Gallery

Egipto: Los derrotados de Tahrir


Por Témoris Grecko / El Cairo (publicado en Proceso,  11-dic-2011)

Los revolucionarios egipcios tardaron 18 días en provocar la caída del dictador Hosni Mubárak. Todo empezó con una manifestación el 25 de enero y alcanzó su clímax el 11 de febrero, cuando el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas le dio a su compañero de armas la patada final. El movimiento seguía lleno de energía y de resolución, sin embargo, y mantuvo su acampada en la plaza Tahrir, cuyo control ha ganado y perdido en distintas ocasiones a lo largo de 10 meses, disputándolo con fiereza y sangre.

Les reconocieron, finalmente, el derecho a quedarse ahí, a partir de un gran mitin el 18 de noviembre y de cinco días de enfrentamientos callejeros, del 19 al 23, que dejaron 42 muertos oficialmente reconocidos y más de 3 mil heridos. Pero esta vez, los 18 días les sirvieron a los jóvenes de la revolución para descubrirse en un punto muerto y flaco, como un campeón que no ha sido derrotado, pero no ha conseguido más que el dominio de un ring en el que sólo él se tiene en pie, aturdido por los golpes, mientras los demás han ido a pelear en otro lugar, con otras reglas. A las 19:00 del 5 de diciembre, los manifestantes se replegaron a la rotonda central para abrir las avenidas de Tahrir al tráfico, mientras que el epicentro de su protesta se trasladó a otro plantón en un sitio mucho más discreto, en una pequeña calle frente a la sede del gabinete de gobierno.

Su temor es tener que poner las melenas a remojar. Porque las barbas están tupidas y creciendo: el contraste lo dan los partidos islamistas, cuyos resultados del 28 y 29 de noviembre, en las elecciones legislativas del primer grupo de nueve gobernaciones (otros dos seguirán el 14 de diciembre y el 3 de enero) que las realiza, fueron mejores de lo que ellos mismos habían anticipado.

Para comparar: la coalición La Revolución Continúa, compuesta por pequeños partidos con una militancia de menores de 40 años, obtuvo 336 mil votos. En cambio, la Alianza Democrática, liderada por el Partido Justicia y Libertad (brazo político de la organización Hermanos Musulmanes), recibió 3 millones y medio de votos; y la Alianza Islámica, encabezada por el partido Al Nour, del movimiento salafista (una secta musulmana), sumó 2 millones 300 mil papeletas. En conjunto, las organizaciones islamistas concentraron las dos terceras partes de la votación. El resto se dividió entre decenas de agrupaciones liberales (la mayor es el Bloque Egipto, con 1 millón 300 mil votos), izquierdistas y de exmiembros del partido de Mubárak, el Nacional Democrático.

A los problemas financieros mundiales, Egipto suma la inestabilidad política: debido a tal mezcla, sus reservas internacionales han caído de 36 mil millones a 20 mil millones de dólares desde diciembre de 2010, que sin medidas extraordinarias de apoyo, sólo alcanzarán para cubrir dos meses de importaciones. Este panorama se combina con el miedo a la imposición de un régimen islámico estricto y muchos egipcios, entre musulmanes moderados y miembros de la minoría cristiana, se plantean emigrar.

Los Hermanos Musulmanes tratan de tranquilizar tanto a los laicos como a las potencias occidentales, especialmente a Estados Unidos. Insisten en que su prioridad es resolver las necesidades de la mayoría de la población, no imponer sus creencias religiosas, y afirman que en el nuevo parlamento, que deberá integrarse en marzo para redactar una nueva constitución, preferirán colaborar con partidos seculares y no con los salafistas.

Su vocación de poder es manifiesta, sin embargo. Los sectores no islamistas rechazan la intención del CSFA de mantener su dominio unilateral sobre el gobierno y de controlar la elaboración de la carta magna, pero por otro lado, recelan ante el deseo de los HM de invertir su capital electoral en influencia sobre el poder ejecutivo.

Discrepa quien apunta a convertirse en la necesitada figura aglutinadora de los revolucionarios, el analista político liberal Amr Hamzawy, quien ganó un escaño parlamentario al vencer con un 52% en el distrito cairota de Heliópolis. En conversación con Proceso, asevera: “Rechazo totalmente los rumores para infundirnos miedo de los islamistas, que fueron difundidos por el viejo régimen”. La mayoría religiosa, plantea, “deberá estar acompañada por una minoría colaborativa para implementar la democracia y obtener justicia social”.

PARTICIPACIÓN VACILANTE

“Cualquiera que no sea capaz de llevar a cabo las aspiraciones del pueblo, fracasará en las siguientes elecciones, en cinco años”, afirma Hamzawy. Con esto hace referencia a una realidad que, más allá de sus victorias o descalabros, deben tomar en cuenta todas las formaciones políticas: estas elecciones no representan fielmente la composición de la sociedad ni anticipan que algún grupo podrá dominar con comodidad la vida política en el futuro.

Los egipcios se están enfrentando de golpe con un sistema formalmente democrático. La organización ha sido caótica, caracterizada por anécdotas de centros de votación que nunca abrieron, de papelería equivocada y de jueces confundidos. “Me formé a las ocho de la mañana y a las cinco de la tarde todavía no llegaban las boletas”, dice Amira Arabi, una estudiante cairota. Entre risas, cuenta que las mujeres indignadas “golpeamos a los jueces (encargados del proceso) y a los soldados (que vigilaban), y los encerramos en un cuarto. Ahí se quedaron hasta que nos fuimos”.

También abundaron las violaciones, atribuidas a casi todos los partidos, aunque con especial mención de los Hermanos Musulmanes y los salafistas, ya que fueron los únicos capaces de colocar gente en todas las casillas: se realizó propaganda mientras la gente votaba, militantes intervinieron en las mesas, hubo discusiones y peleas.

Los electores, por su parte, se vieron de pronto obligados a discernir por quién votar. Los Hermanos Musulmanes, una organización activa desde los años veinte, resultaron beneficiados por ser bien conocidos por la gente, por su amplia presencia territorial (basada en las mezquitas de casi todo el país) y por contar con recursos financieros y canales de televisión. Algo parecido, aunque en menor medida, ocurrió con los salafistas. Y el único grupo liberal con una votación relevante, el Bloque Egipcio, se apoyó en la minoría cristiana (10% de la población) y en los recursos financieros de su dirigente, el multimillonario de las telecomunicaciones Naguib Sawiris.

La mayoría de los 47 partidos que participaron, así como miríadas de candidatos independientes, trabajaron bajo condiciones de enorme desventaja, sin dinero, sin acceso a medios y sin estructuras políticas, religiosas o sociales que les permitieran establecer contacto con un electorado con poca educación que no tiene la costumbre de tener varias opciones políticas. Casi todas estas agrupaciones, además, fueron creadas después de la caída de Mubárak y carecen totalmente de experiencia: unos cuantos meses no fueron suficientes para que se organizaran. “Yo me afilié al Partido Egipcios Libres (el de Amr Hamzawy) y los he llamado durante semanas, pero nunca me han respondido”, explica Amr Fekry, un activista de 25 años que trabaja como operador en un centro de llamadas telefónicas.

La coalición La Revolución Continúa, que reúne a seis partidos, incluidos el de Hamzawy, el de la Corriente Egipcia y la Alianza Socialista Popular, se vio afectada, además, por la falta de convicción: muchos de sus miembros y líderes sintieron que su participación convalidaba una farsa, que la junta militar que gobierna el país no tiene intenciones de entregar el poder, y que la prueba de ello está en que los generales rechazan concederle al nuevo parlamento más facultades que la de encauzar la redacción constitucional.

La reocupación de Tahrir y la semana de duros enfrentamientos, con toda la sangre derramada, acentuó estas vacilaciones. Varios partidos y candidatos suspendieron sus campañas electorales para sumarse a la movilización, y otros las cancelaron definitivamente tras afirmar que no había condiciones para ir a las urnas bajo la inseguridad y la represión. “¿Cómo íbamos a ir a votar si todo era una mentira?”, explicó el joven Fekry, después de mencionar que él y muchos de sus compañeros sospechan que Hosni Mubárak sigue mandando tras las cortinas del CSFA y que su caída fue un montaje.

“La juventud se siente decepcionada. Cree que no se ha conseguido ninguno de los objetivos de la revolución”, dijo el domingo 4 Mohamed ElBaradei, el Premio Nobel de la Paz y exdirector del Organismo Internacional de la Energía Atómica, quien es la esperanza de los liberales como aspirante presidencial. En entrevista con la agencia AP, añadió que los candidatos de Tahrir “fueron diezmados”, ya que no consiguieron unificarse y “formar una masa crítica”.

FUTURO Y PRESENTE

Durante los días de batallas callejeras, los gases lacrimógenos, los heridos que perdieron los ojos y los muertos reforzaron la determinación de los jóvenes, cuya principal discrepancia se refería al carácter de ese nuevo alzamiento: “segunda revolución”, lo llamaban unos; “continuación de la primera”, replicaban otros.

Fuera lo que fuere, el movimiento derribó al gobierno del primer ministro Essam Sharaf, creó una crisis política y forzó a los militares a negociar con dirigentes de partidos para asegurar que la serie de elecciones legislativas se llevara a cabo. De esta forma, el CSFA aceptó adelantar los comicios para presidente de 2013 a junio de 2012, y entregarles el poder a los civiles el 1 de julio. Además, reconoció el derecho de los egipcios a manifestarse pacíficamente: en la práctica, esto significó que admitía la ocupación indeterminada de Tahrir, algo largamente peleado por los manifestantes.

Pero su victoria parcial les hizo perder la iniciativa. Sin combates y con acuerdo entre políticos, el foco de interés nacional regresó a las elecciones, un espacio en el que no saben moverse con la agilidad que tienen en las calles y las plazas. Por una semanam, sólo se acordaron de ellos los automovilistas que estaban impedidos de transitar por el estratégico nudo vial que es Tahrir.

La participación en los comicios (las variaciones de las cifras son indicativas de las deficiencias de la Alta Comisión Electoral, que la estimó primero en 70%, después en 62% y el lunes 5, en 52%; esto sigue siendo muy alto en comparación con los tiempos de Mubárak, en los que no votaba más de la décima parte de los ciudadanos) y los números de los islamistas sonaron como bofetadas en las mejillas de los jóvenes manifestantes.

Todos los viernes realizan manifestaciones y la del día 2 sólo fue una sombra de sus mejores tiempos. Los números de acampados pasaron de los miles a las centenas. Los revolucionarios, además, se sabían infiltrados en Tahrir: por agentes del régimen, por un lado, que se mezclaban entre la gente, usaban a los vendedores como informantes e incluso llegaron a tomar calladamente el control de algunos accesos, y por personas sin conciencia política que se hacían presentes porque no tenían otra cosa mejor que hacer y habían convertido la plaza en una feria popular gratuita.

Un segundo plantón, frente a la sede del gabinete a tres cuadras de ahí, establecido para impedir que el primer ministro designado por el CSFA, Kamel el Ganzouri, pueda ingresar a sus oficinas, se convirtió en una especie de refugio para los activistas más involucrados, una especie de acampada VIP para revolucionarios de cepa, en un espacio más pequeño y fácil de defender.

Conscientes de su debilitamiento, varios grupos acordaron limitar la ocupación de Tahrir a la rotonda principal y algunos jardines, para liberar las avenidas y permitir la circulación. El domingo 4, grupos de jóvenes con palos estuvieron a punto de enfrentarse varias veces, porque hubo quienes rechazaron la decisión: unos retiraban las barricadas y otros las volvían a colocar. Por la tarde del día siguiente, al cumplirse el número simbólico de 18 días desde la reconquista de Tahrir, los coches y los autobuses volvieron a transitar por ahí, con su ruido y su smog.

“Tendrán que pasar algunos meses hasta que logremos reconstruirnos. El futuro es de los jóvenes de la revolución”, dice Amr Fekry, mirando desde la clínica improvisada por sus compañeros al lado de un restaurante de comida rápida. “Pero el presente… ése luce muy mal”.

One response to “Egipto: Los derrotados de Tahrir

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s