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Egipto: Los riesgos de la transición


Por Témoris Grecko (publicado en Proceso, 12-feb-2012)

En las calles del centro de El Cairo continuaban los enfrentamientos, por sexto día consecutivo (con saldo ya de 15 muertos, según el Ministerio de Salud), y se difundía la convocatoria a una huelga general para el sábado 11 (cuando se cumple un año del derrocamiento de Hosni Mubarak y en demanda de un gobierno de salvación nacional), mientras crecía la indignación ante nuevos indicios de que el linchamiento masivo de simpatizantes del equipo de futbol Al Ahly (74 muertos y más de mil heridos en el estadio de Port Said, el 1 de febrero) fue premeditado. Pero intramuros, en el recién instalado Parlamento, electo en agotadoras jornadas de noviembre a enero, algunos tenían otras prioridades.

Era el martes 7, la asamblea estaba en sesión. Mamdouh Ismail, representante salafista (islamismo extremista), se levantó de su asiento y comenzó a cantar en voz elevada “Alahu akbar” (dios es el más grande) para hacer un “azan”, o llamado a la oración.

Lo mandaron callar. No lo hizo un miembro de los partidos laicos o cristianos, sino otro islamista, líder de los Hermanos Musulmanes (relativamente moderados) que funge como presidente de la Cámara Baja. “¡A rezar a la mezquita!”, le espetó Saad al Katatny. “¡Usted no es más musulmán que cualquiera de nosotros aquí!”

El intercambio de gritos duró tres minutos y concluyó en lo que pareció indicar que en Egipto sigue existiendo una separación entre mezquita y Estado. Al menos por el momento. En un país que durante 60 años tuvo un Parlamento decorativo, esto resultó un signo elocuente de nuevos tiempos.

No el único, para disgusto del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA), la junta militar que detenta el Poder Ejecutivo desde la caída de Mubarak: hasta ahora los oficiales habían practicado con descuido el truco de negar sus abusos evidentes, sin importarles que ciudadanos y periodistas exhibieran evidencias, pues no existían figuras institucionales que se atrevieran a desmentirlos. Ahora, el Parlamento ha anunciado que formará una comisión investigadora sobre la masacre del futbol.

En los cafés y salones de El Cairo, son dos los temas que acaparan los debates: la persecución oficial contra ONG nacionales y extranjeras y de quién es la mano que sacude la cuna, qué intereses están detrás de provocaciones que han derivado en horribles matanzas, como la del partido de futbol o la de 27 manifestantes cristianos, el 9 de octubre.

La creación de comisiones de investigación no es novedad en Egipto, sino el truco desgastado por el uso con el que los militares distraen la atención en cada escándalo y mandan el asunto a la congeladora. La diferencia puede estar en que el recién nacido Parlamento se jugará ahora las bases de su futuro prestigio. Si sus conclusiones resultan incriminatorias para el CSFA o el gobierno del primer ministro Kamal Ganzouri, habrá motivo para un enfrentamiento directo entre el ejército y el Legislativo, lo que atizará el conflicto que no se apaga en las calles. Y forzará, además, a los Hermanos Musulmanes, la fuerza que controla el 45% de los 508 escaños parlamentarios, a escoger entre su silenciosa alianza táctica con el CSFA y su compromiso declarado con el pueblo y la revolución.

PARTIDO SANGRIENTO

Al Ahly (de El Cairo) es el mejor equipo de futbol del siglo XX en África, según la FIFA, y el más odiado por todos sus rivales en Egipto. Siempre hay gran tensión en sus partidos, en particular cuando enfrenta al Zamalek, también de El Cairo, y a Al Masri, de Port Said.

“He ido a centenares de encuentros y nunca nos han dado la oportunidad de enfrentarnos con los fans de Al Ahly o de cualquier otro equipo”, afirma Zador Abdel, un joven contador recién egresado de la universidad, que apoya al Zamalek. “Desde antes de llegar al estadio, la policía nos separa de nuestros contrarios. Adentro, hay barreras y fosos y muchos agentes. Al que hace desorden, lo echan de inmediato o lo arrestan. Cuando salimos, lo mejor es irnos a casa rápido porque hay mucha presión policiaca y nos detienen por cualquier pretexto. No hay posibilidad de buscar camorra con los rivales”.

Ocurrió lo contrario en el estadio de Port Said, el 1 de febrero. Desde el principio, había un ambiente inusitado de agresión contra Al Ahly. En declaraciones al diario El País, Óscar Elizondo, un argentino que forma parte del cuerpo técnico del equipo, recordó que “vimos desde el banquillo escenas surrealistas, gente que pasaba al lado sin identificación y soltaba alguna amenaza. Algunos de nuestros jugadores salieron a calentar y tuvieron que volver por el lanzamiento de piedras”.

Al finalizar el encuentro, que ganaron los locales 3 a 1, supuestos hinchas de Al Masri atacaron las gradas de los simpatizantes de Al Ahly e invadieron la cancha. Mientras el equipo visitante se refugiaba en los vestidores, afuera se realizaba una cacería masiva con garrotes y cuchillos. Además de quienes murieron por esas heridas o por haber sido lanzados desde la altura, muchos otros fallecieron por asfixia o aplastamiento al encontrarse con que las puertas metálicas de la salida estaban cerradas.

Contra la costumbre, la policía que suele imponer el orden con violencia, esta vez no hizo nada, sino que “permitió que la hinchada local atacara con palos, petardos y armas blancas a la nuestra, que estaba en una zona acotada”, dijo Elizondo. Quien concluyó: “Estaba totalmente premeditado”.

Lo mismo se ha denunciado desde el equipo contrario, Al Masri. Águilas Verdes, su grupo de porra, aseguró que había infiltrados entre sus filas. Sobre todo, nada menos que dos héroes del futbol egipcio, el capitán de Al Masri, Karim Zekri, y su hermano Mohamed, hablaron largamente el domingo 5 para el sitio web CommentMidEast.com, a pesar de que creían que al hacerlo arriesgaban sus vidas: “Estamos listos para morir como los que ya lo hicieron, si eso es lo que hace falta para que emerja la verdad”, dijo Mohamed.

Este jugador de 26 años reveló que sus amigos le contaron que los policías les decían “vayan a romperles la cara (a los simpatizantes de Al Ahly), ellos dicen que ustedes no son hombres”. Aseguró haber visto a diez maleantes armados con espadas frente a una cincuentena de agentes que no se movieron. Karim denunció que las luces del estadio se apagaron “y esto fue una de las principales causas del desastre porque (al querer escapar) las personas se estrellaban unas contra otras”.

Desde un principio, el asunto pintaba mal porque “no estaban revisando a los asistentes al entrar al estadio, lo cual es muy raro, ni pedían los boletos”, recordó Mohamed. “Y por primera vez en la historia de nuestra ciudad, el gobernador y el jefe de policía faltaron al partido”. Según los hermanos, un hombre fue detenido y confesó que más de 600 personas de fuera de Port Said habían sido contratadas por un miembro del Partido Nacional Democrático, la organización de Mubarak, hoy oficialmente disuelta, “y les pidió matar y crear caos en el estadio”.

EJÉRCITO KEMALISTA

El que los seguidores de Al Ahly apoyen a un equipo que despierta grandes resentimientos no se ve como la causa real de la agresión. Eso sólo los hacía víctimas más propicias. En los tiempos recientes, los miembros de su barra brava, Ultras, han ganado fama por el papel de liderazgo que han asumido sobre el terreno en los enfrentamientos callejeros en El Cairo, del lado de los revolucionarios. En un ambiente de desorganización, en el que cada entusiasta asume iniciativas individuales, sus vínculos de solidaridad los han ayudado a resistir ofensivas de la policía militarizada y a montar contrataques. Sus cánticos de grada, que se elevan sobre los muros construidos para proteger el Ministerio del Interior, se han convertido en sonsonetes que irritan a los agentes gubernamentales.

Ahora lo han pagado caro y la pregunta es: ¿quién les pasó la factura? La respuesta puede estar ligada a otra cuestión de mayor calado: ¿quién está orquestando provocaciones que generan decenas de muertes.

El culpable favorito es la junta militar en su conjunto. La motivación, dicen en la plaza Tahrir, es asustar a los egipcios, convencerlos de que sólo los oficiales pueden impedir que el país siga deslizándose hacia la anarquía y permitir así que el CSFA prolongue su ejercicio del poder.

El mariscal de campo Mohamed Husein Tantawi, cabeza del Consejo, y sus generales lucen, sin embargo, bastante incómodos con sus responsabilidades actuales. Debido a que su gestión ha sido torpe tanto en lo político como en lo económico, su imagen ha sufrido un gran deterioro y esto pone en peligro su posición frente al futuro.

Su interés estaría más bien en montar un nuevo régimen en el que sus privilegios empresariales (las fuerzas armadas controlan gran parte de la economía nacional, desde la construcción hasta la industria armamentística) y su posición supra-constitucional (que los pone más allá del control civil) como garantes supremos del sistema estén asegurados. Es un diseño al estilo kemalista (de Mustafa Kemal “Atatürk”) que prevaleció en Turquía por más de 80 años, hasta que fue desmontado por el actual primer ministro Recep Tayyip Erdogan, y que le da al ejército un rol de tutelaje de la democracia.

“Mubarak tuvo éxito en desviar las preocupaciones de sus oficiales lejos de la política y hacia la economía”, explica Islam Lofti, miembro del Comité Ejecutivo de la Coalición la Revolución Continúa. “Sus intereses financieros en el viejo régimen los limpiaron de cualquier noción de derrocar al presidente y purgar las instituciones del Estado”.

La ola de enfrentamientos y la crisis política de noviembre obligó al CSFA a adelantar su calendario y convocar a elecciones presidenciales para junio. Con el Legislativo en funciones, un comité de redacción constitucional (supervisado por el ejército) trabajando y el Ejecutivo listo para instalarse, entregaría el poder antes de julio.

No parece que una póliza de seguros para los militares, sin embargo, pudiera cubrir también a los miembros civiles del antiguo régimen, muchos de los cuales conservan cotos de poder, uno de los cuales es el Ministerio del Interior: esta institución controla la policía militarizada cuyos miembros, en uniforme o disfrazados de paisano, han llevado el peso de la represión contra las protestas.

La renuncia del ministro del Interior, Mohamed Ibrahim, y la limpieza del Ministerio, que ha sido una de las principales demandas de los revolucionarios desde hace un año, se convirtió también en una exigencia de varios parlamentarios a raíz de la matanza del estadio de Port Said. Ibrahim, junto con exintegrantes del PND, sería uno de los interesados en descarrilar el proceso democrático.

La investigación del Parlamento podría aportar las evidencias. Si es que no se convierte en un asunto de segundo orden, marginado por otras prioridades: más allá de la anécdota divertida, el incidente de la sesión parlamentaria interrumpida para rezar revela la determinación de las fuerzas parlamentarias extremistas de luchar por convertir Egipto en una república islámica.

Esto podría llevar, a final de cuentas, a la más rara de las alianzas: si los egipcios cristianos, musulmanes moderados y laicos, entre quienes están los jóvenes de la revolución, se convencen de que la sharía (ley islámica) les va a ser impuesta, podrían terminar prefiriendo de los males, el menor. Y éste sería el tutelaje militar al estilo kemalista, garantía del laicismo. Lo que quiere el CSFA.

 

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