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Siria. La oposición se agrupa… y se arma


Por Témoris Grecko / Ouadi Khaled, frontera Líbano-Siria (publicado en Proceso, 4/dic/2011)

Homs y Hama, dos de las ciudades más golpeadas por las fuerzas de seguridad del gobierno sirio, están muy cerca de aquí, a sólo 40 kilómetros la primera de ellas. También los soldados del ejército nacional, que podrían disparar contra nosotros si quisieran. “No lo desean”, afirma Walid al Haddad, un capitán sirio que desertó en septiembre y escapó cruzando la frontera hacia Líbano. “Aunque no se han atrevido a pasarse a este lado”, continúa, “espero que lo hagan, que venzan el terror que sienten. En todo caso, no tienen deseos de matar a sus hermanos”.

El encuentro se produce cerca de Ouadi Khaled, un pequeño pueblo en la esquina noreste de Líbano que siempre ha sido un lugar de paso para productos de contrabando. Ahora se ha convertido en una especie de base informal (hay otra en Turquía) del Ejército Sirio Libre, una agrupación recientemente creada por soldados y oficiales que se han rehusado a participar de la sangrienta represión, desatada por el presidente Bashar al Assad y su hermano, Maher, jefe de las fuerzas armadas.

La ruta de infiltración en Siria sirve para ayudar a salir a simpatizantes de la oposición y para introducir armas para las células del ESL que operan dentro de su país. Al Haddad explica que el paso se ha complicado porque el gobierno ha sembrado miles de minas para proteger la frontera. “Pusieron minas anticarro”, celebra al reír torciendo los labios, “como si tuviéramos tanques”. Entonces enuncia con seriedad lo que suena como una vaga esperanza: “Eso significa que sospechan que pronto desertarán unidades blindadas”.

La ventaja de que los soldados del otro lado tenga miedo de desertar, explica, es que son fuentes de información confiables: “Nos dicen dónde hay minas y dónde hay menos vigilancia”.

GOLPES FRESCOS

De unos 35 años, amable, nativo de Homs y armado con un fusil Kalashnikov, Al Haddad actúa con la calidez y la amabilidad que es típica de sus compatriotas. Sirve el té, que cae muy bien en el frío del otoño libanés, y acepta preguntas con buen semblante. No las contesta todas, sin embargo. Aduce que por razones de confidencialidad militar. Pero se siente que no conoce la respuesta de algunas, o que son cosas que no están resueltas. Tan elementales como la estructura de mando del ESL. Hasta ahora, parece, cada quien hace lo que entiende que es necesario: los de Líbano, los de Turquía y los de una cantidad imprecisa de puntos en el interior de Siria.

“Hay comunicación, ¡sí que la hay!”, insiste, y pone como ejemplo que envían y reciben militantes que se mueven entre los distintos grupos, quienes llegan con mensajes e información. El principal canal de contacto, sin embargo, es la televisión árabe vía satélite, que transmite los videos caseros que se realizan clandestinamente. A través de la cadena saudí Al Arabiya, Al Haddad y dos de sus compañeros se enteraron –y celebraron con ruidosos aplausos— que cinco soldados más habían desertado: aparecieron en la pantalla con una bandera del ESL y cada uno dio un breve discurso en el que se comprometió a luchar hasta la muerte. “Ya somos más de 15,000 hombres”, trata de convencer el capitán Al Haddad.

Cifras más o menos, estos tres estaban orgullosos. Sobre todo por recientes golpes dados por el ELS nada menos que en la capital siria, Damasco: el 16 de noviembre destruyó una base de la fuerza aérea en el suburbio de Harasta, y el domingo 20 atacó con granadas la sede central del partido de los hermanos Assad, el Baas, en Damasco. Esos actos demostraban un salto cualitativo en las capacidades bélicas de los rebeldes.

CALLAR Y OBEDECER

Un portavoz del ESL, sin embargo, rectificó el lunes 21: su grupo no hizo nada contra las oficinas del Baas porque “nosotros no atacamos objetivos civiles”.

Así expresaban sensibilidad hacia las preocupaciones del exterior: tanto las del flamante Consejo Nacional de Transición Sirio (una especie de gobierno embrionario que pretende unir y coordinar a la variopinta oposición siria, bajo el modelo del CNT de Libia), que insiste en rechazar la violencia, como las de otros países de la región y las potencias occidentales, que advierten del peligro de que Siria caiga en una guerra civil.

“Ya lo estamos viendo y no nos gusta, porque estamos a favor de una oposición no violenta”, declaró la secretaria de Estado de E.U., Hillary Clinton, el 18 de noviembre. Seis días más tarde, Burhan Ghaliun, uno de los líderes del CNTS, llamó al FSA a “llevar a cabo acciones defensivas para proteger a quienes han desertado y las manifestaciones pacíficas, pero sin tomar acciones ofensivas contra el ejército”.

La represión en Siria ha sido tan brutal como uno se pueda imaginar: barcos cañoneros han disparado sobre edificios habitados en el puerto de Latakia, baterías han bombardeado barrios residenciales en Homs y tanques han avanzado sobre grupos de manifestantes desarmados en Hama. Los shabiha (“fantasmas”), que son milicianos gobiernistas al estilo de los basiyíes de Irán, recorren calles tocando casa por casa, en busca de personas que por una causa u otra fueron anotadas en listas negras, para asesinarlas. Grupos de trabajadores que regresaban a casa fueron masacrados en puntos de control carreteros, sólo por sospechas. Periodistas y blogueros han desaparecido como represalia por sus escritos. Militares que se negaron a disparar contra civiles fueron fusilados.

Un informe de la ONU, dado a conocer el lunes 28, acusó directamente a Siria de cometer “crímenes contra la humanidad”, entre ellos los asesinatos de al menos 256 niños por las fuerzas de seguridad.

Desde el 15 de marzo, cuando inició la insurrección civil, el régimen ha acabado con las vidas de entre 3,500 (según las estimaciones conservadoras de la ONU) y 6,500 (asegura la ONG europea Avaaz) personas.

A pesar de la violencia gubernamental, la resistencia civil no ha cejado en ciudades como Daraa, Deiz ez-Zor, Rastan, Lattakia y barrios de Damasco, además de Homs y Hama. El que persista en esta última tiene un significado especial: cuando una parte de sus habitantes se rebeló en 1982, como parte de un enfrentamiento entre el grupo Hermanos Musulmanes y el gobierno, el hoy difunto Hafez al Assad, padre de Bashar y entonces presidente vitalicio, instrumentó una ofensiva militar con armamento pesado que redujo a escombros –literalmente— el centro histórico y otros barrios de la ciudad, huellas que aún se pueden ver. Esa masacre dejó 20 mil muertos y una terrible huella entre los habitantes, que desde entonces se acostumbraron a callar y obedecer.

NO A OTRA LIBIA

A la muerte de Hafez en 2000, tras 30 años en el poder, Bashar lo sucedió. Era visto como un reformista que liberalizaría el régimen y lo acercaría a Occidente. O no quiso o no pudo vencer la resistencia al interior del mismo. En política exterior, siguió siendo uno de los escasos aliados de Irán y apoyando a dos organizaciones islamistas, la chií Hezbollah, en Líbano, y la suní Hamas, en Palestina. En el discurso, su postura oficial es de rechazo frontal al Estado de Israel (que en 1967 ocupó el Golán sirio, y lo conserva), pero en los hechos, la frontera mutua ha sido la más tranquila en cuatro décadas.

En lo interno, Siria mantuvo su condición de estado represor en el que el poder es privilegio de la secta religiosa de los Assad, la alauí, que pertenece a la rama chií del Islam y que es una minoría (15%) frente a la mayoría suní (75%). La alta oficialidad del ejército sirio es alauí pero los rangos medios y bajos son suníes.

Como Al Haddad y sus dos compañeros, que a pesar de ello, rechazan la idea de que se trate de un conflicto sectario: “No tenemos ningún problema con los alauíes, esto no es asunto religioso. Es de libertades, de derechos. Y es de oportunidades para la gente: la economía es un desastre porque está en manos de un grupo muy pequeño. Hay muchos alauíes que son pobres porque no pertenecen a él”.

Ellos creen que una gran parte de los militares desertaría si sintiera que hay oportunidad de ganar: “Lo que necesitamos son armas, que la comunidad internacional nos apoye. Y que imponga una zona de exclusión aérea”. Pero se apresura a precisar: “¡No como en Libia!”

No desean ver aviones militares occidentales en su cielo, hasta el momento. Pero sus dirigentes están cambiando de posición. El 16 de noviembre, el CNTS y los Hermanos Musulmanes declararon que están “abiertos” a una intervención de Turquía para “proteger al pueblo”. Y el jueves 24, Riyadh al-Asaad, uno de los jefes del ESL, fue más allá de pedir la zona de exclusión y añadió “la creación de un área segura” en territorio sirio, para protección de los civiles que huyen de la violencia, “y ataques aéreos en ciertos blancos estratégicos que son cruciales para el régimen”.

AISLAMIENTO

El régimen de los Assad se ha quedado casi aislado, su único amigo es Irán. Después de que incumplió un acuerdo con la Liga Árabe para suspender la violencia, este organismo suspendió su membresía y adelantó que le impondrá sanciones. El gobierno sirio enfureció aún más a sus vecinos al permitir que turbas oficialistas atacaran las embajadas de países como Arabia Saudí, Catar y Turquía. El 15 de noviembre, el rey de Jordania pidió la renuncia de Assad.

Y el martes 22, el primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan, una figura que ha alcanzado un gran liderazgo regional, dejó de lado la cortesía diplomática para pedir un cambio: “Bashar al Assad sale y dice ‘pelearé hasta la muerte’. Por el amor de dios, ¿contra quién peleas? Pelear contra tu propio pueblo hasta la muerte no es heroísmo. Es cobardía. Si quieres ver a alguien que pelea contra su gente hasta la muerte, mira a la Alemania nazi, mira a Hitler, a Mussolini”.

La inusual fuerza de esta declaración no significa, sin embargo, que en el interés de Turquía esté ir a la guerra con Siria, un país con el que tiene numerosos lazos económicos y con el que comparte una frontera muy complicada, en la que además se mueve el Partido de los Trabajadores del Kurdistán, una organización que sostiene una persistente guerra de guerrillas contra los turcos desde los años 80 y que es el talón de Aquiles turco.

Y Occidente ha mostrado hasta ahora poco apetito por inmiscuirse. Efectivamente, Siria no es Libia: es un país más poblado, mucho más diverso geográficamente, y también más delicado en un sentido estratégico, por su posición central en una zona convulsa.

Al Haddad y sus amigos toman el té y cuentan anécdotas jocosas sobre los mandos militares sirios. Esperan que tarde o temprano deserten los soldados que están guardando la frontera. La impresión es, sin embargo, que al Ejército Sirio Libre le falta mucho para constituirse en una milicia capaz de presentar un reto convicente a las fuerzas armadas sirias, y que la fuerza de la rebelión seguirá descansando, como desde hace ocho meses, en la resistencia inaudita del pueblo desarmado.

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