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Auténtico pollo masala


La insoportable levedad de nuestras certidumbres y valores

Columna Fronteras Abiertas, de Témoris Grecko

Publicado en National Geographic Traveler Latinoamérica, noviembre de 2011

Joanna miraba su plato mientras yo felizmente daba cuenta del mío. Estábamos en un pequeño restaurante indio en ciudad Ho Chi Minh (antes Saigón, en Vietnam) y a ella no le gustó su pollo masala. Llamó al camarero. Que además era el dueño. Y el cocinero. E indio de nacimiento. “Esto no es pollo masala”, soltó Joanna. El interlocutor se tragó el insulto. Amablemente ofreció hacer algo para mejorar el sabor. “No lo quiero”, espetó mi amiga, “no vamos a pagar y nos marchamos”. El hombre explicó que ella ya había desmenuzado el pollo, que no era posible devolverlo así y que por supuesto que la salsa era masala. Pero el oscuro cocinero indio tenía frente a sí a una rubia inglesa de ojos azules que jamás había puesto un pie en India y que le gritaba: “¡No sabes cocinar pollo masala!”

 

Éste podría ser un ejemplo de mala educación. No lo pongo aquí por eso, sino porque es una muestra de cómo podemos encerrarnos en nuestro mundo, o más bien, en nuestro mínimo rincón del mundo.

 

Otra manera de verlo es a través de los acentos. Años atrás, cuando vivía en Madrid, llegó de visita una simpática chica de la ciudad mexicana norteña de Torreón, que tenía una forma de hablar con saltos y precipitaciones tonales especialmente pronunciadas. Para comer, fuimos a un bar del centro que me gustaba, el Malaspina, que estaba repleto. La muchacha miró a los demás comensales y soltó: “TÉmorissss, EEEStos espaÑOles tiEnen un acenTOOOte refuEEERTE y ni siquiERA se daaan cuENtaaaa”.

 

En la ciudad india de Satara, una madre quiso explicar que su hijo, de diez años, tenía dificultades para entender mi inglés porque “no estamos acostumbrados a los acentos”. Ella no lo imagina, pero sospecho que si hubiera un concurso de acentos cómicos al hablar inglés, ganaría un nacional de su país.

 

En América Latina, comer con la boca abierta es incorrecto. En India, lo absolutamente ofensivo es utilizar la mano izquierda para sostener la comida, recargarla sobre la mesa o simplemente mostrarla demasiado. En el sudeste de Asia, tocar la cabeza de otra persona es humillarla.

 

En marzo de 2011, me subí a un coche que llevaba pasajeros de Tobruk a la frontera egipcia. Por fin, yo estaba marchándome de Libia y de su guerra, y me sentía muy aliviado porque parecía a punto de conseguirlo. Me recargué en el asiento y subí el pie a la rodilla. El chico de unos 16 años que estaba a mi lado se molestó y pidió que lo retirara. Me sorprendió porque, en su cultura, los menores se disciplinan ante los mayores y eso era insolente. Pero estaba verdaderamente molesto, rechazó mi comentario de que mi pie ni lo tocaba a él ni ensuciaba la tapicería, y pidió la intervención del conductor para meterme al orden.

 

Horas más tarde, lejos de allí, mucho más tranquilo, recordé que entre los árabes mostrar la planta del pie o la suela del zapato es un insulto grave. Una de las imágenes más repetidas de la revolución libia es la de gente pisoteando imágenes de Gadafi. George W. Bush mostró la calidad de sus reflejos cuando evitó un zapatazo que le lanzó un periodista iraquí, en una rueda de prensa en Bagdad.

 

El muchacho tenía razón. Me quedé pensando, sin embargo, si al detectar mi desconcierto él se habría preguntado si tal vez para mí no era lo mismo, que no había razón para que yo lo molestara y que, como extranjero, podría tener costumbres diferentes.

 

Seguramente no. Los libios tienen muy poca experiencia con otras nacionalidades e incluso para muchas personas que sí, que viajan y se rozan con gente de diversas culturas, resulta difícil aceptar la diferencia.

 

No queremos darnos cuenta de que los valores con los que crecimos no son universales ni absolutos. Nos cuesta renunciar a las certidumbres básicas con las que crecimos, a pesar de que por lo general son artificiales y ocasionalmente absurdas.

 

Y aunque a veces invadan culturas ajenas. En Gran Bretaña hay una importante minoría de origen indio y el pollo masala, en sus distintas reinterpretaciones, se ha convertido en una especie de plato nacional. Decir que se hace de forma más auténtica que en India es como afirmar que la comida china en México es más china que en China.

 

Joanna no se daba cuenta de ello, sin embargo. Ante el argumento del ofendidísimo indio de que había cocinado el pollo de la manera en que se había hecho por miles de años en India, ella respondió: “Pues si no es como en Londres, no es pollo masala”. Y no pagó.

RECUADRO

No podía ser tan simple como eso, claro está. Con el indio afrontado en su amor propio y la perspectiva de lidiar con la policía de los vietnamitas (con quienes no pudieron ni franceses, ni estadounidenses, ni chinos), alguien debía mostrar cordura. Pagué yo.

 

 

 

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