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Siria: En el límite de la línea roja


Por Témoris Grecko (publicado en Proceso 12/mayo/2013)

Sheikh Maksoud es un distrito de mayoría kurda en la norteña ciudad siria de Alepo, en la zona controlada por la oposición pero junto a la línea del frente que la separa del área bajo dominio gubernamental. Es un barrio que ya antes de la guerra era polvoriento, de edificios avejentados y calles rotas, y que hoy está marcado por la destrucción de la guerra. A la 1 de la mañana del 13 de abril, después de que Yasser y su familia (esposa, hermana y dos niños) terminaron las oraciones, se fueron a dormir.

Más tarde, “escuché que algo explotaba en el techo”, le contó Yasser a Mohammed Sergie, del sitio especializado Syria Deeply (17 de abril). “Pensé que era un obús y llamé a mi hermano para que nos auxiliara”. Sus bebés, de año y medio y de cuatro meses de edad, estaban hiperventilando. “Me di cuenta de que había químicos en el aire y le dije a todo el mundo que saliera”. Aunque los vecinos alcanzaron a llevarlos al hospital, tanto su mujer como los infantes murieron.

El Observatorio Sirio de Derechos Humanos, un grupo que actúa desde Gran Bretaña, dio cuenta de testigos que dijeron que al alba un helicóptero había arrojado dos bombas y que, según fuentes médicas, las víctimas sufrían de alucinaciones, vómitos severos, espumación de boca, sangrado de nariz y ardor de ojos.

Como evidencia, quedaron fotografías de objetos desconocidos encontrados en el sitio del ataque: dos cilindros blancos de plástico, del tamaño de la mitad de un puño, con manijas metálicas.

Dos semanas más tarde, el 29 de abril, en el pueblo de Saraqib, en la cercana provincia de Idlib, piezas idénticas aparecieron en el segundo de los dos principales casos en los que se sospecha que el ejército sirio utilizó armas químicas. Testigos citados por la cadena Al Jazeera afirmaron que dos aviones arrojaron “ocho bombas” que “contenían extrañas sustancias químicas”, lo que provocó dos muertes y una veintena de heridos con “serias dificultades para respirar” y síntomas parecidos a los del evento anterior. Los cilindros blancos, afirmaron las personas entrevistadas por Al Jazeera, “eran bombas”.

Durante las últimas dos semanas, se ha debatido intensamente si se han utilizado armas químicas en Siria. Ambos bandos se acusan de haberlo hecho y, en el extranjero, sus aliados les hacen eco. El punto de disputa es clave: mientras que la guerra en Siria ha superado los dos años, Estados Unidos y sus aliados europeos no han llegado a un consenso sobre si deben o no intervenir militarmente en Siria en contra de Assad. Conforme las víctimas pasaban de los cientos a los miles y a las decenas de miles, hasta las más de 70 mil actualmente estimadas, pronto pareció claro que su número por sí mismo no conduciría a una acción directa por parte de los occidentales.

Sólo 20 de agosto de 2012, el presidente Barack Obama estableció que “la línea roja para nosotros empieza si vemos un montón de armas químicas moviéndose por ahí o siendo utilizadas”.

Desde entonces, a cada alegato de que hay pruebas de ataques con armas químicas, su gobierno ha respondido que no hay datos concluyentes. Y sus ayudantes recuerdan que, en 2003, su antecesor George W. Bush creó un enorme conflicto en Irak sobre sospechas erróneas de que Sadam Husein disponía de armas químicas. Esta vez, dicen, quieren estar seguros. Las evidencias conocidas hasta ahora, o la falta de ellas, les dan la razón.

ADIÓS A MEDIO ORIENTE

El ánimo en el gabiente de Obama, según un alto funcionario no identificado que habló con Dexter Filkins, de la revista New Yorker (edición con fecha 13 de mayo), no está para aventuras. El presidente estadounidense heredó de Bush dos guerras inganables, que ha pasado un quinquenio tratando de cerrar, y ve con inquietud cómo, en Siria, las cosas sólo empeoran. “La de Irak fue una experiencia calcinante”, explicó la fuente, “no puedo recomendar (la intervención) si no hay una salida política claramente definida. La gente en la Colina (el Congreso) me pregunta ‘¿por qué no podemos imponer una zona de prohibición de vuelos?, ¿por qué no podemos dar golpes militares?’ Claro que podemos. El tema es, ¿dónde terminamos?”

Si los aliados de Estados Unidos pasan por las mismas angustias, resulta menos evidente. Gran Bretaña y Francia, por ejemplo, creen que la línea roja ya fue cruzada y han tratado infructuosamente, frente a la oposición alemana, de que la Unión Europea levante el embargo que les impide armar a los rebeldes sirios.

Israel, que dice tener pruebas de que la marca infranqueable fue franqueada, fue mucho más allá. El domingo 5 de mayo, aviones israelíes penetraron en el espacio aéreo sirio por tercera vez en el año y bombardearon instalaciones militares en las afueras de Damasco, matando, según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos, a alrededor de 140 soldados. Supuestamente, la intención era impedir el transporte de misiles para la milicia libanesa Hezbollah. El New York Times citó a un “oficial sirio de alto rango” que dijo que destruyeron “instalaciones militares críticas en áreas estratégicas”.

Las consecuencias no son menores: a pesar de que una respuesta militar siria contra Israel no se produjo (los analistas anticiparon que un Assad en problemas preferiría evitar arrojarse a la guerra abierta contra Israel y Estados Unidos), el acto provocó movimientos políticos y militares que, para algunos observadores, dibujan ya un terremoto geopolítico e histórico.

Entre los más prudentes está Fawaz Gerges, director del Centro de Estudios de Medio Oriente de la London School of Economics, quien en un artículo para CNN (del lunes 6) afirma que la intervención israelí muestra cómo “el conflicto ha mutado de insurrección política a lucha armada interna (y ahora) a una guerra regional por proxy” (la guerra por proxy o interposición es una en la que los auténticos jugadores no se enfrentan directamente, sino que utilizan a naciones o grupos menores).

Otros perciben que el impacto es aún mayor. Wadah Khanfar, el influyente periodista que convirtió a Al Jazeera en un líder global, describe (The Guardian, lunes 6) la situación como un “conflicto regional extraordinario” que está dando lugar “a la más importante transformación geopolítica desde que el mapa de Medio Oriente fue rediseñado tras la primera guerra mundial”.

Los analistas toman en cuenta que Israel no es el único países que está teniendo intervenciones directas en el conflicto. El 30 de abril, Hassan Nasrallah, el jefe de Hezbollah, admitió por primera vez en el canal de su milicia, Al Manar, que tropas bajo su mando están combatiendo junto a las de Assad porque “Siria tiene verdaderos amigos en la región y en el mundo que no permitirán que Siria caiga en las manos de Estados Unidos, Israel o los grupos tafkiris (extremistas suníes)”.

Por amigos en el mundo, se entiende a Rusia (el invaluable respaldo de Assad en el Consejo de Seguridad de la ONU), y en la región, a Irán. Nasrallah aseguró que esos “amigos” entrarían en acción de una forma cuyos “detalles vendrán después”. La participación militar de Irán no es abierta, a pesar de que los rebeldes sirios afirman que el grupo de 48 rehenes capturados el año pasado y liberados este 9 de enero (a cambio de 2000 opositores prisioneros) estaba compuesto por oficiales de los pasdarán, los Guardianes de la Revolución de Irán. Sí es manifesta en el plano político: el miércoles 8, el ministro iraní de exteriores, Ali Akbar Salehi, acudió a Damasco a reunirse con el presidente Assad, a quien le prometió que su gobierno continuaría dándole todo el apoyo, según el diario Tehran Times.

Además de que Irán tiene un obvio interés por asegurarse una continuidad geográfica hasta el Mediterráneo, a través de Irak, Siria y Líbano, existe otro claro elemento de identidad que une a estos aliados: el de Teherán es un régimen de la secta chií del Islam; el de Siria está dominado por los alauíes, una rama del chiísmo; y Hezbollah es una milicia chií. Entre Siria e Irán queda Irak, el país que fue controlado por la minoría suní durante el gobierno de Sadam Husein y que ahora está en manos de la mayoría chií.

Del lado contrario, los distintos grupos rebeldes reciben apoyo dinero y armas de tres potencias regionales, Turquía, Arabia Saudí y Catar. Cada una de ellas tiene intereses particulares, pero comparten la fe suní y su desconfianza hacia Irán. Más allá de las rivalidades entre Washington y Moscú, en Medio Oriente está volviendo a cobrar fuerza una fractura histórica que ha provocado guerras desde hace casi milenio y medio, la que se abrió entre suníes y chiíes desde que el fundador del chiísmo, el imán Ali, fue derrotado y asesinado por suníes en el año 661.

“Si lo miras desde el terreno, Siria ya está dividida, por lo menos, en dos partes: la del gobierno y la de la revolución o, puesto de otro modo, la de los chiíes y la de los suníes”, explica Murtaza bin Yazan, un médico ortopedista que lucha en una katiba (unidad militar) rebelde en Alepo. “Con nosotros hay cristianos y algunos alauíes, y con Asad, hay suníes, pero en su mayoría, nos hemos alineado así. Y lo mismo está pasando en Irak: los suníes han empezado la revolución contra la opresión del primer ministro chií (Nuri al Maliki)”. Bin Yazan señala que Trípoli, la principal ciudad del norte de Líbano, es el centro de enfrentamientos entre suníes y chiíes “que pronto se van a extender por el país, porque no van a permitir que Hezbollah siga dominándolos”.

El peligro inminente es que la fragmentación de estos países se convierta en definitiva, advierte Khanfar en su artículo: “Ahora parece que el tratado Sykes-Picot (de 1916, en el que las fronteras de Medio Oriente fue definidas a su antojo por Francia y Gran Bretaña) no va a llegar a ver su primer centenario”.

LAS FLACAS EVIDENCIAS

Los tambores de guerra siguen sonando. Por ejemplo, el periodista Bill Keller, quien fue el influyente editor ejecutivo del New York Times, publicó en ese diario un artículo en el que pide a Obama “superar lo de Irak” y atacar Siria (domingo 5). En 2003, Keller fue uno de los más sonoros promotores de la invasión a Irak, convencido de la existencia de armas de destrucción masiva, “algo que resultó ser un error de juicio”, admite en su texto, aunque insiste en que, ahora sí, “aparentemente” se hizo uso de armas químicas.

Tal vez no por quien él pensaba, irónicamente. Ese mismo domingo, mientras la gente leía a Keller, Carla del Ponte (quien como fiscal en Suiza acusó de lavado de dinero a Raúl Salinas de Gortari en 1995), miembro de la Comisión de Investigación establecida por la ONU para Siria, dijo a la televisión suiza-italiana que tenía “sospechas fuertes, concretas” de la utilización de gas venenoso “por parte de la oposición, de los rebeldes, no por las autoridades del gobierno”.

Del Ponte mencionó un incidente, acaecido el 19 de marzo en Khan al Assal, cerca de Alepo, que es de hecho el principal alegato contra los insurgentes que presenta el gobierno. La versión de Damasco fue registrada por Alex Thomson, del británico Channel 4: Jabhat al Nusra, una milicia opositora ligada a Al Qaeda, disparó un misil hecho en casa desde Al Bab, que cayó en un puesto de control militar a 47 kilómetros de distancia. El cohete portaba “una cantidad relativamente pequeña de cloro en estado gaseoso CL17, disuelta en una solución salina”. El saldo fue de 26 muertos.

La de Del Ponte fue una cachetada a la argumentación sostenida en Occidente. La Casa Blanca, a través de su portavoz Jay Carney, se manifestó “altamente escéptica”. Y al día siguiente, Del Ponte fue descalificada por la Comisión a la que pertenece, que afirmó en un comunicado que “no ha llegado a hallazgos concluyentes al respecto del uso de armas químicas por ninguna de las partes en conflicto”.

Esto podría hacer pensar que los investigadores de la ONU siguen la línea de Washington. Puede no ser así: analistas, periodistas y defensores de derechos humanos (todos los cuales han estado o están en Siria; entre ellos está este colaborador de Proceso) que discuten cotidianamente los temas sirios en un foro privado, han evaluado cada unas de las supuestas evidencias y no han considerado que haya una “pistola humeante” que demuestre que, en efecto, alguien ha utilizado armas químicas hasta el momento.

Desde el 23 de abril, cuando el general de la inteligencia israelí Itai Brun aseguró que el ejército de Assad “está usando cada vez más armas químicas”, este grupo valoró que no había pruebas sólidas, más allá de referencias a fotografías de pacientes. Eliot Higgins, el principal experto en armas en Siria, que bloguea bajo el seudónimo Brown Moses, estimó que eran especialmente insuficientes “cuando se hacen declaraciones tan serias”. El domingo 5, tras las declaraciones de Del Ponte, aquellos en el grupo cercanos a la Comisión de la ONU alertaron que era incorrecta y adelantaron que habría una rectificación oficial.

El miércoles 8, en su blog, Higgins desmontó caso por caso las “evidencias” de los tres incidentes, tanto el del gobierno como los de la oposición. En el primer caso, explicó que los cohetes hechos en casa de los rebeldes con dificultad alcanzan objetivos a cuatro kilómetros de distancia (contra los 47 que supuestamente recorrió el de Khan al Assal), que el número de víctimas resulta alto (en comparación con ataques similares de Al Qaeda en Irak) y que no se recogieron muestras del explosivo, además de que “también tengo que preguntar cómo es que el gobierno supo que el cloro gaseoso venía disuelto en una solución salina”. Algo pasó, admite Higgins, “pero simplemente no creo que un cohete hecho en casa con una cabeza de cloro gaseoso disuelto en una solución salina (y disparado) a 47 kilometros sea una explicación razonable para el número de fatalidades”.

Lo mismo ocurre con los alegatos de la oposición: Higgins se apoya en las conclusiones de CBRNe World, una revista dedicada a buscar soluciones para las amenazas de las armas de destrucción masiva, que afirma que los síntomas presentados por los pacientes no corresponden a los de gas sarín o gas VX. Además, termina la publicación, “no se ofrece una explicación para el uso tan extraño y francamente inefectivo del agente químico”.

En otras palabras, ¿para qué querría el ejército arrojar armas químicas en la casa de una familia dormida y no contra un batallón enemigo? Ralf Trapp, un reconocido experto en armas químicas, cuestionó que tuviera lógica que Assad tomara el riesgo de cruzar la línea roja de Obama sólo para matar a unos niños. Se lo planteó así a la revista Foreign Policy: “Desde un punto de vista militar, no tiene sentido usar armas químicas poquito a poco. ¿Por qué pondría el régimen una granada aquí o un lanzacohetes acá? No es la forma en que esperas que actúe una fuerza militar”.

Es poco lo que hace falta para desatar una confrontación abierta que cambie el Medio Oriente como lo hemos conocido. La chispa podría estar en los cilindros blancos, si se cree que los ha lanzado el gobierno llenos de gases letales. Higgins, sin embargo, piensa que son granadas de gas lacrimógeno común. Y no se sabe si el ejército las tiene de ese tipo, aunque… después de que Higgins hizo circular imágenes en el foro privado sobre Siria, para solicitar más información, Jeffry Ruigendijk, un fotógrafo holandés, le facilitó el miércoles 8 una foto que hizo de un militar que traía uno de los cilindros blancos colgado junto a su cuchillo y esposas. No era un soldado del gobierno. Era un yijadista de Jabhat al Nusra.

 

 

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