidentes conocidos de abducción que involucraron a siete periodistas, todos con el mismo responsable: el grupo guerrillero Estado Islámico de Irak y al Sham (EIIS).

Además de incontables sirios (entre los que se incluyen sacerdotes cristianos), también se sabe que hay miembros de organizaciones humanitarias en cautiverio, pero es muy difícil establecer el número de extranjeros retenidos porque en la mayoría de los casos se escoge seguir estrategias para liberarlos que requieren de mantener los casos en secreto. Reporteros Sin Fronteras establece en 26 el número de periodistas desaparecidos o privados de la libertad en Siria.

La situación, en cualquier caso es de alerta roja: el nivel de peligrosidad ha sobrepasado largamente todos los niveles alcanzados antes. El Centro de Medios de Alepo (una entidad ligada al rebelde Ejército Sirio Libre –ESL— en esa ciudad del norte) emitió un “consejo” para que los informadores que desean entrar a territorio opositor desde Siria no utilicen el cruce de la ciudad turca de Kilis a la siria de Al Bab: ése solía ser el paso más seguro, pese a los ataques aéreos del gobierno, y ahora está expuesto a los acciones de EIIS. Un grupo más pequeño, el Centro de Prensa de Alepo, que ha ofrecido apoyo a numerosos reporteros occidentales, quedó desmantelado el mismo 6 de agosto cuando su actual jefe, Yosef Abobaker, fue secuestrado junto con un periodista al que trataba de sacar del país por esa frontera (su antecesor, Abdullah al Yasin, murió en un enfrentamiento en febrero, aparentemente relacionado con el secuestro de este colaborador de Proceso).

El Comité para la Protección de Periodistas publicó un balance el 31 de julio, cuando la crisis empezaba a hacerse evidente: “Es crecientemente difícil documentar las violaciones contra la prensa en Siria, para no hablar de llamar a cuentas a los responsables. Siempre ha sido difícil verificar lo que pasa en el país, pero ahora, el enorme número de violaciones y la creciente lista de violadores se ha hecho reconocidamente abrumadora”.

Las organizaciones internacionales de derechos humanos y de apoyo a reporteros, sin embargo, han quedado rebasadas por los acontecimientos y, al momento de redactar este texto, no han alcanzado a emitir comunicados oficiales. De manera informal, algunos portavoces transmitieron a los periodistas, ese martes, advertencias como ésta: “Todos los casos (conocidos de rapto) permanecen sin resolver y no queda clara la motivación que tienen. No es necesariamente obtener recompensas, estos tipos están hablando de (que acusan a sus cautivos de ser) espías. El juego ha cambiado radicalmente y si tú eres la siguiente persona que agarran, es muy probable que te encuentres en la misma situación. La posibilidad de que un secuestro termine en una ejecución o una desaparición permanente es muy real”.

LA DIFICULTAD DE LA CONFIANZA

Hasta fines de 2012, las víctimas usuales de los secuestros solían ser o novatos o periodistas con tanta experiencia y confianza que fueron más allá de donde era seguro. Un caso típico es el de un alemán de 22 años que se presentaba en su sitio web vestido de ropa de camuflaje y mostrando sus fotos de fiestas infantiles, que no hablaba árabe ni inglés, y que no tenía contactos o conocimiento de lo que ocurría en Siria: el muchacho cruzó la frontera a fines de enero de 2013 y esa misma noche consiguió enviarle a su novia un SMS en el que decía que estaba herido y oculto en un sótano, en un lugar que no pudo precisar. Un equipo de ayuda tardó casi dos semanas en hallarlo y ponerlo a salvo. Para protegerlo, de su caso no se dan detalles a causa del daño emocional que sufrió.

Por el otro lado, hay situaciones como la del premiado periodista Richard Engel y sus cuatro compañeros de NBC, quienes pese a su experiencia y recursos financieros y logísticos fueron capturados el 13 de diciembre de 2012. Los secuestradores, aparentemente milicianos leales al gobierno sirio, entraron accidentalmente en un enfrentamiento con rebeldes del grupo islamista Ahrar al Sham: los informadores escaparon en medio del tiroteo.

Hasta el año pasado, la amenaza de secuestro provenía del ejército gubernamental o de milicias ligadas a él, además de grupos criminales interesados en exigir recompensas. Las zonas bajo control rebelde se consideraban relativamente seguras. Esta percepción cambió con la abducción de tres periodistas extranjeros (incluido este colaborador de Proceso) en Alepo, el 22 de enero de 2013. Según lo que se ha investigado, fueron sus fíxers (contactos locales que les ayudan a moverse en el área) quienes los traicionaron y facilitaron que hombres encapuchados y armados los secuestraran; este grupo pudo moverse sin problemas por la Alepo bajo control rebelde y controlaba un edificio que usaban como centro de detención en esa misma zona; y trató de venderlos a una organización islamista que, por distintas causas, declinó la oferta y propició la liberación de los cautivos, después de que hubieran robado su dinero y equipo de trabajo.

Esto demostró que el Ejército Sirio Libre era incapaz de ofrecer garantías mínimas para los informadores extranjeros en su área de dominio y, mucho peor, que los contactos locales, las únicas personas en quienes podían confiar, eran capaces de traicionarlos.

PELIGRO PARA TODOS

Las advertencias entre reporteros hacen énfasis en el primer eslabón de la cobertura de conflicto: cuidado con tu fíxer. ¿Es de plena confianza? En realidad resulta muy difícil establecerlo porque, como se ha mencionado, incluso entre los más conocidos puede haber traidores. Otra cuestión es: ¿Tiene la capacidad de protegerte? Uno o dos guardias armados poco pueden hacer frente a una katiba (pelotón), como también se vio.

“Desde mi punto de vista, éste no es el momento (de andar por Siria) sin el respaldo de una katiba”, compartió en su mensaje una integrante de una organización de reporteros independientes. “Ir con una katiba puede traer sus propios problemas”, le respondió un colega, “algunas katibas te pueden vender/entregarte a otros, o pueden quedar frente a otra katiba con mejores armas”. El primer caso, ejemplificó, es el del fotoperiodista francés Jonathan Alpeyrie, que permaneció secuestrado durante 81 días desde el 29 de abril. Su liberación, el 20 de julio, proveyó una muestra más no sólo del nivel de vulnerabilidad de los reporteros en este conflicto, sino del caos y la confusión que prevalecen en él.

La mañana de su rapto, Alpeyrie acompañó a un comandante de katiba del ESL, con dos guerrilleros y su fíxer, a un frente de combate al sur de la capital del país, Damasco. Sus “amigos” lo entregaron a un grupo de encapuchados que lo obligó a arrodillarse y simuló una ejecución, con un disparo al lado de su cabeza. Lo esposaron y se lo llevaron. Lo habían vendido a islamistas. Durante semanas, lo mantuvieron en casas muy cerca de las líneas de fuego, en zonas sometidas a intensos bombardeos gubernamentales: él se preparó para morir. Casi tres meses después, estos rebeldes lo entregaron a milicianos leales al régimen que lo llevaron a una prisión gubernamental. Un hombre de negocios vinculado al presidente Bashar al Assad lo sacó de ahí para enviarlo a Líbano, custodiado por sus hombres. Una vez en Beirut, inseguro de cuál era su situación, Alpeyrie aprovechó un descuido para escapar.

El contexto es el de la cada día más aguda descomposición de la escena político-militar en Siria. Este tipo de colaboraciones, puntuales o sostenidas, entre grupos aparentemente enemigos se hace más frecuente, al mismo tiempo que crece la enemistad entre supuestos aliados. “El problema”, declaró Alpeyrie al francés Le Journal de le Photographie, “es que los rebeldes están perdiendo la guerra” y “están tan desesperados que no les importa su imagen en el exterior, ven a tipos como nosotros como una oportunidad y nos secuestran por dinero”.

Esta declaración puede parecer cierta en las regiones centro y sur del país donde se encontraba Alpeyrie, pero no tanto en el norte, donde el miércoles 7 los rebeldes capturaron el estratégico aeropuerto militar de Menagh, en Alepo, tras un asedio de nueve meses. En esta operación, sin embargo, el liderazgo no lo llevaron los grupos que actúan bajo la etiqueta de Ejército Sirio Libre, sino brigadas vinculadas a Al Qaida: el EIIS y Jabhat al Nusra, que cuentan con numerosos yijadistas (combatientes por la guerra santa mundial) extranjeros (saudíes, tunecinos, iraquíes y de otras nacionalidades) y son las mismas que han sido denunciadas por imponer castigos arbitrarios y excesivos a lo pobladores, con base en interpretaciones extremas de las leyes islámicas, y por recurrir a métodos terroristas y ejecuciones masivas de prisioneros.

“Ésta no es la hora para los periodistas amateurs”, aseguró en foros privados una integrante de una organización de reporteros, con la esperanza de ser escuchada por quienes carecen de experiencia. “Ir a Siria ya no es sensato”, le respondió un compañero, “seas amateur o no”. “La verdad es que algunos de nosotros seguiremos yendo allí”, terció uno más, “porque ése es nuestro maldito trabajo”.

 

 

 

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