El turismo de masas nos salvará


Para proteger a los viajeros independientes, los grupos organizados son más valiosos de lo que tú crees

Por Témoris Grecko (publicado en National Geographic Traveler, abril de 2011)

“Yo me declaro totalmente a favor del turismo de masas”. Esta violenta afirmación no la hizo el dueño de una inmensa compañía operadora de viajes, ni un pobre vendedor de baratijas afuera de unas ruinas ultrafamosas. Fue Albert, un barcelonés dedicado a la cooperación cultural, a quien conocí cuando él estudiaba árabe en Marruecos, en noviembre de 2010. Y la hizo a pesar de que el lugar donde vivía, cerca de la mezquita Kairaouina de la medina de Fes (Fez), está sometido al destructivo tsunami permanente de los grupos organizados de turistas europeos.

Franceses, españoles, alemanes, italianos… llegan en oleadas interminables, apuntando cámaras con lentes de 20 centímetros a las narices de las personas, a las que deslumbran con un potente flash porque no tienen idea de qué botoncito hay que mover para apagarlo. Los contingentes se atoran en los pequeños callejones medievales, irrumpen ruidosamente en las medersas donde hay personas en oración, saturan los principales sitios de interés y sus guías empujan a los demás visitantes para recitar la breve explicación que repiten todos los días.

Cuando releo lo anterior, temo que algún lector de alguna forma sospeche que no me gustan los grupos organizados. Que se quede tranquilo porque tiene razón. Cuando Albert dijo eso, volteé a mirarlo como quien se encuentra a un loco al lado. Los marroquíes que nos rodeaban en el salón de te (yo bebía chay de menta, muy rico, que con un poco de ron y hielo se convertiría en mojito) debieron notar algo, porque no comprendían mis palabras pero mi mirada fue elocuente y ellos se inquietaron (o más bien, se interesaron, estaban aburridos) en lo que pudiera pasar.

Es cierto que hay ocasiones en que es necesario sumarse a un grupo organizado, en situaciones en las que sólo exprimiendo la cartera se podría pagar transportes extraordinarios y costosos, u otros gastos en sitios difíciles, que se compensan cuando alguien los reparte entre muchos. Si la alternativa es no ir al sitio que me interesa, ni modo, bajo la cabeza y me dejo llevar como ganado.

Siempre busco otra opción, no obstante, y casi siempre la encuentro. Porque no, no me agradan los grupos. No sólo por la incomodidad de movernos lenta y torpemente con la multitud, ni de tener que sujetarnos a ciertos horarios e itinerarios. Ni porque nos convertimos en un activo para ciertos guías, que nos llevan a las tiendas y otros sitios donde nos sacarán la plata y les darán una comisión.

Lo que más me molesta es que ir con un grupo organizado es la mejor manera de no conocer el lugar al que nos llevan. O de hacerlo superficialmente. En primer lugar, no entramos en contacto con la gente que vive ahí. Sólo por eso ya perdimos una riqueza fundamental de los viajes. ¿Quién puede decir que conoce Cuba si no gozó con los cubanos? (No, ni el camarero, ni el traficante de habanos ni el/la jinetero/a cuentan.) Tampoco descubrimos nada de la vida local si no aprendemos a encontrar transporte, comprar pan, buscar una farmacia o hallar un cafecito donde ver deportes con gente del lugar.

Cuando formamos parte de un grupo organizado no elegimos qué comer. Creemos que sí porque nos sientan en un buffet donde hay seis platos. Pero será la comida occidental estándar, o, si tenemos suerte, una muestra suavizada de la cocina local. Nunca sabremos si es auténtica o no, buena o regular, porque no hay manera de tener referencias confiables, ¿quién es el lugareño amable y desinteresado de quien nos hicimos amigos, y que desentrañará para nosotros ése y muchos otros secretos? (Secretos muy diversos… como salir por la noche, beber algo nuevo, bailar con alguien exótico –o más bien, ser nosotros los exóticos, si acudimos a un lugar que no está lleno de extranjeros.)

Lo peor es que nos dicen qué es lo que hay que ver, cómo verlo, en qué orden y por cuánto –limitado– tiempo. No hace falta documentarse, aprender sobre el país o la región que nos interesa, ni siquiera saber por qué pensamos que nos interesa: compramos el paquete, nos presentamos cuando nos dicen y ya, se encargan de nosotros, nos resuelven el mundo, nos apartan de él.

Para algunos es cómodo así, y suficiente, se sacaron la foto con la esfinge detrás, hicieron tomas apresuradas de video, y podrán decir que conocieron tal lugar.

Yo no puedo con ello. Y quise decirle a Albert que estaba muy, muy mal, que pensaba obsequiarle un tour al manicomio sin salida. Pero mi perplejidad le dio los segundos necesarios para terminar su argumento.

“Estoy totalmente a favor de esos grupos organizados”, insistió en su herejía. “Mira a todos los turistas que hay ya en Marruecos, con los vuelos baratos a 15 euros desde Europa. Hay que juntarlos, que vayan a los mismos sitios, a horas específicas. Así ya sabes tú por dónde tienes que ir, en qué lugares no vas a encontrar hordas de occidentales y cuáles restaurantes no dan comida de tour. Y cuando quieras visitar los sitios a donde sí van los grupos, lo haces temprano, antes de que los guías hayan logrado reunir a sus manadas y salir… o a mediodía, cuando los hayan sentado a comer… o ya caída la tarde, los guías se cansan y se los llevan a encerrar a los hoteles o a que gasten en los clubes caros y sin gracia. Así ya tienes todo para ti”.

De pronto, el rostro de Albert ya no me pareció el de un loco. Sentí que estaba ante un iluminado. Su mirada se elevaba al cielo mientras hablaba.

“Imagínate tú”, continuó el sabio catalán. “Imagínate que un día lo liberáramos todo, que los guías dejaran ir a los turistas y estos anduvieran sueltos por ahí, moviéndose a su aire, inundando las ciudades, las aldeas y los caminos de las montañas. Se acabaría el mundo como lo conocemos”.

Asentí con rostro de terror. Y pensé que sí, que las compañías de turismo de masas hacen mucho por preservar el espíritu del viaje independiente. De ahora en adelante, me dije, seré menos ingrato, saludaré sonriente a los grupos al verlos pasar, les regalaré caramelitos a los niños que se llevarán a llorar a otra parte, y a los esforzados guías los abrazaré y besaré. Por fin he entendido su valiosa labor social.

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