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La conquista de la Cristiandad


Lo que Mehmet II debe haber sentido al entrar en Santa Sofía

Columna Fronteras Abiertas, de Témoris Grecko

Publicado en National Geographic Traveler Latinoamérica, julio de 2013

¿Qué monumento más importante que la catedral de Santa Sofía podía haber en el mundo cristiano del siglo XV? No tenía rival. Siempre narcisista, Occidente se ha creído el cuento de que Roma ha sido la capital eterna de la cristiandad, a pesar de que durante los mil años de oscurantismo medieval estuvo, precisamente, a la sombra de Constantinopla. Esta ciudad maravillosa brillaba en el estrecho del Bósforo, centro de interconexión de las rutas humanas de Europa, Asia y África, mientras lo que reinaba al oeste de Viena era feudalismo e ignorancia.

En el año 532, cuando bajo las órdenes de Justiniano fue terminada Santa Sofía (y nada menos que un milenio antes de que fuera construida la vaticana basílica de San Pedro), el escritor Pablo el Silencioso expresó su embeleso con estas palabras: “Yo digo, Capitolio Romano, ¡hazte a un lado! ¡Mi emperador ha superado esa maravilla tal como dios es superior a un ídolo!”

Con un domo de 33 metros de diámetro, una cúspide a 55 metros de altura, y una base de 82 por 73 metros, era el espacio cerrado más grande de todos los países cristianos, algo verdaderamente portentoso para cualquier edificio anterior a la revolución industrial. “Las dimensiones de Hagia Sophia (por su nombre griego) son formidables para cualquier estructura no hecha de acero”, anotaron los historiadores del arte Helen Gardner y Fred Kleiner.

Los turcos otomanos que combatían al imperio bizantino estaban conscientes de la importancia de esta catedral. Uno de sus científicos, Tursun Beg, también se manifestó admirado: “¡Qué domo, que compite en rango con las nueve esferas del paraíso! En esta obra, un maestro perfecto ha dispuesto la totalidad de la ciencia arquitectónica”.

Después de dos siglos de lucha, el sultán Mehmet atacó la gran urbe con 200 mil soldados y 320 navíos, y la tomó el 29 de mayo de 1453. Cada vez que entro en Santa Sofía, trato de imaginar lo que habrá sentido el jerarca otomano al plantarse por primera vez bajo el inmenso domo. Sin duda pensó que, bajo su mando, el Islam había vencido al Cristianismo (llegó a proclamarse “César de Roma” –Kayser-i Rûm—, en virtud de que Constantinopla había sido declarada capital del Imperio Romano en el año 330, antes de la caída, en 476, de la propia Roma).

Cumplía, además, una profecía de Mahoma, anunciada en uno de sus hadith (dichos): “Verdaderamente, conquistarás Constantinopla. ¡Qué gran líder será él, y qué maravilloso ejército será ése!”

En 1934, sin embargo, el héroe turco Mustafa Kemal, llamado Atatürk, se atrevió a retirarle a Santa Sofía el carácter de mezquita, de tan enorme valor simbólico para los musulmanes, que había ostentado durante casi cinco siglos. La convirtió en museo. Gracias a ese acto de valor y laicismo, que debe haber enfurecido a muchos importantes religiosos, hoy está abierta a la humanidad entera.

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