Libia: revolución improvisada


Por Témoris Grecko / Bengazi

(Publicado en PROCESO, 6/3/2011)

En los pasillos de la Mahkama (antes sede de los tribunales regionales y ahora del recién formado Consejo Nacional Libio, el gobierno rebelde) de la segunda ciudad más importante del país y capital provisional rebelde, Bengazi, los revolucionarios actúan con candor e ingenuidad, características que pueden parecer encantadoras pero de las que se tienen que desprender con rapidez si además de obtener la victoria quieren conservarla.

Con el fin de ampliar la base política de la revolución y debilitar al gadafismo, éste es un club abierto en el que se acepta prácticamente a cualquiera que no se apellide Gadafi. Funcionarios del más alto nivel del gobierno, que hasta hace unos cuantos días ocupaban puestos de responsabilidad directa en la represión brutal y cotidiana, como los ministros de Interior (a cargo de seguridad), Abdel Fatah Younis, y de Justicia, Mustafa Abdeljalil, desertaron del oficialismo para buscar no sólo colaborar con la revolución, sino ocupar el vacío de liderazgo para encabezarla.

El sistema político excluyente, que descabezó o aplastó a cualquier figura en ascenso, garantiza que sean sólo ellos quienes dominan el juego sucio de la política y cuentan con redes de contactos nacionales e internacionales. Enfrente, tienen a personalidades conocidas sólo a nivel local, sin experiencia y con un idealismo y una buena voluntad que no necesariamente les ayudarán a proteger su proyecto.

A esto se suma la presión de los medios, de manera muy destacada la de la cadena árabe de televisión Al Jazeera, que está adquiriendo un peso político y social apabullante. La luna de miel que los revolucionarios tienen con la prensa ya muestra signos de tropiezos debido a la impaciencia de muchos periodistas y, sobre todo, a que antes del 24 de febrero, los revolucionarios de Bengazi simplemente nunca habían visto a un reportero no controlado por el régimen de Gadafi, y ahora que tienen que lidiar con decenas de informadores internacionales no saben cómo hacerlo. El día 25, el enviado de PROCESO recibió la acreditación de prensa que entregan los rebeldes, con el número 5. Cuatro días más tarde, dieron la 483.

SALIÓ EN AL JAZEERA

“¡No puedo creer que estoy en medio de la calle hablando con un reportero extranjero!”, le dijo un joven de la ciudad de Tobruk a un español. Tres cuartas partes de la población libia crecieron durante el régimen de 42 años de Muamar Gadafi, connotado por rechazar las visitas periodísticas. Antes de que él tomara el poder en un golpe de Estado, en 1969, el país era un montón de arena habitado por nómadas empobrecidos, pues su inmensa riqueza petrolera (tiene el octavo lugar entre las naciones con las mayores reservas de hidrocarburos) no había sido descubierta aún, y no despertaba mayor interés.

La gente se sentía abandonada en los pesares de la opresión dictatorial. Ahora, de pronto, tienen un montón de visitantes a quienes contarles historias: comunicadores árabes, europeos, estadounidenses y de Argentina, Brasil y México. Caminar por las calles de Bengazi toma tiempo porque cada 20 metros hay una persona que detiene al foráneo para manfestarle a gritos que Gadafi ha sido terrible, que su familia lo pasó muy mal por la pobreza y los abusos policiacos, que no quiere intervención militar extranjera porque lo echarán los libios, y que a qué hora va a pasar lo que acaba de decir por Al Jazeera.

Las conferencias de prensa no se acaban si el enviado de Al Jazeera todavía tiene algo qué preguntar. Los generales que se han pasado a la oposición forman grupos de amigos sonrientes para que los fotografíen, y preguntan a gritos dónde está la cámara de Al Jazeera. Cada noche, en la plaza de la Mahkama, el reportero de la cadena realiza una transmisión en vivo desde una terraza, y la gente puede ver la imagen proyectada en el muro de un edificio: cuando va a empezar, los cientos y a veces miles de manifestantes que estaban dispersos en las avenidas de los alrededores, se acercan para apretarse y poder servirle de fondo ruidoso y entusiasta al periodista.

El sábado 26, a las 9 de la noche, un hombre en la ciudad liberada de Al Baida se sentó frente a lo que parecía una webcam (por la mala calidad de la imagen), tal vez en su casa, sin signos de que estuviera acompañado por algún seguidor o por lo menos sus hijos, a anunciar que había formado un gobierno provisional, que organizaría elecciones democráticas en tres meses y que nadie, excepto Muamar Gadafi, podía ser considerado culpable de los miles de crímenes cometidos por el régimen.

El personaje, cuya voz chillona y aspecto distraído ayudaban poco a enfatizar su mensaje, era el exministro de Justicia Mustafa Abdeljalil, quien hasta cinco días antes, el lunes 21 de febrero, despachaba en su oficina en Trípoli, la capital que todavía controla Gadafi. Y aunque su intervención podría haber pasado desapercibida, contó con un soporte que le dio un peso enorme: Al Jazeera la transmitió íntegra (25 minutos), en vivo, a millones de hogares en Libia, todo el mundo árabe y muchos otros países. Dada la credibilidad que ha ganado la televisora, la prensa occidental no esperó a confirmar con los enviados desplegados sobre el terreno y reportó el hecho como si se tratara de un acto consolidado: Gadafi se enfrentaba ahora a un gobierno paralelo. En la Mahkama, los revolucionarios pasaron del pasmo al encierro.

CONSEJO NACIONAL

Su ritmo había sido totalmente distinto. Tobruk y Al Baida habían sido liberadas el mismo día en que empezó la revolución, el jueves 17, pero la victoria en Bengazi, segunda ciudad del país en importancia, demoró hasta el lunes 21, una vez que jóvenes armados con piedras, bombas Molotov y latas de refresco rellenas de pólvora y con mechas de papel de servilleta, lograron vencer las ametralladoras antiaéreas y los tanques de la Guardia Presidencial (un odiado cuerpo pretoriano bajo el mando directo de Gadafi) y tomar su cuartel de la Katiba.

Fue hasta el viernes 25 que 14 miembros (tres de ellos mujeres) de lo que llamaron “Coalición Revolucionaria 17 de Febrero” anunciaron que se formaba una Autoridad Local Provisional para Bengazi, conformado por 13 personas con responsabilidades concretas como agua, educación y electricidad. Es similar a los órganos de gobierno creados en otras ciudades liberadas, que hasta la fecha funcionan autónomamente y sólo se coordinan para el objetivo común de protegerse de las agresiones militares de Gadafi y pensar que, eventualmente, podrían lanzar una ofensiva en su contra.

Su actuación había sido muy cautelosa: por un lado tenían que combatir la acusación, lanzada por el propio Gadafi, de que Bengazi pretendería suplantar a Trípoli como capital nacional o fragmentar el país en pequeños “emiratos islámicos”, y por el otro evitar el inicio de una lucha de personalidades por el liderazgo político.

La buena voluntad se reflejó, por ejemplo, en que la ONG Human Rights Watch tuvo pleno acceso a los supuestos mercenarios gadafistas que habían sido capturados en días anteriores, y su representante, Peter Bouckaert, expresó con libertad y sin objeciones de nadie, en una conferencia de prensa en la Mahkama, que más allá de su origen africano, había poca evidencia de que quienes estaban presos en Bengazi fueran culpables.

Las nuevas autoridades bengazíes enfrentaban además enormes presiones: fuerzas gadafistas seguían lanzando ataques en las cercanías y se temía un bombardeo aéreo sobre la ciudad; tenían que posicionarse frente a los llamados a una intervención militar extranjera; había que reactivar los servicios públicos y de seguridad; y además era necesario resolver de qué forma ayudar a los compatriotas del oeste del país en su lucha contra el régimen. Cada noche se celebraba el triunfo hasta tarde en el malecón de Bengazi, pero la proyección de Al Jazeera mostraba que el dolor y la muerte seguían prevaleciendo en Trípoli, Al Zauiya, Misrata y otras ciudades.

El discurso solitario pero televisado del exministro de Justicia, sin embargo, los forzó a enfrentarse con la realidad de ritmos políticos más veloces y exigentes: tenían que abandonar la mirada localista y pensar con visión nacional de inmediato.

El domingo 27 por la mañana, por primera vez, representantes de las ciudades liberadas del oriente de Libia se reunieron en la Mahkama  y en dos horas nombraron a un “portavoz”, el abogado defensor de derechos humanos Abdel Hafiz Ghogan, quien acompañado de dos hombres y dos mujeres con vestimenta occidental y sin jiyab (velo), se presentó ante los medios de comunicación sin una declaración, sólo para responder preguntas.

Así dio a conocer la formación de un Consejo Nacional Libio, la respuesta veloz que pudieron encontrar para el reto del momento. Algunos periodistas se mostraron desesperados porque querían que les dijeran cuál era su estructura, su número de miembros, los nombres, las responsabilidades, pero hasta el cierre de esta edición, no las había. También expresaban molestia porque no tenían a quien identificar como cabeza o líder, pues Ghogan no quería o no podía asumirse como tal.

ALLANANDO EL TERRENO PARA YOUNIS

Las primeras señales parecieron indicar que Abdeljalil aceptaba las cosas. La revolución, sin embargo, empezó a hacer agua: hasta el lunes 28 de febrero, el debate era cómo ayudar a la liberación de Trípoli, superando un escollo, la ciudad de Sirte, lugar de origen de Gadafi, que está a medio camino y seguía bajo su control. De ahí partió ese mismo día, no obstante, una ofensiva militar con aviones, tanques y artillería pesada hacia el este: las fuerzas gadafistas tomaron las ciudades de Ras Lanuf y Brega (centro de una zona de gran actividad petrolera), y en la mañana del miércoles 2 de marzo, empezaron a bombardear Ajdabiya: a 150 kilómetros de distancia, es la última ciudad antes de Bengazi y parecían capaces de tomarla.

El nerviosismo se extendió en la ciudad. En el Centro de Reclutamiento de Voluntarios 17 de Febrero, cientos de adolescentes pedían armas para ir a Ajdabiya a combatir. “¡Pero si no las saben usar!”, respondían los oficiales, “no sirve que vayan a morir por nada, ¡esperen a que los instruyamos!” “No vamos a la revolución a llorar, ¡vamos a la revolución a morir!”, gritaba un civil, provocando ovaciones. Cientos de jóvenes se dirigieron hacia Brega en coches privados, armados con lo que había a la mano. El entusiasmo y el número obraron el milagro de recuperar la ciudad, a pesar de que los aviones arrojaban bombas sobre las desordenadas aglomeraciones de rebeldes.

Era claro que tras los éxitos de los primeros diez días de combates, en los que las fragilidades del ejército y la policía gadafistas provocaron derrotas y deserciones, ahora había que enfrentarse al núcleo duro de las fuerzas del dictador, la Guardia Presidencial y los batallones de mercenarios formados por africanos de Níger, Mali y Kenia, y con respaldo de Argelia, según Abdel Hafiz Ghoga, quien admitió en la tarde del miércoles: “Las fuerzas (revolucionarias) libias no están en condiciones de lanzar ataques, y se encuentran en modo defensivo”.

Con esto justificaba un cambio de posición en un asunto delicado: después de días de insistir en el rechazo a cualquier tipo de intervención extranjera (un argumento muy popular entre la gente de la base), el Consejo Nacional Libio pidió a la ONU “y a otros organismos internacionales” que realizaran “ataques aéreos contra las posiciones fuertes” del gadafismo.

Antes, Ghoga había hecho un anuncio igualmente importante: el Consejo había decidido que lo encabezara Mustafa Abdeljalil, y Ghoga quedaba como su segundo.

Abdeljalil es un hombre gris del que se sabe poco. Gadafi lo nombró ministro de Justicia en enero de 2007, donde se mantuvo cerca del general Abdel Fatah Younis, el ministro del Interior y hombre más importante del país después de Gadafi, que se pasó al bando rebelde el 22 de febrero. Como creador de las temidas fuerzas especiales y responsable de los cuerpos de seguridad, Younis es impopular entre los revolucionarios. “A su favor cuenta que ha construido la mayor estructura de contactos políticos del país, lo que lo ayudará si hay elecciones”, confía uno de los dirigentes del Consejo, que prefiere que no se mencione su nombre. “La verdad es que, si queremos ayuda internacional y un apoyo más decidido por parte de los generales, lo necesitamos. Él ha sido fundamental para que deserten los altos oficiales del ejército y los diplomáticos”.

Precisamente fue el embajador libio en Washington quien dio apoyo al primer intento de Abdeljalil de encabezar un gobierno provisional, el 27 de febrero.

Cuestionado por PROCESO sobre la coherencia de otorgarle el liderazgo revolucionario el exministro de Justicia, cuando la primera queja de los rebeldes eran los abusos en nombre de la justicia, Abdel Hafiz Ghoga respondió: “Vamos a comenzar a partir de cero. Lo que importa ahora es el completo apoyo a la revolución”.

¿Y qué hay de la declaración de Abdeljalil de que no hay nadie a quién culpar, además de Gadafi? ¿No se adelanta a exculpar así a Younis y a sí mismo? “Ésa es una posición personal de Abdeljalil”, repuso Ghoga. “Las posiciones oficiales las anunciará el Consejo”.

En esa conferencia de prensa del miércoles, Ghoga había rechazado que miembros del Consejo estuvieran en contacto con gobiernos extranjeros. Ese mismo día, la página web de la misión de Gran Bretaña ante la ONU informó: “El secretario (británico) de Asuntos Exteriores, William Hague, discutió la situación en Libia con el general Abdul Fata Younis”, a quien describió como “la figura militar más importante” entre los rebeldes.

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