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Egipto. Democracia tutelada


Por Témoris Grecko / El Cairo (publicado en Proceso, 4/dic/2011)

“Hubo muchos debates en (la plaza) Tahrir y nuestros hermanos explicaron muy bien por qué no deberíamos participar en las elecciones, ya que los militares nos piden salir a votar por un parlamento al que le niegan plenos poderes”, explica Maryam Eseldín, una estudiante de ingeniería de 21 años, activista de la revolución del 25 de enero. Lo curioso es que lo dice después de haber soportado una fila de cuatro horas para poder llenar las dos boletas electorales y depositarlas en las urnas. “Nunca lo había hecho. No sabía lo que era. Y alguna gente mayor que sí había votado, no sabía lo que era saber que su decisión iba a valer, que no la iban a alterar”. A final de cuentas, la joven creyó “que era importante ejercer el derecho que exigimos y por el que mis compañeros mártires murieron. Eso nos dará fuerza para ir por más”.

Los cálculos preliminares estiman que la participación en la primera fase de esta enredada serie de comicios legislativos, que se extenderá hasta marzo, votó cuando menos la mitad del padrón de ciudadanos registrados. Esto es una gran marca después de que el golpe de Estado militar de 1952, hace casi 60 años, convirtió las elecciones en actos de trámite con resultados prefabricados y un abstencionismo promedio de 90%.

Acudir a los centros de votación fue ahora un acto de gran valor simbólico para los egipcios: la mística revolucionaria se desplazó de Tahrir a las casillas, de la revolución a la democracia formal. A pesar de que tanto en el fondo como en los métodos, los avances reales son limitados y el proceso apunta a consolidar el régimen de predominio militar.

Los primeros datos adelantan una victoria de los partidos religiosos de tendencia islamista, con los moderados Hermanos Musulmanes (Partido de la Justicia y el Desarrollo, PJD), al frente, y seguidos por los radicales salafistas (Partido Al Nour), Así, los laicos de la coalición Bloque Egipto quedan en una tercera posición.

Esto no significa, sin embargo, que la voluntad popular ha sido bien reflejada ni que será reconocida como un valor superior: este primer éxito de organización y participación se convierte en un importante capital político y de legitimación para el patrocinador del proceso, el Consejo Superior de las Fuerzas Armadas (CSFA, que tomó el poder tras la caída del dictador Hosni Mubárak, el 11 de febrero), que lo interpreta como un acto de respaldo popular a su gestión y a su voluntad de imponerle a Egipto un régimen de democracia tutelada por los militares.

Ya lo adelantó el mariscal Mohamed Husein Tantawi, jefe del CSFA y presidente de facto de Egipto, el domingo 27: no importa quién obtenga la mayoría en el nuevo parlamento, su función será únicamente redactar una nueva constitución y designar al gobierno seguirá siendo prerrogativa de la junta militar; y ni siquiera en esa tarea fundamental tendrán libertad de acción los nuevos legisladores: el papel del ejército como poder supraconstitucional, por encima de cualquier institución civil, no se toca.

PROCESO ENREDADO

Para Ahmed Salah, un ingeniero petrolero de 60 años que como segunda nacionalidad tiene la española, éste fue también su bautizo electoral: “Con Mubárak no tenía razones para votar”, explica. “No permitían que participaran los políticos de oposición, salvo en raras ocasiones y en distritos alejados. En el mío, jamás. Y de todos modos, no decían la verdad ni en el número de personas que participaban. Nos reíamos porque aseguraban que la mayoría de los egipcios había votado, pero casi nadie conocía a alguien que lo hubiera hecho”

Ahora es al revés, prácticamente toda la gente de sus círculos de amistades y trabajo le dijo que acudiría a las urnas. “La única cosa que fue más difícil que meter la boleta en la urna, fue encontrar el nombre de mis candidatos”, comenta jocosamente. “Y por supuesto, entender qué diablos estamos eligiendo. El mecanismo que estableció el CSFA es de una gran confusión”

Aunque es hasta cierto punto familiar para los mexicanos, el sistema electoral resulta extraño para los egipcios y muchos extranjeros: el país se divide en 166 distritos de mayoría, donde ganan los dos candidatos que individualmente obtengan más del 50% de los votos, y que se traslapan con 46 distritos de representación proporcional, en los que se vota por listas de partidos que se reparten las curules de acuerdo al porcentaje obtenido. En total, dos tercios del nuevo Parlamento, de 498 diputados, serán electos por mayoría, y el resto por RP.

Hay 47 organizaciones políticas y, al añadir a los aspirantes independientes, el votante se encuentra con una tarea muy complicada para elegir. En el distrito de Salah, la primera boleta tenía 19 listas de partidos. La segunda, 113 candidatos: es un papel del tamaño de una mesa de escritorio, que hay que doblar con cuidado para introducirla por la estrecha ranura de la caja.

Gracias a una vieja costumbre que se ha utilizado en muchos países, para facilitar que las personas analfabetas reconozcan a quienes quieren apoyar, cada pretendiente se identifica con un objeto: desde un busto de Nefertiti hasta un cohete espacial, y desde una pistola hasta una paloma. “¿A quién se le ocurre hacerse representar por una aguja?”, se ríe Salah, “¡cuánto busqué en este pajar! Casi voto al que usa un pollo asado, lo vi primero… y se me antojó”.

Las cosas se complican más porque, con base en argumentos de logística, el CSFA dividió el proceso electoral en seis fases, subdividas en primera y segunda vueltas, cada una con dos días de votación. Egipto se compone de 27 gobernaciones. Nueve de ellas votaron el 28 y el 29 de noviembre en primera vuelta para integrar la Majlis al Sheba (Cámara de Diputados). En segunda vuelta, se votará en donde los candidatos no obtuvieron el 50% o más, el 5 y el 6 de diciembre. En las semanas siguientes lo harán otras nueve gobernaciones y después, las últimas nueve. Todo esto se repetirá de igual manera con la Majlis al Shura (Senado). En total, si todo sale bien, el 12 de marzo será el último de 24 días de votaciones en casi cuatro meses.

El hecho de que de cada distrito de mayoría deben salir dos ganadores, se debe a una regla impuesta en los años 50, en pleno apogeo del corporativismo nacionalista, que establece que al menos la mitad de los legisladores debe estar formada por trabajadores y campesinos: si los dos vencedores en un distrito pertenecen a estos sectores, todo está bien. Pero si es al revés, el candidato que quedó en segundo lugar será descalificado y su sitio, ocupado por un trabajador o campesino, aunque haya tenido muchos menos votos y –poniendo por caso el de un distrito de profesionales urbanos— quedado en el lugar –digamos— 113.

Andrew S. Reynolds, un politólogo de la Universidad de Carolina del Norte que ha sido asesor de organizaciones políticas egipcias, explica que el sistema electoral está diseñado para “sobrerepresentar a los partidos más grandes”, en perjuicio de los más pequeños, como los que representan a minorías religiosas y aquellos que han surgido a partir de la revolución y que, por lo mismo, “carecen de redes de bases sociales” a lo largo del país.

La necesidad de ganar con el 50% más uno de los votos, afirma Reynolds, hace necesario que los candidatos gocen de un gran reconocimiento de nombre entre la gente “y esto les da la ventaja a los intermediarios de poder establecidos, a hombres fuertes locales que tenían autoridad antes de la revolución”. Incluso, aunque no sean muy conocidos, podrán utilizar “la maquinaria corrupta que gobernó Egipto por décadas”.

A esto se suma la exigencia de incluir “trabajadores” y “campesinos”: establecer con claridad quién lo es, o no, otorga un margen de discrecionalidad a los jueces, y algunos grupos sectoriales, como los partidos surgidos de la revolución, integrados por estudiantes y profesionales urbanos, no podrán solventar este requisito y estarán en riesgo de que les quiten victorias duramente obtenidas.

MODERADOS Y RADICALES

El caso contrario es el de los Hermanos Musulmanes: el viejo Mubárak jugó con ellos por décadas, dejándolos crecer (y ganar hasta un 20% de los escaños, como en 2005) cuando convenía a sus intereses (para asustar a los egipcios y a Occidente con el petate del islamismo), y aplastándolos, encarcelándolos y asesinándolos si lo creía necesario.

Desde sus bases en las mezquitas, sin embargo, los HM lograron implantarse en gran parte del país. Una herramienta fundamental de su popularidad fue que establecieron grandes redes de apoyo social, que paliaron las necesidades de la gente ante la ausencia de programas gubernamentales.

En Túnez y en Marruecos, otros partidos de orientación semejante, que ganaron elecciones recientes, han establecido coaliciones de gobierno que incluyen a partidos laicos liberales y de izquierda, como una forma de desactivar las acusaciones de que quieren implantar regímenes de extremismo religioso.

Los HM también tratan de calmar esas inquietudes. Su Alianza Democrática, que encabeza su Partido de la Libertad y la Justicia, incluye a otras seis organizaciones, dos de ellas laicas, y de acuerdo a las estimaciones preliminares del miércoles 30 (elaboradas por la agencia Reuters), en la primera ronda de votaciones vieron recompensada su paciencia con alrededor de un 40% de los votos, muy por encima del 20-30% que auguraban los observadores.

Les conviene, además, que en segundo lugar no haya quedado una formación laica, sino los radicales de la Alianza Islamista, liderada por el Partido Al Nour, de inspiración salafista, con entre 5 y 15%. Esto ayudará a los HM a destacar su carácter “moderado” pues, como dicen ellos, los salafistas aspiran a adaptar la vida moderna a la sharía (ley islámica), mientras que los HM tratan de adaptar la sharía a la vida moderna.

En tercer sitio, no quedaron los partidos que surgieron en Tahrir, varios de los cuales se agruparon en la Alianza La Revolución Continúa, sino la coalición Bloque Egipto: éste se formó alrededor del Partido Egipcios Libres, a su vez creado hace pocos meses por un potentado de las telecomunicaciones que vio la oportunidad de entrar en política, Naguib Sawiris, cuya fortuna es de 2 mil 500 millones de dólares, según la revista Forbes.

DEMOCRACIA TUTELADA

Sin anticipar su política de alianzas, los HM insisten en que quieren encabezar un gobierno cuando concluya el proceso electoral y se confirme su victoria. “Cualquier gobierno debe tener el voto de confianza del Parlamento, es un principio básico, aunque no esté escrito en la ley”, dijo Essam el-Erian, uno de sus líderes, el miércoles 30.

La junta militar opina de manera diferente y en tanto no entregue el poder a los civiles (se ha comprometido a que haya elección presidencial en junio), ha dejado claro que designar primer ministro y gabinete seguirá siendo su prerrogativa indisputable. La única tarea del nuevo Parlamento será escoger a los cien miembros de un consejo constituyente que redactará una nueva Carta Magna

Y aún así, sus poderes serán limitados: que los civiles gobiernen no signicará que también manden. El domingo 27, el mariscal Tantawi afirmó: “El papel del ejército será el que tiene en la Constitución actual, como el que tuvo en la Constitución anterior, el que tendrá en la próxima Constitución y en todas las futuras constituciones”.

En otras palabras, como durante las últimas seis décadas, el CSFA no se subordinará a los civiles. Manejará sus decisiones y su presupuesto (incluido lo que hace con los 1,300 millones de dólares que les entrega anualmente Estados Unidos como ayuda militar) con total independencia y opacidad. Declarar la guerra será competencia suya, no del gobierno. Y podrá intervenir en la redacción constitucional.

YO O EL CAOS

La alternativa, amenazó la junta militar, es el abismo. “Estamos en un cruce de caminos”, dijo Tantawi ese domingo. “Sólo hay dos rutas: el éxito de la elección, que lleve a Egipto hacia la seguridad, o enfrentar peligrosos obstáculos que nosotros en las fuerzas armadas no permitiremos”.

Como mensaje a los manifestantes de Tahrir, envió éste: “No dejaremos que los alborotadores se metan con las elecciones”.

Lo cual no sólo significó impedir que las interrumpan: muchos de ellos no pudieron votar. Islam Saiyyudin Mohamed, un activista que inicialmente se inclinaba por boicotear el proceso, cambió de opinión y pidió desde su blog Literary Revolutions que sus compañeros participaran. Él no pudo: “Busqué mi nombre y aparezco como excluido”, denuncia con sorpresa.

La cadena Al Jazeera estima que se han cancelado los derechos electorales de al menos 30 mil personas que en algún momento sufrieron arrestos, sin que se distinga entre criminales comunes y detenidos por motivos políticos. Saiyyudin fue arrestado por única ocasión en su vida el sábado 19 de noviembre en la plaza Tahrir, durante un ataque de la policía contra los manifestantes, y liberado el siguiente lunes tras sufrir torturas. Ahora padece también la proscripción política, posiblemente como otros 12 mil opositores que han sido detenidos desde la revolución.

Es una paradoja para una plaza Tahrir que, si el proceso electivo continúa siendo exitoso, tendrá que enfrentarse a un dilema existencial. ¿Cuál será ahora el objetivo de la protesta? No hay consensos y en muchos egipcios empieza a calar la propaganda que describe a los manifestantes como necios problemáticos o como saboteadores inspirados por misteriosos enemigos extranjeros.

Tahrir tendrá que buscar de nuevo la mística que la aventura de la democracia, aunque sólo sea formal, parece haberle robado.

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