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Goma (Congo): La ciudad del fin del mundo


¿O es la del principio? La naturaleza inquietante de esta ciudad es un misterio

Columna Fronteras Abiertas, de Témoris Grecko

Publicado en National Geographic Traveler Latinoamérica, mayo de 2011
Goma es la ciudad del fin del mundo. Parece raro que se diga esto de una población ubicada en el centro de un gran continente, como es África. Pero Goma reúne una serie de características que podrían vencer a cualquier otra competidora por el título, bajo casi cualquier definición de lo que es el fin del mundo.

Por ejemplo, después de Goma, la nada. La nada impenetrable, para precisar: cincuenta años de independencia desde 1960 son cincuenta años de abandono de las infraestructuras que dejaron los colonialistas belgas, y los caminos a partir de Goma (en el este de la República Democrática del Congo, un país del tamaño de toda Europa Occidental) hasta Kinshasa, la capital en el extremo oeste, fueron devorados por la selva. Uno de los pocos occidentales vivos que ha cruzado de un lado a otro (dos veces) es Zack Partain (a quien ya conocen los lectores de Fronteras Abiertas), un estadounidense de 28 años al que conocí en Uganda. Él no es ciclista pero se montó en un velocípedo al darse cuenta de que este vehículo era el único con el que podría conocer las profundidades del Congo. Sus vídeos y fotos sólo muestran estrechos senderos en medio de la maleza.

O bien, después de Goma, el colapso. Como antes de Goma: los 800 mil habitantes de la ciudad fueron arrojados de sus hogares por la guerra más costosa en vidas humanas desde la Segunda Guerra Mundial, entre 5 y 7 millones de muertos desde que el ejército francés facilitó el escape de las milicias genocidas de Ruanda hacia el Congo en 1994. Es difícil decir que encontraron refugio en Goma porque no tienen nada: la economía desapareció en la región por el conflicto, y no hay quien la reconstruya en la ciudad. El único dinero que fluye en la región es el de los organismos humanitarios, que paga los lujos moderados pero ostentosos de la pequeña comunidad occidental que vive ahí, y el del contrabando de minerales (sí, el famoso coltán para nuestros chips electrónicos, pero de momento sobre todo el oro: cuestiones del mercado) que alimenta a los distintos grupos armados que atormentan a la población, y engrasa las manos de los generales del ejército regular.

¿De qué vive la gente? Pregunté entre personas con información, pero nadie dejó de manifestar su sorpresa ante el hecho de que, cada mañana, la gente sigue allí, viva. Unas pocas familias han logrado crear una economía agrícola de subsistencia o fabricar ilegalmente carbón vegetal, o beneficiarse con las migajas que caen de las mesas de extranjeros, militares, guerrilleros, bandidos y cascos azules de la ONU. Pero son una delgada minoría que destaca en el contexto de cientos de miles de personas que vagan todos los días en busca de un algo que no saben qué es hasta que lo encuentran, si tienen suerte. Son víctimas del colapso y el germen de otro más. Hambre, peste, muerte, guerra: el apocalipsis late allí.

Y esta sensación se confirma cada noche en un resplandor rojizo en el cielo. Es el rasgo que le da a Goma la ventaja definitiva por el título del ciudad del fin del mundo.

El volcán Nyiragongo es uno de los más activos en África. Antes de que se hicieran presentes las bandas armadas hutus, era posible subir hasta su cono y observar la potencia de un lago de lava candente. Uno puede acercarse demasiado: una turista japonesa cayó a él en 2009. El reflejo del magma se aprecia desde Goma en la obscuridad. La erupción de su hermano el Nyamulagira, que pude observar en enero de 2010, hizo recordar a todos por qué se asocia Goma con el fin del mundo.

Lo vivió mi amigo Eddy Mbuyi, un congolés de 27 años aficionado al baloncesto. A las 2 de la tarde de un día de 2002, jugaba en la cancha cuando alguien pasó a avisarles a todos que corrieran, una marea de lava descendía desde el Nyiragongo. Casi un millón de personas se desbordó sobre la frontera de Ruanda y escapó antes de las 5 de la tarde, cuando la ciudad desapareció bajo piedras de fuego. La cifra de muertes, de sólo 137, es prueba o de que hay milagros o de que nadie ha sabido nunca cuánta gente vive en Goma.

Nuevamente parece raro narrar esto desde Goma. ¿No fue destruida? ¿No late ahí un apocalipsis que de pronto lo revienta todo?

Goma es el fin del mundo pero también muestra la capacidad de sobrevivencia y reconstrucción de los seres humanos. Y su abrumadora necedad. Eddy y su familia, como sus cientos de miles de vecinos, regresaron cuando la roca se enfrió y con ella, cortada en bloques, levantaron de nuevo su casa, 20 metros por encima de donde estuvo la anterior. Las calles de Goma son las más difíciles del planeta: no tienen una superficie de asfalto, tierra, arena o permafrost, sino de rugosa piedra volcánica. Otro misterio de Goma es cómo es que los coches y las motos no se caen en pedazos. O nosotros: al transportarse a uno se le sacude cada hueso, pero nada se sale de lugar.

¿No tiene Eddy miedo de que vuelva a venir la guerra, el conflicto civil, el tremendo Nyiragongo? Cincuenta años de independencia le han enseñado que a todo se sobrevive. “¿No te da miedo en Barcelona de que te toque una bomba de Al Qaeda o de ETA?”, devolvió, “¿no tienes miedo de que te mate el narco en México? ¿Por qué no mejor se van todos de ahí y se vienen a Goma”.

Mmm. ¿Por qué no? Goma es la ciudad del fin del mundo. Que siempre vuelve a comenzar.

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