¡Zaura! Adentro de la revolución libia


Por Témoris Grecko / Bengasi

Publicado en ESQUIRE (abril 2011)

Jaled Jibril supo que estaban perdidos cuando la camioneta pick-up finalmente se atascó: la arena de las dunas era precisamente la que más le gustaba, suave y fresca, pero en ese momento resultaba una maldición porque cedía bajo las ruedas e impedía el escape. Él estaba detrás, en la caja del vehículo, y pensó en saltar al suelo, pero no lo haría sin Amr, su amigo de muchos años que yacía herido de bala encima de los cadáveres de otros revolucionarios.

El conductor y tres compañeros más, todos conocidos desde tiempos escolares, habían conseguido bajar y le gritaban que los siguiera. Jaled se inclinó sobre Amr para tratar de cargarlo. En ese momento, un proyectil impactó en el frente y todo salió volando. El joven de la ciudad de Bengasi cayó sobre una duna. Alcanzó a ver la última vez que Amr se estremeció buscando aire, perdiéndolo. Sintió los finos granos que lastimaban sus ojos. Sofocado, trató de respirar pero sólo trago arena. Escuchó su nombre en gritos. Percibió las figuras de quienes corrían hacia él para ayudarlo. Y el estruendo de la bomba que los mató con la potencia de la explosión y con los filosos discos que arrojó, metralla que corta y cercena a quien haya podido sobrevivir.

Él quiso morir también. Sufría por el dolor, el cansancio, la ausencia. Se dejaría llevar. Pero un rato más tarde, un acceso de odio lo reanimó: un hombre negro se acercaba con el fusil al ristre. Un africano. Uno de los murtazaka, los mercenarios que Muamar Gadafi había traído de otros países para hacer el trabajo que un libio bien nacido no realizaría, matar compatriotas. Ellos recorrían las calles de las ciudades y los caminos del desierto disparando contra cualquier persona que tuviera la mala suerte de cruzarse en su camino, hombres, mujeres, niños, ancianos. Simios de Satanás, pensó, que mataban por sueldos de mil dólares al día.

La ventaja estaba de parte de Jaled: con el Kalashnikov en la mano, tirado y lleno de sangre, parecía muerto y pensaba que podría sorprender al enemigo cuando se aproximara. Hizo el movimiento tan rápido como pudo, apuntó y apretó el gatillo. Pero el arma se atascó. Él no tenía idea de por qué, su entrenamiento había durado media hora antes de que él y sus amigos se fueran a la batalla. ¿Sería la arena? ¡Qué más daba! El murtazaki encendió los ojos asesinos y dirigió la mira hacia su rostro. Inmovilizado de terror, Jaled llamó a dios y deseó que fuera cierto todo, que hubiera vida después de la muerte, un paraíso para los shujadá de la Zaura, los mártires de la Revolución, como él. “Que así sea”, musitó. Y cerró los ojos.

EL FIN DE LA PARANOIA

Días antes, en Bengasi, el sol lograba hacerse ver mientras las grises nubes y el mal tiempo se apartaban por una horas. Aziz trataba de aprenderse un verso en castellano que me había escuchado cantar. Era una vieja composición de Charly García, de los tiempos de la guerra de las islas Malvinas:

– No bombardeen Buenos Aires –musitaba el combatiente, copiando los sonidos del castellano. -¿Qué significa lo siguiente?

– No nos podemos defender.

– ¿Por qué?

– Porque tenían miedo de que atacaran los ingleses y se sentían inermes.

– ¿La podemos cambiar?

Diez minutos después, el joven aspirante a abogado caminaba conmigo por los jardines de la orilla del lago, repitiendo con mejor tonada que pronunciación la nueva letra libia de la pieza:

“No bombardeen Bengasi, la vamos a defender… no bombardeen Bengasi, la vamos a defender… no bombardeen Bengasi, la vamos a defender”.

Es una ciudad guapa. Tiene un largo paseo costero que recibe los vientos del Mediterráneo, y otro más tranquilo y verde alrededor de la laguna abierta al mar. Es la segunda urbe más grande del país, después de la capital, Trípoli, y en partes conserva la mezcla árabe, otomana e italiana de las herencias de los diversos colonizadores.

Es, además, el corazón de la zona oriental, llamada Cirenaica, tradicionalmente rebelde y poseedora de tres cuartas partes de las inmensas reservas nacionales de hidrocarburos.

De las que recibe muy poco. Una de las grandes quejas aquí es que, desde que tomó el poder con un golpe de Estado hace 42 años, Gadafi siempre ha desconfiado de los cirenaicos, el petróleo está bajo sus pies pero él los ha mantenido marginados de las inversiones públicas y aplastados bajo las pesadas botas de la policía secreta y las unidades militares personales.

El cuartel de la Katiba (guardia revolucionaria del dictador), que los bengasíes tomaron en la batalla épica del inicio de la revolución (un asedio del 17 al 21 de febrero en el que se enfrentaron con piedras y bombas Molotov contra ametralladoras pesadas y tanques), era el temido lugar del que nunca salían aquellos a quienes llevaban ahí. Los voluntarios han encontrado calabozos subterráneos donde encerraban a la gente. Siguen buscando porque sospechan que hay más.

Es por eso que el Oriente completo se levantó contra el régimen. Ese jueves 17, los ciudadanos de todas sus ciudades salieron a manifestarse y, cuando fueron reprimidos violentamente y los muertos empezaron a caer, atacaron a los atacantes. Tobruk y Baida se liberaron en esa misma jornada, y las demás (Derna, Shahat, Ajdabiya, Brega, Ras Lanuf) siguieron hasta que el ataque rebelde forzó a la Katiba a evacuar Bengasi. Así empezó la Thawra (Revolución).

Cuando llegué el jueves 24, 36 horas después de que el primer periodista pudo pasar la frontera (el régimen de Gadafi siempre tuvo el país cerrado para la prensa y cuando supo que estábamos ahí, declaró que seríamos tratados como “terroristas de Al Qaeda”), Tobruk estaba de fiesta celebrando su primera semana en libertad. “Puedo leer lo que quiera, puedo decir lo que pienso, puedo gritar, bailar y hacer tonterías, ¡nadie me va a detener y torturar por eso”, decía un chico de 17 años.

Su padre, Amid Abdel, un profesor de ecología ambiental en la Universidad Omar al Mujtar, estaba feliz de que sus hijos pudieran tener la oportunidad de crecer sin opresión: “Nosotros la perdimos cuando yo tenía tres años”, contó. “Ha sido un largo infierno de terror… ¿sabes lo que es vivir con miedo? Miedo a que te escuchen, te vean, sospechen de ti. Tu vecino podía sospechar de ti, tu amigo, tu hermano. Y podían sospechar que tú sospechabas de ellos. Entonces tenían que evitar que los denunciaras, anticiparse, denunciarte primero. Y venían los agentes por ti. Nadie te volvería a ver. Los libios somos un pueblo pequeño, ingenuo, bueno. Somos muy amables. Pero esta situación de paranoia permanente nos convirtió en enemigos de nosotros mismos. Ahora, ya lo ves. Hemos regresado a nuestro auténtico ser”.

Habíamos visto destrozos. Alrededor de la plaza principal, dos edificios tenían muestras de incendio y saqueo. “Eran de la policía”, explicó Abdel, quien nos hizo notar que eran los únicos dañados: “Miren la biblioteca, el banco, el hotel… todo fue protegido”.

La gente era extremadamente amable con nosotros. “¡Gracias por venir, gracias, para que le cuenten al mundo lo que nos ha hecho Gadafi, inshallah (dios lo quiera)!”, repetían.

ESTAMPIDA HACIA EGIPTO

La Zaura parecía lista para un triunfo rápido. Unidades del ejército y de la fuerza área desertaban. Los pilotos de dos aviones prefirieron volar a la isla de Malta y aterrizar allá, en lugar de cumplir las órdenes de bombardear a su propia gente. Otro saltó en paracaídas y dejó que su nave se estrellara. De Tripolitania, la región occidental, llegaban buenas noticias: Misrata, Sabrata, Zauiya y otras ciudades se unían a la revolución. La gente de la capital, Trípoli, se manifestaba y parecía haber puesto en jaque a Gadafi, quien, se creía, pronto no tendría más opción que quedarse encerrado en Sirte, su lugar de nacimiento y ciudad estratégica porque está justo en el centro de este país unidimensional (como casi todo está ocupado por el inhóspito desierto del Sájara, la población se concentra en la banda costera).

El lunes 28, sin embargo, un contrataque desde Sirte le permitió conquistar Brega y Ras Lanuf, dos puertos petroleros de gran valor porque casi toda la producción de hidrocarburos se embarca ahí para exportación. Y el miércoles 2 de marzo se supo que su aviación bombardeaba Ajdabiya, una ciudad a sólo 160 kilómetros de Bengasi. El viernes 4, los rebeldes recuperaron lo perdido…

Así se estancó la campaña en el Oriente, entre Sirte y Ajdabiya, con el ir y venir de ambos bandos. El jueves 10 de marzo, al cumplirse tres semanas del alzamiento, el hijo de Gadafi, Seif al Islam, anunció que habían logrado consolidar sus fuerzas y empezaba la “ofensiva final” contra los rebeldes. Miles de usuarios de telefonía celular recibieron mensajes SMS que decían: “Ciudadanos descontentos de Cirenaica, ¡alégrense porque vamos para allá!”

En tanto que Zauiya, una de las ciudades rebeldes del Occidente, había caído después de una semana de combatir el asedio, Gadafi sacó en el Oriente los juguetes mortales que le vendieron las grandes potencias para masacrar a rebeldes y civiles: los aviones bombardeaban, la artillería pesada lanzaba cohetes desde 20 kilómetros de distancia, los barcos de guerra y los submarinos barrían la costa con fuego, los helicópteros perseguían gente, y cuando la táctica de tierra quemada parecía haber acabado con toda resistencia, avanzaban los tanques y las camionetas con mercenarios.

Así cayeron Bin Jawad, Ras Lanuf, la pequeña Sidra, Brega… y las primeras bombas anunciaron el inminente asedio de Ajdabiya. En Bengasi cundía el nerviosismo. Los esbirros que Gadafi mantenía allí, y que se habían guardado de dejarse ver, empezaron a actuar contra la prensa extranjera: arrojaron dos granadas contra la puerta de un hotel, hubo algunos asaltos contra periodistas, y el 12 de marzo, un equipo de la cadena televisiva Al Jazeera fue emboscado en una carretera, a 25 kilómetros de la ciudad, y en el tiroteo el camarógrafo y documentalista de Qatar Ali Hassan Al Jaber murió de tres disparos.

En las semanas anteriores, los reporteros de otros países habíamos llegado a ser multitud: la credencial que recibí el 25 de febrero, y que me permitía moverme sin problemas entre los revolucionarios, tenía el número 5; el 9 de marzo entregaron la 823. Pero muchos de los recién llegados se pusieron nerviosos y contagiaron a otros. Mostraban los mapas para explicar que, si las fuerzas de Gadafi tomaban Ajdabiya, no sólo quedarían a hora y media de Bengasi, sino que podrían avanzar de inmediato por una carretera desierta hasta la frontera y cortar nuestra ruta de escape. La salida de reporteros comenzó el día 11, pero a muchos de los que dudaban los convenció el asesinato de Al Jaber y el domingo 13 hubo estampida hacia Tobruk y hacia Egipto. Los periodistas nos volvimos una especie difícil de hallar.

VENCER O MORIR

A Jaled le daban risa las acusaciones de Gadafi, quien aseguraba en cada discurso que la revolución había sido planeada por Al Qaeda, que los rebeldes querían dividir Libia en pequeños emiratos islámicos y que Bin Laden que “está manipulando al pueblo”, sobre todo a los jóvenes: “Tienen 17 años. Les dan píldoras por la noche, ponen pastillas alucinógenas en sus bebidas, en su leche, en su café, en su Nescafe”.

“El mayor problema es que lidiamos con un loco loco loco”, lamentaba Jaled. “Se cree las cosas que inventa. Y no es como (el expresidente de Túnez, Zine el Abidine) Ben Ali, ni como (el expresidente de Egipto, Josni) Mubárak, que entendieron cuando su posición era insostenible y dejaron el poder. Si Gadafi piensa que va a caer el abismo, se va a llevar el país con él”.

Sin embargo, eventualmente, el balance de fuerzas pareció favorecer a Gadafi: no caería al abismo, pero arrojaría a él a las ciudades rebeldes y a toda Cirenaica. Jaled sentía la necesidad de rezar. Como tantos de sus compatriotas. Las demandas de los libios son libertad, democracia, gasto social, infraestructuras, oportunidades de educación y empleo… No les interesa nada relacionado con la imposición de la ley islámica. Pero siguen siendo un pueblo pequeño, que hasta ahora se encontraba aislado en el desierto del norte de África, tradicionalista, religioso.

Era en las oraciones de viernes a mediodía, el momento más importante de la semana musulmana, cuando yo sentía que podía percibir mejor su estado de ánimo. El día en que llegué a Bengasi desde Tobruk, el 25 de febrero, presencié la primera ceremonia tras la liberación: fue masiva, profunda, como correspondía a algo que nunca había ocurrido en la historia: no durante la colonia italiana, ni bajo el rey Idriss, mucho menos con Gadafi.

Y su carácter distintivo fue el optimismo. No se preguntaban si derrocarían a Gadafi, sino cuándo: en unos días, tal vez, o un poco más. Las del viernes 4 de marzo fueron las del “día de la ira”, en el que los inspirados rebeldes detuvieron la ofensiva gadafista, reconquistaron Brega y Ras Lanuf, y llegaron hasta Bin Jawad: poco más adelante estaba Sirte, y una vez tomada, quedaría abierto el camino hacia la capital. De nuevo abundaron las apuestas alegres: tres días, o una semana, victoria.

Faltaba todavía que Gadafi pudiera reunir sus aparatos bélicos y usarlos. Cuando lo consiguió, los muertos empezaron a acumularse. Se perdieron las ganancias y Ajdabiya quedó en peligro. Las del viernes 11, fueron las oraciones de la consternación, de la preocupación y del miedo.

“Hemos humillado a un hombre infinitamente soberbio, a sus hijos y su estirpe”, comentó Ajmed al Saljam, un activista revolucionario. “siempre han odiado a la Cirenaica y no nos van a perdonar. Todos aquí sabemos que no podemos darnos el lujo de perder la guerra: si Gadafi reconquista el Oriente, no va a dejar a uno solo de nosotros vivo. Destruirá nuestras casas, violará a nuestras mujeres, nos torturará hasta la muerte”.

En los temores de los bengasíes no sólo está Gadafi. En 1984, se anunció el juicio público contra Al-Sadek Hamed Al-Shuwehdy, un ingeniero que había montado una campaña pacífica para oponerse al régimen de Gadafi, y llenaron el estadio de baloncesto donde tendría lugar con estudiantes de primaria, secundaria y educación superior. Pero no hubo abogados ni juez, sino un verdugo que le puso la soga al cuello al sollozante Al-Shuwehdy. Cuando el hombre colgaba y se retorcía colgando, la muchacha Huda ben Amer corrió a abrazarse de sus piernas, hasta que dejó de moverse. Impresionado, Gadafi impulsó su carrera hasta convertirla en alcaldesa de Bengasi y en una de las personas más ricas del país. Su dicho favorito es: “No necesitamos hablar, necesitamos más ahorcamientos”.

“Cuando los manifestantes fueron a su casa a buscarla, el 19 de febrero, Ben Amer había escapado”, cuenta Al Saljam. “Quemaron la mansión. Y después la vimos en la televisión, al lado de Gadafi, cuando daba uno de sus discursos. ¿Qué crees que hará si regresa a Bengasi?”

La multitud en la plaza de la Mahkama era la mayor que había visto en Libia. Los rezos, los más intensos: los bengasíes –Jaled entre ellos– respondían con poderosos coros a las peticiones del imán. “Bendice a nuestros hermanos de Zauiya”, “protege a nuestros hermanos de Misrata”, “dales fuerza a nuestros combatientes en Ras Lanuf”, “no permitas que caiga el terror sobre Bengasi”. “¡Ya Allah!”, que dios lo permita, decían las decenas de miles de gargantas. “¡Ya Allah!” “¡Ya Allah!” “¡Ya Allah!” “¡Ya Allah!”

Desde una azotea a 12 metros de altura, yo miraba el fenómeno al lado de Nasr, un ingeniero en telecomunicaciones que montó una conexión satelital de internet para periodistas. “Esto es todo”, me dijo. “Mira: detrás de la gente, sólo está el mar. Frente a ella, sólo está el dictador. No tenemos a dónde ir. Es la Zaura. O ganamos o morimos”.

REBELDES EN CAOS

Cientos de personas empezaron a correr en total desorden cuando se escuchó que el avión se acercaba al checkpoint rebelde en Ras Lanuf. Se movían en un caos perfecto: hacia cualquier lado de la carretera, escabulléndose detrás de las dos pequeñas construcciones, tirándose pecho tierra entre las matas.

Una duna de arena se hizo polvo con la explosión, a 400 metros de donde estabamos. Se levantó una nube de humo de unos cien metros de altura. No había gente donde cayó el artefacto, por fortuna, ni hubo heridos. El choque masivo de adrenalina hizo que la multitud regresara al punto de control entre gritos de “¡Allah akbar!” (dios es el más grande), risas y aullidos, como si le hubiera propinado una gran derrota al dictador.

Nuestro chofer, Ibrajim el Jodeiri, un ex soldado que sirvió durante 22 años, oscilaba entre una sonrisa de tranquilidad profesional y hondos suspiros de alivio. “Mi mujer está asustadísima, voy a llamar para tranquilizarla”, anunció. “Amor, ¡hubo un ataque aéreo!”, dijo al teléfono, “no te preocupes, cariño, la bomba estalló apenas a diez metros de mí, ¡pero estoy muy bien!”

Era el lunes 7 de marzo. A las cuatro de la mañana de ese mismo día, los empleados del único hotel de Ras Lanuf, bajo control rebelde, despertaron a varios enviados de medios extranjeros que habían pernoctado allí. “Las fuerzas de Gadafi vienen hacia acá, ¡tenemos que marcharnos!”, urgieron. Al salir, los comunicadores se sorprendieron: si en la noche anterior habían cientos de combatientes en la ciudad, ahora apenas se veían unos cuantos. ¿A dónde se fueron, cuándo?

Fue una falsa alarma. Pero Ben Jawad, a 40 kilómetros en dirección a Sirte, había sido capturada por tropas del gobierno, que no habían encontrado resistencia porque los rebeldes la habían abandonado.

En Ras Lanuf, a donde había llegado con periodistas de España e Italia, no podíamos distinguir indicios de que los revolucionarios pudieran articular algo parecido a una ofensiva ordenada y con posibilidades de tener éxito. Como en otras parte de la Libia liberada, la aglomeración de voluntarios no semejaba para nada a un ejército y en cambio, recordaba el casting de un pésima comedia de verano: eso me hizo entender por qué son tan bestiales los entrenamientos de los militares de verdad, destinados en primer lugar a imponer la disciplina.

Era el punto de vanguardia y un inmenso desorden. Los combatientes serios eran una minoría difícil de encontrar. Había algunos soldados y ex soldados. Casi todos los demás eran hombres de todas las edades, sobre todo jóvenes que se tomaban dos o tres días para irse con los amigos a pelear. Alguien traía un vehículo y unas armas de las que habían extraído de arsenales saqueados, juntaban mantas y provisiones, y se iban todos al frente. No había mandos, estructura, ni alguna clase de orden. Cada cual hacía lo que le parecía en el momento.

Parecía un pequeño parque de atracciones en donde los juegos eran mortales. Los más populares eran las baterías antiaéreas: en varias de ellas los rebeldes hacían cola para poder montarse y disparar a la nada, rompiendo tímpanos e incrementando la confusión que ya causaba que decenas de improvisados jugaran con rifles de alto poder.

Disfrazados con cualquier prenda que de alguna forma pareciera militar o guerrillera (el look Che Guevara y el look Yasir Arafat eran favoritos), los hombres derramaban testosterona disparando al aire con fusiles Kalashnikov y M-16 que no sabían manejar. Ya que habían visto en las películas que Rambo los sostenía con una sola mano, intentaban hacer lo mismo pero a veces perdían el control y la mira del arma descendía peligrosamente, con riesgo de herir a los demás. Vi que un un joven reaccionaba airado cuando alguien trató de quitarle el juguete: en el forcejeo los tiros salieron hacia todos lados. De milagro no mató a alguien. Y se quedó con el fusil.

En esos días previos a la gran ofensiva de Gadafi, los combates y las bombas dejaban relativamente pocos muertos y nosotros apostábamos que había más heridos por imprudencias y accidentes que por la acción del enemigo. En el policlínico de Brega, a 120 kilómetros de Ras Lanuf, el médico anestesista Abdelraheen Nagem, uno de los numerosos voluntarios egipcios que estaban llegando a apoyar la revolución libia, confirmó nuestra impresión.

Entre los musulmanes se celebra anualmente la importante festividad de Eid el Kebir, en la que los niños reciben ropa de regalo. Ibrajim al Jodeiri, nuestro chofer y exsoldado, criticaba la actitud de los voluntarios: “Parecen niños del Eid con vestido nuevo”.

Al Jodeiri y Ajmed Fatji, un militar que se pasó individualmente al bando rebelde y al que encontramos apostado en Brega, coincidían en la preocupación de que las fuerzas rebeldes se revelarían como un desastre si el ejército de Gadafi golpeaba con toda la fuerza de la que era capaz. “Nos quieren sorprender”, especuló Fathi, “y cuando vengan por nosotros, nos van a arrasar”.

TOMATE DINAMITA

“Tienes que entender que ninguno de nosotros pensó nunca que esto pasaría”, me dijo Imán Bughaidis, una académica universitaria bengasí que forma parte del primer grupo que convocó a la revolución. “Nosotros vimos que los tunecinos y los egipcios lograban derrocar a sus tiranos con movimientos populares masivos y pacíficos, y pensamos que podríamos hacer lo mismo. Gadafi respondió lanzando a sus fuerzas a reprimir sin medir la violencia, mataron a muchos. La gente respondió tomando las armas contra ellos”.

Así fue que este pequeño conjunto de personalidades de relevancia local, abogados, médicos, profesores y defensores de derechos humanos, de pronto se halló en “un conflicto sangriento, forzado a organizar la administración de la zona liberada, entrar de lleno en las complejidades de las relaciones internacionales, conectarnos con las ciudades rebeldes del Occidente… Imagínate, ¡lidiar con ustedes!” Esa parte era especialmente delicada porque los libios nunca habían visto un periodista y de pronto tenían a cientos de nosotros.

Lo más duro, seguía Bughaidis, era que ahora tenían que “organizar una campaña militar contra un hombre que ha tenido 42 años para invertir las ganancias de nuestras exportaciones petroleras en comprar armas y reunir mercenarios”.

En su contra, los rebeldes contaban con miles de voluntarios con tanto entusiasmo como falta de experiencia, y varias unidades del ejército, la aviación y las fuerzas especiales que se habían pasado del lado de la Zaura. ¿Podrían estos profesionales crear un ejército a toda prisa”.

Mis primeras impresiones fueron poco peor que terribles. El 27 de febrero, los militares ofrecieron tres conferencias de prensa distintas, marcadas cada una por la falta de orden, información, autoridad y ganas de actuar. ¿Con cuántos efectivos contaban? Todavía estaban investigando. ¿Emprenderían la marcha hacia Trípoli” La revolución había sido hecha por al shabab, la juventud, y no le arrebatarían la iniciativa, “nos quedaremos para proteger el Oriente”.

A Abdallah al Hassi, coronel de la fuerza aérea, le robaban el protagonismo sus propios subordinados, incluso compañeros que ya habían pasado al retiro. Como todos se robaban la palabra, un viejo expiloto, Omar el Mansuri, sintió que era necesario intervenir: “¡Es tiempo de que todos se callen ya!”, se impuso. Los reporteros nos alegramos porque por fin podríamos escuchar. “¡Sobre todo los periodistas!”, continuó el hombre, “que sólo traen la anarquía”. Eso nos sorpendió un poco. “Yo”, continuó, “yo soy un aviador con muchas medallas. Las gané en campañas que tuvieron lugar cuando ustedes aún no nacían. En mil novecientos seten…”

Así siguió. Después dos civiles, un viejo y un joven, estuvieron a punto de golpearse a medio metro del coronel y frente a nosotros, porque los dos sabían mejor que el otro cómo poner orden. Yo le hice al oficial una seña de que los apartara de una vez por todas, pero él respondió encogiéndose de hombros. Nos salimos

A esto se sumaba la impaciencia de los jóvenes como Jaled. “No vamos a la revolución a llorar, ¡vamos a la revolución a morir!”, gritaba un supuesto “veterano” en el Centro de Reclutamiento de Voluntarios 17 de Febrero. Estaba lleno de periodistas con cámaras de televisión y el tipo se estaba luciendo. Ataviado con jafiya (el pañuelo blanco y negro tradicional) en la cabeza y una canana alrededor del cuello, en una especie de combinación moderna entre revolucionario mexicano y combatiente palestino, atrajo a una multitud de adolescentes, a la que enseñó, sentado sobre un montón de grava, cómo elaborar una mecha y ponérsela a una lata de puré de tomate rellena de dinamita: “Esto es mejor que un fusil AK-47, porque si disparas con él, descubren dónde estás”, explicaba. “Con la dinamita no te ven, te escondes y cuando vengan en un coche, la arrojas para que explote debajo”.

LOS MERCENARIOS Y EL ODIO

El voluntario rebelde, como Jaled, es la antítesis del mercenario gadafista típico. Es un libio que lucha por ideales, con sus propios recursos y sin entrenamiento, frente a un extranjero formado en campos militares del dictador, que fue traído para pelear por dinero.

El sueño de Gadafi siempre fue convertirse en el gran líder de toda África y para eso invirtió enormes recursos comprando influencia, a través de la financiación de grupos irregulares armados en otros países como Chad, Níger y Malí. Ellos son, ahora, el granero de reclutas con el que nutre sus batallones personales.

Porque el tirano siempre desconfió de sus compañeros militares: como coronel, a los 27 años dio un golpe de Estado y siempre temió que se lo hicieran a él. Se ocupó entonces de debilitar al ejército limitando sus recursos mientras que formaba poderosas unidades bajo sus órdenes y las de sus hijos, dedicadas exclusivamente a proteger a la dinastía. Ésa es la razón del desequilbrio entre sus fuerzas y las que se pasaron a la revolución, mal entrenadas y mal armadas.

El uso de murtazaka (mercenarios) le otorga una ventaja extra: mientras los tenga bien pagados (y cuenta con miles de millones de dólares en efectivo para hacerlo), estos extranjeros no tendrán intereses inconvenientes como darle un golpe de Estado para gobernar un país que no es el suyo.

Los libios saben que hay compatriotas al servicio de Gadafi que cometen atrocidades contra su propia gente, pero les cuesta aceptarlo (han creado incluso un rumor de que el dictador en realidad es de origen extranjero) y son dados a aceptar versiones que culpan de todo a los murtazaka.

Ellos suelen ser africanos del sur del desierto del Sájara, y esto encaja con el racismo. Las imágenes televisadas por la cadena Al Jazeera, como las que muestran a personas con cascos amarillos atacando personas en Bengasi, provocaron una ola de ira y persecuciones contra los negros que tuvieron la mala suerte de ir pasando (hay unos 500,000 trabajadores inmigrantes africanos en el país).

Hubo asesinatos, golpizas y detenciones. El nuevo Consejo Nacional de Transición, una especie de gobierno revolucionario, permitió que Peter Bouckaert, investigador de Human Rights Watch, se entrevistara con una docena de supuestos murtazaka detenidos en Bengasi (hay un grupo mucho más grande encarcelado en el pueblo de Shahat). “He escuchado sus historias y sospecho que casi todas son ciertas, no son culpables”, me dijo el 26 de febrero. “Sólo creo que uno de ellos, ciudadano de Chad, sí lo es”.

PREGUNTAR ANTES DE ODIAR

Como tanto otros libios, Jaled odió a los mercenarios desde la primera vez que supo de sus ataques. En el policlínico de Brega, había dos chicos de 14 y 11 años, y un padre, mal heridos porque estaban pastoreando ovejas cuando pasó una camioneta con una ametralladora, desde la que les dispararon sin razón. Otro niño, hermano gemelo del niño más joven, habñia muerto. “Es la fiera sangrienta de los negros”, me dijo Jaled. “Nunca sacia su sed”.

El viernes 11 de marzo, cuando la llamada “ofensiva final” de Gadafi ya estaba en marcha, Jaled y sus cuatro amigos salieron rumbo al frente en una camioneta pick-up con ametralladora, después de las oraciones de mediodía.

Para esos días, habían hecho un plan: la táctica que estaban usando los gadafistas era destruir durante el día cualquier grupo rebelde, con explosivos arrojados a distancia (aviones, barcos, submarinos, artillería), y acabar con toda resistencia. Después, en la noche, cuando los indisciplinados revolucionarios se hubiesen marchado a dormir, las fuerzas de tierra podrían avanzar, ocupando posiciones silenciosamente.

La idea de los thwar (revolucionarios) era apartarse de la carretera asfaltada, usar rutas discretas del desierto, ocultarse para esperar a las tropas gadafistas, atacarlas por sorpresa y después marcharse a toda velocidad. Con esto, esperaban, les darían una inyección de temor e inseguridad a los mercenarios, que se sentirían desmotivados por su vulnerabilidad ante los ataques.

El domingo 13, por la tarde, tras haber iniciado la operación, encontraron a un grupo de rebeldes diezmado. Todos muertos. Como no podían dejarlos ahí, los acomodaron en la caja del vehículo, al lado de la ametralladora que operaban Jaled y Amr. El tiempo que perdieron provocó que los descubrieran. Mientras trataban de escapar, su amigo se desplomó por un balazo. Entre los violentos tumbos que daba la camioneta, apenas lograba sujetarse y no podía ayudarlo.

Empezaron a caer bombas, primero detrás de ellos y después al frente. Al desviarse, el conductor entrampó el vehículo en una duna. Instantes después, todo saltó por los aires. Jaled vio morir a sus compañeros. Se quedó en la arena, dispuesto a entregarle su alma a Alá. Estaba por llegar la oscuridad cuando vio al murtazaki, sintió odio y quiso matarlo. Se le trabó el arma. Esperó recibir el disparo…

No llegó. El negro le apuntaba sin apretar el gatillo. Jaled estaba exhausto y no reaccionó cuando el hombre se inclinó junto a él. “Soy amazigh (tuareg) de Malí”, le dijo. “No soy combatiente, limpio pisos en hospitales de Trípoli. Cuando empezó todo esto fueron por mí y me reclutaron a la fuerza, con amenazas”. Le dio agua y lo ayudó a sentarse. “No quiero matar a nadie, ¿cuándo se va a acabar todo?”, continuó. Después le señaló en qué dirección se encontraba la carretera. “No vayas de noche. Espera la luz del día”. Y se marchó.

Jaled no sabe por qué no le hizo caso. Como pudo, caminó por horas, trastabillando, sin luz, con riesgo de encontrar al enemigo al llegar al pavimento. Pero las primeras personas que vio eran thwar bengasíes. El general Omar el Jariri, un militar que ayudó a Gadafi a dar el golpe de Estado en 1969 y que pasó años en prisión después de que en los años 70 se había enfrentado a él, ahora era también había tenido la idea de organizar una operación sorpresa, y lo hizo mejor. Sus hombres avanzaron hasta Brega, en la noche, y atacaron a los gadafistas que estaban llegando a ocuparla. Mataron a más de 20 enemigos y capturaron a otros tantos.

La noticia reanimó a muchos en Bengasi. En particular a la familia de Jaled, que lo recibió como a un héroe. Ya que sus heridas no son de gravedad, estará bien en pocos días. Y regresará al combate.

El martes 15, cuando lo visité por la tarde, llegaron noticias de que los oficiales de la fuerza aérea que apoyan a los rebeldes por fin actuaron: hundieron dos fragatas de Gadafi y dañaron un barco más. No querían salir a enfrentarse, pero habían dicho que defenderían el Oriente y, como esa mañana habían empezado a atacar Ajdabiya, parecía como si se hubiera cruzado una línea roja.

“Me he prometido varias cosas”, me dijo Jaled, “empezando por tomarme las cosas en serio, el uso de las armas, la disciplina, subordinar mis iniciativas a lo que planeen los comandantes. Y voy a creer en la gente. Un hombre negro me salvó la vida. Tal vez tengo que preguntar antes de odiar. Mis amigos han pagado por tanta estupidez. Pero ellos ya son shujadá, mártires, y los honraremos con la victoria de la Zaura. ¡Inshallah!”

Estaba de buen ánimo, a pesar de su dolor. Quería que yo lo notara. Y se puso a cantar, un libio entonando una pieza argentina con acento de mexicano: “No bombardeen Bengasi, la vamos a defender…”

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