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Mauritania: El vacío novelable


Un recorrido por donde te dijeron que no fueras muestra la tragedia de un país

Columna Fronteras Abiertas, de Témoris Grecko

Publicado en National Geographic Traveler Latinoamérica, marzo de 2011

Las fuerzas de seguridad mauritanas han instalado ocho puntos de control en la carretera Nouadhibou-Nouakchott, por la que transitaba un convoy de ayuda humanitaria que fue atacado por Al Qaeda en noviembre de 2009, y en el que secuestraron a tres españoles. Hoy, ser un occidental (incluso uno con pasaporte mexicano) en esta zona es una ventaja: en ocho ocasiones debí entregar el documento de viaje con visa y explicar qué me traía por aquí, pero mi equipaje nunca debió someterse a inspección. A los demás pasajeros del transporte público que nos trasladaba, en cambio, los obligaron a vaciar sus maletas, bolsas de plástico y revoltijos de ropa una y otra vez. Los guardias se mostraban groseros y prepotentes, pretendiendo hallar pretextos –muy vagos— para retener las propiedades de alguno y jugar a que lo hacían perder el vehículo, con el fin de sacarle una buena mordida.

“Es por tu seguridad”, me dijo en francés una anciana muy amable.

No me revisaron porque no soy sospechoso de llevar armas, y sobre todo porque ya pesa demasiado que Al Qaeda haya espantado a los extranjeros que pasaban por aquí. El gobierno no se ha cansado de explicar que la zona de operación de los terroristas está bastante lejos en el Sájara (Sahara), por allá por Níger, y que su incursión hasta la costa atlántica fue excepcional. Pero es más fácil hacer florecer el desierto mauritano que curarles el susto a los turistas.

Y los vecinos lo complican más todo. Crucé desde el Sájara Occidental, donde pude moverme a pesar de que el gobierno marroquí lo cerró a periodistas como yo y –con alguna laxitud— a los foráneos en general, lo que significa que muy pocos overlanders (viajeros terrestres de largo aliento) estaban bajando desde el norte. Y hacia el sur, el paso está semi-bloqueado, debido a los onerosos impuestos que Senegal cobra desde hace pocos años a la entrada de vehículos extranjeros, así como a la famosamente difícil y corrupta burocracia de los puestos fronterizos de Rosso.

La alternativa es girar hacia el oriente, por los hostiles caminos del desierto hacia Mali… justo de donde se teme que venga Al Qaeda.

Porque Mauritania, a fin de cuentas, es país de tránsito. Juan Rulfo lo encontraría novelable porque nadie parece venir aquí: es el obstáculo a salvar, el mal paso necesario al que hay que darle prisa.

Es una pena porque el turismo es una de sus muy escasas alternativas económicas y, al cumplir 50 años de independencia en 2010, nunca ha logrado desarrollarlo. Con una extensión equivalente a medio México, un 75% de su territorio es desierto, desierto verdaderamente salvaje, de ése que atrae a los aventureros con dunas gigantescas y antiguas poblaciones de autenticidad medieval. Lo otro son sus playas: cientos de kilómetros, vírgenes y solitarios (expuestos a los navegantes de otras tierras que los usan como basurero cuando los buques caen en desuso; refugios de aves migratorias quedan atrapados entre cementerios de barcos de desecho y anticuadas instalaciones industriales que contaminan las zonas prístinas).

Más allá de las culpas de vecinos y visitantes indeseados, los generales mauritanos se han encargado de mantener un país con muy escasos recursos (algo de mineral de hierro y casi inexistentes tierras fértiles) asolado por golpes de Estado, motines y asesinatos. A esto hay que sumar una sociedad estratificada en castas, donde los moros árabes están por arriba de los moros negros, y estos por encima de los negros negros; en donde persisten la esclavitud y costumbres como la de forzar la alimentación de las chicas para que engorden y se casen, ya que, dice la tradición, las dimensiones de una mujer indican el tamaño que ocupará en el corazón de su marido. Pocas veces como ésta he sentido que me encuentro en un lugar sin esperanza: a veces faltan recursos, pero hay voluntad; otras es al revés. Tuve la impresión de que aquí no hay nada.

Antes, en Nouadhibou, había conocido a Moussa, un joven despierto que chapurrea el castellano prometedoramente (pronto lo hablará muy bien) y que me ofreció sus servicios de guía con claridad que agradecí: de aquí a acá se paga; lo demás es amistad. En varias ocasiones ha colaborado con oenegés españolas que llevan ayuda a ese y otros países de la región, y así me pudo quitar de la cabeza los comentarios de algunos cínicos que dijeron que los secuestrados iban en una caravana de turistas de la ayuda solidaria, que no llevaban más que dos latas de sardinas: “La economía no existe aquí ni los empleos”, dijo el muchacho. “Los productos que traen las caravanas cambian las cosas para mucha gente”.

¿Creía Moussa que su país puede llegar a algún lado? Me devolvió una mirada vaga en la que creí leer muchas cosas, pero de nada estoy seguro. Medio siglo de independencia no significaba algo muy claro para él. Pensé que sí, que puede ser una abstracción con poco sentido. Fue más concreto, en cambio, el mensaje individualista que envió cuando le pregunté por qué había abandonado los estudios: “¿No conoces la escuela mauritana? No sirve para nada. Lo haré mejor solo”.

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