Egipto: La revolución extraviada


Por Témoris Grecko / El Cairo

Publicado en PROCESO 3/4/2011

Marzo fue un mes en el que los sentimientos de los egipcios se dividieron entre el miedo, la decepción y el ansia. En cierta medida, la libertad llegó después de que 18 días de protestas culminaron con la salida del poder de Josni Mubárak, presidente por 30 años. Pero es algo completamente nuevo para la gente, acostumbrada a un régimen en el que todo estaba controlado por las fuerzas de seguridad, para bien y para mal. Algunos creen que hay una contrarevolución en marcha. Otros piensan que ya está bien con lo logrado y quieren calma ya. Unos más se preguntan qué pasó con la revolución.

La cúpula militar, que ha asumido el poder, tolera ataques violentos y la práctica de la tortura, y ha anunciado su intención de legislar para castigar las manifestaciones callejeras con penas de cárcel y multas por un mínimo de 500 mil libras egipcias (unos 83 mil dólares).

En un país donde nunca pasaba nada, la gente asiste al espectáculo de una rápida sucesión de eventos. Tal vez el más importante fue el referéndum del sábado 19 de marzo, cuando por primera ocasión en la historia reciente los egipcios formaron largas colas para ejercer su derecho al voto: en los años de Mubárak, ricos en alquimia electoral, eran pocos quienes se arriesgaban a acudir a las urnas, controladas por miembros del oficialista Partido Nacional Democrático (PND, disuelto semanas atrás), que ejercían presión física para desanimar la presencia opositora.

Ahora la atmósfera fue diferente. El Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, el órgano que conducirá el país hasta que sean electas nuevas autoridades civiles, sometió a consulta popular una serie de cambios constitucionales redactados por una comisión legislativa (entre ellos, limitación del mandato presidencial a dos periodos, restricciones en la capacidad del gobierno para imponer leyes de emergencia y mejor supervisión de los procesos electorales), que permitirán que se realicen comicios presidenciales en septiembre. Los críticos sospechan que tanta prisa no es sólo por fervor democrático.

ELECCIONES AL VAPOR

Millones de jóvenes y adultos se estrenaron marcando una boleta. Los mayores recuperaron un hábito perdido. “Ya no recuerdo la última vez que voté, pero fue antes de 1981 (año en que Mubárak subió al poder)”, dijo Amr Suelam, un sesentón del barrio de Zamálek.

No todo el mundo quedó satisfecho, sin embargo. “No puedo creer que tanta gente haya votado Sí”, dijo Shima Jelmy, una estudiante universitaria y activista de la revolución que empezó el 25 de enero, cuando se conoció que un 77% de los votantes había apoyado la propuesta.

Quienes convocaron a respaldar las reformas planteadas fueron los militares, los exmiembros del PND y la influyente agrupación Hermanos Musulmanes. En contra se manifestaron los grupos de jóvenes que realizaron la revolución, como el Movimiento 6 de Abril; los partidos opositores Wafd, Ghad y Khefaya; e importantes figuras de la política y la cultura, como los ya anunciados candidatos presidenciales Amr Mousa, secretario general de la Liga Árabe, y Mojamed El Baradei, Premio Nobel de la Paz.

“Votar sí en el referéndum es resucitar la constitución que hizo Mubárak”, advirtió El Baradei, quien prefería que se elaborara una carta magna completa en lugar de introducir algunas reformas. “Esto va a producir un parlamento manchado”.

“Nos prometieron que las enmiendas serían sometidas a un extenso debate”, reclama Wael Ghonim, un ejecutivo de Google que es una de las caras más conocidas de la insurrección. “Prometieron también que las reformularían en caso de que hubiera desacuerdos importantes. Pero de pronto tienen muchísima prisa”.

Ghonim señala varios elementos que le preocupan: que se especifique que los candidatos presidenciales no deben tener “esposas” extranjeras, en femenino, lo que parece descartar a las mujeres; que se exija que sólo tengan la nacionalidad egipcia, lo que excluye a muchos ciudadanos que la tienen doble; y que cualquier partido, aunque sólo tenga un diputado, pueda presentar candidatos presidenciales, en tanto que a un independiente se le exige el respaldo de al menos 30 representantes populares.

Lo más inquietante es, sin embargo, la velocidad con la que se están llevando a cabo las cosas: el 11 de febrero cayó Mubárak, catorce días después ya había propuesta de reforma constitucional y tres semanas más tarde, se pedía a la gente que decidiera sobre ellas, en un solo paquete, sin posibilidad de aceptar algunas y rechazar otras.

“El PND puede haberse disuelto oficialmente, pero sus dirigentes siguen operando y son ellos quienes controlan las estructuras políticas que montaron durante décadas”, señala el periodista Abdel Araf. “Aparte de los exPND, el único grupo organizado con presencia nacional son los Hermanos Musulmanes. ¿No te parece significativo que se trate precisamente de quienes pidieron votar por el sí? Con elecciones a la vuelta de la esquina, sólo ellos tendrán posibilidades reales de competir, los demás están formando partidos prácticamente desde cero”.

EL RÉGIMEN SIGUE EN PIE

“Siempre estuvimos acostumbrados al orden”, explica Shima Helmy. “Ahora, tanto alboroto ha terminado por asustar a mucha gente. Han dejado de entendernos y creen que ya tenemos lo que queríamos, que debemos darnos por satisfechos. Por otro lado, a muchos les asusta la idea de hacer enojar al ejército”.

Una peculiaridad poco reconocida de la revolución egipcia es que en el fondo no buscó derrocar al régimen, sino a la figura que lo representaba (Mubárak). Las fuerzas armadas controlan el país desde el golpe de Estado que dio Gamal Abdel Nasser en 1952, y en febrero pasado, al tomar distancia del desacreditado Mubárak, no sólo facilitaron su caída, sino que evitaron despeñarse con él.

Casi desde el principio, los generales actuaron como si el problema no fuera con ellos. Por su parte, los insurrectos prefirieron verlo así y evitar enfrentarse con los uniformados. A pesar de que hubo denuncias de torturas de opositores perpetradas por los militares, había una colaboración entre unos y otros, como quedaba en evidencia en la plaza de Tahrir, centro de la revolución, cuyos accesos eran controlados de manera compartida por voluntarios y soldados con tanques de guerra.

Para muchos, el éxito de la revolución tuvo lugar cuando el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas le arrebató el poder al presidente. Mubárak siempre se negó a renunciar y al final los militares lo pusieron en un avión, en lo que fue técnicamente un golpe de Estado.

Así fue que una mayoría de los manifestantes que ocuparon Tahrir durante 18 días, la empezaron a abandonar, otorgándoles a los oficiales un voto de confianza para que llevaran a cabo la transformación del sistema político que ellos mismos habían dirigido durante casi 60 años.

HOSTIGAMIENTO SISTEMÁTICO

Otros no les creyeron, sin embargo. Durante las semanas siguientes, se dio una lucha sorda entre la minoría que insistía en permanecer en Tahrir (hasta que los militares entregaran el gobierno a civiles desligados del régimen, quienes se encargarían de manejar la transición democrática) y los soldados que los hostigaban para forzarlos a marcharse. Esto se enmarcó en una serie de sucesos que condujo a pensar que estaba en marcha un movimiento contrarrevolucionario.

Los casos abundaron a lo largo de todo el mes pasado. El domingo 27 de marzo, una falla en el detonador impidió que explotara una bomba destinada a destruir un gasoducto en el Sinaí. En Tahrir, el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, las participantes de una marcha femenina  fueron agredidas, divididas y dispersadas por una contramanifestación de hombres y mujeres. Además, reaparecieron los baltagiyya (grupos de golpeadores creados por Mubárak), que atacaron en varias jornadas a los manifestantes en Tahrir y en otras partes del país.

Lo más grave fueron los enfrentamientos del 9 de marzo en El Cairo, entre miembros de la minoría cristiana y de la mayoría musulmana, que dejaron 13 muertos y más de 140 heridos.

Según Emad Gad, analista del Centro Al Ahram de Estudios Políticos y Estratégicos, en estas acciones parece actuar la mano de agentes policiacos al servicio de “empresarios corruptos y miembros del PND. Los han usado antes en las elecciones, ahora están tratando de afectar la seguridad del Estado y juegan con los problemas religiosos para llevar a Egipto a la guerra civil”.

El 11 de marzo, el primer ministro Isam Sharaf (un académico que participó en la revolución y que fue colocado en ese puesto por la cúpula militar como una forma de ganarse a la oposición) admitió que temía que hubiera una contrarrevolución en marcha:

“Oremos porque yo esté equivocado”, dijo en un programa de televisión. “El gobierno acepta como verdad que lo que ocurre está organizado y es sistemático. Desafortunadamente, se puede sentir que hay gente que está tratando de destruir la estructura del Estado”.

¿QUÉ LE PASÓ A LA REVOLUCIÓN?

Lo que también se puede sentir es que el control que ejercen los militares sobre los ciudadanos se parece demasiado al que había en el viejo régimen. El estado de emergencia (que permite a las autoridades detener personas, prohibir organizaciones y cerrar medios de comunicación sin tener que dar explicaciones) que mantuvo Mubárak durante 30 años, y cuyo fin es una de las principales demandas de los revolucionarios, continúa vigente, a pesar de que los generales han prometido levantarlo “cuanto deje de ser necesario”.

También sigue en vigor la prohibición de salir a la calle entre la medianoche y las seis de la mañana, lo que convierte a los soldados en amos de la oscuridad. De día, establecen puntos de revisión en los que los ciudadanos tienen que mostrar sus documentos de identidad y responder preguntas.

Según Abdel Ramadán, un abogado de la Iniciativa Egipcia por los Derechos Personales, “miles de civiles que protestaban han sido arrestados, se les niega acceso a defensores civiles e incluso la oportunidad de llamar por teléfono a sus familias. Son sometidos a juicios de cinco minutos con sentencias de cinco años de prisión”.

Priyanka Motaparthy, representante de Human Rights Watch en El Cairo, denuncia que se violan los derechos humanos de los ciudadanos a quienes se somete a la justicia militar: “Son manifestantes civiles, los interrogan frente a abogados militares designados por la fiscalía militar. No les dan acceso a abogados civiles. Una vez que los sentencian, no hay proceso de apelación”.

El ejemplo más elocuente de cómo los soldados se aferran a las viejas prácticas es que siguen torturando a los detenidos, como se reveló en un evento para discutir el rumbo de la revolución a dos meses de su inicio, en un barco-restaurante en el río Nilo, el viernes 25 de marzo.

Los asistentes recordaron que un par de semanas atrás, el día 9, bandas de golpeadores baltagiyya atacaron y destruyeron el campamento en Tahrir, con ayuda de los soldados. Los agresores civiles y militares arrestaron a un número indeterminado de personas, a quienes llevaron a un puesto que montó el ejército a pocos metros de ahí, en los bajos del Museo de Antigüedades Egipcias.

Uno de los detenidos fue Ragy el Kashef, quien durante seis horas recibió golpizas, azotes y descargas eléctricas que dejaron marcas horribles en su cuerpo.

Otra fue Rasha Azab, una periodista de 28 años de edad del semanario Al Fajr: “Me pateaban en el estómago, me golpeaban con palos y me abofeteaban. Sólo se referían a mí con insultos. Vi que arrastraban y azotaban a docenas de hombres, la gente que estaba en Tahrir. Escuchaba a personas que gritaban desde dentro del museo y los soldados me dijeron: ‘Deberías agradecerle a dios de que no estás allá adentro’”.

Un informe de Amnistía Internacional dio a conocer que fueron al menos 17 las mujeres sometidas a tratos indignos: “Las golpearon, les dieron choques eléctricos, las sometieron a revisiones por debajo de la ropa mientras las fotografiaban los soldados. Bajo la amenaza de más toques eléctricos y de ser acusadas de prostitución, las obligaron a aceptar ‘exámenes de virginidad’, que realizaban médicos hombres acompañados de una enfermera, frente a los soldados”.

En el evento en el Nilo, en el que participaron miembros de todos los partidos de oposición, la abogada de derechos humanos Ragia Omran denunció la ley antimanifestaciones que quiere aprobar la cúpula militar: “¿A dónde va la revolución, la revolución que empezó en la plaza Tahrir? ¿Qué le pasó a la revolución que creamos?”

One response to “Egipto: La revolución extraviada

  1. I’ve just seen this I didn’t know you published it! I’m gonna share all what you wrote about Egypt in my personal blog under Espanol tag. Muchas gracias amigo for all what you are doing!
    Shima

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