Libia: Regreso del infierno


Témoris Grecko / El Salum, frontera egipcia con Libia

(Publicado en PROCESO, 27/02/2011)

 

La pequeña comunidad beduina de El Salum, en la costa mediterránea de Egipto y a 12 kilómetros de la frontera con Libia, no había visto tanto movimiento desde que los ejércitos británico y alemán/italiano se disputaron la región durante la segunda guerra mundial. Los accesos a la población están saturados de transportes enviados por el gobierno egipcio para llevarse de aquí a al menos 15 mil connacionales que están escapando de Libia.

 

Los minibuses parten cargados de todo tipo de equipaje, desde lámparas hasta colchones y otros muebles, que forman sobre el techo pequeñas montañas cuyo volumen es casi igual al del vehículo. Adentro, 30 o más personas se aprietan en el espacio que normalmente ocupan 12.

 

“Del otro lado hay un infierno, ¡estamos muy contentos de haber salido!”, dice Karim, un joven de 15 años que viaja con sus padres y dos hermanas, y que vivía en Bengazi, segunda ciudad del país. “Toda la gente porta armas y los mercenarios que trajo (Moamar) Gadafi del extranjero vagan en camionetas disparando contra todo lo que se mueva”.

 

Karim trae maletas y muchos objetos, pero el único que arrulla entre sus brazos es una consola de juegos de video: “Durante días fue lo único que hicimos, sentarnos a jugar, porque estábamos encerrados, sin comida ni poder salir, con muchísimo miedo. Nos costaba trabajo dormir porque con frecuencia escuchábamos disparos y gritos en la calle”.

 

Otras personas no han sido tan afortunadas y salen apenas con la ropa que traen puesta, tras haber sido víctimas de asaltantes oportunistas en el camino.

 

Algunos refugiados muestran imágenes terribles en sus teléfonos móviles, de peleas con armas de fuego y personas sangrando, probablemente, muertas, en las aceras. En otro de ellos aparecen personas armadas de aspecto africano, identificados como algunos de los miles de mercenarios negros y blancos que Gadafi ha traído en los últimos días. “El presidente dice que tiene dinero para pelear hasta destruir el país, yo quiero saber, ¿en qué lugar de Europa guarda ese dinero?”, exclama un hombre de unos 50 años que dice llamarse Mafuz, “¿por qué no congelan sus cuentas y evitan que pague con ellas los ejércitos que está trayendo para matar a todo el mundo?”

 

Del lado libio, el puesto fronterizo que fue abandonado por los soldados el martes 22, está controlado por fuerzas rebeldes desde el miércoles, que agilizan la entrada y la salida de personas, a quienes incluso regalan jugo de naranja. Los guardias egipcios, en cambio, hacen las cosas difíciles al practicar rigurosas inspecciones aduaneras a sus aterrorizados compatriotas. Esto ha creado una larga fila de vehículos y personas en el kilómetro de desierto sajariano que hay entre los controles fronterizos de ambas naciones.

 

Lo que se ve en Salum sólo es una parte del masivo éxodo de extranjeros residentes en Libia, que se pelean por cada asiento disponible en el aeropuerto de la capital, Trípoli, tratan de conseguir un lugar en algún ferry en el puerto o se amontonan también en la frontera de Túnez.

 

Además de cuello de botella para los refugiados, El Salum se ha convertido en una especie de centro internacional de periodistas: decenas estuvieron esperando aquí hasta que los reporteros del diario The Guardian, las cadenas de televisión BBC y CNN, y la de radio NPR, lograron ingresar por la tarde del martes. Después de un recorrido de 12 horas desde El Cairo, el enviado de Proceso llegó el miércoles por la noche y encontró una nueva camada de reporteros preparándose a intentar el ingreso el jueves. Hay polacos, escandinavos, turcos, españoles y un lituano que reporta para una cadena de televisión mexicana.

 

Esto no ha hecho nada feliz al presidente Muamar Gadafi, cuyo régimen siempre ha rechazado la presencia de periodistas y que, desde que inició la revuelta, había logrado mantenerlos fuera del país. La única información que fluía era la que proporcionaban residentes extranjeros y algunos libios con los que se lograba contactar por teléfono, o era enviada por ciudadanos que grababan imágenes con sus teléfonos móviles.

 

Mientras los rebeldes reciben a los periodistas con entusiasmo, porque dicen que quieren que el mundo conozca el daño que ha provocado Gadafi (y preguntan en especial por algún enviado de Al Jazeera, la cadena árabe en la que todos quisieran ver sus caras), el ministro de Relaciones Exteriores, Jalid Kayem, declaró el miércoles que los reporteros “están entrando ilegalmente” y, por lo mismo, “serán considerados fuera de la ley” y “colaboradores de Al Qaeda”.

 

 

 

 

 

 

 

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