Tras las huellas de Al Qaeda. Parte 2 de 3: Los predicadores del desierto


TRAS LAS HUELLAS DE AL QAEDA

PARTE DOS: LOS PREDICADORES DEL DESIERTO

Al continuar su búsqueda de los seguidores de Al Qaeda por un inhóspito rincón de África, militantes islamistas encuentran a nuestro colaborador en la segunda de tres partes de esta aventura.

(Éste es el texto de la versión completa. Aquí puedes encontrar el pdf de la que fue publicada, con mis fotos.)

Ve a la parte 1 de 3

Ve a la parte 3 de 3

Texto y fotos de Témoris Grecko

Publicado en Esquire Latinoamérica – Julio 2011

La malaria me tuvo sujeto durante cinco o seis días. Una y otra vez, cuando pasaba la fiebre caliente, el sudor se enfriaba en la cama y agravaba los temblores de las fiebres heladas. La doctora de la misión médica cubana me recomendó descansar tres semanas, al menos hasta tener fuerza para subir un piso sin sufrir mareos. Me advirtió que, aunque había resistido bien, no debía poner a prueba mi buena suerte. El caso de una amiga española que se contagió al mismo tiempo que yo, con las nubes de mosquitos del río Níger, cayó en coma, casi pierde la vida y pasó un mes en un hospital de Barcelona, reforzaba su argumento, como la cifra de 780 mil personas que mueren de malaria cada año, algo así como dos y medio tsunamis de Indonesia.

Cuando me empecé a sentir mejor, no obstante, me invadieron el deseo y la ansiedad, me llené de euforia y decidí marcharme de Mopti para proseguir la búsqueda.

Sidiki meneaba la cabeza. Decía que mi demostración de que podía cargar mis dos mochilas no era señal de buena salud, sino de estupidez. Insistió en llevarme en su pequeña moto china a tomar el autobús en el vecino pueblo de Sevaré, para salir rumbo a Gao, la última ciudad de Malí en el este. “Gao no es sitio para blancos ni americanos en estos días”. “Soy moreno mexicano, mon frére”. “Lo que tú quieras. Pero no les digas que México es socio de América y menos que está en América”.

Los ayudantes arrojaron mi mochila grande al techo del autobús y partimos. Horas después, en el horizonte del seco paisaje saheliano se levantaron inmensos monolitos, que las guías de viaje comparan con Ulurú, la inmensa roca de Ayers en el centro de Australia. Estaba sentado detrás del conductor cuando sobre el tablero, a sus lados izquierdo y derecho, vi el rostro de Osama bin Laden: tenía pegatinas del jefe terrorista. ¡Oh! ¿Me encontraba entre miembros de Al Qaeda?

Empecé a preocuparme y a sentirme como en mis días de fiebres. Sospechaba que el chofer y sus tres compañeros me miraban de reojo, se decían cosas en secreto, conspiraban. Mi equipaje estaba atado arriba, fuera de mi alcance, ¡tendría que escapar sin él! Las necesidad de que los pasajeros descendieran a hacer sus rezos vespertinos, inclinándose en dirección a La Meca, forzó que hiciéramos una parada. Me pareció que los dos hombres que ocupaban los asientos detrás del mío, tuaregs en túnicas azules, se arrodillaban sobre su alfombrilla con devoción especialmente intensa, ¡evidentemente me habían rodeado!

La pausa de la oración me sirvió para estudiar el tablero. No podía haber sospechado lo que encontraría. En simetría con el par de imágenes de Bin Laden, había dos de vaqueritas rubias en bikini. También, otras de la cantante Madonna y, rompiendo el balance geométrico, una de Barack Obama sobre una bandera estadounidense y una de Bob Marley. Al regresar el conductor, me di cuenta de que en su camiseta lucía el retrato híper-reproducido del Che Guevara.

“¿Por qué Bin Laden?”, le pregunté. “¡Porque es un gran revolucionario!” “¿Y Obama?” “¡Él también es un gran revolucionario!” Era razonable suponer que insistir con el Che y Marley no produciría respuestas muy diferentes.

EN LA CALLE CON EL NIGERIANO

En Gao esperaba hacer un pequeño desvío al norte, al pueblo de Kidal, centro de la última rebelión tuareg y cercano a la zona donde se sospecha que se esconden los grupos de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), la franquicia de Bin Laden en África Occidental. Quería acercarme también al sitio donde un avión Boeing 727 de narcotraficantes latinoamericanos había sido abandonado entre las dunas, en 2009. Ya se sabía que los cárteles aprovechaban la cercanía de Sudamérica con África, la falta de radares y patrullajes en el Atlántico, y las vastas soledades del Sahara para transportar cocaína en avionetas, pero las dimensiones de esa aeronave sugieren operaciones mayores.

No hice progreso alguno allí, sin embargo. La policía detuvo el autobús antes de entrar a Gao y, tras incautar mi pasaporte, me prohibió expresamente viajar a Kidal. Me habían dado algunos contactos de personas que podrían llevarme clandestinamente, pero al dirigirme a ellos dijeron que era excesivamente peligroso: no sólo habría que evitar a los bandidos, a los terroristas y a los contrabandistas de drogas, también a los soldados, y yo ni siquiera tenía documentación.

Sólo uno aceptó: dijo que cobraría 500 dólares, pero una hora más tarde elevó el precio a 3 mil, debido a riesgos que no había tomado en cuenta. “Son sólo ocho horas en todoterreno”, reclamé, “¿es que no ves que no me envía la CNN? Sólo soy un reportero independiente”. “Al final, los periodistas siempre pagan”, cortó.

La ciudad me pareció hostil. Shaka Olumese, un nigeriano carismático que es una apreciada figura pública en Gao y posee el alojamiento donde dormí, me explicó que años atrás recibía a muchos huéspedes occidentales, pero el impacto de los ataques de AQMI mató el negocio. “Quisiera montar un hostal en Lagos (Nigeria)”, soñaba, “ahí sí que hay dinero”.

Le expliqué que en las calles de Gao había recibido algunos insultos y que dos tipos en una moto habían jugado conmigo, simulando que intentaban secuestrarme. Otro hombre se había acercado a gritarme que Francia era una porquería y, cuando le dije que no era francés, sino de México, bramó: “¿Eso está en América?, entonces América es una porquería”. “Ser antiestadounidense o antifrancés no es simpatizar con Al Qaeda”, explicó Olumese. “(Esa actitud) es por las intromisiones extranjeras en el Sahara e Irak. Pero aquí todos odiamos a Al Qaeda. Estamos en un rincón alejado del mundo, la economía decae sin turismo occidental. Cuando la pobreza se agudiza, crece el rencor. Este lugar es peligroso para ti, pero no por AQMI, no vas a encontrar a ninguno de ellos”.

“Si quiero arriesgar la cabeza, tengo que ir a Níger”, bromeé, pensando en quienes semanas antes me habían recordado las prácticas poco amables de los secuestradores. Él lo tomó en serio. “Sí. A Níger”.

Sólo me devolvieron el pasaporte cuando comprobaron que estaba por salir hacia el país vecino. “Bon voyage!”, deseó un policía malencarado.

EN AYOROU CON EL YIJADISTA

En los dos puestos de frontera, el de Malí y el de Níger, los guardias se enredaron con mi nombre y optaron por llamarme “¡mexicano!”, en voz alta. Me parecía una ventaja que los demás pasajeros del autobús tuvieran claro que yo, único occidental a la mano, no tenía alguna de las nacionalidades que menos apreciaban.

A lo largo del viaje, que en total duró unas 12 horas, varias amables personas se habían acercado a mí para curiosear sobre mi país. Me equivoqué al pensar que Ibrahim tenía el mismo interés. Habíamos parado para someternos a la revisión de aduanas en Ayorou, el primer pueblo de cierta relevancia en Níger, compuesto de casas y de muros bajos de ladrillos de adobe, y chozas tradicionales de hojas y ramas, en medio del desierto. Los funcionarios apenas se habían molestado en mirar el contenido de mi mochila y se concentraban en examinar los sacos de granos y los nudos de pobres gallinas sofocadas que viajaban en el techo del vehículo.

De unos 50 años de edad, Ibrahim llevaba un turbante blanco, una chilaba (camisón que llega hasta los tobillos) de color gris verdoso y sandalias negras de plástico. Su rostro, de un tono oscuro profundo, era delgado y se alargaba con un mentón estirado, sobre el que brotaba una modesta barbilla caprina, de pelos entrecanos. Había empezado con la misma frase que los demás: “Entonces, tú eres mexicano”. No me preguntó, como los otros, por mi salud, por mi familia ni por mis cabras, como es la costumbre. Fue directamente a lo suyo, apuntando con el dedo a las cosas que mencionaba: “Dios creó el cielo. Y Dios creó la tierra. Dios creó el fierro”. Señaló el autobús. “Nosotros somos la creación de Dios. Y estamos en el mundo para someternos a su voluntad”.

A mí no me tocaba hacer nada más que escucharlo con atención. Él tomó eso como una muestra de receptividad. “Yo te reconozco”, continuó. “Tú eres cristiano. Pero has venido a África a buscar a Dios. Él te ha traído aquí. ¿Y es que no ha sido él quien nos ha puesto en tu camino?” Cuatro compañeros suyos nos rodeaban, todos negros maduros con aspecto religioso: barbas tupidas, vestimentas tradicionales, turbantes o pequeños gorros blancos ajustados al cráneo.

“Debes convertirte al Islam. Es bueno para ti”. Tras unas pocas palabras, este hombre ya se sentía en posición de pedirme que le diera un giro de 180 grados a mi vida. ¡Qué fácil! Por lo menos, yo quería saber por qué. “Porque es la fe que te llevará al paraíso. En el paraíso, Dios te dará todo. Allá no hay enfermedad. No hay cansancio. No hay tristeza. Vivirás cerca de Él y serás feliz adorándolo”.

Las religiones son así. Una ideología laica tiene que honrar sus compromisos en esta tierra. Si no lo hace, pierde su valor y la gente la abandona. Las ideologías místicas, en cambio, pueden hacer cualquier promesa, incluso la más grande imaginable, vida eterna en total felicidad, sin que haga falta cumplir nada en este mundo. Con toda naturalidad, lo dejan para la otra vida. Y nadie ha vuelto de allá para desmentirlas.

Le pregunté qué me daría la religión ahora, antes del paraíso. “Fe. Certidumbre. Tranquilidad”, respondió. “Sabrás que Él existe y que Él es el origen de todo. El dinero no te da tranquilidad. Ni mil camellos te darán tranquilidad. Dice El Corán: ‘En verdad, sólo en la remembranza de Dios pueden encontrar descanso los corazones’”.

Sin transición, Ibrahim empezó a recitar en árabe. “La ilaha illa Allah, Muhammadur rasul Allah”. Es la shahada, uno de los cinco pilares del Islam, y significa: “No hay otro Dios más que Alá y Mahoma es su profeta”. No era la primera vez que me trataban de convertir. Yo conocía la frase y lo sorprendí repitiéndola. Él lo atribuyó a mi deseo de adoptar su fe, un poderoso sentimiento indudablemente imbuido por dios, y mostrándose muy complacido, se esmeró en perfeccionar mi pronunciación. Sus compañeros aprobaban con sonidos amistosos.

Entonces hizo ademán de darme un ejemplar de El Corán. Mi reacción automática fue acercar una mano, pero él retiró el libro como si fuera un caramelo y yo, un niño ansioso. Sus amigos murmuraban: “¡No, no!” “Sin tocar”, advirtió mi interlocutor, sonriendo, “aquí está la palabra de Dios, sólo lo puede tocar el creyente”. ¿Cómo puedo convertirme si no me dejan leer para aprender? “Primero te conviertes. Después lees”.

La contradicción no era aparente para Ibrahim, quien celebró que los europeos estaban adoptando la fe, gracias a la acción divina. “Hace 30 años, en París había tan solo una mezquita. ¡Ahora hay mil! Muchos occidentales han abierto los ojos y son ahora nuestros hermanos. ¿O no es sólo Dios quien puede abrirnos el paraíso?”

Le dije que también en Barcelona y otras ciudades cercanas, como Reus, se estaban multiplicando los templos musulmanes. “¿En verdad? ¿Y enseñan el Islam de la manera correcta?” No mentí al decir que varias de ellas eran salafistas. Es decir, predican la misma doctrina de Al Qaeda en el Magreb Islámico. “Eso es muy importante. Muy importante. Nada puede interponerse ante los designios del Creador”.

Ibrahim preguntó a qué países había viajado. Mencioné varios, sólo estados donde predomina la secta musulmana suní, en la que se inscribe el salafismo. “¿Y Pakistán?”, quiso saber, “¿no has ido a Pakistán?” El hecho de que insistiera en esa nación, donde Al Qaeda entrenaba a sus yijadistas (combatientes de la Yijad o guerra santa), me pareció una confesión de militancia. Pero debía confirmarlo. Respondí que no había ido a Pakistán, pero el nombre me gustaba. “Dime el nombre de una mezquita salafista en Barcelona”, demandó. En 2010, yo había hecho un reportaje en una del barrio del Raval, que lleva el nombre del general musulmán que conquistó España en el siglo VIII: “Tariq bin Ziyad”. “¡Un héroe! Ve a hablar con el imán. Sométete a Dios, aprende. Y lograrás que te inviten a Pakistán. Podrás luchar por Dios, ¡inshallah! (dios lo quiera)”

YIJADISTAS DE LA PALABRA

Me pareció que, en mi afán de obtener respuestas, yo estaba cometiendo algunos pequeños tropiezos, palabras mal medidas que podrían haberle hecho pensar que mi interés no era religioso, sino periodístico o de espionaje. Sin embargo, su convencimiento de que era dios quien nos había reunido para traer la luz a mis ojos, y su buena voluntad de maestro, me ayudaban a hacer pasar los errores como deficiencias de mi mal francés que él corregía con gusto.

Tenía que lanzarme, sin embargo: “¿Ustedes están luchando por dios?” Logré mantener un tono de ingenuidad a pesar de que sentía escalofríos. No detecté sorpresa ni contrariedad en su actitud, sin embargo. “Somos yijadistas de la palabra. Somos predicadores y venimos a Níger por un mes, porque en estos países se canta y se baila, y muchas mujeres carecen de respeto por sí mismas, y los hombres que no conocen el recto camino no pueden imponer su guía. Dios sabe que tampoco en el sitio de donde venimos se practica el verdadero Islam, la gente es ignorante y vive en pecado. Somos muy pocos los que conocemos la palabra de Dios y hace falta mucho esfuerzo para corregir las desviaciones. En Niamey (la capital) nos dirán a qué lugares del país tenemos que dirigirnos”.

“Yijadistas… ¿cómo los de Al Qaeda en el Magreb Islámico?”, insistí, sospechando que ahora sí me había metido en problemas. “Nuestros hermanos son de otra parte, son árabes del Mediterráneo. Nosotros somos malinkés, del sur de Malí, cerca de la frontera con Costa de Marfil. Ellos son yijadistas de las armas. Nosotros luchamos con la palabra. Pero Al Qaeda somos todos. Y nuestro guía es el emir”. Se refería a Bin Laden.

Recordó entonces que Al Qaeda se levanta para enfrentar los muchos agravios cometidos por los cristianos en su “cruzada para arrasar el Islam”: la destrucción de Al Andalus (Andalucía), la maldición que es Israel y la inmensa opresión contra los palestinos, la imposición de gobiernos pecaminosos en el Magreb, Irak, Afganistán… “Ellos (los occidentales) vienen a destruir la fe. Sus ejércitos nos matan. Sus misioneros tratan de engañar a buenos musulmanes. Sus hombres seducen a nuestras jóvenes para hacerlas pecar y separarlas de dios. La sharía (ley islámica) castiga eso con la muerte”.

La referencia a los seductores pudo haber sido una alusión a Antoine de Leocour, uno de los dos franceses que murieron en la noche del 7 al 8 de enero tras haber sido secuestrados por AQMI. Él vivía en Niamey y estaba a punto de casarse con una nigerina musulmana. El otro chico asesinado era su mejor amigo, que venía para fungir como padrino en la boda. Comenté que yo, como occidental, también corría el riesgo de ser raptado. Ibrahim me miró con simpatía. “A ti, hermano, te protege Dios. Él te trajo a África y Él quiso que yo viera en ti el deseo de conocer la verdad, sólo gracias a Él te pude reconocer. Puedes andar seguro por Niamey, ¡inshallah! Pero no seas atrevido. No vayas cerca de donde ellos (AQMI) están, pues los cruzados (Francia y Estados Unidos) y sus lacayos de Níger y Malí los tienen sometidos a una enorme presión. No provoques que se equivoquen contigo”.

Subimos al autobús, partimos tras larga espera, y yo no dejaba de comer. Los predicadores, que tomaron asientos detrás de mí, compartían conmigo todo lo que les caía en las manos: pan, plátano, carne de chivo. Incluso agua que venden en bolsas de plástico, con aspecto poco higiénico. Se bajaron en las afueras de Niamey. Yo había supuesto que Ibrahim no se separaría de mí sin obtener una promesa de ir a la mezquita de Barcelona. No le hacía falta: estaba convencido de que era el camino que dios me abría, pues, dijo, la verdad se revela a sí misma y quienes la ven, no pueden hacer más que reconocerla y aceptarla. Estoy seguro de que se sorprendería si supiera que no he adoptado el Islam. Se fue con la inmensa alegría de haber facilitado una conversión y encaminado a un futuro yijadista.

“Tariq bin Ziyad”, recordó al despedirse. “Ve con el imán de la mezquita. Los caminos del profeta te conducirán al paraíso, ¡inshallah! Desde hoy, eres nuestro hermano y tu nombre es Mohamed Tariq”.

¿Casualidad? En septiembre de 2009, jóvenes seguidores de Fethullah Gülen –un influyente clérigo moderado— me “convirtieron” al Islam en la ciudad de Urfa, en el Kurdistán turco. Y por nombre me pusieron Mohamed Tariq.

EN LA CENA CON EL INVESTIGADOR

Niamey es una de las capitales más pobres y remotas de África. Polvorienta y caliente hasta niveles de espanto, tiene un único alivio y consuelo, la ancha corriente del Níger que le regala agua, una banda de verdor y nombre para el país, antes de fluir con sus hipopótamos y peces capitaine al sur, hacia Nigeria (que como la República de Níger, toma nombre a partir del río).

Llegué un mal viernes 28 de enero. El secuestro y asesinato del par de franceses, sólo tres semanas antes, se conjuntaba con las elecciones que celebraría ese domingo la junta militar, que hacía un año había tomado el poder en un golpe de Estado con saldo de 10 muertos, y las medidas de seguridad eran extremas por temor a atentados terroristas. Los soldados de los puntos de control, en las salidas de la ciudad, en encargaban de aplicarnos a los extranjeros la prohibición de aventurarnos más allá de Niamey.

Los residentes occidentales (empresarios, cooperantes, misioneros cristianos) se encontraban en estado de máxima alerta: los que no se habían marchado (por primera vez desde que llegó a Níger, en 1962, el Peace Corps suspendió operaciones), se recluían en sus barrios, embajadas, colegios y centros de ocio con piscinas y canchas de softball, detrás de muros, barricadas, cámaras y guardias.

Douglas Cronym, sin embargo, tomaba distancia de estas actitudes. Al estadounidense, profesor de la Escuela Americana, le gustaba hacer exactamente aquello que estaba prohibido para los expatriados: caminar en solitario, entrar en las humildes tiendas, convivir con los lugareños. El sábado previo a los comicios, me guió por la activa vida nocturna de la musulmana Niamey, donde jugamos billar y chocamos tarros de cerveza con desconocidos que apreciaban que estuviéramos con ellos, desdeñando advertencias.

Su hermano, Nelson, conoció a su esposa Judith en Níger en los años 90, como voluntarios del Peace Corps. Regresaron a Estados Unidos, tuvieron hijos que ahora son altos como baobabs, y en 2010 vinieron todos a Níger para que Nelson realizara una investigación para su tesis doctoral, sobre migración del campo a la ciudad por efecto del cambio climático. Así se reencontró con viejos amigos tuaregs que, al igual que antaño, lo reciben en sus comunidades como a un pariente.

“Viniste en vano”, me dijo Nelson, levantando risas entre su familia, cuando me invitaron a cenar en su casa. “Me sorprendería que en Níger hubiera simpatizantes de Al Qaeda. Detestan a los yijadistas, son un peso para el país y un peligro para la población”. Como ejemplo, puso que AQMI ni siquiera había sido capaz de establecer bases permanentes. “Llegan, golpean y huyen al desierto de Malí. Y no se esconden allá porque tengan apoyo de la gente, sino porque hay zonas que el gobierno no controla. Además, son árabes”.

La distinción es importante. En la dirigencia de Al Qaeda central, la de Bin Laden, sólo hay árabes. Los talibán afganos, por ejemplo, no pueden aspirar a ser líderes de Al Qaeda porque son pastunes. Algo similar ocurre en las franquicias de Al Qaeda en países árabes, como AQMI, originada en Argelia y ahora asentada en territorio tuareg. Un racismo tan acentuado hace difícil imaginar a los yijadistas árabes ganándose a los lugareños como hermanos, aunque se hayan dado casos en que bandas de delincuentes tuaregs prestan sus servicios a AQMI a cambio de dinero.

Esto mismo levanta una barrera étnica que los separa de los predicadores malinkés con los que hablé: la devoción de Ibrahim nunca le ganaría un lugar de igual entre los seguidores árabes de Bin Laden. Le pregunté a Nelson si había oído de ellos: respondió que no, que la presencia de clérigos de Al Qaeda le sonaba más bien como un caso fuera de lo común. Pero la distancia entre los yijadistas de la palabra y los de las armas, así como la intención de Ibrahim y sus compañeros de “corregir” el Islam que se practica en el Magreb, podían ser más evidencias de que el extremismo violento no arraiga en el país.

JUNTO AL RÍO CON LOS EMIGRANTES

Como en tantos países pobres, en Níger la gente del campo llega a la ciudad con lo puesto, a encontrar poco. Arisal ag Moussa y sus hermanos eran la avanzadilla de la familia, procedente de la región de Arlit, un pueblo en el norte, cerca de la frontera con Argelia. Sin camellos ni orgullo, los tres tuaregs esperaban al resto de sus parientes sin haberles podido hallar un sitio para vivir: apenas habían logrado levantar unos techos con despojos de construcción y plantas, cerca de la orilla del río Níger.

“Somos muy ricos y seguimos siendo muy pobres”, se quejaba Arisal, de 24 años. Desde que en 1969 se descubrió uranio en Arlit, el pueblo experimentó un crecimiento económico que atrajo a decenas de miles de nómadas del desierto a vivir en villas miseria que establecieron en los alrededores. Las dos minas de la multinacional francesa AREVA representan el 10% del consumo de ese mineral en la Unión Europea y el 32% de las exportaciones de Níger. Pero sus 1,600 empleados son extranjeros.

El compromiso de AREVA con la población local se puede medir con las donaciones que concedió para alimentar a la gente en la espantosa hambruna de 2005, que afectó a 3 millones de personas, incluidos 800 mil niños menores de cinco años. La ONU pidió 81 millones de dólares para atender la emergencia. La contribución de AREVA fue de 130 mil euros en junio de ese año y 120 mil adicionales en julio. Sus ganancias del ejercicio anual ascendieron a 428 millones de euros.

El impacto ambiental también es significativo: tanto por el enorme consumo de agua en una zona donde la escasez es aguda como por la elevada radiación que provoca la industria del uranio: AREVA se comprometió a eliminar este último problema en 2007, y en septiembre de 2009 se felicitó por haber concluido la limpieza. Semanas más tarde, en noviembre, expertos de Greenpeace encontraron que la radiación en la calle principal de Arlit y en el cercano pueblo de Akokan era “500 veces mayor de lo normal”, lo que constituía “niveles muy peligrosos”.

En 2007, los líderes de la última rebelión tuareg señalaron las actividades de AREVA como uno de sus principales motivos de descontento y demandaron que abriera empleos para los lugareños y compartiera con ellos sus beneficios. Todo esto le dio a AQMI una oportunidad de ganar popularidad dándole un golpe al enemigo occidental. Los cinco franceses y los dos africanos que secuestró en septiembre de 2010 trabajaban para AREVA y fueron capturados en Arlit.

La insurrección terminó en 2009 con promesas gubernamentales de generar bienestar, que no se han cumplido. Hundidos en la pobreza total, miles de tuaregs emigran a Niamey. Como Arisal, que compartió conmigo lo único que tenía: te. “Los beneficiarios del uranio no fuimos nosotros, sino los franceses y los extranjeros que trajeron para extraerlo: chinos, indios, sudafricanos, panameños. Su presencia ha cambiado nuestra cultura. Le compran al gobierno tierra que siempre fue nuestra y ya no podemos llevar nuestras cabras a pastar ahí”.

No hay empleo para los jóvenes. El modo de vida tradicional de su pueblo desaparece sin que llegue el del mundo moderno: “He aquí que Al Qaeda nos habla, nos dice que peleemos contra los colonialistas kafirs (infieles)”, dijo el tuareg, “y nos ofrece dinero. Algunos jefes de la última rebelión se sintieron engañados (por el gobierno) y formaron bandas de asaltantes”, que ocasionalmente prestan servicios a AQMI, como traerle armas y municiones de contrabando. “Por eso preferimos venir a Niamey a buscar una forma de vivir”, concluyó mi interlocutor. “El Islam es una religión de paz. Otros no la entienden así”.

Después de tanto escuchar que la población local no simpatizaba con Al Qaeda, ese testimonio confirmaba reportes de que, a pesar de todo, sí había una colaboración con los yijadistas, aunque sólo se tratase de algunos grupos de bandidos, no de una parte significativa de la población.

Y había señalamientos aún más graves que provenían del presidente A.T. Touré, de Malí, y de ministros franceses, como el que hasta principios de 2011 ocupó Exteriores, Bernard Kouchner, quien explicó así el secuestro de los franceses de AREVA: “Los que se llevaron a estos hombres y mujeres podrían ser tuaregs actuando por órdenes (de AQMI). Los venderán a los terroristas, que no son muy numerosos”.

Esto alimentó las generalizaciones que se estaban haciendo en círculos políticos occidentales y causó enojo entre la población local: “Es demasiado burdo y ridículo acusar al pueblo tuareg”, respondió Boutali Tchewiren, un exlíder rebelde nigerino que formó la asociación Alhak-Nakal (derecho a la tierra), “la comunidad tuareg no es responsable por las acciones de unos pocos individuos”. Nicolas Roix, Un articulista del sitio web especializado en periodismo People with Voices, reflexionó: “Si un ciudadano francés estuviera involucrado en una organización terrorista, nadie diría ‘los franceses son terroristas’”.

“Hacer negocios no es simpatizar”, precisó Arisal, al lado del Níger. “Esas bandas (de tuaregs) también ayudan a transportar droga por el desierto a los narcotraficantes latinoamericanos, que son cristianos y totalmente ajenos al Magreb. Los bandidos no tratan con AQMI por defender el Islam. Lo hacen por hambre”.

EL OBSCURO SAHARA DE KEENAN

“Si es cierto que los extremistas se nutren no sólo de ideólogos, sino de pueblos reprimidos, marginados y despojados, deberíamos preguntarnos por qué los tuaregs siguen condenando a AQMI en lugar de sumarse masivamente al grupo”, replantea el antropólogo británico Jeremy Keenan. Desde mis días de convalecencia en Mopti, y tras haber obtenido su dirección de correo electrónico, había estado leyendo sus investigaciones sobre el Magreb. Varios tuaregs y occidentales me habían recomendado contactar a este investigador de la Escuela de Estudios Africanos de la London University y autor del libro “The Dark Sahara: America’s War on Terror in Africa”.

No faltan las teorías de la conspiración pero Keenan se cuida que lo mezclen con fantasías paranoicas: el académico fundamenta con numerosos datos cada uno de sus argumentos y recuerda que no estamos frente a una anomalía, pues varios eventos clave de la historia reciente del mundo ocurrieron gracias a maniobras clandestinas de agencias secretas estadounidenses y de otros países.

En el caso del desierto del Sahara, revela, se da una conjunción de hechos: la región es rica en uranio y se sospecha que también en petróleo; tanto Francia como Estados Unidos aspiran a controlar esos recursos; los gobiernos del área quisieran someter a los tuaregs y otros pueblos inconformes; Argelia desea ganar poder militar y consolidarse como el mandamás de la zona.

En su libro, Keenan explica que la presencia de AQMI tiene varios beneficios para los protagonistas antes mencionados: legitima la intervención de fuerzas militares estadounidenses y francesas; Argelia, que durante los años 90 fue tratado como estado paria por los occidentales, se beneficia por haberse convertido en el aliado local de Washington y espera obtener de él armamento sofisticado; la lucha contra Al Qaeda justifica, además, que los argelinos ejerzan una presión política y militar sobre sus vecinos y se entrometan en sus asuntos; y finalmente, asociar a AQMI con los tuaregs facilita que gobiernos como el del presidente Touré de Malí o las dictaduras militares de Níger y Mauritania mantengan su hostigamiento –a veces velado, otras abierto– contra estos nómadas.

En 2002 y 2003, revela la investigación de Keenan, el gobierno de George W. Bush y el de Argel planearon la creación en el Sahara de otro frente de la guerra contra el terrorismo. El detonador fue el secuestro en 2003 de 32 turistas europeos por el Grupo Salafista de la Predicación y el Combate (GSPC, que en enero de 2007 se renombró AQMI), tras lo cual Bush lanzó su Iniciativa Contraterrorista Trans-Sahariana, en la que involucró a una serie de países y conectó las dos principales zonas productoras de petróleo del continente: Argelia y Nigeria.

La parte más delicada de “The Dark Sahara” es la del papel que les atribuye a los servicios de inteligencia argelinos, el Département du Renseignement et de la Sécurité (DRS), un estado dentro del Estado que durante la sangrienta guerra que empezó en 1992 contra el GSPC y su antecedente, el Grupo Islámico Armado, logró infiltrarlos y controlar a algunos de sus líderes. Keenan afirma que su jefe principal en 2003, Amari Saifi “El Para”, ordenó el secuestro de los 32 europeos por órdenes del DRS, en complicidad con el Departamento de la Defensa de EU.

Esto no significa que una mayoría de los dirigentes y militantes de AQMI estén controlados por Argel (y por Washington, indirectamente). Pero explicaría algunas decisiones estratégicas, como el hecho de que el GSPC haya abandonado su objetivo inicial de convertir Argelia en un emirato islámico, y se haya comprometido con una idea más vaga y amplia, como es la guerra santa global de Al Qaeda (con el consecuente cambio de nombre de GSPC a AQMI), así como que haya reducido sus actividades en Argelia para ubicarse en el norte de Malí, un área que es ajena al grupo tanto étnicamente como porque ahí predomina una secta musulmana distinta del salafismo, la sufí, más moderada: si esto es correcto, el apoyo popular que se cree en Occidente que tiene AQMI entre los tuaregs y otros pueblos vecinos es falsa, pues su presencia ahí sería una imposición de intereses extra-regionales.

Y también locales: “Los gobiernos de Argelia, Malí, Níger y Mauritania han utilizado la guerra contra el terrorismo para aplastar a la oposición legítima y a los tuaregs”, explica el académico británico, “y además han montado actos de provocación para que los lugareños realicen motines y demostrarle a Washington el potencial de la amenaza terrorista. A cambio, reciben la generosidad financiera y militar que viene con la bendición de Washington”.

Para los tuaregs, el saldo es dramático: los cerca de 100 mil turistas que atendían al año en el norte de Malí y de Niger y en el sur de Argelia, y que eran su principal fuente de ingresos, han desaparecido casi por completo. Las matanzas de ganado que ha realizado el ejército nigerino, como una manera de castigarlos económicamente por su nrebeldía, los han empobrecido aún más. En tanto que la presencia de AQMI y de narcos latinoamericanos representa dos cosas: peligros y limitaciones de movimiento, por un lado, y una de las escasas oportunidades de ganar dinero, por el otro.

“Marginados, ignorados y despojados, los tuaregs todavía son buenos combatientes”, advierte Keenan, “y la cuestión es si van terminar por tratar de resolver las cosas a su manera”.

Mi exploración indicaba que la base popular de Al Qaeda en el desierto del Sahara no se encontraba en su mitad sur, ni en el Sahel, como había escuchado en Occidente. ¿Estaría entonces al norte, en la costa mediterránea desde donde descendió el yijadismo armado de AQMI?  La pregunta cobraba doble relevancia ahora que la región estaba en llamas, con los tunecinos y los egipcios lanzados a la rebeldía contra los dictadores aliados de Occidente.

Era lo que Osama bin Laden había pedido por años, y dejó grabado su beneplácito por esos alzamientos. En coincidencia, grandes medios de comunicación occidentales aseguraban que los yijadistas engrosaban las filas de los insurrectos. Tal vez allá estaba: tendría que cruzar el desierto hasta El Cairo, corazón político del mundo árabe y musulmán.

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