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Apoya la libertad. Visita Egipto.


La paz regresó pero los turistas no: tiempo de ir a las pirámides

Columna Fronteras Abiertas, de Témoris Grecko

Publicado en National Geographic Traveler Latinoamérica, junio de 2011

Las pirámides de Egipto son la atracción turística más antigua de la historia. Desde Herodoto y Alejandro Magno hasta Napoleón y Barack Obama, el sueño de verlas era una obsesión.

Esto no sólo significa que Gizá y sus monumentos faraónicos son uno de esos sitios de visita obligatoria para cualquier persona con interés en la cultura, la arquitectura y las sociedades humanas, sino que el club de los que hemos entendido esto es uno de los más grandes del mundo y desde hace miles de años, es prácticamente imposible encontrarlos sin inmensas hordas de turistas.

Los mal portados tiran goma de mascar, se suben a los grandes bloques de piedra, pintan corazones en la roca y compiten en concursos de risa loca. Los mejor portados no dan tanta lata, pero están ahí, como nosotros, haciendo bola.

Excepto ahora. Éste es el momento de ir a Egipto y recorrer no sólo las pirámides, sino el Valle de los Reyes, los templos de Karnak y los mausoleos rescatados de Abu Simbel, con un mínimo de obstrucción de parte de otros viajeros. Con un poco de paciencia, uno logra tomarse fotos en las que parece que ha llegado a un rincón secreto de la antigüedad mediterránea, casi como un descubridor de esas maravillas de la humanidad.

La Revolución egipcia de enero y febrero de este año fue un evento necesario. El país estuvo sometido durante 49 años a una dictadura militar que, en sus últimas tres décadas, fue conducida por un tirano narcisista, Josni Mubárak, que gobernaba basado en una ley de emergencia permanente que le permitía meter gente a la cárcel, prohibir partidos y cerrar periódicos sin tener que explicar por qué. Con tales poderes, él, su familia y sus asociados saquearon Egipto, se aprovecharon de la industria turística, se robaron los ingresos del Canal de Suez, impidieron que se desarrollaran las infraestructuras educativas y de salud, y además de hostigar, torturar y asesinar a sus ciudadanos, los mantuvieron en la pobreza y sin oportunidades.

Esto da coraje porque los egipcios son de naturaleza muy noble, anfitriones por placer y amigos por encanto, que entregan lo poco que tiene y se niega a recibir algo a cambio.

Sé que muchas personas que han visitado Egipto no han tenido esta experiencia. A mí tampoco me había pasado. Fui en dos ocasiones, en 2003 y 2010, sin lograr atravesar la espesa gelatina de los caza-turistas (que es una consecuencia tal vez inevitable de tantos milenios de intenso turismo, así como de la falta de oportunidades de empleo y desarrollo). En esta tercera vez, en la que fui a cubrir la revolución para las revistas Proceso y Esquire, entré en contacto y amistad con personas de generosidad y valentía admirables, los jóvenes que se atrevieron a enfrentarse a un gobierno violento y abusivo para abrirle un futuro a su país.

Por suerte, la era de las redes sociales en internet, la misma que ayudó a convocar a los ciudadanos a levantarse contra el régimen, nos ofrece ahora herramientas para conectar directamente con egipcios auténticos y desinteresados: a través de Facebook y Twitter, pero sobre todo de comunidades internacionales de viajeros como http://www.couchsurfing.com y http://www.hospitalityclub.com.

El problema de que los gobiernos lleven a la gente al punto de reventar, es que generan fuertes conflictos sociales y esto da muy mala prensa. La reacción de Mubárak fue, además, una locura: el hombre sentía que, a pesar de todas sus maldades, era el padre de todos los egipcios y se ofendió cuando éstos, según él, se portaron majaderos al decirle que treinta años en el poder ya eran algo más que demasiado. Como la represión no surtía efecto, el presidente pensó: ¿No me quieren? Pues ahora lloren porque no me van a ver.

Cortó los servicios de internet y de telefonía celular. Les ordenó a los policías que dejaran sus puestos, se quitaran sus uniformes y se convirtieran en maleantes. Permitió que miles de presos escaparan de las prisiones. Y el país se convirtió en un caos.

El costo para la economía fue brutal, más de 300 millones de dólares diarios, como fue también el impacto en la imagen de Egipto: millones de televidentes de todo el mundo vieron en sus pantallas cómo miles de turistas se peleaban en el aeropuerto de El Cairo para tratar de subirse a cualquier avión con destino a cualquier sitio, pero fuera de ahí. La industria turística se desplomó.

El mayor problema era Mubárak y las cosas se empezaron a arreglar cuando los militares, los empresarios y el gobierno de Estados Unidos les dieron la razón a los manifestantes y le dijeron ya, basta de terquedad, hasta nunca. Los jóvenes consideraron esto como un triunfo y se fueron a casa, mientras acordaban con el ejército, que quedó al frente del gobierno, los cambios necesarios para reconducir el rumbo de la nación.

Regresó el orden y pude ver que los egipcios eran inmensamente más felices: no por los cambios que aún faltan por hacer, sino porque recobraron la confianza en sí mismos.  Lo demuestran con gestos de civismo: quieren cambiar Egipto de pies a cabeza y, para lograrlo, decidieron empezar con campañas espontáneas que piden a la gente no tirar basura, respetar a los demás, colaborar. Los días que pueden, personas de todas las edades, sobre todo jóvenes, salen a pintar las señales de la calle y de las aceras, a encargarse de las tareas de limpia que el gobierno no realiza, y a discutir la mejor forma de organizarse políticamente para participar en la transición democrática.

Sin embargo, sigue faltando alguien: los turistas. Las pirámides están vacías. En el famoso mercado de Jan el Jalili, mi amigo argentino Mixalis se engolosina exprimiendo a sus otrora voraces comerciantes, que no tienen más alternativa que vender a precios irrisorios. Las agencias de viaje, los hoteles y restaurantes ofrecen paquetes increíblemente baratos.

Para que los visitantes vengan, les dan lo que pidan. Y tienen un argumento poderoso que me encantó cuando lo vi en varios idiomas, escrito en carteles, en la plaza Tahrir de El Cairo, durante la fiesta de la victoria del 18 de febrero: “Apoya la libertad. Visita Egipto”.

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