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Palestina-Israel: cuando los extremos se tocan


Por Témoris Grecko (publicado en Proceso, 21-oct-2011)

La liberación del soldado israelí de 25 años Gilad Shalit, el martes 18, después de sufrir un secuestro de cinco años y cuatro meses a cargo de la milicia islamista palestina Hamás, y de los primeros 477 de un total de 1,027 presos palestinos en prisiones israelíes, no pudo haberse desarrollado de mejor forma: los acuerdos se cerraron con éxito gracias a la discreción de las partes; el anuncio se produjo como una sorpresa que emocionó a una mayoría de palestinos e israelíes; el compromiso se mantuvo sólido y generó confianza en ambos lados durante la semana que tardó en empezar a materializarse; el proceso de entrega de los cautivos se realizó con precisión y sin demoras en un ambiente festivo; y en sus primeras declaraciones, un Shalit (en quien estaba centrada la atención internacional) en buen estado de salud declaró que Hamás lo había tratado bien, que celebraba que la excarcelación de los palestinos siempre que no atacaran a Israel y que haría lo posible para contribuir en la búsqueda de la paz.

El asunto dejó muchas dudas y preocupaciones, sin embargo. ¿Por qué los líderes de Israel y de Hamás llegaron a este pacto ahora y no hace seis meses, cuando lo habían esbozado prácticamente en sus términos finales? ¿Por qué no se incluyó en él a prisioneros de alto perfil, especialmente al muy popular Marwan Barghouti? ¿Quiénes son los grandes beneficiarios y perjudicados, y por qué? ¿No se promueve el recurso a los secuestros y con ello, a acelerar la espiral de violencia? ¿En qué situación queda el resto de los palestinos presos, cientos o miles de los cuales se encuentran en huelga de hambre? ¿Contribuye este compromiso a fortalecer la búsqueda de una solución o fortalece las posturas extremas?

Analistas israelíes y extranjeros sostienen que tanto Hamás como el gobierno del primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu, estaban pasando por un periodo de debilidad y fuertes presiones que les hicieron sentir la urgencia de anotarse un valioso punto a favor para recuperar popularidad. Y en el trasfondo parece estar la incomodidad que sentían ambas partes ante la jugada del presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), Mahmoud Abbas, de solicitar ante la ONU la admisión y el reconocimiento de un Estado palestino.

DEMORA DE AÑOS

El primer encuentro entre representantes de Hamás e Israel se produjo en El Cairo, en marzo de 2009, con mediación egipcia y alemana. Era visto como el momento de afinar y atar los últimos cabos sueltos, tras un proceso de negociaciones indirectas que inició en 2007, un año después de que Gilad Shalit, entonces un chico de 19 años que cumplía con el servicio militar obligatorio, hubiera sido secuestrado cuando montaba guardia en la franja de Gaza.

Hamás había pedido inicialmente la liberación de 1,400 presos, pero había aceptado reducir el número a 450. La delegación israelí estableció algunas “líneas rojas” que no cruzaría, como dejar ir a convictos que estuvieran vinculados a un alto número de muertes de israelíes, que fueran miembros de la minoría palestina que tiene ciudadanía israelí (un 20% de la población de Israel) o que tuviesen residencia en Jerusalén. Se proponía, además, impedir que los terroristas originarios de Cisjordania regresaran allí, exiliándolos a Gaza o al extranjero.

Las partes acordaron una lista de 325 nombres y quedó por discutir un grupo de 125 más, que Israel objetaba. El hoy derrocado presidente egipcio, Hosni Mubarak, percibió entonces que este acuerdo sería interpretado como una victoria de Hamás (que pretende crear un Estado islámico tanto en los territorios palestinos como en Israel) frente a su rival, Mahmoud Abbas (que reconoce la existencia de Israel y propone un Estado laico en los territorios palestinos), y para compensar obtuvo de los israelíes el compromiso de liberar a 550 presos más, que ellos mismos escogerían, “como un gesto hacia la ANP y Abbas”.

Así, hace dos años y medio, se llegó a la cifra de mil palestinos a cambio de un soldado israelí.

Los 125 faltantes se convirtieron en el gran obstáculo. Hamás demandaba la excarcelación de gente vinculada a graves ataques terroristas, como los bombazos contra el Park Hotel de la ciudad de Netanya en 2002, de la discoteca Delfinario de Tel Aviv en 2001, y de la pizzería Sbarro de Jerusalén en 2001. El declive del entonces primer ministro, Ehud Olmert, convenció a Hamás de que sus días estaban contados y congeló su posición.

Tras vencer a Olmert en elecciones anticipadas, Netanyahu declaró que no mostraría flexibilidad y que negociar sería un triunfo del terrorismo. Según el diario Haaretz, sin embargo, su enviado Haggai Hadas, un oficial del servicio de inteligencia Mossad, continuó las conversaciones y alcanzó un acuerdo en abril pasado, que Netanyahu rechazó. Fue el sucesor de Hadas, David Meidan, quien llegó al pacto definitivo con Hamás: intercambiarían a Shalit no por mil palestinos, sino por 1,027, tras la adición de 27 mujeres; traspasarían sus líneas rojas, al aceptar la liberación de presos con ciudadanía israelí y de otros con residencia en Jerusalén, y, lo más importante, la de responsables de atentados con muchas víctimas.

Entre ellos, Nasser Yataima, por el bombazo de Netanya, que dejó 29 muertos; Husam Badram, involucrado en el atentado contra la discoteca Delfinario, en el que murieron 21 jóvenes; Muhammad Douglas, por el ataque contra la pizzería Sbarro, con 11 víctimas fatales; y muchos más. En total, 280 de los excarcelados son de los que Netanyahu señala por tener “sangre en las manos”. Un centenar de ellos tiene condenas de prisión de varias cadenas perpetuas, una por cada fallecido en los crímenes en los que estuvieron envueltos.

GANADORES

“¿Por qué aceptó Netanyahu un acuerdo sobre Shalit al que antes se opuso?”, preguntó en un titular el diario Haaretz, haciéndose eco de una inquietud muy extendida. Otros cuestionaron lo mismo sobre Hamás.

Los analistas israelíes y extranjeros coincidieron en señalar que ambas partes se encontraban en momentos difíciles.

Este año de protestas globales ha alcanzado números gigantescos en Israel: el 3 de septiembre salieron a la calle 450 mil personas, en un país de 7 millones de habitantes. El equivalente en México, que es 15 veces mayor, sería de 6 millones 775 mil manifestantes.

En otro plano, Netanyahu y sus ministros, que llegaron al poder con el argumento de garantizar la seguridad nacional de Israel, se las arreglaron para destrozar los dos pilares regionales en las que ésta se basa, las alianzas con Turquía y Egipto. Además, su intrasigencia para avanzar en el proceso de paz ha minado sus relaciones con Europa y con el presidente de Estados Unidos, la potencia protectora que, por si faltara algo, ha perdido capacidad de influir en la zona.

La mayor expresión del aislamiento israelí se dio el pasado 23 de septiembre, cuando Mahmoud Abbas fue aclamado en la Asamblea General de la ONU al presentar la solicitud de adhesión de Palestina.

El 72% de apoyo que tiene el acuerdo de liberación de Shalit entre el público israelí resultaba, sin duda, muy atractivo para un Netanyahu que no tardó nada en reclamar la totalidad del crédito: A las 13:04 del martes, Shalit se reunía con su familia por primera vez en cinco años; a las 13:09, Netanyahu lo abrazaba frente a la cámaras; y a las 13:19, daba inicio a una conferencia de prensa en la que declaró “pensé en Gilad Shalit durante sus cinco años de cautiverio” y “acabo de recibir a Gilad y lo entregué a sus padres, y les dije, les he regresado a su hijo”.

Hamás, por su parte, también enfrentaba un creciente retroceso: encerrada en la minúscula franja de Gaza, de donde expulsó a balazos al partido Fatah de Mahmoud Abbas en 2007, perdía apoyo tanto en esos dominios suyos, con una situación económica en deterioro, como en Cisjordania. Abbas, en cambio, se estaba convirtiendo en el nuevo héroe palestino tras resistir enormes presiones y llevar las reivindicaciones de su pueblo a la ONU.

El grupo islamista enfrenta numerosas críticas, tanto por la selección de presos (una mayoría de miembros de Hamás y pocos de Fatah y otros partidos palestinos) como por aceptar que 203, de los 477 que fueron liberados en su nombre (los otros 550 ya no son “un gesto” para Abbas, sino para el mediador, Egipto), no retornen a sus casas en Cisjordania o Jerusalén, sino que sean enviados a Gaza o al exilio extranjero.

Tampoco demoró nada en reclamar el crédito, naturalmente. El domingo 16, el jefe de Hamás en Cisjordania, Mahmoud Zahar, en declaraciones a la radio del Ejército israelí (que tiene un margen de independencia editorial frente a los militares), rechazó de plano los cuestionamientos, pues “Abbas negoció con Israel por un millón de años y no ha conseguido un acuerdo como éste”.

Al día siguiente, otro líder cisjordano, el jeque Hassan Yousef, descartó que dialogar con el Estado de Israel, reconociendo su existencia como ha hecho Abbas, pueda servir de algo: “Por ahora, la opinión pública palestina siente que lo que se obtuvo mediante la resistencia es mucho más significativo que lo que se ha ganado con la negociaciones”. Y proclamó su victoria: “No hay duda de que Hamás recibirá el crédito en las calles por liberar a más de mil prisioneros. Los prisioneros tienen familias y parientes y amigos, y todos ellos se identificarán con Hamás”.

PERDEDORES

Además del gobierno de Netanyahu y de Hamás, un tercer ganador es Egipto, cuya junta militar enfrenta movilizaciones populares y una gran antipatía por Israel, agudizada después de que fuerzas israelíes mataron a seis soldados egipcios en un incidente fronterizo en agosto, lo que provocó que una multitud asaltara la embajada israelí en El Cairo. El rol protagónico que ha tenido en estas negociaciones, en las que se apropió del “gesto” de la excarcelación de los 550 presos extra, debería ganarle popularidad y ampliar su margen de maniobra para reconstruir las relaciones con Israel, como ha venido intentando.

El lunes, la prensa citó “fuentes de seguridad egipcias” para adelantar que El Cairo espera que el éxito de la operación Shalit facilite el intercambio de Ilan Grapel, un israelí-estadounidense detenido en Egipto acusado de espionaje, por prisioneros egipcios en cárceles israelíes.

En el lado de los perdedores, por contraste, se apuntan las familias de las víctimas israelíes, que impugnaron el acuerdo ante la Corte Suprema, infructuosamente. El lunes, cuando se dio a conocer la negativa judicial, Shvuel Schijveschuurder, hijo y hermano de cinco fallecidos en la pizzería Sbarro, les gritó a los padres de Shalit: “¡Coloquen una bandera negra en su casa, hoy es un día de duelo!”. “¿Es que la sangre del próximo soldado o ciudadano que sea secuestrado es menos roja que la de Gilad Shalit?”, preguntó por su lado Ron Kehrman, padre de una joven de 17 años que murió en un bombazo en 2003.

Kehrman se refería al extendido temor de que los raptos con fines de intercambio se conviertan en asunto común. Y puede tener razón. El jeque Yousef lo dijo: “No sé si habrá más secuestros. Pero en tanto los prisioneros palestinos (quedan más de 5,000) sigan sufriendo en las prisiones, habrá un incentivo para liberarlos con los medios disponibles”.

La gran lección de este episodio es que la violencia paga, el diálogo no. Tal vez el mayor perdedor es el presidente Mahmoud Abbas, cuyo grandilocuente gesto ante la ONU es meramente simbólico, inmaterial, y como asientan los líderes islamistas, no puede competir con la alegría de miles de palestinos liberados y sus familias. “La victoria (de Hamás) es otro clavo en el ataúd de Abbas y sus colegas de Fatah”, escribió el columnista de Haaretz, Akiva Eldar. “De nuevo, los palestinos han aprendido que el camino de la diplomacia los lleva a un callejón sin salida, mientras que el terrorismo saca a los colonos israelíes de los territorios palestinos y los raptos sacan a cientos de sus compatriotas de la cárcel”.

Hadi Barghouti, pariente de dos presos que no serán liberados, lo dijo así a la prensa: “¿Qué piensas tú, un israelí, que debería hacer yo para liberar a mi hermano?”

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