Gallery

Libia: Un ataque camuflado


Por Témoris Grecko (publicado en Proceso, 23/sep/2012)

 

El ataque contra el Consulado estadounidense en Bengasi, la ciudad natal de la revolución libia, el 11 de septiembre, pareció confirmar los peores temores sobre la evolución del proceso de reconstrucción de ese país: el gobierno es incapaz de garantizar la seguridad, el verdadero poder en el país está en manos de incontrolables milicias y éstas son animadas por Al Qaeda y la ideología islamista más extrema. En otras palabras, Libia se estaría convirtiendo en un Afganistán, fragmentado y radicalizado, justo frente a las costas de Europa.

 

Informes previos de prestigiados organismos independientes, como Amnistía Internacional, habían alertado del peligroso rumbo que tomaban las cosas. Una larga serie de abusos cometidos por grupos de milicianos, con plena impunidad, contribuía a crear esta sensación de caos. La muerte por asfixia del embajador Chris Stevens en el incendio provocado en la sede consular, y el hecho de que los perpetradores hayan sido capaces de llevar a cabo la operación dotándose de una cobertura popular –las protestas por el video ofensivo contra el profeta Mahoma—, añadieron pesimismo al estado de ánimo.

 

Análisis más fríos y recientes, sin embargo, sugieren que, pese a la espectacularidad de escándalos como el de la muerte del diplomático y otros incidentes, también hay indicios que permiten abrigar cierto optimismo. Un reporte del International Crisis Group (ICG), cuya presentación fue adelantada al 14 de septiembre a causa de la violencia en en Libia y otros países, ha arrojado luz que permite hacer una valoración más balanceada del papel de las milicias y otros organismos que, hasta ahora, se han mantenido autónomos de las autoridades.

 

“Hay más de una forma de mirar al país hoy”, se afirma en el documento “Divided we stand: Libya’s enduring conflicts”, del ICG: “como una de las más motivantes insurrecciones árabes, recobrándose más rápido de lo esperado; o como un país de regiones y localidades que tiran hacia diferentes direcciones, acosado por problemas intercomunitarios y donde vagan libremente grupos bien armados. Hay evidencias para ambas” maneras de interpretar lo que ocurre en Libia.

 

FALTA DE VOLUNTAD

 

Las apariencias de lo que ocurrió el día 11 eran menos alarmantes para algunos: una masa espontánea y desorganizada de musulmanes, enfurecida por la noticia de que lejos de ahí se difundía un video que insultaba gravemente al fundador del Islam, lanzó un ataque contra el consulado en el que se combinaron la cobardía de las unidades libias que debían protegerlo, y que escaparon en desbandada, con la mala suerte de que el embajador estaba de visita y quedó atrapado en medio del incendio.

 

La evidencia pronto indicó lo contrario: los manifestantes eran demasiado pocos para provocar tantos daños; se reportó la presencia de pelotones de milicianos que actuaron coordinadamente al amparo de la multitud; y se disparó con fusiles automáticos y lanzagranadas RPG 7 contra las entradas frontal y posterior del edificio.

 

Además, los incidentes que tuvieron lugar en el Consulado fueron secundarios: el personal diplomático fue evacuado a una casa de seguridad, que debía ser secreta pero cuya ubicación era conocida por los agresores (indicio de que contaban con espías), quienes realizaron ahí su ataque más dañino. Además del embajador, murieron otros tres estadounidenses.

 

El contexto era el de movilizaciones en varios países musulmanes, causadas por el video que un cristiano copto (que trató de culpar de su propio acto a judíos israelíes) realizó en California, con el que trataba de provocar reacciones de ira de los seguidores de Mahoma. Ayman al Zawahiri, sucesor de Osama bin Laden como dirigente de Al Qaeda, había dado a conocer ese mismo día 11 un comunicado en el que llamaba a vengar la muerte de un dirigente de su organización, el libio Abu Yahya al Libi.

 

Los testigos también apuntaron a la conexión islamista: afirmaron haber visto uniformes e insignias de la milicia Ansar al Sharia (que significa “Partidarios de la Ley Islámica”), a la que se acusa de estar en conexión con Al Qaeda.

 

Lo peor es que las autoridades no parecen capaces de imponerse a estos grupos armados, y mucho menos de castigarlos. El domingo 16, Mohamed al-Magariaf, líder del parlamento, dijo a la prensa que “éste es un momento definitorio para el país. La confrontación con estos elementos (Ansar al Sharia) es necesaria e inevitable. O son ellos o es Libia segura y unida”.

 

Sus declaraciones, sin embargo, fueron “recibidas con cinismo” en Bengasi, según afirmó por teléfono a The Guardian su enviado Chris Stephen (no confundir con el fallecido embajador Steven), el día 14. El anuncio de la detención de cuatro supuestos militantes, reportó, fue interpretado como un intento de “aplacar a los estadounidenses”, pues “no hay interés en realizar una investigación” y “francamente, uno se pregunta si las autoridades libias realmente quieren llegar al fondo del asunto”. Los bengasíes, prosiguió Stephen, se quejan de que han padecido ataques islamistas por varios meses y de que “cada vez se anuncia una investigación, pero nada pasa”.

 

EL LLAMADO DE AL QAEDA

 

El parlamentario Magariaf, además, le quitó importancia a los elementos internos y asignó la culpabilidad a activistas foráneos: el ataque, dijo, “fue planeado por extranjeros, por gente que entró al país hace meses y que estaba planeando este acto criminal desde su llegada”.

 

La denuncia causó incredulidad en diplomáticos y periodistas, que la interpretaron como una muestra más de que se evade la responsabilidad de actuar. “Es todo un ardid tratar de culpar a malienses o argelinos o a gente de Marte o a quien sea”, comenta a Proceso la periodista neozelandesa Sharon Wad, en Trípoli. “Se ha documentado que Ansar al Sharia y otras brigadas islamistas, que son 100% libias, de Bengasi y Derna, han recibido carta blanca por algún tiempo para realizar sus propias venganzas, secuestrar mujeres, atacar convoyes de la embajada británica, oficinas de la Cruz Roja, para que brigadas salafistas (radicales islámicos) destruyan santuarios sufíes o lo que les plazca”.

 

Responsabilizar a extranjeros de los problemas internos es recurrente entre los libios, afirma Um Osturk, de la Red de Recursos Mediterráneos, un instituto de investigación británico. Moamar Gadafi lo hizo con frecuencia y ahora, “esperaba escuchar voces más auto-críticas y auto-analíticas, que se deshicieran de las teorías de la conspiración”, afirma, “pero falta mucho tiempo para que acepten que las importaciones foráneas de combatientes lunáticos no son una mayoría (de los milicianos islamistas) y que el principal problema es la primitiva agitación de masas de jóvenes locales que temen ser tratados como inferiores por otros supuestamente bravos luchadores. Cuando hay más armas disponibles que libros, esos reclutas se entregan a la violencia para ocultar sus propios temores”.

 

Los distintos reportes de investigación, incluidos los de AI y del ICG, coinciden en que las milicias están compuestas básicamente por libios. Pueden contar con algunos integrantes extranjeros y, eso sí, con un vínculo fundamentalmente inspiracional con organizaciones islamistas radicales como Al Qaeda.

 

Después de la muerte de los diplomáticos estadounidenses, Ansar al Sharia aceptó hablar por primera ocasión con medios occidentales, a través de su comandante Mohammad Ali al Zahawi, para desmentir tanto su participación en el incidente, sin condenarlo, como su membresía en Al Qaeda, aunque aceptando que toman en cuenta sus consignas.

 

La BBC encontró a un Zahawi muy tranquilo en el conocido cuartel de su milicia, “un edificio no lejos del centro” de Bengasi. Al respecto del ataque al consulado, el líder rechazó toda responsabilidad, aunque al mismo tiempo le dio su plena aprobación: “¿Cree usted que matar a un embajador de EU es más atroz que los insultos proferidos contra el profeta? Juro por dios que podemos tolerar que se mate a toda la gente y se borre países del mapa, pero no toleraremos un solo insulto que pudiera herir a nuestro profeta”.

 

Zahawi denunció una ofensiva de EU contra los países musulmanes “para ocuparlos y actuar como nuestros guardianes”, por eso, aunque su brigada no está ligada a Al Qaeda, le reconoce a este grupo su “estrategia para debilitar la hegemonía de EU” y considera que su convocatoria a vengar la muerte de Al Libi matando occidentales “es un llamado a despertar”.

 

LUCHA IRRESUELTA

 

La impresión que se transmite al exterior es que son grupos como Ansar al Sharia los que llevan la voz cantante en Libia.

 

Las milicias islamistas no tienen un rol, sin embargo, de predominancia en el escenario libio. El proyecto internacional Small Arms Survey (encuesta de armas pequeñas) dio a conocer en junio su análisis “Grupos armados en Libia: Tipología y roles”, en el que explica cómo fue que las células de combatientes urbanos, originadas al principio de la revolución, evolucionaron hasta convertirse en “organizaciones capaces de manejar divisiones de tanques”, y pasaron de actuar con “algunas pistolas” a “controlar los arsenales de Gadafi”.

 

El documento identifica cuatro tipos de grupos: las brigadas revolucionarias que llevaron el peso de la lucha armada, reúnen al 75% de los combatientes con experiencia, y están integradas en estructuras de coordinación local, como las de las ciudades de Bengasi, Misrata y Zintan; brigadas irregulares, acusadas de numerosas violaciones de derechos humanos, con 4% de los luchadores; brigadas post-revolucionarias, que se formaron para enfrentar los problemas de seguridad al caer el viejo régimen; y las que esta investigación denomina propiamente milicias, entre las que se encuentran grupos criminales y los extremistas religiosos como Ansar al Sharia, “cuya capacidad operacional, hasta ahora, ha sido limitada”.

 

Buena parte del nerviosismo que genera la proliferación de grupos armados se sustenta en un informe de Amnistía Internacional, difundido en febrero, titulado “Las milicias amenazan las esperanzas de una nueva Libia”. El texto denuncia que estas organizaciones, consideradas heroicas por su lucha revolucionaria, están fuera de control y ponen en peligro la estabilidad.

 

Sin descalificar las conclusiones de AI, el reporte del ICG propone una visión más amplia en la que se hace notar que el papel de las milicias no sólo ha sido negativo: en un contexto de enormes tensiones, acumuladas bajo la dictadura de Gadafi y exacerbadas durante la guerra revolucionaria, el caos no se generalizó al caer el régimen: “El hecho de que la mayor parte de los combates terminó relativamente rápido le debe mucho al esfuerzo de líderes locales, brigadas revolucionarias y la variedad de concejos civiles y militares que asumieron la tarea de mantener al país en orden. Este improvisado mosaico de seguridad registró un éxito significativo y sorprendente”.

 

Como las buenas noticias no son noticia, los que se llevan los titulares son Ansar al Sharia y otros grupos problemáticos.

 

De cualquier forma, sigue el ICG, lo que ha funcionado hasta ahora no es el modelo a seguir para el futuro: “Al tiempo en que contiene conflictos, los alimenta. Algunos grupos armados no pueden resistir la tentación de atacar a sus enemigos y ajustar cuentas, pelear por influencia política y económica, evadir la supervisión y profundizar rivalidades geográficas y comunitarias”.

 

“La batalla entre el gobierno central y los grupos armados no se ha resuelto”, advierte el ICG. “Si no se dan pasos rápidamente, revertir esta tendencia se va a hacer más difícil, y lo que ha sido una historia noticiosa relativamente buena se podría tornar depresivamente armarga”.

 

 

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s