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En nombre de Israel. Los soldados rompen el silencio


Un ángulo desconocido de la opresión sobre los palestinos: la visión de los opresores. Ellos quieren que su sociedad deje de cerrar los ojos

 Por Témoris Grecko / Hebrón. Publicado en revista Esquire Latinoamérica. Mayo de 2011.

Cuando un pueblo ocupa militarmente a otro, la destrucción no es sólo para los ocupados. Los ocupantes se erosionan moral y éticamente. Y esto afecta a sus jóvenes, los fuertes y manipulables a los que se sumerge en un ambiente en el que aprenden que la brutalidad se acepta y además se estimula.

Mis visitas a Israel y a los territorios palestinos han sido siempre impactantes y espiritualmente perturbadoras, por lo escandalosa que es la coexistencia de la sofisticación y el bienestar con la subyugación y el sabotaje social. Esto también se da en los países de América Latina, por supuesto. Pero allá creemos –o decimos– que está mal y hace falta corregirlo. En cambio, aquí opera un sistema de propaganda que opera desde el gobierno y los principalesa núcleos sociales que ha convencido a una mayoría de que la situación está bien y no hay mejor alternativa que mantenerla así.

Una israelí de Tel Aviv –que hace doble jornada como profesional y ama de casa– me invitó un día a comer en su hogar, con su familia. Fui objeto de toda la amabilidad típica de las madres judías, hasta ser incapaz de engullir una aceituna más. Al conversar sobre el conflicto, esta encantadora mujer, una profesional educada, cuestionó: “¿Tienes idea de cuánto gastamos en mantener a tantos palestinos en la cárcel? ¡Es muchísimo! Por eso yo digo que en lugar de arrestarlos deberíamos dispararles.” Ni siquiera su marido, un cincuentón cosmopolita y divertido, que dice haber dejado el centro-izquierda por el centro-derecha recientemente, pudo evitar mirarla con sorpresa por un instante de mirarla con sorpresa. Pero la apoyó: “Es correcto. Nos cuestan muy caro.”

Si los soldados o los colonos judíos cometen abusos en nombre de los israelíes, los ciudadanos comunes “simplemente no quieren saberlo”, dice Yehuda Shaul, un veterano de guerra de 28 años (en este país, los chicos de 21 o 22 ya son veteranos de guerra) que, al acabar su servicio militar obligatorio, cofundó la organización civil Shovrim Shtika (“rompiendo el silencio”, shovrimshtika.org, en inglés). En ella se reúnen jóvenes como él que tuvieron que formar parte de las Fuerzas Israelíes de Defensa por años (tres en el caso de los hombres y dos en el de las mujeres), realizaron actos de los que se arrepienten y ahora se atreven a revelarlo para cambiar este sistema que no sólo aplasta a la población palestina, sino que transtorna los valores humanos de la juventud israelí.

SHOVRIM SHTIKA

Conocí a Shaul y sus compañeros en una avenida de Jerusalén, donde reunieron a una cuarentena de adolescentes que realizaban la educación pre-militar con la que se prepara a los adolescentes para que pasen su periodo de armas. Él había servido en la ciudad palestina de Hebrón, a donde los llevaría en autobús para explicarles lo que pasaba allí, cosas de las que a él nadie le dijo nada y que tuvo que aprender cometiendo errores. La esperanza es que ellos puedan encontrar la manera de no repetirlos.

Hebrón es uno de los puntos más conflictivos de Cisjordania. Un año después de la guerra de 1967, en la que Israel venció a sus enemigos árabes y ocupó los territorios palestinos, un grupo de extremistas judíos alquiló un hotel en el centro y a partir de ahí, comenzó a expandir sus dominios tomando casas vecinas. La reacción violenta de los árabes fue respondida con la de los colonos y con el poder superior del ejército israelí, el cual todavía hoy, con el argumento de crear círculos de seguridad, expulsa a palestinos de sus propiedades y facilita que los extremistas se puedan seguir extendiendo.

Décadas de acciones terroristas de ambos lados y de golpes militares israelíes (el saldo de fatalidades desde 2000 es de cinco colonos —incluido un bebé de 10 meses— y 17 soldados, y de 88 palestinos, de los que al menos 46 no estaban involucrados en la violencia, incluidos nueve menores, según el grupo de derechos humanos israelí B’Tselem), culminaron con un periodo de relativa paz tras el fin de la segunda intifada (rebelión) palestina, que duró de 2000 a 2004.

Pero una fuerza algo menor de un millar de soldados israelíes está allí para proteger a entre 500 y 800 colonos, que han decidido vivir en medio de 160 mil palestinos. Despojada de su área central, Hebrón es como un cuerpo que funciona sin corazón.

Shaul realizó el servicio militar de marzo de 2001 a marzo de 2004 (de sus 18 a 21 años), en plena intifada: “Solía disparar con un lanzagranadas contra edificios vacíos de los barrios palestinos de Hebrón”, recuerda. “Era claro que no afectaba sólo a esos edificios sino a los barrios enteros. Se abría fuego sin antes identificar la fuente del fuego palestino”. ¿Le parecía correcto? “Entro en pánico. Todavía tengo la idea de que estoy en una misión, de que las cosas son blanco y negro, y yo me quedo como ¿qué está pasando aquí? ¿Se supone que dispare granadas contra una ciudad donde vive gente? En la primera noche, disparas hacia un rincón del objetivo, tiras del gatillo y lo sueltas tan rápido como puedes, y por dentro estás rezando que hayas lanzado la mínima cantidad de granadas, porque si aprietas el gatillo durante un minuto salen 60 granadas”.

¿Mató a alguien? Shaul, un judío ortodoxo observante, con kipa (un círculo de tela sobre la coronilla) y negra barba larga, no lo sabe y, como les ocurre a muchos como él, “se trata de algo en lo que preferiría no pensar”. Detalla que “una granada no es una bala. Le pega a algo y explota, mata a todo el mundo en un radio de ocho metros y hiere a todos en un radio de 16 metros. De igual forma, una ametralladora no es un arma de precisión. Apuntas un poco a la izquierda y un poco a la derecha. Si eres un operador realmente bueno, probablemente le darás a tu objetivo en la quinta ocasión”.

Por lo general, precisa, el fuego enemigo no llegaba a alcanzar la colonia judía en Hebrón.

“Después”, continúa el veterano, “se decidió que lleváramos a cabo disparos preventivos cada día antes de la oscuridad, con francotiradores, ametralladoras pesadas y lanzagranadas. Todo antes de que los palestinos hicieran un solo disparo. Por supuesto, no servía de nada: al llegar la oscuridad disparaban y nosotros también, durante cuatro meses. El ejército describió todo esto así: ‘Las Fuerzas de Defensa respondieron a la fuente del fuego palestino.’ Yo sentí que tenía que decir la verdad”.

Con varios de sus camaradas, a sus 21 años, fundó Shovrim Shtika, cuyo objetivo es “estimular el debate público acerca del precio moral que la sociedad israelí ha estado pagando por una realidad en la que jóvenes soldados diariamente enfrentan a una población civil y controlan su vida”.

La primera actividad del grupo, en junio de 2004, fue una exhibición de fotografías de veteranos que revelan abusos contra palestinos. El ejército reaccionó con molestia y actos de acoso judicial. Además, en los últimos años en Israel, es todo un acto de valentía expresar posiciones críticas hacia las políticas del Estado, pues la sociedad se ha vuelto enormemente intolerante y emprende ofensivas públicas contra los disidentes, que van desde denunciarlos como traidores hasta el encarcelamiento.

El esfuerzo sigue adelante, sin embargo, y en siete años han reunido 700 testimonios. Sus dos principales campos de acción son informar a los chicos que van a empezar el servicio militar y ayudar a que quienes lo terminaron rompan el silencio y den a conocer lo que han vivido.

LA CRUELDAD SIGUE AHÍ

En un principio, sólo hablaron con veteranos que habían servido en Hebrón, un lugar en el que, como afirmó uno de ellos (Shovrim Shtika les garantiza a sus entrevistados que no dará a conocer sus nombres públicamente para que no sufran represalias, pero afirma que están a disposición de investigaciones oficiales que se comprometan a mantener la reserva), “todos pueden sentir que están haciendo algo malo, pongámoslo así. Todos lo pueden decir y sentirse desesperados. El poder que tienes ahí es increíble. Porque caminas armado por un lugar donde tanta gente te odia y entras en sus casas. Es el tipo de provocación que sientes todo el tiempo. Entras en sus casas para realizar una búsqueda, vas a su edificio, así de fácil. Expulsando a la gente”.

Otro testimonio da cuenta de las operaciones de “mapeo” que realizan “cuando nos asignan un barrio que no conocemos bien. Hebrón es una ciudad de clanes, donde todo el mundo se conoce, difícil de infiltrar en términos de inteligencia. La misión del batallón es ir de casa en casa para que el morador muestre su identificación, sus números de teléfono, saber quiénes son sus hijos. Supongo que la misión es importante, pero son demasiadas casas y departamentos, llega la noche, las dos de la madrugada, y ya estás despertando gente, poniéndoles linternas en los ojos, apuntándoles con las armas, los niños llorando, las mujeres que no entienden qué pasa, y la mayoría son perfectamente inocentes, si no todos. Y me pregunto si realmente tiene que hacerse a las dos de la madrugada”.

El objetivo es la protección de la pequeña colonia judía del centro. Shaul nos llevó por calles de casas deshabitadas y comercios cerrados. “Éste era el corazón comercial de la ciudad”, me dijo Dana Golan, una veterana de 24 años, que lucía una brillante melena castaña y me traducía al inglés lo que Shaul les explicaba en hebreo a los adolescentes israelíes. Probablemente, en uno o dos años, varios de ellos se encargarán de controlar ese barrio fantasma.

Y serán obligados a formar parte de la injusticia, como explica el testimonio de un joven en un punto de control, donde impedía que “la gente fuera de un lado a otro lado al que obviamente tenían que ir. Estoy parado en su camino, no importa qué tan amable sea, no hace falta que sea cruel para ser injusto. Puedo ser la persona más cortés del mundo y aun así ser injusto, porque desde su punto de vista es lo mismo, no los estoy dejando ir a casa. La sola existencia del punto de control es humillante, es legal de acuerdo con las regulaciones, pero inflijo dolor a la gente, los daño sin necesidad”.

“Yo protejo o facilito la existencia de 500 colonos judíos a expensas de 15 mil personas bajo ocupación directa (el centro de Hebrón, bajo control militar israelí) y otras 140 mil o 160 mil en el área inmediata. Puedo ser amable pero seguiré siendo su enemigo. Y si soy amable, eso me causará problemas porque tendrán a alguien con quien discutir, con quien quejarse. No hay nada que les pueda decir, no puedes pasar porque no puedes pasar, ¡eso es todo! Es una orden basada en consideraciones de seguridad. En tanto quieras proteger a estas 500 personas y facilitar que tengan una existencia razonable, debes destruir la existencia razonable del resto. Estas consideraciones de seguridad son reales, no imaginarias. Si quieres protegerlos de que les disparen desde arriba, debes ocupar todas las colinas de alrededor. Hay gente que vive en esas colinas. Debes someterlos, detenerlos, a veces lastimarlos. Mientras el gobierno decida que la colonia en Hebrón debe permanecer, incluso sin crueldad indebida, la crueldad sigue ahí”.

ARRÓJASELAS AL ÁRABE

Una investigación de la organización B’Tselem, realizada en 2007, contó mil 14 departamentos abandonados y mil 829 tiendas cerradas en el centro de Hebrón, incluidas todas las del mercado principal. En la mayoría de los casos, a raíz de que durante los cuatro años de intifada, la población palestina fue sometida a un estado de sitio completo (nadie puede salir de casa a ninguna hora) durante 377 días, de los que 182 jornadas fueron en sucesión ininterrumpida. ¿Cómo podía buscar comida esa gente? Era una prisión día y noche sin servicios penitenciarios. Mucha gente se marchó.

Sólo unas pocas familias palestinas han resistido la ofensiva de los extremistas. Una de ellas es la de Abu Ayesha, cuya casa está protegida por una malla metálica de las piedras y la basura que le arrojan los colonos. Un video de B’Tselem muestra cómo la colona Yifat Alkobi aprieta la cara contra los rombos de alambre y le sisea “sharmuta”, prostituta, a su vecina palestina. Cuando vio las imágenes, Tommy Lapid, un ex ministro de Justicia israelí, varios de cuyos parientes perecieron por la persecución nazi, comentó: “En los años que precedieron al holocausto, mujeres judías aterrorizadas se escondían detrás de ventanas cerradas, exactamente como la mujer árabe de la familia de Abu Ayesha.”

En el invierno de 2002, Baruch Marzel y diez de sus seguidores atacaron la casa de los palestinos, golpearon a uno de los hijos, Taysir, y trataron de arrastrarlo a la calle pero lo salvó la intervención de su padre, Abu.

Pronto conoceríamos a Marzel, un ex miembro de Kach, una agrupación judía originada en Estados Unidos (como él), tan extremista que fue forzada a desaparecer cuando tanto ese país como Israel la clasificaron como grupo terrorista. En 1994, Baruch Goldstein, otro integrante de Kach, entró en una mezquita de Hebrón cuando los palestinos estaban inclinados, rezando, y abrió fuego con un rifle automático. Asesinó a 29 personas antes de que la multitud lograra reaccionar y matarlo. Goldstein tiene hoy una tumba en el sitio de su crimen, y Marzel y los demás colonos celebran su aniversario con fiestas en las que recuerdan “su asesinato a manos de los árabes”.

Caminábamos sobre la calle Shuhada, que es la principal de Hebrón y por la que ahora sólo pueden circular los coches de los colonos judíos y vehículos militares, cuando Marzel apareció con varios acompañantes. De inmediato comenzó a gritar y hostigar verbalmente a Shaul, asegurando que es un judío que “ayuda a los árabes” y haciendo referencias ofensivas a la madre del veterano, quien se suicidó a causa de una depresión post-parto.

A partir de ese momento y hasta que se aburrió, Marzel le impidió hablar a Shaul, quien se esforzaba por pedirle en tono bajo que lo dejara en paz. Los soldados, que habían estado vigilándonos desde que llegamos, rechazaron las solicitudes de ayuda. Dana Golan y otros miembros de Shovrim Shtika se encargaron de conducir al grupo, sobreponiéndose a las agresiones de los colonos. Al pasar frente a algunos de los edificios que ellos ocupan, niñas y adolescentes hicieron sonar sirenas para impedir que se escucharan las explicaciones.

¿Serían las mismas muchachas que aparecen en un video que había visto, en el que colonas adolescentes arrojan piedras y agreden físicamente a mujeres y niños palestinos que van a la escuela por uno de los pocos caminos en que lo tienen permitido? Para ayudarles a pasar, voluntarios de otros países se ofrecen para acompañarlos, pero no siempre funciona. En otra película vi a una muchacha nórdica que yace en el piso con el rostro lleno de sangre, mientras una multitud de colonos judíos (uno de los cuales la había atacado) brincan, cantan y dan gracias a dios.

Uno de los testimonios recabados por Shovrim Shtika describe el azoro de una joven soldado ante una niña de siete años de edad, perteneciente a la colonia judía, que decidió arrojarle una piedra a un palestino que pasaba, frente a un militar israelí. “¡Bum! Saltó sobre él y (la piedra) le dio justo aquí en la cabeza. Y se puso a gritar: ‘¡Qué asco, qué asco!, ¡su sangre me cayó encima!’” El palestino se volvió hacia la niña, y el soldado –según declaró después— interpretó el movimiento como una amenaza y lo golpeó. “Y yo estaba ahí con horror”, dijo la entrevistada, “una niñita inocente con su vestido de Shabbat… el árabe se cubrió la herida con la mano y corrió. Después vi a la misma nena con su hermanito, que iba en andadora. Ella le daba piedras y le decía: ‘Arrójaselas al árabe’.”

HABLAR Y LLORAR

Las jóvenes resienten las exigencias del servicio militar de una manera especial. Para ellas es obligatorio por dos años. “Una combatiente mujer tiene más necesidad de demostrar sus capacidades. Que sí puede. Que es una destroza-pelotas”, explicó una testigo de Shovrim Shtika que alcanzó el rango de sargento primero en la Guardia Fronteriza, una fuerza policial militarizada. “Había una conmigo cuando llegué allí. Todo el mundo hablaba de ella, que qué agallas tenía, porque podía humillar a los árabes sin mover las pestañas. A mí me parece que los chicos tienen menos necesidad de probarse en este respecto. Hablábamos de esta combatiente: ‘¡Es tremenda, deberías verla humillándolos!’ No había problema por decir esto en voz alta. ‘¡Mírala, una verdadera destroza-pelotas, qué bofetada le dio a ese tipo!’ Escuchas estos comentarios todo el tiempo”.

“Descubrimos que las chicas tratan de ser aún más violentas y brutales que los chicos, para ser aceptadas como una de ellos”, explica Dana Golan. Los testimonios de combatientes femeninas demuestran cómo ellas realizan un esfuerzo superior para alcanzar el respeto de sus compañeros y también el de la población sometida, que en general mantiene relaciones de género marcadas por la superioridad masculina.

¿Los palestinos sufren más cuando los maltratan las mujeres de la Guardia Fronteriza? “Sí, sí. Porque no saben cómo aceptar a una mujer”, se asienta en otro testimonio. “En el momento en que una chica abofetea a un hombre, se siente tan humillado que no sabe qué hacer consigo mismo. Yo soy una chica fuerte, corpulenta, y esto es todavía más difícil de manejar para ellos. Así es que una de sus formas de tomarlo es reír. Se ponían a reírse de mí. El comandante me mira y dice ‘¿qué?, ¿vas a dejar que se siga riendo de ti?’ Y tú, como alguien que tiene que salvar su autoestima… le dije (al palestino) acércate a mí… muy cerca, como si lo fuera a besar. Le dije: ‘Ven, ven, ¿de qué tienes miedo?, ven a mí’. Y lo golpeé en las bolas. Le dije ‘¿de qué te estás riendo?’ Él estaba impactado y se dio cuenta… de que no debía reír. Yo no debería llegar a esa situación”.

“¿Lo golpeaste con la rodilla?”, cuestionó el entrevistador.

“En las bolas. Con mi pie, con mi bota militar, y le di en las bolas. No sé si alguna vez te han dado en las bolas, pero parece que duele. Cuando después lo llevamos a la estación de policía, pensé que me iba a meter en problemas porque él me denunciaría a la policía militar. No dijo ni una palabra. ‘¿Qué voy a decir, que una chica me pegó?’ Gracias a dios, nadie lo supo”.

Por otro lado, las mujeres no deben criticar el comportamiento de quienes desean que las acepten. Como una integrante de la unidad de Policía Militar Sachlav, en Hebrón, que recuerda a un niño palestino que sistemáticamente provocaba a los soldados arrojándoles piedras. En una ocasión logró asustar a un militar que cayó de su puesto y se rompió una pierna. “Dos compañeros lo subieron a un Jeep y dos semanas después, el niño apareció con las dos piernas y los dos brazos enyesados. En la unidad hablaron mucho de esto, de cómo lo sentaron y pusieron su brazo contra una silla y simplemente se lo rompieron, ahí, en la silla”.

Una oficial de la Guardia Fronteriza destacada en la ciudad de Yenín, en el norte de Cisjordania, tuvo que callar el asesinato de un palestino de 9 años que trató de saltar una cerca de seguridad, no lo logró y trató de huir. Lo mataron: “Le dispararon… cuando ya estaba en los territorios (palestinos) y no constituía ningún peligro. Le dieron en el abdomen y dijeron que él iba en una bicicleta y que por eso no le pudieron dar en las piernas”. Los cuatro soldados “se pusieron de acuerdo sobre qué decir. Hubo una investigación, primero se dijo que fue un acto injustificado. Y al final aseguraron que el niño estaba buscando rutas de escape para los terroristas… y cerraron el caso”.

Otro caso de complicidad forzada es el de una oficial de inteligencia que vio cuando francotiradores mataron a un niño, del que sospecharon que había lanzado un cóctel Molotov. Lo que más impactó a la mujer fue el ambiente de diversión que se formó después de que los soldados arreglaron la historia: “Escribieron en la evaluación que desde ahora en adelante todo estaría tranquilo… que (haberlo matado) es la mejor forma de disuasión”.

“De pronto me di cuenta de que yo no era un ser humano allá”, declaró una teniente que sirvió en la franja de Gaza. “Releo algunos de los correos electrónicos que les envié a mis amigas y no tengo idea de quién los escribió. No sé cómo logré cada mañana no darme un tiro en la cabeza. Es como una película con un montón de muerte alrededor de ti, una realidad irracional, con soldados que hacen cosas inhumanas a otros y entre ellos mismos. Es hacerles cosas irracionales a otras personas. (Las chicas) nos quedábamos despiertas cada noche hasta las 4 de la madrugada, cuando los soldados se habían ido, para hablar y llorar”.

“LOS MATAMOS Y NO TENÍAN ARMAS”

En Israel es normal compartir asiento en el autobús o en el tren con muchachos muy jóvenes con uniforme militar, que cargan el fusil automático casi sin darse cuenta. Hay muchachas que le cuelgan tiernos muñecos de peluche al arma, como si fuera un teléfono móvil. El factor educativo es considerado vital y en lugares como el Museo Yad Vashem del Holocausto, en Jerusalén, abundan los grupos de conscriptos a los que les explican la tragedia del horror nazi y el sufrimiento del pueblo judío. El servicio militar es una parte fundamental de la formación del ciudadano israelí.

Los testimonios de quienes lo han realizado, sin embargo, revelan hasta donde se pueden degradar valores esenciales como el respeto por los seres humanos.

Como el siguiente, de un joven que sirvió en el norte de Cisjordania:

-Nos dijeron que en Hares había 60 casas que revisar. Me dije que seguramente había una alerta de inteligencia, traté de justificármelo así. El batallón se dispersó en toda la aldea, tomó control de la escuela, rompió las cerraduras, los salones. Uno de ellos fue el salón de investigación para el Shin Bet (policía secreta), otro para detenciones, otro para que descansaran los combatientes. Fuimos casa por casa a las 2 de la mañana. Las familias mueren de miedo, las niñas se orinan de miedo. Golpeamos fuerte en las puertas, hay un ambiente de “¡los acabaremos!”, un ambiente fanático. Entramos en la casa y la ponemos toda de cabeza.

-¿Cuál es el procedimiento?-, pregunta el entrevistador de Shovrim Shtika.

-Reunir a la familia en un cuarto, decirle al guardia que apunte hacia ellos, y revisar todo. Nos ordenaron que todos aquellos nacidos a partir de 1980… un rango de edad de 16 a 29 años, no importa quién, traerlo esposado y con una venda sobre los ojos. A todos ellos los llevamos a la escuela, los sentaron en el patio.

-¿Les dijeron a ustedes cuál era el propósito de todo esto?

-Localizar armas. Y no encontramos ninguna. Confiscaron cuchillos de cocina. Lo que más me impactó fue que hubo robos… la gente (soldados) se metió a las casas a ver qué robaba. Era una aldea de gente muy pobre. Y pasó también lo de este palestino que se sabía que estaba mal de la cabeza y que les gritó, pero el soldado decidió que quería atacarlo y ellos simplemente explotaron contra él a golpes, le dieron en la cabeza con una culata y así sangrando lo llevaron a la escuela. Hubo muchas órdenes de arresto listas y firmadas por el comandante del batallón, ya estaba escrito que la persona había sido detenida bajo sospecha de alterar la paz. Así que sólo ponían el nombre y la razón del arresto.

-¿Hay algo más que recuerdes de esa noche?

-Llegaron a una casa y simplemente la echaron abajo. La mamá miraba a un lado y lloraba, con los niños sentados junto a ella, acariciándola. Imagino que la mamá puso tanta dedicación en cada esquina de la casa y de pronto ellos vienen y la destruyen. Realmente me duele recordarlo. Y después de eso, los dejaron en la escuela por horas, amarrados y con los ojos vendados. La orden de liberarlos llegó a las cuatro de la tarde.

-¿Hubo antes de eso algún ataque terrorista en el área?

-No. Ni siquiera encontramos arma alguna.

El testimonio anterior es del año 2009, un momento de calma relativa. En tiempos de combate, las acciones punitivas y arbitrarias que los jóvenes conscriptos deben realizar son de las que dejan marcas para toda la vida. Como explicó un veterano que sirvió en Ramala, sede de la administración palestina, en 2001, durante la segunda intifada:

-De pronto, nuestro comandante llega y dice: “Escuchen, ésta es la información… vamos a hacer… la operación es una operación de venganza. Vamos a eliminar a seis policías palestinos de algún punto de control en venganza por los seis que mataron de nosotros”. Hay como cuatro puestos de transferencia de los que se encarga la policía palestina, y nos enviaban a eliminar a todos en esos puestos, ¿correcto? Lo definían como venganza, e incluso cuando dudé en ese momento y pregunté ‘¿qué hicieron?, ¿quiénes son?’, me dijeron… tenemos la sospecha, así, como que no estaban seguros. Y podría ser que (el culpable) fuese uno de esos (palestinos), pero me dijeron “no importa, mataron a seis de los nuestros, mataremos a seis de ellos”.

-¿Estaban armados?

-Ni siquiera devolvieron el fuego. No dispararon cuando disparamos. Hicimos una primera descarga desde lejos, no le dimos a nada. Le dimos a uno y él corrió. Lo derribé con otra bala. Otro corrió hacia la cosa, estaba como, quemándose, y perseguimos a otro. Ahora, el hombre al que le di primero, yacía en el suelo, sólo podíamos ver… sólo podíamos ver… algo lo tapaba, y fuimos cuatro o tres sólo a poner… sólo seguimos disparándole al cuerpo.

-¿Para verificar la muerte?

-No para verificar la muerte, por la histeria de la excitación. Entonces llegué hasta él y estaba, como, hecho pedazos… y traté y lo volteé, como… era un hombre 55, o de 60 años, muy viejo, y no tenía un arma.

-¿Tenían uniformes?

-Tenían uniformes de policías palestinos. Tenían uniformes de policías palestinos y no tenían armas.

VALOR PARA ENTENDERSE

El ejército israelí ha tratado de descalificar los testimonios que ha reunido Shovrim Shtika con el argumento de que, al ser anónimos, son inverificables. Los veteranos han replicado con la oferta de abrir sus archivos, con acceso a identidades, rangos y otros detalles, a pesquisas oficiales realizadas bajo el compromiso de que se preserve el secreto: los investigadores podrán saber quién dijo cada cosa, bajo condición de no revelarlo ni actuar contra ellos.

La invitación no ha sido aceptada. La decisión de los jóvenes de romper el silencio no es sólo poderosa porque confirma, desde la perspectiva de los perpetradores, lo que víctimas y periodistas tanto han denunciado, y abre una ventana sobre la manera sistemática con la que se violan los códigos de conducta y los procedimientos de operación sobre las que las Fuerzas Israelíes de Defensa tratan de construirse una imagen responsable y civilizada. La ocupación de los palestinos por los israelíes es brutal y está destruyendo a los ocupados.

El impacto que más se teme, sin embargo, es que revela cómo es que la ocupación está destruyendo también a los ocupantes, mediante el enviciamiento de su juventud. Eso es lo que, potencialmente, podría tener un efecto político en la sociedad israelí: descubrir que está pagando un precio excesivamente alto, que se envenena con un militarismo intoxicante.

“Los soldados que sirven en los Territorios (palestinos) presencian y participan en acciones militares que los cambian inmensamente”, afirma Shovrim Shtika en la presentación de su sitio web. “Los casos de abusos contra palestinos han sido la norma por años, pero son explicados como únicos y extremos. Nuestros testimonios presentan una imagen mucho más lúgubre en los que el deterioro de los estándares morales se expresa en el carácter de las órdenes y las reglas de combate, que se justifican en nombre de la seguridad. A pesar de que esta realidad es conocida por soldados y comandantes, la sociedad israelí continúa negándose a verla (…) Nosotros tratamos de hacer que las voces de los soldados sean escuchadas, para que la sociedad israelí enfrente la realidad cuya creación ha facilitado”.

A pesar de esta degradación, sin embargo, subsisten valores humanos que décadas de odio mutuo no han podido aniquilar: la valentía de Yehuda Shaul, de Dana Golan y de sus compañeros, dispuestos a mirar de frente el horror de sus propias acciones, a ayudar a otros a hacerlo. Y a denunciarlo, a pesar de que por esto reciben uno de los insultos favoritos y más arteros que arroja con desparpajo la extrema derecha judía en Israel y el mundo contra los judíos que no se suman a la ceguera del fanatismo: la de ser judíos que se odian a sí mismos (self-hating Jews), traidores al dolor que ha sufrido el pueblo judío por milenios.

Un parte muy importante, vital, indispensable, de la investigación de los abusos israelíes y de la crítica contra ellos es sistemáticamente realizada por judíos e israelíes como Shaul, Golan y muchos otros, a pesar de que con frecuencia son castigados con el ostracismo social. El diario israelí Haaretz es un destacado ejemplo de periodismo de denuncia. En años anteriores vi manifestaciones pacíficas en zonas rurales del sur de Cisjordania, en las que jóvenes judíos se interpusieron (y fueron arrestados) para impedir que soldados israelíes atacaran a los jóvenes palestinos; y a chicas adolescentes judías ser golpeadas y arrastradas por policías al tratar de evitar la expulsión de ancianas palestinas de sus casas en Jerusalén Oriental.

En 1929, un grupo de árabes cometió una masacre de judíos en Hebrón. La familia del palestino Hani Abu Heikel fue una de las que acogió a los alrededor de 400 judíos que sobrevivieron. Llegamos a su casa, una de las que está en inmediato peligro de ser conquistada por los colonos extremistas. Cuenta cómo los hostigan para obligarlos a marcharse: los han despertado a media noche arrojándoles agua con mangueras de bombero, han quemado su coche cuatro veces, redujeron a cenizas sus añejos árboles de olivo. Cuando ocurrió esto último, cámaras de seguridad registraron el ataque: los soldados dijeron que el video no podía ser utilizado para identificar a quienes lo hicieron porque los aparatos sólo están ahí “para seguridad de los colonos”.

Los hijos de Abu Heikel, incluida una palestinita de sólo dos años, saltan de alegría cuando llega el hombretón Yehuda Shaul, acompañado de un montón de adolescentes judíos. Toda la familia parece complacida. Han sido amigos por años. Abu Heikel dice que esta convivencia es importante para sus niños: “Quiero que vean que hay judíos con los que podemos entendernos.

“Esto no es judío”, cierra Shaul, refiriéndose a la ocupación. “Soy israelí y me importa mucho cómo se ve mi sociedad”.

 

Recuadro:

EJÉRCITO ISRAELÍ: DICHOS Y HECHOS

El ejército israelí afirma que su labor se reduce a la defensa de la nación y que hace todo lo posible por reducir los daños contra la población civil palestina. Por ello, conduce sus actividades con base en cuatro principios: prevención, separación, tela de vida y aplicación de la ley.

En “Ocupación de los Territorios”, el último libro de Shovrim Shtika (rompiendo el silencio), publicado en hebreo en diciembre y de próxima aparición en inglés, el grupo de jóvenes veteranos reúne testimonios que ilustran cómo se traducen los dichos en hechos.

“Prevención” (sikkul, en hebreo): Se ha convertido en una “palabra clave” para cualquier tipo de acción militar, ofensiva y defensiva. La idea, enunciada por Moshe Ya’alon, un antiguo alto oficial del ejército, de “grabar en las conciencias” de los palestinos que la violencia no retribuye se convierte en “la intimidación y el castigo indiscriminados de la población palestina”. Ejemplos: enviar un camión militar a la aldea de Tubas a las 3 de la mañana, en 2003, “con granadas de ruido que arrojaban en la calle, sin razón, para despertar a la gente y decir ‘aquí estamos, las Fuerzas Israelíes de Defensa están aquí’”; matar a tiros a un hombre visiblemente desarmado que caminaba sobre un techo en Nablús en 2002; detener los ataques a pedradas con un “escudo humano móvil”: ataron a un palestino al frente del vehículo con el recorrieron la aldea de Tekoa.

“Separación” (hafradah): Alejar a los palestinos no sólo de los israelíes sino de otros palestinos, y de sus propias tierras mediantes puntos de control, barreras, carreteras de uso exclusivo para israelíes y un régimen estricto de permisos que aísla a muchas comunidades.

“Tela de vida” (mirkam hayyim): Es un término que usa el ejército para subrayar que hace todo lo posible para asegurar que los palestinos tengan una vida tan normal como es posible. El libro explica que Israel controla el movimiento de personas y productos hacia los territorios palestinos y dentro de ellos, así como la apertura de negocios, el transporte escolar, etcétera. “El comandante regional o un soldado en campo pueden confiscar sus bienes a discreción”. O destruir propiedades, como ocurrió en Qalqilya, en 2002: “El dueño de una plantación de higueras que estaba siendo destruida me dijo: ‘Trabajé 30 años para comprar el terreno, trabajé esta plantación por 10 años, esperé 10 años para que diera frutos, la disfruté por un año y ahora la destruyen”.

“Con el objeto de practicar los procedimientos de arresto, las tropas pueden entrar en una casa a media noche y arrestar a alguien, sólo para liberarlo después”, dice el texto. Así también se humilla por placer, como les ocurre a los palestinos que entran a trabajar ilegalmente a Wadi Ara, en Israel. Un veterano recuerda que “vaciaba las bolsas de los niños y jugaba con sus juguetes. Ellos lloraban de miedo”. ¿Los adultos también? “Por supuesto. Uno de los objetivos era: voy a hacerlo llorar frente a sus hijos, voy a hacer que se cague en los pantalones… a raíz de las golpizas, generalmente”.

“Aplicación de la ley” (akhifat hak): el libro destaca el régimen de doble rasero impuesto en Cisjordania, bajo el que se somete a los palestinos al fuero militar y los colonos judíos responden ante cortes civiles. Al mismo tiempo, se afirma, los colonos son aliados del ejército y ambos tienen un enemigo común.

 

 

 

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