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Israel-Irán: Signos de guerra


Por Témoris Grecko / Beirut (publicado en Proceso, 13 de noviembre de 2011)

El último reporte del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) sobre el programa nuclear iraní, presentado el martes 8, no destaca tanto por sus hallazgos como por su interpretación de hechos conocidos, por el lenguaje que utiliza y por el esfuerzo que hicieron diplomáticos por “venderlo” anticipadamente a la prensa, generando la idea de que, ahora sí, se había encontrado la pistola humeante que demuestra que Teherán trata de fabricar un arma atómica y está a punto de lograrlo.

Esto coincidió con un debate que exhibió por primera vez las profundas diferencias que existen en el primer círculo de decisión de la seguridad nacional en Israel. De acuerdo con filtraciones que fueron ampliamente destacadas por la prensa local, el primer ministro, Binyamin Netanyahu, y su ministro de Exteriores, Ehud Barak, quieren bombardear antes del invierno las instalaciones nucleares iraníes y están haciendo lo posible por convencer a los miembros de su gabinete de seguridad que se oponen a ello, incluidos los jefes del ejército y de los dos organismos de inteligencia. El debate ha llegado al extremo de que Netanyahu ha sido acusado de creerse Winston Churchill y la idea de atacar ha sido descrita como “estúpida”.

Los hechos de esta semana representan, en suma, un paso más hacia una guerra de gran dimensión que puede desestabilizar la región e impactar en una economía mundial ya seriamente debilitada.

UN INFORME SOBREVENDIDO

Por dos semanas antes de la presentación del informe del OIEA, su contenido fue anunciado a reporteros, quienes anticiparon al público que su contenido sería extraordinario. En una nota en el prestigiado diario británico The Guardian, su corresponsal diplomático, Julian Borger, citó el 2 de noviembre: “‘Será algo que cambiará el juego en el tema nuclear iraní’, predijo un funcionario occidental. ‘Va a ser difícil minimizar su importancia incluso para Moscú o Beijing’”

Una semana después, tras conocerse el texto y los anexos del documento, el propio Borger mostró su desencanto en su blog “Seguridad Global”, en la página web del mismo periódico: “Hay algo un poco falso en todo este ruido y furia. No hay nada en el informe que no hubiera sido previamente conocido por las grandes potencias”.

En Israel, el país donde la idea de una bomba nuclear iraní causa mayor alarma, y cuyos líderes han hecho más para promover acciones internacionales para impedir que exista, también hubo cierta decepción, que se matizó como fue posible. “No hubo una pistola humeante, sino un misil nuclear iraní”, fue el titular del diario Ha’aretz, a manera de “sumario de los hallazgos severos y sin precedente” del informe del OIEA, el miércoles 9.

Con base en el reporte, el periódico explica que “Irán ha tenido éxito en comprar el conocimiento, la tecnología y los diseños, y en llevar a cabo los experimentos que lo ponen más cerca que nunca de producir un arma nuclear”, además de que “ha realizado experimentos para miniaturizar una cabeza nuclear para un misil Shihab”.

Ha’aretz destaca después la “excelencia” y el “valor” del director general del OEIA, el japonés Yukiya Amano, quien “no se dejó intimidar por las presiones y las amenazas de Irán, o de Rusia y China, que trataron hasta el último momento de evitar la publicación del informe”.

En contraste, sigue el diario israelí, los reportes anteriores del OEIA, bajo su anterior director, el egipcio Mohamed El Baradei, son una “vergüenza” pues, “aunque la mayor parte de la evidencia inculpatoria ya estaba disponible cuando él dirigía el organismo, El Baradei prefirió no publicar los hallazgos o quiso suavizar el lenguaje” para “presentar a Irán bajo una luz engañosa”, como si no hubiese “evidencia concluyente de que quería producir un arma nuclear”.

La historia también puede ser vista al revés de como la presenta Ha’aretz. El periódico no menciona que, una y otra vez, Estados Unidos ejerció infructuosamente enormes presiones sobre El Baradei para que produjera informes acordes con sus intereses. Ocurrió con Irán y también con el Irak de Sadam Husein, cuando el expresidente George W. Bush y sus aliados mostraban su exasperación porque los inspectores del OEIA destacados en ese país no encontraban las armas de destrucción masiva que, insistían, tenían que estar ahí, y que a final de cuentas no estuvieron.

Otros observadores no pasaron por alto estos hechos. Un especialista iraní en energía nuclear que vive en el exilio por su oposición al régimen de su país, y que es actualmente profesor de la Universidad de California en Los Ángeles, Muhammad Sahimi, publicó el mismo miércoles en Tehran Bureau (un sitio especializado en Irán que es parte de la página web de PBS, la televisora del gobierno estadounidense) un extenso análisis del informe. El autor empieza por señalar que Yukiya Amano ha “politizado” el OIEA y que “el tono del último reporte, al igual que sus especulaciones y alegatos, hacen un agudo constraste con aquellos que emitió El Baradei. Amano ha dejado de lado el enfoque precavido y el tono mesurado de El Baradei y utiliza un lenguaje bruto”.

Sahimi señala entonces que el informe no se basa en investigaciones propias ni recientes, sino que menciona como fuentes a los organismos de inteligencia de “diez países”, entre los que se da por hecho que tuvieron un papel privilegiado Israel y Estados Unidos. La mayor parte del documento se refiere a un programa nuclear iraní que sí existió y que fue cancelado en 2003, como ya había admitido Estados Unidos en su Estimado Nacional de Inteligencia de noviembre de 2007, y en una segunda parte se provee evidencia más difusa de que, en años recientes, Irán experimentó con modelos de computadora de detonaciones nucleares, entre otras actividades sospechosas.

La parte más importante del informe –lo más parecido a una pistola humeante—, no lleva a conclusión alguna, dice Sahimi. En ella se asegura que Irán ha experimentado con explosivos que pueden funcionar como detonadores de una bomba nuclear, pero tras admitir que esto le fue informado por el propio Irán en 2008, el OIEA denuncia que ese país “no nos ha explicado por qué necesita o en qué aplicará dichos detonadores”. El organismo reconoce que “existen aplicaciones no nucleares”, pero, como son pocas, “el desarrollo de este equipo es un asunto preocupante”.

“En suma, el informe fue deliberadamente exagerado para fundamentar (la imposición de) sanciones más duras, o la guerra”, finaliza Sahimi.

Por su lado, tras hacer su propio análisis, el periodista Julian Borger tampoco cree que el reporte demuestre que Irán está a punto de fabricar su arma nuclear. “El significado está en los ojos de quien lo vea”, afirma en su blog del miércoles. “En todo caso, es claro que esto no es una carrera hacia la bomba. Si acaso, es caminar sobre las puntas de los pies, un deambuleo, un tímido andar hacia la adquisición de capacidades armamentísticas”.

DECISIÓN ESTRATÉGICA

Mahmoud Ajmadineyad, el presidente iraní, ha proclamado que Israel debería desaparecer. Si una bomba nuclear estallara en ese pequeño territorio, esto ocurriría así. Los israelíes lo ven como una cuestión de supervivencia, de existir o morir, y pocos tienen dudas de que Irán trabaja para tener el poder de construir un arma atómica. Lo que no se sabe es si efectivamente desea fabricarla: una segunda posibilidad es que sólo quiere estar en condiciones tecnológicas y materiales de hacerlo velozmente, en caso de necesitarla para defenderse.

La otra gran duda, y la más urgente, es: ¿cómo enfrentar esta amenaza? “La decisión estratégica al respecto de Irán es la decisión de nuestra generación”, escribió en Ha’aretz el columnista Ari Shavit.

Israel es una nación de debates intensos, pero que considera que la seguridad nacional está por delante de cualquier valor o interés, y que cerrar filas en este aspecto es indispensable. Lo que se juega ahora, sin embargo, es la posibilidad de llevar al país a una guerra devastadora que muchos juzgan innecesaria. La división es tan fuerte que no sólo ha enfrentado a la coalición gobernante, formada por partidos de extrema derecha, con la oposición de centro-derecha y de centro-izquierda, sino, de manera excepcionalmente pública, a los profesionales responsables de la seguridad con los políticos que son sus jefes.

La tormenta se desató el 28 de octubre, cuando el diario más leído de Israel, Yediot Ahronot, publicó en su primera plana un artículo del columnista más influyente del país, Nahum Barnea, titulado “Presión atómica”, en el que se describe cómo Netanyahu y Barak estaban discutiendo en secreto un inminente bombardeo contra las instalaciones nucleares iraníes, y empleaban el tono más alarmista para vencer la resistencia de algunos de los siete miembros del gabinete de seguridad y a los jefes del ejército, del espionaje israelí (Mossad) y de su agencia de seguridad interior (Shin Bet).

Barnea describió a Netanyahu como un hombre que piensa que “Ajmadineyad es un Hitler que, si no es detenido a tiempo, habrá un nuevo holocausto”. Aseguró que para algunos políticos, la actitud de Netanyahu es de “obsesión” porque “toda su vida ha soñado con ser (Winston) Churchill” (el primer ministro que llevó a Gran Bretaña a la victoria sobre los nazis), y ahora “Irán le brinda la oportunidad” de serlo.

De inmediato, el asunto se convirtió en el principal tema de debate en el país y tanto los líderes opositores como algunos miembros de la coalición de gobierno se pronunciaron contra una aventura que no sería como las de Irak (1981) y Siria (2007), en las que aviones israelíes pudieron destruir sin consecuencias sendos reactores nucleares, ya que las instalaciones atómicas iraníes están dispersas por todo el país, muchas de ellas son inalcanzables porque son subterráneas o están dentro de montañas, y es probable que existan varias de las que no se sabe nada.

Además, las cosas no se quedarían allí, como ocurrió en los casos iraquí y sirio: Irán ha prometido contestar con fuerza a cualquier agresión. Podría lanzar misiles contra Israel y utilizaría a sus milicias aliadas, Hamás en Palestina y Hezbolá en Líbano, para realizar ataques terroristas. También bloquearía el estrecho de Ormuz, un angosto paso marítimo por el que se exporta al mundo el petróleo de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Qatar, Bahrain, Qatar, Irak y el propio Irán: esto es, 40% del tráfico global de buquetanques.

Leon Panetta, secretario de Defensa de Estados Unidos, se quejó el 6 de noviembre de que Netanyahu se había rehusado a asegurarle que se coordinaría con Washington antes de ordenar cualquier operación. Irán ha prometido golpear también a EU. Aunque sus dirigentes tuvieran el cuidado de abstenerse de atacarlo, la Casa Blanca enfrentaría una presión popular irresistible para salir en defensa de Israel. La opinión pública árabe también jugaría un papel, sobre todo ahora que ha descubierto su voz y su fuerza, para forzar a sus gobiernos a intervenir.

“Están sembrando el pánico”, replicó el ministro de Defensa Barak en declaraciones a Radio Israel, el martes 8, “a pesar de que somos el país más fuerte de la región y seguiremos siéndolo. La guerra no es un día de campo, pero no hay un escenario en el que podamos tener 50 mil muertos, o 5 mil muertos… y si todo el mundo se queda en casa, tal vez ni 500 muertos”.

Los actuales responsables de seguridad, principales sospechosos de haberle filtrado la información al columnista Barnea, con el objeto de sabotear el proyecto de Netanyahu y Barak, tienen la obligación de guardar silencio en público. Pero sus antecesores, ya retirados, son libres de hablar. Lo que se interpreta como el pensamiento del establishment de seguridad israelí ya había sido expresado el 8 de mayo por Meir Dagan, quien hasta enero pasado encabezó el Mossad: bombardear Irán “es la idea más estúpida que he oído. El reto regional que enfrentaría Israel sería imposible”.

Sin embargo, la determinación de actuar que tenían él y otros colegas suyos que este año cesaron sus funciones, como el exjefe del ejército, Gabi Ashkenazi, y el del Shin Bet, Yuval Diskin, no parece ser la misma de quienes hoy están al frente: “Decidí hablar porque, cuando estábamos en nuestros cargos, Diskin, Ashkenazi y yo podíamos bloquear cualquier aventura peligrosa”, continuó Dagan. “Ahora, me temo que no hay nadie allí para detener a Bibi (Netanyahu) y Barak”.

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