Mahmoud Abbas, el líder que quiere llevar la “primavera árabe” a Palestina


Por Témoris Grecko / Ramala (publicado en el suplemento Enfoques, del diario La Nación, 2 de octubre de 2011)

Si Ramala (sede de la Autoridad Nacional Palestina, ANP) hubiera sido Roma, a Mahmoud Abbas, presidente de la ANP, lo habrían recibido a su retorno de Nueva York, el domingo 25, con un arco del triunfo, como a los césares y grandes generales cuando regresaban victoriosos tras largas campañas.

Abbas no tenía glorias qué mostrar. No había derrotado a nadie ni conseguido algo que pudiera ser concreto, tangible o, por lo menos, seguro de obtener en un futuro cercano. La multitud que se agolpaba en el complejo gubernamental de La Mukata, sin embargo, se encontraba extasiada por lo que su líder dijo en la ONU, por enunciar sus más sentidas demandas y por un “¡basta, basta, basta!” que representó el sentir de este pueblo harto de un proceso de paz que, a 20 años de iniciado, parece ahora más extraviado que nunca.

Y también porque, hasta hace sólo unas semanas, los palestinos se sentían no representados, sujetos a una administración corrompida y represiva que además de todo es ilegal, jefaturada por un hombre a quien consideraban sumiso ante los israelíes y los estadounidenses.

Y ese hombre era el mismo Mahmoud Abbas.

FANTASMAS DEL PASADO

Abbas les dijo que iniciaba una “primavera palestina”. En tiempos en que sus primos de los países vecinos enfrentan y derriban dictadores y sistemas opresivos en lo que se ha llamado “primavera árabe”, los palestinos sentían que se quedaban estancados en un conflicto interminable que empezó antes de que naciera la inmensa mayoría de ellos.

El presidente, deslegitimado y carente de credibilidad hasta hace unos cuantos días, ahora fortalecido y en el clímax de su popularidad, es uno de los que vivió antes de la “nakba”, una palabra que en árabe significa “catástrofe” y se refiere al periodo en el que 700 mil árabes fueron expulsados de sus hogares y tierras en 1948-49 para dar lugar a la creación del Estado de Israel.

Abbas nació en el seno de una familia musulmana acomodada el 26 de marzo de 1935, en el pueblo de Safat (el nombre hebreo actual es Safed), en Galilea, una región que entonces era parte del Mandato Británico de Palestina y ahora es el norte de Israel. Vivían en el techo de una tienda en el borde del mercado mayorista de la población, donde vendían sacos de semillas de girasol, conservas en lata y vegetales por libra. La fuente principal de ingresos de su padre, sin embargo, era la leche de las ovejas que tenían en la aldea de Zingariya (hoy Moshav Elifelet), del que se producía el famoso queso de Safed, solicitado lo mismo en la cercana ciudad de Haifa como en la lejana Jerusalén.

Era una época de tensiones interétnicas y los jóvenes de la mayoría árabe lanzaban piedras contra los judíos. Abbas era demasiado joven y no fue agresivo, según el testimonio que uno de sus contemporáneos judíos, Aryeh Bandareli, cuyo padre vendía al mayoreo el queso que hacían los Abbas, dio al periódico Haaretz.

En la noche del 7 al 8 de mayo de 1948, cuando Abbas acababa de cumplir 13 años, un ataque judío contra Safat provocó pánico en la población árabe. Bandareli vio las columnas de civiles escapar por una cañada desértica, como “una flecha de hormigas”.

No se conoce que Abbas haya escrito algo sobre las emociones que imprimió en él este evento, pero Bandareli recuerda que 12 años más tarde, un comerciante árabe de Haifa, amigo de la familia, llamó para transmitir los atentos saludos “del señor Mahmoud Abbas”. Tras otros veinticinco años, invitaría al propio Aryeh a visitarlo “a mi cargo” en Túnez o en Londres, pero Bandareli no encontró la oportunidad.

Abbas también mantuvo la amistad Menahem Margalit, una vecina judía de Safat siete años mayor que él, que lo alojó en su casa de Haifa cuando el palestino la visitó en 1999.

Los Abbas escaparon a Siria, donde el padre reconstruyó la fortuna familiar y Mahmoud pudo hacer los estudios secundarios y se graduó de abogado, en la Universidad de Damasco. Continuó más adelante con un posgrado en Egipto y culminó con un doctorado en la Universidad Patricio Lumumba, de Moscú.

En los 50 se mudó al pequeño emirato de Qatar, en el Golfo Pérsico, donde trabajó como director de personal del servicio civil y se casó con otra refugiada de Safat, Amina, con quien tuvo tres hijos, Mazén, Yasir y Tarqo. Fue ahí que Yasir Arafat lo invitó en 1961 a adherirse a su partido Fatah, creado dos años antes, y en 1965 formaron juntos la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), una federación de grupos nacionalistas e izquierdistas.

A partir de entonces y hasta la muerte de Arafat, Abbas fue su lugarteniente, una posición que se confirmó de manera no oficial cuando fue designado secretario general de Consejo Nacional Palestino, en 1996. Actuando en la clandestinidad bajo el seudónimo de Abu Mazén (que significa padre de Mazén, el mayor de sus hijos, que murió a los 42 años de un ataque al corazón en 2002), y por lo regular manteniendo un perfil discreto, Abbas creó una red de contactos con líderes políticos y jefes de inteligencia de varios países, lo que le permitió fungir eficazmente como diplomático en jefe de la OLP y recaudador financiero.

Esta cercanía con Arafat ha dado pie a que algunos israelíes denuncien su pasado “terrorista”. La tesis doctoral que escribió en Moscú en 1983 contribuye a generar animosidad en su contra: en “El otro lado: Las relaciones secretas entre el nazismo y los líderes del movimiento sionista”, escribió que “el número de víctimas judías en la guerra pudo haber sido seis millones, pero también pudo haber sido menor, tal vez ni siquiera un millón. El debate sobre el número de víctimas, sin embargo, no disminuye la atrocidad del crimen que fue perpetrado contra el pueblo judío”. Más importante es que Mohammed Daoud Oudeh, el cerebro de la operación en la que un comando palestino asesinó a once atletas israelíes, en las Olimpiadas de Múnich, en 1972, dijo que Abbas había provisto el financiamiento.

MODERADO ENTRE HALCONES

Los líderes palestinos e israelíes de la generación de Mahmoud Abbas (nació en 1935) tienen todos un pasado sangriento. Entre tantos ejemplos, dos recibieron el premio Nobel de la Paz: Arafat en 1994, a pesar de que llevó a cabo una infinidad de operaciones militares y terroristas, como la de Múnich; y el exprimer ministro de Israel, Menahem Begin, en 1978, quien en su carrera belicista puso una bomba en el hotel Rey David de Jerusalén y mató a 91 británicos en 1946.

Sobre Abbás, sin embargo, no pesan acusaciones directas sólidas. Aunque Mohammed Daoud Oudeh lo identificó como el financiador, también dijo que Abbas no tenía conocimiento de la operación contra los deportistas. Sobre las denuncias de que es un negador del holocausto, él replica que citó a un autor, Raul Hilberg, que daba cifras de víctimas menores que las oficialmente aceptadas, pero no cuestiona que el genocidio haya tenido lugar.

Sus actividades a lo largo de varias décadas le crearon un perfil de moderación. Aparentemente, sus relaciones con Arafat eran pragmáticas, no fraternas, y en varios momentos pasaron periodos de años sin hablarse. En los años 60 y 70, se distanció de las actividades terroristas de la OLP y prefirió permanecer en Siria cuando Arafat trasladó la sede de la organización a Líbano. Fue uno de los primeros dirigentes palestinos en promover el reconocimiento del Estado de Israel.

Su red de contactos incluía a izquierdistas y pacifistas israelíes, con quienes se empezó a reunir en 1983 y a tramar el proceso de paz que daría inicio en Madrid, en 1991 y se plasmaría en los acuerdos de Oslo, en 1993. Eso permitió la creación de la ANP como administradora de Gaza y de un 19% de Cisjordania, y que sería el embrión del Estado palestino que debería surgir al completarse las negociaciones de paz.

Sus contrapartes israelíes destacan las maneras corteses de Mahmoud Abbas, y mencionan que no es alguien que entre en confrontaciones y azote puertas. Su reacción típica ante peleas serias es retirarse honorablemente y distanciarse con tranquilidad. En 1994, cuando los israelíes Yitzhak Rabin y Shimon Peres, y el palestino Arafat recibieron el Premio Nobel de la Paz, Abbas se quejó ante el embajador noruego porque él no fue considerado: “Después de todo, yo soy la contraparte de Peres”, argumentó.

Uno de sus interlocutores (aunque no su amigo), a partir de 1993, fue Yossi Beilin, viceministro israelí de Exteriores, quien descubrió que Abbas pensaba que entendía muy bien cómo funcionaba la sociedad israelí e imaginaba que los mizrahim (judíos con origen en Medio Oriente) podrían convertirse en un puente para hacer la paz con los palestinos, estableciendo con ellos una alianza de los oprimidos contra la cúpula dominante ashkenazi (judíos con origen en Europa del Este). La derechización gradual de la sociedad israelí en su conjunto, sin embargo, lo ha hecho abandonar esta idea.

En 1995, Abbas y Beilin llevaron a cabo una iniciativa propia, independiente de sus respectivos jefes, y presentaron un plan para un arreglo definitivo de paz que preveía el establecimiento de un Estado palestino en casi la totalidad de Cisjordania y Gaza, con acuerdos especiales para compartir Jerusalén. El proyecto, conocido como el “plan Beilin-Abu Mazén”, fue por algunos años algo así como un borrador para los esfuerzos de conciliación.

SUSCESOR DE ARAFAT

Pragmático y conciliador, Abbas se ganó el reconocimiento de estadounidenses e israelíes, que forzaron su ascenso a primer ministro de la ANP, el 19 de marzo de 2003, para que fungiera como contrapeso para el entonces presidente Arafat, con quien se negaban a tratar. Los dos dirigentes iniciaron entonces una intensa pugna por el poder, que condujo a que Abbas renunciara al puesto tras menos de medio año de ocuparlo, el 6 de septiembre. Los palestinos se encontraban en plena segunda intifada (insurrección), que había empezado en 2000 y a cuya violencia se había opuesto públicamente Abbas.

No le quedaba mucho tiempo de vida a Arafat, sin embargo. Cayó en coma en octubre de 2004 y falleció el 11 de noviembre, en circunstancias confusas que dieron lugar a muchas especulaciones: desde que padecía sida hasta que se trató de un asesinato, probablemente llevado a cabo por el Mossad, el servicio secreto israelí. Esta versión fue reforzada el 17 de enero de 2011, cuando el servicio en inglés de Radio Israel difudió declaraciones de un antiguo oficial palestino de inteligencia, Fahmi Shabana, quien participó en la investigación sobre la muerte del líder en 2004 y afirmó que había sido envenenado con polonio.

Shabana llamó a las autoridades palestinas a reabrir el caso, pero no tuvo respuesta.

Dos semanas después de la muerte de Arafat, el partido Fatah declaró a Abbas candidato para la elección presidencial que tuvo lugar el 9 de enero de 2005. En diciembre, durante su campaña (que tuvo el 94% de la cobertura en televisión, contra un 6% conjunto para los demás aspirantes) el líder pidió el fin de la intifada porque “el uso de las armas ha causado mucho daño y debería terminar”. Ganó con el 62% de la votación.

Para perder casi de inmediato: en enero de 2006, los comicios legislativos le dieron la victoria a Hamas, una organización islamista vinculada a Siria e Irán, y que pide la destrucción del Estado de Israel. Abbas le exigió el reconocimiento de Israel y tuvo relaciones muy conflictivas con ese partido hasta que destituyó al primer ministro Ismail Haniyeh, elegido por Hamas, y lo reemplazo con Salam Fayyad, un economista de la Universidad de Texas en Austin. Los islamistas respondieron con ataques que expulsar a Fatah de Gaza y crearon allí una administración paralela y autoritaria, bajo el mando de Haniyeh.

ARRIBO A LA POPULARIDAD

Mahmoud Abbas llegó a 2011 con una reputación erosionada. Su primer ministro Fayyad dedicó su tiempo con éxito a “construir instituciones”, pero lo que los palestinos veían era a un presidente incapaz de imponerse sobre Hamas, que utilizaba a la policía palestina para reprimir a opositores propios y de Israel, y que inclinaba la cabeza ante Washington y Tel Aviv sin poder conseguir nada a cambio.

Pidió confiar en Barack Obama, pero los esfuerzos del mandatario estadounidense por conseguir que Israel dejara de construir asentamientos ilegales en los territorios que, para alcanzar la paz que todos dicen desear, deberá devolver, fueron respondidos con arrogancia.

Lo peor es que se trata de un presidente ilegal. El hecho de que anuncie una “primavera palestina” puede ser un boomerang, porque los árabes se han alzado contra gobernantes sin legitimidad, y él lo es: su mandato terminó en enero de 2009 y él ha insistido en seguir al frente sin nuevas elecciones, con respaldo de Estados Unidos e Israel, por el peligro de que Hamas las gane y termine mandando también en Cisjordania.

Su jugada en la ONU, al reclamar el ingreso de su país y, por consecuencia, el reconocimiento de un Estado palestino, parece haber cambiado su suerte. “Nunca había recibido tanta presión como ahora”, dijo en referencia a los esfuerzos y las amenazas de estadounidenses, israelíes y europeos. Mientras más exigencias le hacían, y él más las resistía, su imagen estaba creciendo frente a su pueblo.

Hoy, sus opositores siguen allí. En Gaza, Hamas rompió televisores y arrestó a dueños de cafés donde se veía el discurso del viernes 23 en la ONU. En Ramala, jóvenes educados en el extranjero señalan las inconsistencias entre sus dichos de hoy y sus acciones pasadas.

Abbas se dirige a la mayoría menos politizada, no obstante. “A mí no me importaba la política”, dice Ahmad, un camarero de 18 años, “pero Abu Mazén les dijo a los líderes mundiales lo que nadie había dicho en nombre de los palestinos, me hizo sentir orgulloso”.

“Fui a las Naciones Unidas, portando sus esperanzas y sus aspiraciones, su sufrimiento y su visión del futuro, y su necesidad de un Estado palestino”, declaró Abbas en La Mukata, el domingo de su retorno. “La primavera palestina está aquí, una primavera de lucha pacífica que alcanzará sus objetivos. No hay duda de que somos fuertes y firmes,  ¡mantengan la frente en alto, palestinos!”

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