El gambito turco


Por Témoris Grecko / Ramala (publicado en Proceso, 25/sep/2011)

Un Israel que cada día se aísla más, un Egipto cerca del caos, potencias occidentales nerviosas ante el debilitamiento de su influencia y, elevándose entre tantos hundimientos, una Turquía que ha decidido reaccionar a estos cambios con un golpe de timón en su política exterior, y ha dejado atrás su doctrina de “cero problemas” con los vecinos para asumirse como el nuevo poder regional.

“Nadie podía haber previsto este escenario a principios de año, cuando el alzamiento popular en Túnez todavía parecía un evento aislado y la configuración política del Mediterráneo Oriental era la misma que había sido diseñada en los acuerdos de Campo David” (que firmaron Israel y Egipto a instancias del entonces presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter: una alianza aceitada por 4 mil millones de dólares anuales en ayuda militar al primero y 2 mil millones al segundo, que complementaba la estrategia de seguridad israelí que ya contaba con la sólida amistad de una Turquía dócil), explica Burak Medeniyeti, politólogo de la Universidad del Bósforo.

La llegada al poder del Partido de la Justicia y el Desarrollo, del primer ministro Recep Tayyip Erdoğan, en 2002, fue el inicio de un proceso que terminaría por desmantelar el sistema de gobierno turco, en el que los militares tutelaban la democracia y daban golpes de Estado para reafirmar su posición. Erdoğan proclamó su triunfo sobre sus generales en julio, cuando la cúpula de las Fuerzas Armadas renunció.

El mandatario turco y sus correligionarios representan una combinación ideológica familiar en México: vocación religiosa con prioridades empresariales. En su esfuerzo por reformar su país, han mantenido algunas reivindicaciones de los musulmanes sin poner en peligro el laicismo del Estado y anteponiendo los intereses comerciales y de desarrollo económico. Desde que tomaron el poder (han ganado tres elecciones consecutivas, la última con el 50% de los votos sobre una participación del 80% de los electores), el PIB se ha multiplicado por tres y las exportaciones del país crecieron de 36 mil millones de dólares anuales a 114 mil millones.

CAMBIO DE POLÍTICA EXTERIOR

Ahmet Davotoğlu, embajador y asesor del primer ministro desde 2003, y nombrado en 2009 ministro de Asuntos Exteriores, fue el arquitecto de la política de “cero problemas”: Turquía debería ser un vecino cooperativo para sus vecinos. “He dicho que Turquía como Estado-nación es igual a cualquier Estado-nación de nuestra región, así sea pequeño en población o en área”, afirmó Davotoğlu al diario turco Sabah, apenas el 14 de diciembre de 2010. “No tenemos hegemonía sobre nadie”

Ahora ha compartido con Erdoğan la tarea de marcar la nueva actitud de Turquía. En una larga entrevista concedida a The New York Times, Davotoğlu anunció la intención de construir un eje Turquía-Egipto que, en momentos en que la influencia de Estados Unidos y sus socios europeos se debilita, contribuya a reconstruir los equilibrios de poder en la región.

“Este no será un eje de poder contra algún otro país, ni Israel, ni Irán ni nadie más”, le dijo al diario neoyorquino. “Será un eje de democracia de las dos naciones más grandes de la región, del norte al sur, del Mar Negro hasta el Valle del Nilo en Sudán”.

En años recientes, Turquía había dado muestras tímidas de querer desarrollar una política exterior propia, un poco desmarcada de la de Estados Unidos: realizó gestos de acercamiento a Irán y endureció un poco su disucurso hacia Israel.

La cadena de acontecimientos que propició lo que eventualmente se convertiría en un cambio de rumbo bastante más pronunciado, sin embargo, inició con el asalto militar israelí del 31 de mayo de 2010 a la “Flotilla de la Libertad”, que se proponía romper el bloqueo a Gaza, y que se saldó con la muerte a balazos de ocho civiles turcos y de un turco-estadounidense, sobre un buque de bandera turca, en aguas internacionales. Erdoğan exigió que Israel presentara disculpas y se hiciera cargo de indemnizar a los familiares, pero encontró una gélida negativa de parte del primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu.

Los turcos tardaron en definir una postura con respecto a las insurreciones en varios países árabes, que empezaron en Túnez en diciembre de 2010. Sólo fue en mayo cuando brindó su apoyo a los rebeldes libios y contribuyó enviando barcos para rescatar a personas heridas en la ciudad asediada de Misrata, y esperó hasta agosto para reclamar la salida del poder del sirio Bachir al Assad (el miércoles 21, anunció sanciones económicas contra Siria).

Históricamente, árabes y turcos se han mostrado desconfianza. Desde el siglo XIII y hasta 1918, el Imperio Otomano (del que la Turquía republicana es heredera) gobernó con mano dura sobre pueblos árabes de Irak a Libia. Denunciar el “imperialismo” de los turcos (Davotoğlu ha sido acusado de ser “neo-otomanista”) es lugar común entre los políticos de la región. Esto no impidió que Erdoğan decidiera convertir a su país, y a sí mismo, en campeón de los árabes.

QUEREMOS A EGIPTO

Aunque en los hechos, su país ha hecho menos que otros para ayudar a los distintos pueblos insurrectos, del 12 al 16 de septiembre realizó una gira en la que multitudes lo aclamaron en Egipto (Erdoğan fue descrito en un popular programa de TV como “un hombre que es admirado no sólo por un amplio sector en Turquía, sino también por un amplio sector de los árabes y los musulmanes”), Túnez y Libia. Programada para la tarde del día 15, debía hacer de Erdoğan el primer gobernante extranjero en visitar este último país, tras la caída de Muamar Gadafi. No lo quisieron permitir los mandatarios de Francia y Gran Bretaña, Nicolas Sarkozy y David Cameron, que asumieron la iniciativa y el peso de la intervención internacional que facilitó el derrocamiento del libio. A toda prisa, improvisaron una visita a Trípoli, en la mañana del día 15.

“Hay un aspecto en el que no lo pueden adelantar”, anota Medeniyeti, “y que le ha ganado una enorme popularidad entre los árabes comunes: la retórica pro-palestina y anti-israelí”. Los desaires de Netanyahu (más los resbalones del ministro de exteriores israelí, Avigdor Lieberman, quien propuso a su gobierno brindarles apoyos a los guerrilleros kurdos que combaten contra Turquía) y la negativa del gobierno israelí a hacer concesiones que permitan el diálogo con los palestinos, le ha dado pie a Erdoğan para referirse en duros términos a Israel y sus aliados (“el niño mimado de Occidente”, lo llamó), así como para imponer una serie de medidas (retiro de su embajador en Tel Aviv, suspensión de la colaboración militar y del comercio en el mismo rubro, retribución del maltrato a turcos en aeropuertos israelíes) y realizar amenazas: desde un patrullaje más frecuente en el Mediterráneo Oriental hasta la protección naval a futuras flotillas.

En caso de una confrontación armada, Washington tendería a alinearse con Israel, pero a costa de destruir la OTAN, a la que pertenece Turquía y que obliga a la defensa de sus miembros.

“Erdoğan y Davotoğlu apuestan a fortalecerse aliándose con Egipto”, sostiene Medeniyeti. Su oportunidad descansa en que este país está en juego: la junta militar que lo gobierna preferiría mantener la asociación con E.U. e Israel, pero enfrenta una enorme presión popular en sentido contrario y los turcos están tratando de aprovecharla para influir a su favor. “Algunos pueden pensar que Egipto y Turquía son competidores”, dijo Davotoğlu en la entrevista. “No. Ésta es nuestra decisión extratégica. Queremos un Egipto fuerte ahora”.

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