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El efecto mariposa


Rescatar a mexicanos en islas desiertas puede tener consecuencias inesperadas

Columna Fronteras Abiertas, de Témoris Grecko

Publicado en National Geographic Traveler Latinoamérica, octubre de 2011

 

Esta puede ser una historia de casualidades, de vidas cruzadas que nos sorprenden con sus enredos. O una constatación del valor de las redes sociales en los tiempos que vivimos. O bien, otro ejemplo de cómo nos gusta buscarles orejas a las hormigas, de nuestro gusto por hallarles orígenes complicados a las cosas.

 

Es en todo caso, una historia de amor. En la que tuvo un papel fundamental una persona que no tiene ni idea de que, en el discurso que en calidad de padrino pronunciaré dentro de nueve días en la boda en la isla de Mallorca, les hablaré de ella a los invitados y de cómo estaremos todos allí gracias a ella, porque mis amigos queridos Catalina (mallorquina) y Richard (inglés) pudieron conocerse y enamorarse gracias a una chica que sólo vi una vez en la vida y que se llama Julia.

 

En mayo de 2005, visitamos una isla desierta frente a Mozambique, un remoto país en la esquina de abajo a la derecha de África. Me fui a dar un paseo solitario, excedí en un par de horas el momento de la partida y al regresar, ya no había lancha ni un ser humano. Era domingo y sólo era posible esperar que alguien viniera el fin de semana siguiente. Y yo no tenía a Viernes ni a Williams, ni los despojos de un barco o de un avión para avituallarme: vestía shorts, sin camisa, y mi única posesión era una cámara digital que no me permitiría sobrevivir haciéndoles fotos a los turistas, porque no había manera de imprimirlas y, más importante, porque no había turistas.

 

Julia, sin embargo, venía en la lancha, era mexicana y debe haber sentido algo así como una preocupación patriótica por un connacional abandonado en una islita sin agua ni animales para estrangular, empalar y asar. Convenció a los lancheros y regresaron por mí. Es difícil describir las dimensiones del alivio que sentí cuando los vi aproximarse.

 

Y vi a Julia con ojos de amor. Pero no. No me lancé a besarla en ese momento. Ni hice nada para seducirla. Tampoco fui a buscarla a Ciudad del Cabo, donde vivía, tras darme cuenta de que la había dejado escapar sin intentar nada. En los viajes, sobre todo cuando se recorren sitios extraños y distantes, uno siempre sueña con culminar la experiencia con un romance de alcances épicos.

 

Mi amigo irlandés Allan se enamoró de una sueca cuando estábamos en Argentina. Un suizo y una asturiana me festejaron el cumpleaños en Irán y quisieron seguir juntos. Laura, una italiana que ya conocen los lectores de esta columna, acaba de tener un bebé precioso con un guerrero masái de Kenia. Lo mismo ocurrió hace un par de años con mi acompañante inglesa Samantha, de quien se prendó un francés con gran sentido del humor –pero pocas habilidades para hacerse entender— en el Congo.

 

Pues no, no somos Julia y yo los protagonistas de esta historia romántica. Con frecuencia, uno sólo tiene un papel instrumental en las de otros. Y ésa es también una forma de ser copartícipe del amor.

 

Porque es improbable que Richard y Catalina se hubieran podido conocer si yo no hubiera estado allí, ni sin Facebook. Los dos ya eran mis queridos antes del encuentro clave. Y lo de Richard se debe a que cuando un amigo común, Mac, iba a visitarlo a Barcelona, descubrió que yo también estaba ahí porque lo vio en esa red social, me invitó a beber una o dos, o acaso algunas cervezas más con ellos, y eventualmente eso condujo al contacto cercano de Catalina y Richard.

 

¿Qué tiene que ver Julia en todo esto, pues? No es tan solo que me haya salvado, y que debido a eso pude regresar y desempeñar este rol de pivote. Debido a su acción de rescate, esa noche logré llegar a dormir al hostal de Fátima en Maputo, la capital de Mozambique, y conocer a Mac, con quien viajé por Tanzania y Kenia.

 

Es cierto que esta historia depende de varios momentos fundamentales sin los cuales no hubiese podido tener un final tan feliz. O podemos seguir la moda y dar por sentado que todo se lo debemos a las redes sociales. A mí me parece más bonito pensar que en el principio está una muchacha que no sabe que no sólo salvó a un compatriota de nombre raro, sino que también abrió una línea de acontecimientos que seis años más tarde condujo a una sólida relación de amor. Y no imagina que, durante esa boda en Mallorca, la vamos a recordar.

 

¿O quizás sí? No hay por qué descartar que algún día se entere de todo esto. Le dará gusto.

 

RECUADRO

La isla dos Portugueses está en el Océano Índico, frente a la bahía de Maputo, capital de Mozambique. Es una formación muy inestable, que suele cambiar de forma con los ciclones, y que fue usada en el pasado como base para hacer intercambios comerciales.

 

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