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Egipto: Revolución en suspenso


Por Témoris Grecko / El Cairo (publicado en Proceso, 27-nov-2011)

Egipto se ha convertido en un país de respuestas negativas contundentes. “No”, les espetó la plaza de Tahrir a los militares y a los políticos que pactaron con ellos, el martes 22. “No”, les dijo también Mohamed ElBaradei, al rechazar indirecta y crudamente las invitaciones a encabezar un gobierno civil bajo el poder de las fuerzas armadas: “Se está usando gas lacrimógeno con agente nervioso y munición real contra civiles en Tahrir. Una masacre está ocurriendo”, tuiteó ese mismo día, a las 10:43 de la noche, desde su cuenta @ElBaradei. Y al cierre de esta edición, el exsecretario general de la Liga Árabe Amr Moussa, visto como segunda opción para asumir el puesto de primer ministro, también parecía estarlo pensando demasiado.

El lunes 28 empieza un complejo y largo periodo de elecciones legislativas que debería durar tres meses, y cuya realización fue confirmada apenas el jueves 24, después de numerosas llamadas a posponerlo. Las fuerzas del Estado, sin embargo, no sólo parecían incapaces de poder generar el necesario clima de seguridad, sino que se mostraban públicamente divididas: la policía paramilitar, por un lado, y el ejército, por otro.

Sólo la intervención de los grupos islamistas ha logrado calmar un poco las cosas, ese mismo jueves. Son ellos los principales interesados en que los comicios se desarrollen en forma, pues están mejor organizados, han desarrollado campañas de mayor alcance y esperan obtener buenos resultados electorales. Sus rivales de la miríada de partiditos laicos, tanto liberales como izquierdistas, tendrán que medirse en las urnas en situación de desventaja: por eso varios de ellos preferían ganar más tiempo.

En la plaza Tahrir, sin embargo, se desconfía de todos: militares, islamistas y políticos de todo color. La violencia, las muertes de al menos 38 y seguramente muchas más personas, y los más de 3,200 heridos en una semana de enfrentamientos han provocado una radicalización de los manifestantes y un escepticismo general hacia la política.

Un fracaso en las elecciones, bien porque no parece que los preparativos logísticos se hayan completado, por que se vean alteradas por disturbios o porque los desequilibrios en la competencia produzcan un resultado que no represente la realidad política de Egipto, hará mucho más difícil hallar una salida que no sea traumática para todos.

EL DESCONTENTO

A raíz de la revolución que empezó el 25 de enero, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA) se desprendió del dictador Hosni Mubárak como quien echa lastre, el 11 de febrero, y asumió el poder. Esa junta militar dijo que sólo lo retendría por unos meses, pero eventualmente presentó un itinerario político que le permitiría conservarlo por dos años: primero se elegiría un poder legislativo en una serie de elecciones parciales que debería empezar este lunes 28 y concluir en marzo; el nuevo congreso seleccionaría un comité de 100 personas, encargado de redactar una constitución que debería ser aprobada en referéndum el próximo otoño o invierno. Y sobre esa carta magna, se realizarían elecciones presidenciales en 2013.

Además, el CSFA trató de imponerles a los partidos políticos (que son alrededor de 50, de los que una mayoría fue creada después de la revolución) una serie de “principios” que colocarían a las fuerzas armadas por encima del poder civil: los militares quieren tener la capacidad de supervisar y vetar normas en la redacción del texto constitucional, y darle al ejército un estatus especial que impediría que los gobiernos democráticos tuvieran control sobre él y su presupuesto (en virtud de los Acuerdos de Campo David de 1977, con Israel, Estados Unidos entrega a las fuerzas armadas egipcias 1,300 millones de dólares anuales en ayuda militar, de cuyo uso no se informa a nadie fuera de la alta oficialidad).

Tales pretensiones generaron un extendido descontento que se expresó en distintos niveles.

En el ámbito político, el viernes 18, ElBaradei firmó una carta junto a numerosos intelectuales en el que se pedía que el CSFA le entregara el poder a un gobierno de salvación nacional, que debería integrarse incluyendo a todas las fuerzas políticas, desde los laicos liberales e izquierdistas hasta las organizaciones religiosas de corte islamista, como los moderados Hermanos Musulmanes y los radicales de la secta salafista.

Y en la calle, hubo una gran manifestación en Tahrir. La represión, que empezó el sábado 19, dio lugar  a varios días de batallas callejeras en El Cairo y en al menos otras ocho ciudades, que provocaron que el lunes 21 renunciara el gobierno del primer ministro Essam Sharaf.

FIGURAS CLAVE

El CSFA reaccionó convocando a los dirigentes políticos a un diálogo urgente, que tuvo lugar el martes por cinco horas a partir del mediodía, y en el que se alcanzaron varios acuerdos, entre ellos el de la formación de un gobierno de salvación nacional. La prensa egipcia adelantó que los militares habían pedido que lo encabezara ElBaradei.

Se trata de una figura polémica para los egipcios, un pueblo al que durante seis décadas le han inculcado que el ejército está ahí para defenderlo de los extranjeros que lo amenazan. ElBaradei vivió desde 1964 hasta el 27 de enero de 2011 (regresó dos días después de iniciar la revolución que derrocó a Mubárak) en otros países, por lo que resulta desconocido o sospechoso para muchos de sus compatriotas.

A su favor, tiene el enorme prestigio internacional que adquirió como director del Organismo Internacional de la Energía Atómica (1997-2009), un cargo que ejerció con disciplina, imparcialidad y, sobre todo, independencia: ElBaradei se enemistó con Estados Unidos al rechazar sus presiones para que sus inspectores confirmaran la acusación de que Sadam Husein tenía armas atómicas y para que se apresurara a exhibir el carácter bélico del programa nuclear iraní, aunque no hubiera pruebas concluyentes. En conjunto con el organismo que dirigía, ElBaradei recibió el Premio Nobel de la Paz en 2005.

Es también un aspirante presidencial, pero hasta ahora había recibido un respaldo menor en las encuestas de opinión, superado por figuras mejor conocidas dentro de Egipto como el exscretario general de la Liga Árabe, Amr Moussa, un hombre carismático y con muchas conexiones, a quien también le propusieron ser primer ministro y que tampoco se decidía.

DISPUTA POR TAHRIR

En la noche del miércoles 23 al jueves 24, una tregua dio fin a cinco días ininterrumpidos de enfrentamientos que iniciaron en la madrugada del sábado 19, cuando la policía desalojó de Tahrir a 150 opositores que pernoctaban allí. El jueves, el Ministerio de Salud cifró los muertos en 35. Los médicos voluntarios de los distintos puntos de atención médica (llamados “clínicas” y “hospitales de campaña”) que fueron improvisados en esa plaza, aseguran que fueron muchos más: “Solo por aquí han pasado 40 fallecidos”, dice Idris Gaber, un cirujano de 45 años que colabora en el “hospital” de la calle Mohamed Mahmoud.

Nadie es capaz de estimar con certeza cuántos heridos hubo. El Ministerio aventuró 3,200.

La represión estuvo a cargo de las Fuerzas Centrales de Seguridad (FCS), el organismo paramilitar normalmente utilizado para extinguir las protestas. La mayor parte del tiempo, estuvieron presionando en la orilla de la plaza de Tahrir que da a Mohamed Mahmoud, donde a cuatro cuadras de distancia se encuentra el Ministerio del Interior. Ahí recibían la presión de los manifestantes, que se aproximaban por todas las callejuelas que intersectaban.

No tenían la capacidad, sin embargo, de tomar Tahrir. Hasta que recibieron ayuda de contingentes de soldados, el domingo 20 a las 5 de la tarde, y en una ofensiva precedida por gases lacrimógenos, arrasaron la plaza y quemaron el campamento.

Desde los edificios vecinos, con cámaras profesionales o teléfonos móviles, periodistas y ciudadanos registraron escenas dantescas de golpizas contra personas indefensas, de agentes que arrastraban cadáveres de opositores para arrojarlos a pilas de basura, de otros cuerpos que eran amontonados frente a una popular agencia de viajes.

Media hora después, sin embargo, miles de personas que se habían enterado de lo ocurrido se dirigieron al lugar y opusieron su empuje numérico al de los cuerpos organizados, hasta reconquistar el territorio. A pesar de que las armas que estaban empleando contra ellos habían demostrado ser mortales.

ARMAS “NO LETALES”

En Irán y en Palestina, en Turquía y en España, incluso en Egipto antes del sábado 19, el gas lacrimógeno que se emplea afecta las fosas nasales, la garganta y los ojos, además de la piel humedecida. Desde ese fin de semana, sin embargo, el ejército egipcio usa otro tipo de producto contra su pueblo.

Su efecto es brutal: las personas pierden la orientación, corren entre las nubes de humo blanco sin poder ver, con ojos inundados de lágrimas que arden, y con una sensación de pánico y confusión. Los que tienen suerte, logran llegar a los brazos de alguien que los ayuda a salir. Otros simplemente se desploman de un golpe y hace falta que alguien se arriesgue a ir a rescatarlos.

Las víctimas se cuentan por decenas cada pocos minutos. Esto obligó a los manifestantes a improvisar un sistema de motos-ambulancia: voluntarios con sus vehículos van y vienen entre los puntos de enfrentamiento y las “clínicas” de la plaza, llevando heridos. El conductor necesita la ayuda de una tercera persona que viaja detrás del gaseado para sostenerlo. Porque los afectados pierden el control sobre el cuerpo, quedan babeando, con los ojos abiertos, exánimes. El Ministerio de Salud dijo que al menos 20 de los 35 muertos que reconoce fallecieron a causa del gas.

La policía disparó, además, balas de acero recubiertas de caucho y perdigones de caza, que a corta distancia pueden ser mortales, y que en cualquier caso pueden causar graves daños. “Nos llegaron muchos casos de personas con heridas en la frente, en el cuello en los ojos”, explica el doctor Gaber. “Evidentemente, estaban apuntando al rostro. Y también tuvimos muertos por munición real”.

Varias personas, como el conocido activista Malke Mostafa y el videoperiodista del diario Al Masry Al Youm, Ahmed Abdel Fattah, perdieron un ojo. Es peor el caso de Ahmed Harara, un revolucionario desde la primera hora: le destrozaron el ojo izquierdo en los enfrentamientos del 28 de enero, antes de la caída de Mubarak, y el domingo 20 recibió un disparo en el derecho. “Prefiero estar ciego, pero vivir con dignidad y con la cabeza alta”, dijo a las dos de la tarde del lunes, de vuelta en Tahrir.

EJÉRCITO INOCENTE

En febrero, el ejército pudo desprenderse de Mubárak –uno de los suyos— y continuar en el poder porque, durante el primer alzamiento, le achacó el trabajo sucio a la policía, dijo ser “neutral” y, después, “defensor de la revolución”.

Nueve meses de represión militar, sin embargo, les han demostrado a los egipcios lo contrario. Ante su pérdida de prestigio, el miércoles 23 el CSFA volvió a lavarse las manos: en un comunicado afirmó que los “rumores” de que las fuerzas armadas habían usado gases lacrimógenos contra los manifestantes eran falsos y estaban destinados a calumniarlas.

¿Quién tenía entonces la responsabilidad por las inmensas nubes letales que se habían levantado sobre los egipcios? La policía quedó expuesta como solitaria culpable. El ejército hizo esto más evidente ese mismo día en el campo de batalla de la calle Mohamed Mahmoud, cuando un pelotón de soldados y tres transportes blindados formaron una barrera entre los agentes policiacos y los manifestantes, en un intento de consolidar una tregua negociada por académicos musulmanes.

Era como si la policía no fuera parte del gobierno que encabeza el CSFA, sino una pandilla de vándalos indisciplinados. Y de hecho, actuó de esa forma: pronto empezó a arrojar granadas de gas y piedras por encima de los cascos militares.

Pese a reportes de enfrentamientos en otras ciudades, la multitud disfrutó de un jueves tranquilo en Tahrir. Alguien dio la orden de retirar a la policía, las tropas levantaron una pared para proteger el Ministerio del Interior y los Hermanos Musulmanes y los salafistas, que son las organizaciones islamistas que esperan ganancias en las elecciones, enviaron voluntarios a Mohamed Mahmoud a asegurarse de que los manifestantes estuvieran tranquilos.

Los viernes, sin embargo, son los días de grandes manifestaciones y se había convocado a una. Los rumores aseguraban que no todo el mundo iba a sentarse a esperar que las elecciones del lunes se realizaran en paz. Y el conflicto está lejos de ser resuelto: en un pueblo descontento, que por décadas fue obligado a decir sí, son muchos los que quieren gritar “no”.

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