Siria. El régimen pierde aliados


Por Témoris Grecko. Publicado en Proceso, 21 de agosto de 2011.

 

El aislamiento del régimen sirio se está profundizando, a pesar de sus intentos de convencer al mundo exterior de que conserva el apoyo de la población y de que sus operaciones represivas son puntuales, dirigidas exclusivamente a lo que denomina “grupos armados terroristas”.

 

Según las estimaciones que maneja la prensa internacional, el número de víctimas fatales de este conflicto desde que inició el 15 de marzo oscila entre 1800 y 2000, y se incrementó en la última semana con las ofensivas militares contra diversas ciudades rebeldes, incluidas las mayores del país, Aleppo, Hama, Homs, Deir es-Zor y Latakia, así como barrios de la capital, Damasco.

 

El saldo para el presidente Bachar al Assad y su hermano Maher, quien se encuentra a cargo de la campaña bélica gubernamental, se incrementa por enfrentamientos recientes con antiguos aliados, como Turquía; con rivales como Arabia Saudí, e incluso con dependientes como la milicia chiíta libanesa Hezbolá y el partido islamista palestino Hamás. Algunos observadores señalan que los Assad ni siquiera pueden dar por garantizado el apoyo del líder supremo de Irán, el ayatolá Jameneí.

 

Jaitam Malej, un veterano disidente sirio, dijo a Proceso desde Londres que el régimen podría caer “en semanas” y adelantó posibles escenarios de cómo esto se podría dar, desde uno “optimista” –una revuelta dentro del ejército— hasta el más pesimista, que prevé una guerra civil entre numerosas facciones.

 

REPRESIÓN SANGRIENTA

 

Hasta el fin de julio, de manera similar a como había ocurrido en otras insurrecciones árabes de los últimos meses, el momento clave para manifestarse cada semana era el viernes, día sagrado para los musulmanes, después de las oraciones de mediodía. Esto cambió el 1 de agosto, cuando comenzó el Ramadán, un mes durante el cual se ayuna durante el día y sólo se come al caer el sol: ésta es también la señal de salir a la calle a protestar.

 

La intensificación de las actividades de la disidencia vino acompañada de mayor represión, con la entrada a sangre y fuego a las ciudades de tropas del ejército sirio apoyadas por tanques y fuego de artillería pesada, y en el caso de la población costera de Latakia, por disparos de cañón realizados desde buques de la marina. Los soldados actúan en compañía de los shabiha, milicianos armados al estilo de los Basij iraníes.

 

El objetivo han sido zonas residenciales y comerciales donde actúa la oposición. Las denuncias de grupos como el Observatorio Sirio de derechos Humanos señalan que se realizan bombardeos indiscriminados, con fuego de francotiradores y allanamientos de hogares en busca de supuestos disidentes. “Lo que ocurre es gravísimo”, le dijo un vecino de Latakia a la cadena árabe Al Yazira, “en el momento en que ven que algo se mueve, le disparan”.

 

Para el miércoles 17, cuando el gobierno anunció la salida de sus tropas de Latakia y Deir es-Zor (la oposición afirma que los tanques se ubicaron en los afueras de esas ciudades y que siguen disparando), se estimó que en la primera habían matado a al menos 36 personas en cuatro días de ocupación. En declaraciones al diario The Guardian, un residente, que pudo escapar de Latakia con su familia y refugiarse en las montañas, dijo que “hay muchos francotiradores en las azoteas, por la mañana los tanques disparaban mucha gente murió, no los pudimos contar. Creemos que vana destruir el barrio, lo que pasó fue una masacre, una masacre”.

 

El caso de Latakia tiene connotaciones particulares porque ahí se encuentra Al Ramel, un campo de refugiados palestinos fundado por personas que fueron expulsadas en 1948 de territorios que ahora forman el Estado de Israel. El miércoles, se estimaba que la mitad de los habitantes del Al Ramel había tenido que huir. “Una población olvidada se ha convertido en una población desaparecida”, afirmó el martes el vocero de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina, Chris Gunness, “ya que no tenemos noticia del paradero de hasta 10 mil refugiados que escaparon de Latakia en los últimos días”.

 

Bachar al Assad heredó de su padre Hafez (quien ocupó la presidencia desde 1971 –cuando dio un golpe de Estado— hasta su muerte en 2000), no sólo el poder, sino una política exterior de rechazo a Israel y apoyo a la causa palestina. El ataque contra Al Ramel le atrajo fricciones con Hamás y graves críticas de la Organización para la Liberación de Palestina, cuyo secretario general, Yasser Abed Rabbo, se expresó el martes en términos muy duros: “El bombardeo proviene de lanchas artilladas y tanques y se realiza contra casas hechas de hojalata, contra gente que no tiene a dónde correr o refugio para esconderse. Es un crimen contra la humanidad”.

 

AISLAMIENTO INTERNACIONAL

 

La postura de las potencias occidentales frente a la sangrienta represión en Siria es delicada: ocupadas con tropas terrestres en Irak y Afganistán, y envueltas desde el 19 de marzo en una campaña de incursiones aéreas contra el libio Muamar Gadafi, no hay quien desee comprometerse en una ofensiva contra un ejército más poderoso que el del líder norafricano, en un país mucho más poblado y topográficamente complejo que Libia.

 

Rusia y China, además, han hecho patente en el Consejo de Seguridad de la ONU su rechazo frontal a asumir resoluciones como la que permitió atacar a Gadafi. Y Estados Unidos quiere evitar darles fundamento a las acusaciones del régimen sirio, en el sentido de que es la verdadera fuente de la agitación opositora.

 

Por eso el lunes 15, tras considerar que la actuación siria es “aborrecible y repulsiva”, la secretaria de Estado de Washington, Hillary Clinton, pidió a otras naciones imponerle a Siria sanciones económicas y diplomáticas similares a las que Estados Unidos ha establecido, dejar de comprarle gas y petróleo, así como de venderle armas.

 

EU prefiere permitir que los actores regionales tomen el liderazgo de la ofensiva diplomática contra los Assad. Y es así que el de la OLP es el último de una serie de gestos de rechazo a la represión efectuados por actores internacionales en los primeros días de agosto, que marcan el creciente aislamiento del régimen de los Assad.

 

Primero alzó la voz Arabia Saudí, una monarquía que no sólo combatió a sus propios disidentes, sino que intervino militarmente en el pequeño Bahrein para aplastar la rebelión de la mayoría chiíta contra sus emires sunitas, y que además expresó su apoyo al hoy derrocado presidente egipcio Hosni Mubarak y le brindó refugio al de Túnez, Zine el Abidine ben Ali.

 

El 7 de agosto, el conservador rey saudí Abdullah demandó “reformas veloces y amplias” que “no sean sólo promesas”, ya que Siria no tiene más que dos opciones: “O escoge la sabiduría o se desploma a las profundidades del caos y la pérdida”. De inmediato, Arabia Saudí, Kuwait y Bahrein retiraron a sus embajadores en Damasco, siguiendo los pasos que ya había dado Qatar en julio.

 

Dos días más tarde, vino el turno de Turquía, una potencia regional emergente que sostiene una política de “cero problemas” con sus vecinos, y que comparte con Siria una delicada frontera. Rompiendo con el principio de no intervención que él mismo ha implementado, el ministro turco de Exteriores, Ajmet Davotoglu, visitó Damasco para decirle a Bachar al Assad que a su país se le había acabado la paciencia y pedirle que haga retornar a los soldados a sus cuarteles.

 

Incluso Hasán Nasrallah, el líder de Hezbolá –considerado dependiente de Irán y de Siria–, le ha pedido a Al Assad que atienda las demandas de la población, según reveló Masoud Adrisi, exembajador iraní en Líbano.

 

El papel de Irán parece fundamental en esta crisis. Hasta el momento, el ayatolá Alí Jameneí, líder supremo (jefe de Estado) de ese país, ha brindado apoyo a Damasco. Los observadores han detectado, sin embargo, signos de que no se trata de un compromiso total. Mencionan, por ejemplo, que los medios iraníes que al principio sólo hablaban de los manfiestantes para asegurar que eran manipulados por las potencias occidentales, ahora reportan que las fuerzas de seguridad sirias han estado disparando contra la multitud y citan a defensores de derechos humanos que denuncian ataques contra civiles desarmados.

 

Unod es estos observadores es el analista internacional iraní-israelí Meir Javedanfar, quien en un artículo de opinión publicado el 13 de agosto en internet, advirtió que, aunque Jameneí es un amigo del presidente sirio, “él no se va a hundir con el barco de Assad. En el momento en que el líder iraní se dé cuenta de que Assad no tiene salvación, lo va a abandonar”. Esto se debe, continúa el autor, “a que es cierto que el régimen iraní es extremista: es extremista de su propio bienestar. Para Jameneí, no hay nada más sagrado que esto. Está dispuesto a sacrificar cualquier cosa que signifique un riesgo para él, incluido al propio Bachar al Assad”.

 

ESCENARIOS

 

Aunque es difícil anticipar cómo y cuándo caerá el régimen sirio, o si lo va a hacer, hay quienes lo consideran probable, como Jaitam Malej, un prominente defensor de los derechos humanos de 80 años de edad, que ha sido encarcelado varias veces por las autoridades sirias (la última ocasión en 2009 y fue liberado el 8 de marzo de 2011), y que se encuentra actualmente de visita en Londres.

 

Los problemas económicos, el agotamiento de las fuerzas de seguridad y la determinación de los manifestantes son, según él, los factores que llevarán a la caída del régimen. Ante ella, Malej prevé tres posibles escenarios:

 

Una revuelta del sector “normal” del ejército, es decir, el que tiene un carácter institucional y no está destinado, como el “otro” sector, a servir de guardia pretoriana de los Assad. Malej cree que hay altos oficiales del sector “normal” que desearían acabar con el baño de sangre y buscar la salida del presidente y su familia.

 

Una segunda opción es que la presión internacional consiga que Assad ceda el poder al vicepresidente Farouk al Sharaa, quien se encargaría de formar un nuevo consejo de gobierno que integre a la oposición.

 

La última “es muy peligrosa”, advierte Malej, pues “hay muchas armas en Siria y si la situación sigue degradándose, la gente se va a enfrentar y tendremos una guerra civil. No la necesitamos”.

 

 

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