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Siria: Misión bajo sospecha


Por Témoris Grecko (publicado en Proceso, 1 de enero de 2012)

El martes 27 de diciembre, por fin, empezó a trabajar la misión de observadores que envió la Liga Árabe a Siria para verificar que las autoridades de ese país cumplan con el acuerdo signado entre ambas partes, y que establece en primer lugar el fin de la represión gubernamental contra los manifestantes civiles.

Se trató de un momento esperado largamente, en medio de una violencia que en la semana previa superó a todo lo que se había visto desde que empezaron las protestas, el 15 de marzo:

Las tropas del ejército intensificaron sus ataques sobre barrios residenciales de distintas ciudades y mataron a por lo menos 275 civiles, según la oposición; los militares sostuvieron el mayor enfrentamiento hasta ahora con sus excompañeros, los desertores del llamado Ejército Sirio Libre (ESL), con un saldo de 269 muertos; esto elevó las estimaciones de bajas a 6,237 personas, según la del grupo internacional Avaaz (que también calculó en 69 mil el número de detenidos), o más de 5,000, de acuerdo con la de la ONU (y el gobierno añadió la propia, de 2,000 efectivos de las fuerzas armadas); y el viernes 23 de diciembre se produjeron los primeros ataques terrorristas con coches bomba en Damasco, en un incidente muy extraño que motivó acusaciones de que se trató de un montaje del régimen, de un auto-atentado con fines propagandísticos.

Contra lo que se esperaba, sin embargo, la presencia de la misión de la Liga Árabe y el inicio de sus actividades no se tradujeron en un alto a las operaciones de castigo del ejército. De hecho, el Consejo Nacional Sirio (CNS), el órgano que agrupa a un abanico de grupos opositores que va desde los islamistas hasta la izquierda, se dijo decepcionado por la delegación visitante. Por un lado, porque el gobierno sirio consiguió imponer varias condiciones, entre ellas la de que los observadores no podrán ingresar en las zonas militares (a donde “las autoridades sirias han transferido a quizás cientos de detenidos para esconderlos de los monitores de la Liga Árabe”, denunció la organización Human Rights Watch el miércoles 28) y la de que sus movimientos no serán plenamente libres, pues para transportarse deberán usar vehículos, choferes y guías del ejército.

El mayor motivo de descontento, sin embargo, es que parece más probable que la personalidad que encabeza la misión simpatice con el régimen sirio que lo contrario: se trata de un general de Sudán directamente implicado en casos de represión como los que ahora debe investigar, en particular por su pasado como comandante de las operaciones contra los rebeldes de la entonces región rebelde, y hoy país independiente, de Sudán del Sur.

ACUERDO ÁRABE

El antecedente que preocupa al presidente sirio Bashar el Assad y sus asociados es el de Libia: en marzo pasado, en el Consejo de Seguridad de la ONU, frente a la insistencia de Francia y Gran Bretaña de pedir una intervención militar en defensa de los revolucionarios opositores a Muamar Gadafi, se encontraba un Estados Unidos vacilante y el rechazo de Rusia y China. Pero la Liga Árabe, un organismo hasta entonces considerado casi inútil, sorprendió al pedir protección para los civiles libios. Esto movilizó a Washington, desactivó a Moscú y Pekín, entusiasmó a París y Londres y condenó al régimen gadafista.

Siria es otra cosa: demográficamente mayor que Libia, topográficamente más complicada, militarmente más fuerte y geopolíticamente más delicada. Y su oposición ha tardado más en agruparse. Tanto en Europa como en América, hasta hace poco parecía no haber ganas de intervenir.

Su gobierno, sin embargo, ha actuado con una brutalidad que lo ha aislado hasta de sus vecinos y antiguos aliados, Turquía y Jordania, que pidieron la salida de El Assad. Varios países árabes retiraron a sus embajadores y las cosas se agravaron el 12 de noviembre, a raíz de que el régimen orquestó o permitió ataques de turbas contra varias embajadas de países árabes. Esto fue una represalia porque la Liga había suspendido su membresía como sanción por la violencia contra civiles.

Las alarmas en Damasco se encendieron el 16 de diciembre, día en que Rusia difundió un documento en la ONU en el que ya no parecía tan decidida a defender a El Assad hasta el final. Asustados, los sirios firmaron un acuerdo con la Liga Árabe, en el que se comprometían a retirar tanques y tropas de las poblaciones y de los distritos residenciales; a liberar a los presos políticos, y a permitir el ingreso al país de periodistas y de defensores de derechos humanos

No era la primera vez: habían signado un documento similar en septiembre y lo violaron tras rechazar la entrada de observadores que pudieran verificar el cumplimiento. Esta vez, en cambio, aceptaron que llegara una misión de 50 inspectores árabes (que eventualmente podrían llegar a ser 500).

Pero no sería el fin de la violencia.

EXPLOSIONES DE MISTERIO

Se esperaba el arribo de una avanzadilla de siete miembros de la misión para el jueves 22 de diciembre. Y ésa se convirtió en la peor semana del conflicto. Las fuerzas de seguridad lanzaron las más intensas ofensivas registradas en nueve meses de enfrentamientos. El miércoles 21, al menos 121 cadáveres fueron identificados en el pueblo norteño de Idlib. Ese mismo día, el Observatorio Sirio de Derechos Humanos informó que 269 personas (163 revolucionarios armados, 97 soldados gubernamentales y nueve civiles) habían muerto en operaciones contra el ELS. Mientras tanto, la tercera mayor ciudad del país, Homs (que con 2,582 muertes, concentra el 40% de las contadas por Avaaz), sufría una intensificación del asedio sobre barrios de oposición, especialmente el de Bab Amr, lo que dejó al menos 12 fallecidos.

Lo más extraño, sin embargo, tuvo lugar el viernes, a las 10:18 de la mañana, en momentos en que los primeros observadores estaban reunidos con funcionarios del gobierno. Los llevaron de inmediato a ver lo ocurrido: dos coches bomba habían estallado frente a las sedes de la Dirección de Seguridad del Estado y de la Oficina General de Inteligencia, en el céntrico distrito de Kfar Sousa de Damasco.

Cuarenta minutos más tarde, Sana, la agencia gubernamental de noticias, ya difundía en su web numerosas imágenes de cadáveres despedazados y la afirmación: “El ataque criminal tiene las huellas de Al Qaeda”. La primera cifra de víctimas era de 44 “mártires” y 166 heridos. Faisal Mekdal, viceministro de Exteriores, declaró desde el lugar de los hechos: “Lo hemos dicho desde el principio: esto es terrorismo. Están matando al ejército y a civiles”.

La versión empezó a ser disputada casi de inmediato, sin embargo. “O es un montaje de la incompetente policía secreta de El Assad”, valoró un par de horas después el prominente bloguero sirio Maysaloon, “o es un ataque genuino del incompetente brazo armado de la oposición. Hablo de la incompetencia de la oposición porque no puedo imaginar nada más tonto que hacer estallar bombas en Damasco cuando acaban de llegar los observadores de la Liga Árabe”, lo que sería “alimentar los dichos del gobierno de que no están reprimiendo al pueblo, sino combatiendo el terrorismo”.

Las explosiones “son muy misteriosas porque ocurrieron en áreas densamente vigiladas a las que es difícil entrar en coche”, dijo por su parte el opositor Omar Idilbi. Varios reportes de prensa citaron a testigos que aseguraron que las calles afectadas habían sido cerradas desde varias horas antes por los servicios de seguridad y que muchos guardias no habían mostrado nerviosismo después de que se escucharon los estallidos y se habían quedado en sus puestos. Hubo quien especuló que los cadáveres podrían ser de víctimas de tortura y ejecuciones, trasladados desde otras partes de la ciudad o del país.

La agencia Sana, por su lado, enfiló una batería de fuentes en respaldo de la versión oficial, como el “doctor Amin Hoteit, experto estratégico de Líbano”, quien dijo que los ataques “indican que los agentes de Occidente y de Israel han empezado a llevar a cabo actos terroristas” utilizando “a Al Qaeda para matar civiles”.

DISPUTA SIN ESPERANZA

El grueso de la misión de observadores llegó el lunes 26 de diciembre. Los 50 integrantes se dividieron en cinco equipos de 10 personas, uno de los cuales estuvo en Homs el martes 27 y el miércoles 28. El gobierno había retirado sus tanques de combate; había preparado personas para que hablaran con los enviados árabes y les explicaran que los verdaderos victimarios son los rebeldes, y no al contrario; y había tomado medidas de bloqueo para impedir que se aproximaran manifestantes y dar una sensación de normalidad.

Los habitantes, sin embargo, se las arreglaron para concentrarse (en cifras que, según diversas estimaciones, llegaron a entre 35 mil y 70 mil personas) en diversos barrios y desafiando disparos y gases lacrimógenos consiguieron hacer contacto con los visitantes.

En un video que subió la oposición a YouTube, aparecen activistas en Homs que muestran a los monitores extranjeros el cuerpo de un niño de cinco años, a quien aparentemente mataron las fuerzas de seguridad. “Sean pacientes, dennos tiempo”, le dice uno de los monitores a un residente, “realizaremos nuestros deberes hasta que pueda haber diálogo”. “¿Cuál diálogo?”, responde su interlocutor. “¿Cómo podemos llegar al diálogo cuando están matando gente. Nos dijeron que los tipos de la seguridad no matarían a nadie en presencia de los observadores árabes, pero cuando el jefe de la misión estaba aquí, mataron a un niño y a al menos 15 personas más”.

Esta disputa por la atención de los observadores no se reflejó en la confianza que se tiene en la misión, sin embargo. El régimen se mostró seguro: “Muchos países en el mundo no quieren admitir la presencia de grupos terroristas en Siria. (Los enviados árabes) vendrán aquí y verán que están presentes”, declaró el ministro de Exteriores,Walid al-Moualem, el martes 20 de diciembre, tres días antes de los bombazos.

El Consejo Nacional Sirio, en contraste, mostró su decepción por la persona que encabeza la misión de la Liga, el general Muhamad Ahmad al Dabi, quien entregó a AFP un currículo que incluye lo siguiente: jefe de la inteligencia militar desde el 30 de junio de 1989 (día en que Omar al Bashir, el presidente de Sudán cuya captura exige la Corte Penal Internacional, tomó el poder en un golpe de Estado) hasta agosto de 1995; jefe de la agencia de espionaje extranjero de 1995 a 1996; y jefe de operaciones militares contra la insurgencia en lo que hoy es Sudán del Sur, de 1996 a 1999.

Por la mañana del miércoles 28, en un primer balance de su visita del día anterior a Homs (cuando murieron al menos 17 personas, según la oposición, sólo en esa ciudad, lo que ese martes hizo un total de 42 en el país), Al Dabi resumió: “El día de ayer estuvo tranquilo y no hubo enfrentamientos. No vimos tanques, aunque sí algunos vehículos blindados”. Antes los cuestionamientos de periodistas a quienes les costaba creer lo que escuchaban, el general sudanés matizó: “Pero recuerden que fue sólo el primer día y hará falta investigar más”

“Considerando lo próximos que están entre sí el régimen de Al Assad y el régimen de (el sudanés) Al Bashir”, había lamentado el opositor CNS el 22 de diciembre, “los sirios no tienen esperanzas de que la misión tenga un desempeño justo”.

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