Libia: Entre el asedio de Gadafi y la paranoia


Por Témoris Grecko / Bengasi

(Publicado en PROCESO, 20/3/2011)

La noche del martes 15 fue sorprendente en Bengasi: miles de ciudadanos celebraron en plazas y calles de la urbe como no los habían hecho a lo largo del mes de conflicto. Resultaba bastante peligroso porque la cantidad de armas en poder de manos inexpertas es enorme y, en medio de la gran fiesta sin alcohol, los dedos se quedaban pegados a los gatillos en una competencia de tiros al aire.

 

Todo esto ocurría en contraste con el ambiente de angustia y miedo que había prevalecido desde que inició la última ofensiva de las tropas de Muamar Gadafi, el 10 de marzo, y que se expresó con claridad en las oraciones de mediodía del viernes 11 (el momento más significativo de la semana musulmana), cuando el estado de ánimo de las dos ocasiones anteriores (optimismo, el viernes 25 de febrero; furia, el viernes 4 de marzo) fue reemplazado por el de impotencia ante la fuerza superior del armamento del dictador.

 

Quien la había aprovechado para ganar terreno y asediar una posición estratégica, la ciudad rebelde de Ajdabiya. Se trata de la puerta de entrada a Cirenaica, la región del Oriente del país que es el bastión de la llamada Libia Libre. Ante la gravedad de las cosas, la Coalición Nacional de Transición (CNT, órgano revolucionario de autoridad) dio a conocer ese martes que el general Abdel Fatah Younis, quien hasta el 21 de febrero todavía era ministro de Interior de Gadafi, es el comandante de las tropas revolucionarias.

 

Para justificar esta decisión, Younis ofreció su larga experiencia, que incluye la creación de las fuerzas especiales del dictador, y su mando sobre 8,000 soldados que se pasaron con él a la revolución. Lo que no ha dicho es por qué hasta ahora no han sido vistos en los combates.

 

LA BESTIA DE BENGASI

 

Desde el 28 de febrero, el corredor entre Ajdabiya y el bastión gadafista de Sirte, ubicado justo en el centro del país, había sido el escenario de una serie de ofensivas y contraofensivas en las que los bandos habían conquistado y perdido varias veces las poblaciones intermedias de Bin Jawad, Ras Lanuf, Sidra y Brega.

 

Aunque el 10 de marzo las cosas empezaron a cambiar, cuando las tropas gadafistas empezaron a hacer un uso más intensivo de su armamento (jets de combate y helicópteros artillados, fragatas y submarinos, artillería pesada, obuses, carros blindados y tanques) contra los revolucionarios (provistos de tanques, camionetas pick-up con ametralladoras montadas, baterías antiaéreas, rifles AK-47), todavía les tomó cuatro días consolidar su dominio en Brega y sólo fue hasta el martes 15 que hicieron sentir que estaban rompiendo el estancamiento, al atacar Ajdabiya y colocarse inquietantemente cerca de Bengasi.

 

La perspectiva de que el dictador Muamar Gadafi llegue a reconquistar el Oriente se discutía en voz baja en corrillos de personas que insistían en que no había más alternativa que vencer o morir.

 

Los cirenaicos nunca han querido a Muamar Gadafi. Él sabe y corresponde. Le pesan, además, los antecedentes de esta gente, que fue el foco de la resistencia contra la ocupación italiana entre 1911 y 1930, y que se levantó en 1980, en la ciudad de Tobruk, contra él mismo. Tiene vena rebelde.

 

Desde el inicio de su régimen, que instaló con un golpe de Estado en 1969, el dictador se ha cuidado de Cirenaica, a la que ha mantenido quieta bajo un régimen de terror.

 

No es sólo de Gadafi de quien los bengasíes tienen miedo. También de la aldaldesa que él nombró, Huda ben Amer. En 1984, se anunció el juicio público contra Al-Sadek Hamed Al-Shuwehdy, un ingeniero que había montado una campaña pacífica para oponerse al régimen de Gadafi, y llenaron el estadio de baloncesto donde tendría lugar con estudiantes de primaria y secundaria. Pero no hubo abogados ni juez, sino un verdugo que le puso la soga al cuello al sollozante Al-Shuwehdy. Cuando el hombre colgaba de la cuerda y se retorcía sin morir, la muchacha Ben Amer corrió a abrazarse de sus piernas, usando su peso para intensificar el estrangulamiento, hasta que el cuerpo dejó de moverse.

 

Gadafi vio la escena por televisión. Impresionado, impulsó la carrera de la mujer hasta convertirla en una de las personas más ricas del país. El dicho favorito de Ben Amer es: “No necesitamos hablar, necesitamos más ahorcamientos”. “Cuando los manifestantes fueron a su casa a buscarla, el 19 de febrero, la alcaldesa había escapado”, cuenta Ajmed al Saljam, un activista revolucionario. “Quemaron su mansión. Y después la vimos al lado de Gadafi, cuando él daba uno de sus discursos llenos de amenazas. ¿Qué crees que hará si regresa a Bengasi?”

 

Entre Gadafi y Ben Amer, los habitantes del Oriente tienen razones suficientes para resistir: “Hemos humillado a un hombre infinitamente soberbio, a sus hijos y su estirpe”, dice Al Saljam. “No nos van a perdonar. Todos sabemos que no podemos darnos el lujo de perder la guerra: si Gadafi regresa al oriente, no va a dejar a uno solo de nosotros vivo. Destruirá nuestras casas, violará a nuestras mujeres, nos torturará hasta la muerte”.

 

EL JEFE OCULTO

 

El ataque del martes 15 fue más violento de lo esperado y la propaganda del régimen hizo creer a muchos que el objetivo había caído (el miércoles 15, continuaba bajo bombardeo). “La ciudad de Ajdabiya ha sido limpiada de mercenarios y terroristas vinculados con la organización terrorista Al-Qaeda”, anunció la televisión gubernamental.

 

En Bengasi, sin embargo, no se lo creían. Todo lo contrario, una serie de noticias reales (que los pilotos que se pasaron del lado de la revolución tres semanas atrás finalmente habían actuado y hundieron dos fragatas de Gadafi; y la rendición de soldados enemigos) y de rumores no confirmados (deserción de aviadores con sus naves, alzamientos contra el dictador en su bastión de Sirte, ataques contra su cuartel general en Trípoli) dieron motivo para una fiesta de bailes y balas como no se había visto en esta ciudad desde el inicio del conflicto: parecía que celebraban una gran victoria.

 

Ese mismo martes, en el contexto del asedio a Ajdabiya, se dio a conocer a la prensa internacional que el general Abdel Fatah Younis era el comandante de las desorganizadas fuerzas rebeldes. La cadena de noticias Al Jazeera y otros medios presentaron el hecho como si fuera una nueva deserción y que con él se habían integrado a la rebelión 8,000 soldados profesionales, incluidos 3,000 miembros de las fuerzas especiales.

 

Sin embargo, fue desde el 22 de febrero que Younis abandonó su cargo de ministro del Interior y se pasó a las fuerzas revolucionarias con su gente, y ya el 2 de marzo se entrevistó en Londres con el secretario británico del Exterior, William Hague, en calidad de jefe militar rebelde. Este movimiento –o, mejor dicho, aclaración— muestra que cuatro de las cinco posiciones ejecutivas entre los rebeldes están en manos de personas que hasta febrero integraban el gobierno de Gadafi, y sólo la vicepresidencia del CNT corresponde a un activista del grupo original que convocó al alzamiento.

 

Younis ha estado asociado por muchos años con el régimen de Gadafi, quien le encomendó la tarea de crear y dirigir las fuerzas especiales del ejército. Entre sus responsabilidades de ministro del Interior estaba dirigir cuerpos de seguridad como la policía secreta, directamente implicada en la represión.

 

“Los revolucionarios iban a ver a alguien relacionado con el viejo régimen”, explica Mustafa Gueriani, uno de los portavoces del Consejo. “Él no tiene sangre en las manos ni se enriqueció con actos corruptos. Pero la gente podía no entender esto y debíamos presentarlo poco a poco”. De acuerdo con él, las dudas que puedan existir sobre el pasado de Younis son “propaganda de Gadafi”.

 

LOS ISLAMISTAS AL ACECHO

 

Si el ejército gadafista lograra apoderarse de Ajdabiya, tendría dos alternativas: una es dirigirse 150 kilómetros hacia el norte para asediar Bengasi, centro político de los rebeldes; la otra es avanzar a través del desierto por una recta de 400 kilómetros que les permitiría atacar la ciudad insurgente de Tobruk (en donde se encuentra la última refinería de petróleo que no ha caído en sus manos), controlar la frontera con Egipto y aislar Bengasi. El miércoles 15, Seif el Islam Gadafi, hijo del dictador, declaró a la prensa que la toma del centro político rebelde se daría “en 48 horas”.

 

“¿Con qué lo van a hacer?”, pregunta Gueriani. “No tienen los hombres necesarios. Poseen las armas, pero les falta gente. Pueden atacarnos en el desierto, pero no tienen capacidad de ganar en las ciudades”. El antecedente es una población del oeste, Zawiya, que las tropas gadafistas asediaron durante dos semanas antes de lograr establecer algún nivel de control. “Y Zawiya no es más grande que un barrio cualquiera de Bengasi, aquí vivimos un millón y medio de personas, y casi todo el mundo está armado”.

 

La preocupación de Gueriani va más en el largo plazo, en el sentido de quién se hará finalmente con el control de Libia porque “no hay manera de que Gadafi la domine otra vez”, pero al mismo tiempo, “el abandono de Occidente, el hecho de que se habla mucho pero a final de cuentas no nos da apoyo ni nos protege, va a dejar una huella entre los jóvenes”.

 

“Hasta ahora”, prosigue, “la gente ha pedido democracia y libertad, y ha mirado hacia el modelo europeo. Los islamistas están aquí y su discurso no ha calado hasta ahora, pero a los jóvenes les están diciendo que a Occidente lo único que le interesa es nuestro petróleo. En poco tiempo, nosotros (los abogados, médicos, académicos y otros profesionales que empezaron la revolución) podemos perder influencia y ser desplazados por extremistas que prometen conseguir lo que nosotros no pudimos”.

 

 

 

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