Libia: Disparos hacia la nada


Por Témoris Grecko / Ras Lanuf y Bengasi, Libia

(Publicado en PROCESO, 13/3/2011)

Los cinco combatientes saltaron a tierra cuando la camioneta pick-up que los transportaba se detuvo, proveniente de la línea de combate entre las poblaciones de Ras Lanuf y Ben Jawad. El peso de una cinta de gruesos proyectiles para la ametralladora, emplazada en la caja del vehículo, casi hizo caer al hombre que la llevaba alrededor del cuello. Los demás revolucionarios soltaron carcajadas un poco exageradas, excitados por las descargas de adrenalina que recibieron durante el enfrentamiento con las tropas del dictador Muamar Gadafi.

-¡Les dimos con todo!, ¡les dimos con todo! –gritó Mustafa el Nafjan, de 22 años, y lanzó una descarga al aire con su rifle Kalashnikov, desatando gritos de “Allahu akbar” (dios es el más grande) entre sus compañeros.

-¿Los hicieron retroceder? –preguntó el enviado de PROCESO.

-No, no sé…

-¿Hirieron a alguno?

-Puede ser, ¡seguro que sí!

-Pero… ¿tú los viste?

-De lejos sí, pero no mucho porque si te asomas te pueden dar.

-Entonces, ¿cómo disparabas contra ellos?

-¡Así!

Hizo una demostración instantánea con el arma, sosteniéndola con una sola mano mientras apretaba el gatillo: la primera bala salió más o menos en ángulo de 90 grados, pero las siguientes fueron bajando mientras el golpeo de los disparos le iba haciendo perder el control a Mustafa: 80 grados, 60 grados, los hombres alrededor gritaron y uno de ellos saltó a detener al muchacho. Hubo una breve confrontación de cuatro manos disputando el fusil, que terminó cuando se volvió a escuchar una detonación. Mustafa logró retener el arma. Y subrayó su victoria con otra breve ráfaga al aire.

Se escuchó entonces el rumor de un avión. Nadie lo veía pero los operadores de las baterías antiaéreas empezaron a disparar, cada quien hacia la región del cielo que le pareció mejor. Los doscientos o trescientos rebeldes que se encontraban en ese punto avanzado de control carretero y abastecimiento, en Ras Lanuf, comenzaron a correr en completo desorden, en direcciones opuestas: a unos les urgía alejarse cuanto antes del sitio, que es un blanco probable y estaba lleno de explosivos, y para otros lo mejor era quedarse en él, tirados pecho a tierra, porque la experiencia de la última semana de combates era que las bombas estaban cayendo en áreas vacías, por intención o por impericia de los pilotos.

Al sonido de la explosión siguió una columna humo que se elevaba unos 200 metros, a unos dos kilómetros de distancia. La gente se empezó a poner de pie para gritar “Allahu akbar!”. Muchos se disputaban un sitio frente a las cámaras de televisión para cantar y bailar. Mustafa y decenas más descargaban sus fusiles al aire, las baterías seguían retumbando con tiros hacia la nada, los cañones con alcance de 20 kilómetros soltaban fuego hacia las dunas de arena y los tímpanos de los oídos también parecían a punto de explotar.

LA GUERRA EN UNA LÍNEA

En el mapa, el conflicto en Libia es fácil de seguir porque no hay una distribución irregular de zonas de control gubernamental y revolucionario sobre un espacio bidimensional: el 95% de los seis millones de habitantes (de los que un par de millones son de trabajadores extranjeros) vive en poblaciones a lo largo de la costa del mar Mediterráneo (el desierto del Sájara ocupa el resto del país), por lo que la situación se puede describir con una simple línea dividida en seis secciones desde la frontera con Túnez hasta la de Egipto, donde se alternan los bandos.

En el extremo occidental, las fuerzas de Gadafi controlan el puesto de Ras el Ajdir, fronterizo con Túnez. Después sigue una línea de ciudades rebeldes (entre las que se encuentra la de Zauiya), interrumpida sólo por la capital nacional, Trípoli, donde el dictador ha concentrado sus fuerzas, y que se reanuda con la tercera ciudad más grande del país, la revolucionaria Misrata. Al momento de redactar este reportaje, esta última ciudad y Zauiya estaban bajo el sangriento asedio de las tropas gubernamentales.

Los rebeldes quisieran enviarles ayuda militar desde el oriente, que está casi totalmente en sus manos. Pero en medio se encuentra el otro punto fuerte de Gadafi, Sirte, el sitio donde nació y en donde ha invertido dinero durante décadas para convertir lo que era una aldea en una ciudad moderna. Tras las veloces ganancias territoriales de los primeros días de la revolución, los combatientes en Bengasi parecían tenerlo claro: celebrar las oraciones de mediodía el viernes 5 de marzo, subirse a cientos de vehículos para recuperar y consolidar de inmediato los vitales puertos petroleros de Brega y Ras Lanuf (que los gadafistas habían ocupado días antes), conquistar Sirte el sábado, proseguir para reforzar Misrata, y el lunes 7 o el martes 8, imponerse en Trípoli y, de ser posible, capturar al dictador.

Así, en trazos extra gruesos, y creían que iba a ser sencillo. “Debería regresar el lunes a Bengasi porque tengo cosas qué hacer”, dijo el joven Mustafa el Nafja en Brega aquel viernes, “pero Trípoli está a mil kilómetros, me va a quedar lejos”. Con un grupo de amigos, habían reunido víveres, mantas y las armas que obtuvieron en el saqueo a un arsenal militar a principios de la revolución, y se montaron en la camioneta de un lote que la gente “confiscó” en un establecimiento del gobierno libio: “Son cosas que nos corresponden por justicia”, explicó El Nafja, “Gadafi nos robó durante 42 años, son nuestras”.

NIÑOS DEL EID

El joven, egresado de la carrera de Derecho, estaba feliz con su Kalashnikov. En el hospital de Brega, Abdullah Abdallah, un médico egipcio que, como muchos otros, había llegado a ayudar como voluntario a la revolución, había explicado que más de la mitad de los heridos no habían sido víctimas de los ataques gadafistas, sino de accidentes provocados porque utilizaron armas sin saber cómo.

Un hombre contó: “Encontramos un cañón viejo, lo reparamos y lo limpiamos. Cuando quisimo probarlo, mi amigo se paró detrás de él porque no sabíamos que, al disparo, el grueso casquillo salta hacia atrás, hirviendo. Lo golpeó en el pecho y el rostro”. El próximo éxito de YouTube es un video que mostró Al Jazeera, en el que se ve a un rebelde que parece bailar y patea un cañón, que en ese momento estalla: cuando empieza a disiparse la nube de humo, la persona ha desaparecido.

A otras personas las han herido sus propios compañeros por disparos de diversión, tan innecesarios como constantes. El Nafja rechazó de plano que algo parecido pudiera sucederle a él: “Muchos tontos van a pelear sin haber aprendido cómo usar las armas, pero yo sí fui al centro de reclutamiento a que me enseñaran”. ¿Cuánto duró el curso? “Fueron dos días… yo creo que unos treinta minutos en total”.

“Necesitas cuando menos un mes de entrenamiento para saber cómo utilizar un Kalashnikov”, dijo Ibrahim al Khodeiri, quien fue parte del ejército libio durante 22 años y se retiró hace tres. “Con sus armas, ¡los voluntarios se comportan como niños vestidos tras el Eid!” (Eid el Kebir es una de las principales festividades musulmanas y a los chicos les regalan ropa.)

NI ORDEN NI MANDOS

El martes 8, Mustafa no estaba en Trípoli, como esperaba, sino que seguía en Ras Lanuf. Estancado ahí, como muchos otros combatientes, y sin idea de cuándo podría avanzar hacia Sirte: el domingo, él y sus compañeros habían sido expulsados de Ben Jawad, un pueblo intermedio que a partir de entonces fue fortificado por los gadafistas con tanques, artillería y francotiradores apostados en las azoteas de las casas, de donde habían expulsado a los habitantes.

En el punto de control de Ras Lanuf, un combatiente circulaba en un pequeño coche, pidiendo por un altavoz a la gente que no se acercara a Ben Jawad: “Shabab (“juventud”, una forma coloquial de dirigirse a un grupo de personas), shabab, ¡es peligroso!, están disparándonos con miras telescópicas”.

No muchos le hacían caso. Algunas camionetas pick-up con ametralladoras avanzaban hacia la línea de combate y otras regresaban, sin que hubiera más motivo para ello que los deseos de sus ocupantes. El sitio era una fiesta que se parecía más a un parque de diversiones que a una plataforma para lanzar ataques: la gente hacía filas frente a las baterías antiaéreas para montarse y disparar, jóvenes y viejos vaciaban los cargadores de sus armas mientras bailaban, las cámaras de televisión creaban tumultos de combatientes vestidos con cualquier prenda que les diera aspecto militar. Los de más estilo lucían boinas estilo Che Guevara y jafiyas (pañuelos blanco y negro) tipo Yasir Arafat.

De la misma forma en que el entrenamiento es igual a cero, en las fuerzas rebeldes de Ras Lanuf no existen mandos ni estructura, táctica ni orden, ni siquiera planes concretos. Cada quien hace lo que desea. En la madrugada del lunes, los empleados del único hotel de Ras Lanuf despertaron a los periodistas alojados ahí para que se marcharan, porque los combatientes se habían marchado a sus casas y habían dejado el pueblo expuesto a un ataque enemigo.

Una noticia de la cadena británica BBC reportó que el sábado 5, un oficial al que –dijo el reportero- se le había encomendado ponerse al frente de la ofensiva, tuvo que escapar del punto de control rebelde de Ajdabiya (a mitad de camino entre Ras Lanuf y Bengasi) con dos adolescentes negros para salvarlos, porque de otra forma ni sus órdenes ni sus amenazas podrían haber evitado que la multitud de voluntarios los linchara, bajo sospecha de que eran mercenarios de Gadafi.

IMPACTO AÉREO

En Bengasi, capital “provisional” del revolucionario Consejo Nacional Interino de Transición, su portavoz, Abdel Hafiz Ghoga, no aceptó el martes 8 explicar a PROCESO el impresionante caos que reina en las fuerzas rebeldes. Los combatientes, dijo, “están en contacto con sus comandantes, los comandantes con el responsable militar, y él con el Consejo”.

En el frente, los combatientes con más experiencia, como Ahmed Fathi, un soldado que desertó para pasarse individualmente al bando opositor, se preguntaban dónde diablos estaban los batallones del ejército y la fuerza aérea que, de manera organizada y con sus mandos, actúan ahora bajo la bandera tricolor de la Libia liberada. No era que Fathi confiara ciegamente en ellos, pero el estancamiento de los revolucionarios en Ras Lanuf no fue una sorpresa para él (“iba a ocurrir más temprano que tarde”) y creía que los gadafistas estaban reuniendo tanques y tropas en Sirte para lanzar una ofensiva: “Nos van a arrasar”.

El miércoles 9, por fin, unidades militares desertoras empezaron a proporcionar cobertura a los voluntarios, que así pudieron avanzar sobre Ben Jawad (al momento de escribir este texto estaban dentro de la población), aunque a un alto costo humano, según reportes preliminares que hablaban de medio centenar de bajas mortales.

La intervención del ejército es un refuerzo cualitativo para la ofensiva, pero muchos dudaban que fuera suficiente para ir muy lejos. “Creo que a Gadafi le encantaría que atacáramos Sirte una y otra vez”, dijo Ahmed Fathi, “ahí se ha fortificado y sabe que nos podemos desgastar eternamente sin obtener resultados”.

Aunque en cualquier otro país el ejército nacional es la fuerza militar más fuerte, en Libia Muamar Gadafi, que como coronel encabezó un golpe de estado a los 27 años, en 1969, siempre ha desconfiado de él y lo ha asfixiado con bajos presupuestos. En cambio, ha invertido en crear guardias privadas para sí y para sus hijos, que tienen las estructuras más sólidas y el mejor armamento. La sangría de deserciones hacia los revolucionarios disminuyó los números de sus leales pero le dejó las unidades más poderosas.

Una visita a los cuarteles de la zona de Bengasi revela el patético estado del ejército y la fuerza aérea libios. En el aeropuerto de Benina, por ejemplo, sólo hay dos aviones en mal estado. “Estamos listos para defender las ciudades liberadas del oriente de Libia”, dijo a PROCESO Abdallah al Hassi, coronel de la aviación. ¿Apoyarán el avance de los voluntarios sobre Sirte y el occidente? “Ésta es una revolución de la juventud y como tal la respetamos”. ¿Van a realizar ataques áereos o a impedir los bombardeos de los jets gadafistas sobre las columnas rebeldes, sí o no? “No queremos convertir esto en una pelea entre dos bandos, nos defenderemos si somos atacados”.

El miércoles 9, Ghoga insistió por enésima vez en la petición del Consejo Nacional de que la ONU imponga una zona de exclusión aérea en Libia, para impedir que la fuerza aérea del dictador siga hostigando a los revolucionarios. Un poco más tarde, el combatiente Mustafa el Najfan contestó una llamada de este semanario. “Bombardearon uno de los tanques”, dijo con cansancio desde Ras Lanuf, donde miraba enormes columnas de humo denso y negro que se elevaban desde los depósitos de petróleo de los que dependen el país y, por lo pronto, Bengasi, que obtiene de ahí su combustible y la electricidad.

-Vamos todos de regreso a casa. Tengo que ver a mi madre. Espero que la próxima semana podamos venir a pelear. Dios lo quiera.

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