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Egipto: Represión documentada


Por Témoris Grecko (publicado en Proceso, 30 de diciembre de 2011)

“He dicho y sigo reiterando que nunca vamos a confrontar una manifestación pacífica con violencia de algún tipo, ni siquiera verbal”, aseguró el primer ministro egipcio, Kamal el Ganzouri, el 19 de diciembre. “Estoy comprometido con esto”.

En ese mismo momento, le daba la vuelta al mundo una fotografía con un poder de descripción dramática que probablemente le dará un carácter icónico, será la imagen que represente la torpe, caótica y sangrienta gestión del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas al control de Egipto, de manera similar a la de Neda Agha Soltan –la estudiante asesinada por milicianos en 2009— ilustra los actos del gobierno iraní.

Tres soldados rodean a una joven exánime, que obviamente no opone resistencia. Dos de ellos la arrastran por la calle tirando de su abaya (una prenda negra holgada, que cubre desde el cuello hasta caer por debajo de la cadera), y a resultas de eso, han dejado al descubierto su vientre y sus senos, revelando un sostén azul. El tercer uniformado la pisotea con saña.

La represión de la junta militar ha vuelto a llenar las cárceles con muertos (al menos 14 desde el reinicio de los combates callejeros, el 16 de diciembre) y los hospitales con heridos (más de 500), pero los egipcios encuentran motivos para reír ante el patetismo de unos generales que tratan de convencer al mundo de que el arriba está abajo.

En la misma declaración, El Ganzouri, hombre de paja del ejército al que los insurrectos buscan apartar del poder, denunció que quienes protestan en la plaza Tahrir no son “los jóvenes de la revolución”, sino maleantes armados a los que manipulan “potencias extranjeras” para “derribar al Estado”y poner en peligro a una revolución a la que, según El Ganzouri, los militares defienden.

GENERALES DESMENTIDOS

No hacía falta mucho para derribar tal disparate. Por si alguien lo hubiera querido creer, grupos como la Coalición de los Jóvenes de la Revolución y Todos Somos Khalel Said, indiscutiblemente vinculados al movimiento que provocó la caída del dictador Hosni Mubárak, el 11 de febrero, celebraron una conferencia de prensa el día siguiente.

En ella exigieron que el largo calendario electoral establecido por el CSFA, que plantea la devolución del poder a los civiles en julio, después de una elección presidencial en junio, se adelante para que ésta se celebre el 25 de enero (aniversario del inicio de la revolución), y que sea bajo el control de autoridades democráticamente electas, y no de la junta militar, que se realice la redacción del nuevo texto constitucional que regirá al país en las siguientes décadas.

Los activistas yuxtapusieron videos de altos funcionarios del gobierno y del CSFA negando responsabilidad por la violencia, con otros en los que soldados egipcios aparecen empleando fuerza visiblemente excesiva contra los manifestantes.

Fue un evento con una enorme carga emotiva, en el que varias personalidades de la política, opositores y voluntarios de las clínicas improvisadas en la plaza de Tahrir y en un plantón establecido frente a la sede del Parlamento, brindaron testimonios de la brutalidad de las fuerzas del orden.

La presencia de los médicos que han montado, organizado y atendido esas clínicas fue significativa porque su esfuerzo, realizado enteramente con medios personales y donaciones individuales, sin respaldo de entidades egipcias o extranjeras, ha sido uno de los objetivos de la ira gubernamental: cada vez que policías y soldados han lanzado ofensivas que han conseguido hacer retroceder a los manifestantes, se han asegurado de hacer pedazos los primitivos puntos de atención médica que ellos habían conseguido levantar, apaleando a los heridos que han encontrado y a los cuidadores que los protegían.

REGRESAN LAS MUJERES

La participación más significativa de estas últimas jornadas, sin embargo, fue la de las mujeres. Una activista, Asmaa Mahfouz, fue vital por el efecto de un video que grabó en el que convocaba a los egipcios a manifestarse ese 25 de enero, hace casi un año. Muchas otras estuvieron presentes en Tahrir y el resto de las ciudades de Egipto durante esos días de movilización, hasta que se fue Mubárak.

Después, sin embargo, pareció que el espíritu de equidad que prevaleció en Tahrir se marchó y las mujeres pasaron de protagonistas a víctimas. El 8 de marzo, realizaron una marcha por los derechos de género que recibió poco apoyo de sus compañeros revolucionarios y quedó expuesta al agresivo y exitoso sabotaje de grupos islamistas radicales. Al día siguiente, tras un violento desalojo de la plaza Tahrir realizado por el ejército, soldados sin preparación alguna sometieron a 17 jóvenes detenidas a “exámenes de virginidad” públicos, supuestamente para demostrar que no eran célibes y neutralizar hipotéticas acusaciones de abuso sexual contra los uniformados.

En los enfrentamientos de noviembre pasado, muchas mujeres tuvieron que extremar precauciones porque su seguridad no estaba garantizada ni siquiera en las zonas controladas por la oposición: hubo numerosos casos de agresiones sexuales (Caroline Sinz, una periodista francesa que fue atacada cinco veces el mismo día, identificó un patrón de actuación que permite sospechar que se trató de acciones intencionadas contra el movimiento) en Tahrir, al tiempo en que muchas jóvenes detenidas, como la bloguera Mona el Tahawy, sufrieron golpizas y vejaciones por parte de las fuerzas de seguridad.

El 20 de diciembre, cientos de mujeres salieron a la calle. Esta vez, sus compañeros no las dejaron solas y formaron vallas humanas para proteger su avance, hasta que llegaron a Tahrir. Su objetivo era protestar contra la violencia de los agentes del gobierno contra ellas. Y la chispa que las motivó fue, precisamente, la foto de la joven arrastrada, semidesnudada y pisoteada.

VIOLENCIA DOCUMENTADA

Esa imagen fija está acompañada de un video escalofriante, en el que la historia queda mejor plasmada. Es el 17 de diciembre. Muchos civiles corren por una ancha avenida que da a la plaza Tahrir, perseguidos por filas de soldados con equipo antimotines. Una mujer se ha tropezado y tres hombres hacen lo posible por llevarla con ellos. Ella no consigue ponerse de pie. Once uniformados los alcanzan y todos levantan sus macanas al mismo tiempo. Dos de los que huyen logran escapar. La chica y el tercer hombre quedan en el suelo, recibiendo golpes por docenas, mientras otros soldados se suman al apaleo de las presas capturadas. Uno de ellos pone énfasis especial en pisotear la cabeza de la joven, que ni siquiera trata de protegerse.

El interés, sin embargo, se centra en ella y mientras dejan al compañero inerte, bajo la agresión de tan solo dos uniformados, otros tres arrastran a la muchacha, levantando su abaya. El que vemos en la foto pisoteándola, ya ha dado una patada a la cara de esa persona de la que el espectador no sabe si está inconsciente o ya muerta. Un momento después, uno de los golpeadores parece tener un instante de recato y cubre los senos expuestos de la joven con la abaya.

La cámara regresa entonces al otro derribado, a quien ya sólo atiende un verdugo, tan dedicado a su trabajo que al cansarse de golpear con la porra, tira patadas y da un salto para caer con ambos pies sobre el joven.

El objetivo se pierde un poco en una carga general por la misma avenida, dirigida por un uniformado sin equipo antimotines y con gorra, que parece un oficial, y que corre disparando al frente con una pistola. Después, la imagen retorna al sitio anterior. Ahora golpean a dos personas más, en el suelo. Una reconstrucción con imágenes fijas nos permite descubrir que ocurrió. Al principio de la agresión, un hombre de pantalón oscuro y camisa, posiblemente cincuentón, y una mujer con un abrigo rojo caminan y hacen un gesto pidiendo que no los golpeen, probablemente no tienen qué ver con la protesta.

Después, cuando los soldados han dejado en el piso al compañero de la chica de la abaya, la mujer de rojo se acerca a ayudarlo. Mala idea. El grupo de uniformados tiene un nuevo objetivo y la apalean junto al hombre que estaba con ella. Alguien que parece el mismo tipo que pisoteaba a la primera joven, atiza con el pie la cabeza de la señora.

Dos días más tarde, el 19, consejero de Asuntos de Moral de las fuerzas armadas, general Abdel Moniem Kato, respondió así a las preguntas que le hizo el diario Al Shorouk sobre el tema: “Se están preocupando por unos niños de la calle que deberían ser arrojados a los hornos de Hitler”.

PERSEVERANCIA

Por fin, la represión de la junta militar atrajo la atención de alguien a quien no conviene echarse encima, la alta comisionada de la Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Navi Pillay. “Las gráficas imágenes de manifestantes, mujeres incluidas, que son asaltados y apaleados brutalmente, mucho más allá del punto en que mostraban resistencia, son extremadamente impactantes”, declaró el 19 de diciembre. “Gente que yace inmóvil en el suelo aparece en videos mientras la golpean en la cabeza y el cuerpo con palos. No hay manera de que estos actos inhumanos, que amenazan la vida, puedan ser justificados bajo el argumento de la restauración de la seguridad o del control de multitudes”.

Un informe crítico de Pillay podría servir de base para que el Comité de Seguridad de la ONU emitiera una resolución contra el CSFA, algo que ha dejado de ser descartable –aunque tampoco parece cercano—, dadas algunas muestras de “preocupación” expresadas por la secretaria de Estado de EU, Hillary Clinton.

Pese a sus intentos de invertir la realidad, el CSFA está resintiendo las consecuencias de sus abusos. El 20 de diciembre, después de la marcha de sus compatriotas, emitió un comunicado en el que “se disculpa profundamente con las grandes mujeres egipcias por lo ocurrido en las últimas manifestaciones”. En el documento, la junta militar se compromete a investigar y enjuiciar a los responsables. Los ciudadanos, sin embargo, han escuchado lo mismo antes y siguen esperando los resultados de prometidos procesos contra acusados de numerosos abusos, incluidos los más de 800 asesinatos cometidos contra los revolucionarios entre el 25 de enero y el 11 de febrero.

Y el martes 27, un juez de El Cairo le dio la razón a la única de las 17 jóvenes sometidas a “exámenes de viriginidad” que se inconformó judicialmente: estas pruebas son “ilegales”, dijo el magistrado, lo que abre la puerta a reclamaciones económicas de las afectadas.

“Gracias a la gente”, comentó Samira Ibrahim, de 25 años, en Twitter, “gracias a Tahrir que me enseñó a retar, gracias a la revolución que me enseñó perseverancia”.

MUBARAKISMO SIN MUBÁRAK

El miércoles 28 de diciembre, tras cien días de suspensión por los problemas de salud del acusado de cientos de asesinatos, reinició el juicio contra el depuesto presidente Hosni Mubárak, con una vista judicial que deberá continuar el 2 de enero. De cualquier forma, la credibilidad del CSFA se ha visto aún más afectada por la composición del nuevo gabinete de gobierno, que rezuma mubarakismo. Para empezar, está encabezado por El Ganzouri, que ya fue primer ministro del exdictador de 1996 a 1999 e inició un veloz proceso de privatización de empresas públicas, del que salió un cúmulo de nuevos ricos sin dejar ganancias apreciables para el país.

El ejemplo más notorio es el del nuevo ministro del Interior, Mohamed Ibrahim, quien fue jefe de seguridad en Giza (la parte de El Cairo al oeste del río Nilo) de 2003 a 2007, quien está acusado de la matanza de 27 refugiados sudaneses de Darfur en 2005 y de haber ordenado varios casos célebres de tortura.

Otro nombramiento destacado es el de Ahmed Anis, un militar que en tiempos de Mubárak encabezó la compañía estatal Radio y Televisión Egipcias –precisamente el principal instrumento de propaganda del régimen— y el Departamento de Moral del ejército, y que ahora queda a cargo del Ministerio de Información.

La única buena noticia es que la joven de la abaya no murió ni fue enviada a prisión, donde correría el peligro de sufrir torturas, abusos sexuales y un largo proceso, como muchas activistas egipcias.

El video no registra lo que según Hassan Mahmoud, periodista del diario local Al Badeel, fue un contraataque de los manifestantes, que logró hacer retroceder a los soldados y rescatar a la chica. A ella la llevaron a un hospital y después a un centro de rehabilitación, donde le explicaron la relevancia global que alcanzó la noticia del abuso que sufrió. Para una egipcia musulmana, sin embargo, la humillación de ser expuesta así puede ser mayor que para muchas occidentales. La muchacha pidió mantener su anonimato.

Sin embargo, le dijo a Mahmoud que le parecía bien que se siguieran difundiendo esas imágenes: “No importa si hablo (con la prensa) o no. El que me hayan desvestido es suficiente para exhibirlos (al ejército) y decirles algo a aquellos que todavía les creen”.

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