Israel, en medio del huracán árabe


Por Témoris Grecko / Tel Aviv

Publicado en PROCESO (17/4/2011)

El bullicio de especulaciones en Israel es similar al que surge en este país cuando parece que está a punto de ir a una guerra. Abundan las hipótesis para explicar qué sentido tiene la sangrienta serie de hechos de violencia que inició el 11 de marzo, con el asesinato de una familia de colonos judíos en Cisjordania y que hasta el miércoles 30 continuaba con bombardeos de represalia en la franja de Gaza, con saldo provisional de 41 muertes hasta el martes 12.

Y se discute abiertamente si el ejército va a reeditar muy pronto la Operación Plomo Fundido (con la que atacó y bombardeó Gaza durante 22 días en diciembre de 2008 y enero de 2009, con saldo fatal de 1400 palestinos–más de la mitad eran civiles– y 13 israelíes –10 de ellos soldados–, en un esfuerzo de derrotar a la milicia islamista Hamás, que sigue controlando la zona), cuáles serían los beneficios y cuáles las consecuencias negativas. “Puede ser que tengamos que regresar a esa operación”, dijo Silvan Shalom, el viceprimer ministro israelí, a Radio Israel el 23 de marzo. “Lo digo a pesar de que sé que tal cosa, por supuesto, pondría a la región en una situación mucho más peligrosa”.

El martes 12 de abril, el ministro de Exteriores, Avigdor Lieberman, aseguró que los intentos de lograr un alto al fuego eran “un grave error”. (Lieberman estaba dándole a la radio Reshet Bet una entrevista que ganó fama instantánea: “Sabemos con quienes tratamos”, afirmó. Y se escuchó con claridad el sonido del agua que bajaba por el inodoro. “Ministro habla en vivo… desde el baño”, tituló su nota la agencia AFP.)

No sirve recordar que la última vez que Israel atacó Gaza no enfrentó graves consecuencias. Todo el mundo tiene claro que la situación geopolítica ha cambiado dramáticamente a raíz de las revoluciones en los países árabes, las que han alterado de manera profunda las bases de la estrategia de seguridad nacional, y cuyas implicaciones van desde un impacto en el horizonte de progreso económico hasta el final del periodo más tranquilo que ha vivido esta nación, y que ya dura tres décadas.

Se habla de las insurrecciones de Túnez y de Libia, de Bahréin y de Yemen, pero sobre todo, de las de dos vecinos clave, el enemigo Siria y, con la mayor preponderancia, la del aliado Egipto. Para los pesimistas, la primavera árabe parece ser equivalente a un otoño israelí.

VENTAJAS POLÍTICAS Y ECONÓMICAS

Despectivo hacia sus vecinos, Israel se comparó con ellos durante décadas presentándose como “la única democracia en Medio Oriente”. En su visión, Occidente tenía que tratar con sus iguales, los defensores de la libertad, en tanto que los árabes no tenían remedio, incapaces de evolucionar para salir del autoritarismo. Una limitación política de la que, como se ve, el propio Israel era beneficiario.

“Nuestro tratado de paz con Egipto ha sido fundamental para nosotros durante 30 años”, reflexiona Shmuel Bachar, del Instituto Israel de Políticas Públicas y Estrategia. “Pero había algo llamado ciudadanía egipcia, que siempre nos esforzamos por ignorar y con lo que de pronto nos hemos topado”.

En 1948, 1967 y 1973, Israel enfrentó tres guerras contra un conjunto de enemigos cuyas poblaciones y economías combinadas eran enormemente mayores que la suya. Tuvo éxito, pero la amenaza existencial persistía. Evitar que estas coaliciones se repitieran se convirtió en un objetivo prioritario. Gracias a la mediación del presidente estadounidense Jimmy Carter, el mandatario egipcio Anuar Sadat aceptó un acuerdo en 1977, mediante el cual reconocía el derecho de Israel a existir a cambio de obtener una relación privilegiada con Washington y de la devolución de la península del Sinaí que los israelíes habían ocupado cuatro años antes.

El decidido apego de Josni Mubárak (sucesor de Sadat) al pacto garantizó su límite sur y además brindó colaboración. La firme e indispensable colaboración egipcia en la imposición del bloqueo a la franja de Gaza (que es la operación no bélica igualmente destinada a destruir a Hamás) es algo que muchos de sus críticos han preferido no comentar.

La frontera más larga de Israel, a lo largo del río Jordán, quedó igualmente asegurada cuando el inicio del diálogo con los palestinos, a razíz del proceso de Oslo iniciado en 1993, facilitó que Jordania también firmara un tratado.

Sólo faltaron el pequeño, fragmentado y débil Líbano, al norte, y el límite noreste con Siria, cuya montañosa región del Golán está bajo ocupación israelí (lo que les da ventaja militar), y que tiene una dictadura cuyo ladrido ha sido tan sonoro como inexistente su mordida.

Desde la fallida invasión de Yom Kippur en 1973, Israel no ha vuelto a padecer en su territorio ataques militares, con la excepción de los desatinados misiles Scud que lanzó el ejército iraquí de Sadam Huséin durante la primera guerra del Golfo, en 1991. Y el periodo de golpes terroristas se acabó a raíz de que la Autoridad Nacional Palestina actuó para detenerlos e Israel se cubrió con un extenso muro “de protección” con el que, además, se anexiona grandes segmentos de tierras palestinas.

La sensación de inestabilidad es algo con lo que los israelíes nacieron y crecieron. Dentro de ella, no obstante, la paz y la colaboración con Egipto y Jordania les dieron un espacio de confort en estas tres décadas. Que les permitió, además, desarrollar el país, como explica el general retirado Giora Eiland, quien antes encabezó la oficina de planeación del ejército israelí: “Es difícil imaginar la prosperidad económica de Israel sin la caída en el presupuesto de defensa, que representaba más del 30% del producto interno bruto antes de 1979. Después del tratado de paz con Egipto, bajó al 7%”.

ESPIRAL DE VIOLENCIA

Para la derecha israelí, no existe manera de encontrar signos positivos en la remoción del ahora expresidente egipcio Josni Mubárak, ocurrida el 11 de febrero. “La revolución egipcia eliminó un régimen que definía el interés nacional como tener una política anti-Hamás”, afirma Barry Rubin, director del Centro de Investigación Global sobre Asuntos Internacionales.

Las posibles alternativas post-Mubárak, según Rubin, son los islamistas de Hermanos Musulmanes, los nacionalistas y los liberal-demócratas, pero afirma que es indistinto pues todas favorecerán a los islamistas: “Hermanos Musulmanes ve a Hamás como su aliado más próximo y quiere que destruya la Autoridad Nacional Palestina así como quiere que destruya Israel. Los nacionalistas apoyan a Hamás como parte de la lucha general de los árabes contra Israel. Y los liberal-demócratas la apoyan porque saben que es una postura muy popular en la opinión pública egipcia”.

De manera parecida, los conservadores israelíes no tienen duda de que los incidentes violentos del mes de marzo son una maniobra para provocar a Israel y empujarlo a volver a atacar Gaza.

El 11 de marzo, Ehud y Ruti Fogel, un matrimonio del asentamiento judío de Itamar, cerca de la ciudad de Nablús, en Cisjordania, fue apuñalado en su casa junto a sus tres pequeños hijos, de 11 y 4 años, y de tres meses. Ningún grupo se responsabilizó del ataque. El gobierno israelí prometió que “un puño de hierro caerá sobre los asesinos” y que se construirían cientos de casas de colonos en los territorios ocupados.

El 16 de marzo, un cohete lanzado por Yijad Islámica (una facción fundamentalista cercana a Irán y rival de Hamás) desde Gaza cayó en una zona desierta en el sur de Israel, y de inmediato, aviones israelíes bombardearon Gaza y mataron a dos activistas de Hamás. Un portavoz de esta milicia dijo al International Crisis Group que la respuesta violó “las reglas razonables del juego: que cuando los proyectiles palestinos golpean áreas abiertas, Israel apunte a áreas abiertas”.

El 19 de ese mes, más de 50 granadas de mortero cayeron sobre Israel, el mayor número desde la Operación Plomo Fundido. De inmediato, disparos israelíes mataron a dos palestinos que, dijo el ejército, se habían aproximado a una zona prohibida, y otros cinco fueron heridos por balas de tanque.

Los intercambios de fuego siguieron durante los días 20 a 23, con saldo de nueve muertos y 18 heridos palestinos. Esto incluye a un anciano y tres adolescentes que jugaban futbol afuera de su casa cuando los alcanzó el proyectil de un tanque. Esa tarde, una bomba colocada en una cabina telefónica en Jerusalén, mató a una mujer (una británica predicadora de la Biblia) e hirió a 25 personas. Esta acción no fue reivindicada.

El 26, Hamás dijo haber logrado que Yijad Islámica, una facción rival, aceptara suspender el lanzamiento de misiles “mientras Israel mantenga el cese al fuego”. Pero al día siguiente, un avión israelí mató a dos palestinos en un coche en el norte de Gaza (el gobierno dijo que planeaban disparar un cohete) y el 30, un ataque aéreo acabó con un palestino e hirió a otro cuando ambos viajaban en una motocicleta al sur de la franja.

Hasta esa fecha, el balance de muertes era de tres adultos (incluida la británica) y tres menores para Israel, y 13 adultos y tres menores para los palestinos. Pero sólo en el pico más reciente de la escalada, entre el jueves 7 y el domingo 10 de abril, a raíz de que un misil palestino impactó un autobús escolar israelí y dejó a un adolescente grave, las represalias del ejército mataron a al menos 19 palestinos e hirieron a unos 70 más.

“La comunidad internacional entera debería plantarse frente a un ataque terrorista contra civiles y condenarlo sin ambages”, dijo el presidente israelí Shimon Peres el martes 12, ante los príncipes de España. Le resultó fácil ignorar de qué lado está la inmensa mayoría de las víctimas.

LAS HIPÓTESIS DE LA ESCALADA

La prensa israelí ha publicado diversas hipótesis para explicar lo que está ocurriendo, que se pueden resumir en tres variantes:

-Hamás está envalentonada por la caída de Mubárak y quiere provocar un ataque contra Gaza que indigne a la opinión pública egipcia, lo que beneficiaría a Hermanos Musulmanes en las elecciones que tendrán lugar en septiembre.

-Una facción interna de Hamás (con apoyo de Yijad Islámica) trata de crear tensiones para sabotear el diálogo de Hamás con la Autoridad Nacional Palestina, destinado a reconciliar a las organizaciones palestinas.

-Irán y/o Siria están utilizando a Yijad Islámica para provocar una guerra. Teherán se beneficiaría desestabilizando a Israel y a la cúpula militar en Egipto, mientras que el régimen de Bashir Assad lograría debilitar al creciente movimiento opositor sirio con un llamamiento a la unidad contra Israel, y además distraer a la comunidad internacional mientras reprime a sus disidentes.

Los periodistas israelíes, sin embargo, también han señalado que el origen del problema podría estar en Israel. Como Alex Fishman, del diario derechista Yediot Ahronot, escribió el 24 de marzo que la insistencia del ejército israelí en que no quiere una escalada bélica se contradice con los ataques mortales que realiza contra sus enemigos: “Un asesinato selectivo no es sólo otro paso en una espiral descontrolada de deterioro. Es la evidencia clara de una escalada planificada”.

En el liberal Ha’aretz, por su lado, Amos Harel and Avi Issacharoff explican que Hamás “tiene de hecho buenas razones para creer que Israel es el que está calentando el frente sur. Empezó con un bombardeo hace varias semanas que impidió la transferencia de una gran suma de dinero de Egipto a Gaza, continuó con el interrogatorio del ingeniero de Hamás Dirar Abu Sisi (quien está a cargo de la principal estación eléctrica en Gaza y fue secuestrado en Ucrania) y siguió con el ataque contra un campo de entrenamiento de Hamás en el que murieron dos militantes”.

Un informe del International Crisis Group indica que los cambios en los equilibrios internacionales hacen que a Israel no le convenga “inflamar la situación, y además sabe que lo último que el gobierno de Estados Unidos quiere es una guerra israelo-palestina que afecte negativamente otros desarrollos regionales”, en referencia a las insurrecciones en varios países aliados y enemigos.

En una actualización urgente, no obstante, el ICG advierte que también en las semanas anteriores a la Operación Plomo Fundido había esta reluctancia de Hamás e Israel a entrar en guerra, “pero ahora, como entonces, la combinación de bajas civiles, los eventos regionales y la continuada paralización de la política palestina han creado las condiciones para un rápido deterioro hacia el tipo de enfrentamiento que ninguna de las partes busca, para el que ambas se han preparado con cuidado y del que ninguna se retirará rápidamente”.

Barry Rubin y otros derechistas creen que “la revolución egipcia ha hecho inevitable otra guerra con Hamás”, mientras que importantes líderes políticos, como Tzipi Livni (presidenta del partido centrista Kadima, el principal de la oposición), están llamando a atacar a “Hamás con fuerza, como hizo Israel durante la Operación Plomo Fundido”.

Es una paradoja que el gobierno ultraderechista del primer ministro Binyamin Netanyahu sea, en cambio, el que hasta el momento se siga mostrando poco favorable a la escalada, como señala el analista de izquierda Dimi Reider: “Sigo prefiriendo un gobierno débil de derecha, que necesita demostrar que es responsable, a un gobierno fuerte de centro, que necesita probar que es duro. Livni ya estaría a medio camino demoliendo Gaza”.

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