Palestina. A merced del enemigo


Por Témoris Grecko / Burin, Cisjordania (publicado en Proceso, 2 de octubre de 2011)

El primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu, tiene claro que las exigencias que ponen los palestinos (que se detenga la construcción israelí en los territorios internacionalmente reconocidos como palestinos) como condición para dialogar, es complicar las cosas innecesariamente. “Estoy dispuesto a negociar en cualquier lugar, en cualquier momento, sin precondiciones, sólo hay que hacerlo”, dijo el lunes 26 en una entrevista en PBS, el canal de la televisión pública de Estados Unidos.

Ese mismo día, sin embargo, en Jerusalén se anunció que había sido aprobada la construcción de 1,100 nuevas viviendas en el asentamiento suburbano de Gilo, en suelo de Cisjordania. Gilo es parte de un anillo de colonias israelíes con las que se está rodeando Jerusalén Este (la parte de la ciudad que los palestinos quieren convertir en capital de su futuro Estado) para hacer imposible en la práctica su devolución a los árabes.

“Es como si un hombre te tuerce el brazo, tú le exiges que te suelte antes de hablar, él te replica que estás haciendo más difìciles las cosas y te aprieta más”, dice Haitham Khatib, un documentalista palestino de 35 años que forma parte de una patrulla civil que registra en video los ataques de colonos israelíes contra campesinos y aldeas palestinos.

El problema de los asentamientos israelíes en Jerusalén Este y Cisjordania se ha convertido en el obstáculo principal para que tenga lugar un acercamiento entre las partes en conflicto. Entre 1993, año en que se firmaron los acuerdos de Oslo que deberían conducir a un Estado palestino, y 2009, la población israelí en los territorios donde éste se debería crear se duplicó. En Jerusalén Este, creció de 152 mil a 192 mil personas; en el resto de Cisjordania, pasó de 111 mil a 304 mil (según datos de la Oficina Central de Estadísticas de Israel y de la Fundación para la Paz en Medio Oriente).

La molestia con los asentamientos no se origina sólo en que muchos de ellos se han levantado en tierras públicas y privadas de palestinos, apoderándose de las fuentes de agua, extendiendo carreteras exclusivas que fraccionan Cisjordania y creando un sistema de seguridad con muros y puntos de control militar que cercenan la capacidad de movimiento de la gente. También se debe a que desde varios de ellos se sostienen campañas de acoso contra palestinos, en un esfuerzo por forzarlos a abandonar sus casas y aceptar la extensión de las colonias y la creación de otras nuevas.

SÍ MATARÁS

El peligro que representan los colonos israelíes extremistas no es desconocido para Israel. El servicio secreto de ese país, el Shin Bet, ha emitido varias alertas sobre su capacidad de desestabilizar Cisjordania mediante ataques contra palestinos que generan un ambiente de confrontación y podrían provocar un alzamiento. La última de ellas se refirió específicamente a la yeshiva (centro de estudios religiosos) Od Yosef Hai de la colonia de Yizhar (norte de Cisjordania), cuyo rabino principal, Yitzak Shapira, enseña que el asesinato de goyim (no judíos) es moral y legítimo.

En su libro “La Torá del Rey: Leyes de vida y muerte entre Israel y las naciones”, publicado en 2009 en coautoría con el rabino Yosef Elitzur, Shapira explica que el mandamiento de “no matarás” sólo es válido entre judíos, en tanto que los no judíos “por naturaleza carecen de compasión” y por lo tanto, es moral atacarlos a ellos y a sus niños, quienes, dice el teólogo, “crecerán para dañarnos”. En 2006, pidió que todos los palestinos mayores de 13 años fueran eliminados o expulsados de los territorios ocupados, y en 2008, expuso su propia versión de la doctrina de la “guerra preventiva”: “Que cada quien imagine lo que el enemigo está planeando hacer contra nosotros y lleve a cabo una represalia proporcionada”.

El martes 27, la prensa israelí anunció que el Shin Bet detectó que en la yeshiva se incita a los estudiantes a llevar a cabo ataques contra palestinos y pidió que se suspendiera el financiamiento público que recibe de los ministerios de Educación (1 millón 315 mil shekels, equivalentes a 355 mil dólares, en 2009) y de Asuntos Sociales (863 mil shekels o 233 mil dólares, en ese mismo año). El servicio secreto presentó la solicitud a finales de agosto, pero según el diario Haaretz, después de varias reuniones con los funcionarios ministeriales, el Shin Bet no había recibido respuesta, mientras que la yeshiva preparaba ya una demanda judicial en caso de que dejara de recibir dinero del Estado.

Entre los colonos israelíes existe una diversidad de posturas ante el conflicto: algunos sectores proponen que, en caso de que sea creado un Estado palestino, se retorne a Israel, o que se permanezca ahí como israelíes que aceptan la autoridad de un gobierno palestino, o incluso que se adopte la nacionalidad palestina, como ya han hecho grupos de judíos en la ciudad de Nablus.

Son minoritarios, sin embargo, y una mayoría preferiría que Israel o bien se anexara los asentamientos o bien la totalidad de los territorios palestinos. Esta última es la postura de los extremistas, entre quienes es popular la llamada “política de la etiqueta de precio” (price tag policy).

POBLACIÓN VULNERABLE

Se trata de una campaña que lanzaron en abril de 2008, cuando el ejército desalojó a un grupo de israelíes radicales de una casa palestina que habían ocupado en la ciudad cisjordana de Hebrón. En principio, la idea era cobrarse los actos gubernamentales en contra de los asentamientos israelíes con represalias sobre personas y propiedades palestinas, aunque no tuvieran ninguna relación con el agravio recibido.

En enero de 2010, la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios -Territorios Palestinos Ocupados, estimó que 250 mil palestinos en 83 comunidades de Cisjordania tenían una vulnerabilidad “alta o moderada” a la violencia de los colonos israelíes. De esa cantidad, 75,900 estaban concentrados en 22 comunidades altamente vulnerables.

El órgano identificó intersecciones y tramos carreteros especialmente riesgosos, incluidos los caminos en los alrededores de la ciudad de Nablus que usan tanto palestinos como israelíes, así como las autovías de Wadi Kana, Qalqilia-Nablus, Gush Etzion, Bat Ayin y la de las colinas del sur de Hebrón.

Los asentamientos israelíes donde existe un riesgo especial de dar origen a agresiones, de acuerdo con la mencionada Oficina de la ONU, son: Yitzhar (el del rabino Shapira), Itamar, Havat Gilad, Kedumim, Ma’aleh Levona, Shilo, Adei Ad, Nokdim, Bat Ayin, Neguhot, Kiryat Arba, Beit Haggai, Karmel y Sussia.

Los acuerdos de Oslo dividieron Cisjordania en tres áreas: la A, un 19% del territorio, donde la Autoridad Nacional Palestina (embrión de un gobierno palestino) se encarga de la administración y la seguridad; la B (21%), donde los palestinos administran y los israelíes controlan; y la C (60%), bajo administración y control israelí. Es aquí donde los colonos han encontrado mayor libertad para construir asentamientos y donde la población palestina depende exclusivamente del ejército israelí para su protección, pues la policía palestina tiene prohibido ingresar.

Naciones Unidas, a través de ese órgano, señaló que “la principal preocupación es la frecuente omisión de las fuerzas de seguridad israelíes de intervenir y detener los ataques de los colonos, incluida la omisión de arrestar a colonos sospechosos en el lugar y momento. Entre las principales razones de estas omisiones está el mensaje ambiguo que han dado el gobierno de Israel y la cúpula del ejército a las fuerzas de seguridades en el campo, con respecto a su autoridad y responsabilidad de aplicar la ley sobre los colonos israelíes”.

Mezquitas, escuelas, cementerios, casas y coches palestinos han sido quemados o destruidos por colonos. El golpe más eficaz, sin embargo, es la destrucción sistemática de las plantaciones de árboles de olivo y almendra, algunos de 150 y más años, de los palestinos, la matanza de sus ovejas y el evenenamiento de sus pozos de agua: el daño económico los desincentiva a permanecer en el lugar y además se limpia territorio que eventualmente puede ser ocupado por los asentamientos.

PARA NO MORIR EN SILENCIO

Las poblaciones palestinas y las colonias israelíes se alternan en el norte de Cisjordania: en este territorio de cerros y hondonadas, las primeras se extienden en las partes bajas y las segundas, estratégicamente, en las cimas. La forma más fácil de reconocer si lo que se ve es un bloque de edificios israelí o palestino, tanto en las zonas rurales como en Jerusalén Este, es mirar las azoteas: si están llenas de negros tanques de agua, son árabes. La provisión del líquido entubado es constante para los israelíes e irregular para los palestinos, que por lo tanto deben almacenarlo.

Lo mismo ocurre con la agricultura: en los campos israelíes se advierten sistemas de riego que sus vecinos sólo pueden envidiar. El control del agua es clave para sobrevivir en el árido Levante.

En la aldea de Burin, cerca de Nablus, abundan los tanques de agua. Hay una pequeña estación de bomberos, desde la que, arriba y al frente, en la cumbre de una colina, se ve un extremo del asentamiento israelí de Yizhar, el del rabino Shapira. Está del otro lado de una carretera controlada por el ejército. Haitham Khatib, el documentalista, muestra en su cámara un video tomado semanas atrás, en ese mismo sitio, en el que colonos israelíes convierten los árboles de olivo en hogueras.

Extiende la mano para señalar el daño, aproximadamente a un kilómetro de distancia: “Tardaríamos cinco minutos en llegar con el carro y apagar el fuego”, asegura, “pero no podemos porque, para pasar la carretera, necesitamos pedirles permiso a las autoridades militares. Si no, se considerará justificado que los colonos disparen sobre nosotros”.

Khatib tiene un par de meses para terminar su segunda película, “Najah”, sobre la aldea en conflicto de Bil’in, pero no tiene tiempo desde que, el 18 de septiembre, se formó la patrulla civil “Negándonos a morir en silencio”: la policía palestina no puede defender a sus compatriotas y una respuesta violenta a las agresiones sería contraproducente, pero el objetivo de este grupo es documentar visualmente los ataques para demostrar qué es lo que ocurre. Tiene cuatro coches, que funcionan las 24 horas, para movilizarse rápidamente, aunque todavía le hace falta darse a conocer y conseguir que la gente llame cuando ocurre algo.

El viernes 23, Khatib y sus compañeros llegaron a la aldea de Qusra después de que un enfrentamiento–el último de una larga serie—se saldó con un muerto (Issam Kamel Abid Badran Odeh, padre de siete niños) a manos del ejército, y dos heridos, Fatih Faiz y Amar Masameer, de 15 años.

Harriet Sherwood, del diario británico The Guardian, estaba ahí cuando unos 15 colonos bajaron a campos palestinos con banderas israelíes, la gente de Qusra fue a detenerlos, el ejército llegó, “empezó a tirar gas lacrimógeno antes de que empezaran a lanzar piedras”, disparó contra los palestinos e hirió a Odeh en el cuello. “Los militares dijeron que había habido un ‘motín violento’”, explica la reportera, “en el que los palestinos aventaron piedras contra personal de seguridad que, durante el motín, utilizó medios de dispersión de motines y eventualmente, fuego real. Lo que yo atestigüé, sin embargo, fue que la dispersión del motín llegó antes del propio motín”.

Por su parte, Khatib sólo pudo documentar la muerte de un joven y el estado de los heridos. “La seguridad de esa gente está en manos de sus enemigos”, denuncia. “En el hospital de Nablus, Fatih me explicó que a él y a su amigo los capturaron los soldados después de haber herido a Issam. Cuando estaban vendados de los ojos y atados de manos, los colonos pidieron permiso de golpear a los detenidos. Lo consiguieron. Les dieron patadas y les lanzaron piedras. Uno levantó una roca y la azotó contra el rostro de Fatih. Le reventó la frente”.

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